Jun 21 2010
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Ambiente

El vertido de petróleo en el Golfo: Una perforación en el mundo

Naomi Klein*

Todos los participantes reunidos en la reunión en la asamblea municipal habían sido instruidos repetidamente para que mostraran urbanidad hacia los señores de BP y del gobierno federal. Esos distinguidos personajes habían dedicado tiempo en sus agendas repletas para ir a un gimnasio de escuela secundaria un martes por la noche en Plaquemines Parish, Luisiana, una de numerosas comunidades costeras donde el veneno marrón penetra los humedales, parte de lo que ha llegado a ser descrito como el mayor desastre ecológico en la historia de EE.UU.

“Hablad con otros como quisierais que os hablaran”, rogó el presidente de la reunión por última vez antes de dar la palabra para hacer preguntas.

Y durante un momento la multitud, compuesta sobre todo de familias de pescadores, mostró un notable autocontrol. Escucharon pacientemente a Larry Thomas, un afable agente de relaciones públicas de BP, mientras les decía que se comprometía a “hacerlo mejor” en el procesamiento de sus demandas por pérdida de ingresos –luego pasó todos los detalles a un subcontratista mucho menos amistoso. Escucharon hasta el fin al dandi de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) mientras les decía que, contrariamente a lo que han leído sobre la falta de ensayos y que el producto está prohibido en Gran Bretaña, el dispersante químico que es pulverizado en cantidades masivas sobre el petróleo es realmente seguro.

Pero la paciencia comenzó a acabarse cuando Ed Stanton, capitán de los guardacostas, subió al podio por tercera vez para tranquilizarlos con la declaración de que “los guardacostas se proponen asegurar que BP lo limpie”.

¡Póngalo por escrito!” gritó alguien. A estas alturas el aire acondicionado había dejado de funcionar y las neveras de Budweiser comenzaban a agotarse. Un camaronero llamado Matt O’Brien se acercó al micrófono. “No tenemos que escuchar más esto”, declaró, con las manos sobre las caderas. No importa cuántas promesas nos ofrecen porque, explicó, “¡simplemente no confiamos en ustedes! Y al oírlo, le dieron tal ovación que se hubiera pensado que los Oilers (el desafortunado nombre del equipo de fútbol estadounidense de la escuela) había apuntado un tanto.

El enfrentamiento fue catártico, por lo menos. Durante semanas los residentes habían sufrido una andanada de palabras de aliento y promesas extravagantes provenientes de Washington, Houston y Londres. Cada vez que encendían sus televisiones, veían al jefe de BP, Tony Hayward, dando su palabra solemne de que “lo arreglaré”. O al presidente Barack Obama expresando su absoluta confianza en que su gobierno “dejaría la costa del Golfo en mejor forma que antes”, que estaba “asegurando” que “volvería a ser aún más fuerte de lo que era antes de esta crisis”.

Todo suena muy bien. Pero para gente cuyo sustento la pone en contacto directo con la delicada química de los humedales, también sonaba completamente ridículo, hasta doloroso. Una vez que el petróleo cubre la base del pasto de los pantanos, como ya lo había hecho a sólo unos pocos kilómetros de aquí, ninguna máquina milagrosa o mejunje químico puede eliminarlo con seguridad. Se puede retirar petróleo de la superficie de agua al aire libre, y se puede remover de una playa arenosa, pero un humedal cubierto de petróleo sólo se queda ahí, secándose lentamente. Las larvas de innumerables especies para las cuales el humedal es un lugar de desove –camarones, cangrejos, ostras y peces– serán envenenadas.

Ya estaba sucediendo. Antes durante ese día, viajé por pantanos cercanos en un bote de poco calado. Los peces saltaban en aguas rodeadas por barreras flotantes blancas, las franjas de algodón grueso y malla que BP utiliza para absorber el petróleo. El círculo de material contaminado parecía estarse cerrando alrededor de los peces como un nudo corredizo. Cerca de ahí, un mirlo de alas rojas estaba encaramado sobre una brizna de junco contaminada por petróleo de dos metros de alto. La muerte subía por la caña; el pajarito podría haber estado parado sobre un cartucho de dinamita encendido.

Y luego están las plantas en sí, o sea la caña Roseau, como llaman a los altos tallos y hojas. Si el petróleo penetra suficientemente en el pantano, no sólo matará las plantas sobre el suelo sino también las raíces. Esas raíces conforman el sostén del pantano en esa zona. Los pantanos, a su vez, evitan que esas grandes extensiones verdes, llenas de vida, se desplomen y hundan en las aguas del delta del Mississippi y el Golfo de México. De modo que sitios como Plaquemines Paris no sólo arriesgan la pérdida de su industria pesquera, sino también de gran parte de la barrera física que disminuye la intensidad de fuertes tormentas como el huracán Katrina. Lo que podría significar perderlo todo.

¿Cuánto tardará hasta que un ecosistema tan arrasado sea “restaurado y sanado” como ha prometido el secretario del interior de Obama? De ninguna manera está claro que exista una remota posibilidad de lograr una cosa semejante, por lo menos en un plazo que podamos concebir fácilmente. Las pesquerías de Alaska todavía tienen que recuperarse plenamente del vertido del Exxon Valdez en 1989 y algunas especies de peces nunca volvieron. Científicos del gobierno calculan ahora que una cantidad de petróleo igual a la del Valdez puede estar entrando en las aguas costeras del Golfo cada cuatro días. Una prognosis aún peor emerge del vertido de la guerra del Golfo en 1991, cuando se calcula que 11 millones de barriles de petróleo fueron arrojados al Golfo Pérsico – el mayor vertido de todos los tiempos. Ese petróleo entró a los humedales y se quedó allí, cavando más y más profundo gracias a los agujeros excavados por los cangrejos. No es una comparación perfecta, ya que se procedió a tan poca limpieza, pero según un estudio realizado 12 años después del desastre, casi un 90% de los pantanos fangosos salados y manglares afectados todavía estaban profundamente dañados.

Sabemos lo siguiente: Lejos de ser “sanada”, es más que probable que la costa del Golfo será afectada. Sus ricas aguas y concurridos cielos serán menos vivos que actualmente. El espacio físico que numerosas comunidades ocupan en el mapa también disminuirá, gracias a la erosión. Y la legendaria cultura de la costa se contraerá y marchitará. Después de todo, las familias pescadoras en toda la costa no sólo juntan alimento. Mantienen una intrincada red que incluye tradición familiar, cocina, música, arte y lenguajes en peligro –como las raíces de las plantas que sostienen la tierra en el pantano. Sin la pesquería, esas culturas únicas pierden su sistema de raíces, el terreno mismo en el que se encuentran. (BP, por su parte, conoce perfectamente los límites de la recuperación. El plan de reacción de la compañía para vertidos regionales en el Golfo de México instruye específicamente a los funcionarios para que no hagan “promesas de que la propiedad, la ecología o cualquier otra cosa serán restauradas a la normalidad”. Lo que sin duda es el motivo por el cual sus funcionarios prefieren permanentemente términos como “sanar”.)

Si Katrina desveló la realidad del racismo en EE.UU., el desastre de BP desvela algo mucho más oculto: cuán poco control tenemos, incluso los más ingeniosos de nosotros, sobre las impresionantes fuerzas naturales intrincadamente interconectadas con las que interferimos con tanta indiferencia. BP no puede sellar el hoyo que hizo en la Tierra. Obama no puede ordenar que las especies de peces sobrevivan, o que los pelícanos marrones no desaparezcan (no importa qué trasero patee). Ninguna cantidad de dinero –ni los 20.000 millones de dólares recientemente prometidos por BP, ni 100.000 millones– pueden reemplazar una cultura que ha perdido sus raíces. Y mientras nuestros políticos y dirigentes corporativos todavía no aceptan esas lecciones de humildad, la gente cuyo aire, agua y sustento han sido contaminados pierde rápidamente sus ilusiones.

“Todo se muere”, dijo una mujer cuando la asamblea municipal terminaba por llegar a su fin. “¿Cómo podéis decirnos honestamente que nuestro Golfo es resiliente y que se recuperará? Porque ninguno de vosotros tiene la menor idea de lo que va a pasar a nuestro Golfo. Estáis sentados ahí arriba con caras de póker y actuáis como si supierais cuando no lo sabéis”.

Esta crisis del Golfo tiene que ver con muchas cosas –corrupción, desregulación, la adicción a los combustibles fósiles. Pero bajo todo esto, tiene que ver con lo siguiente: la pretensión terriblemente peligrosa de nuestra cultura de poseer un entendimiento y control tan completo de la naturaleza que podemos manipularla y remodelarla radicalmente con un mínimo riesgo para los sistemas naturales que nos sustentan. Pero como ha revelado el desastre de BP, la naturaleza es siempre más impredecible que lo que pueden imaginar los modelos matemáticos y geológicos más sofisticados. Durante su testimonio del jueves ante el Congreso, Hayward dijo: “Las mejores mentes y la más profunda competencia profesional están siendo aplicadas” en la crisis, y que, “con la posible excepción del programa espacial en los años sesenta, es difícil imaginar la reunión en un solo sitio en tiempos de paz de un equipo más amplio, más competente en lo técnico”. Y a pesar de ante lo que la geóloga Jill Schneidermann ha descrito como un “pozo de Pandora”, son como los hombres frente a ese gimnasio: actúan como si supieran, pero no saben.

Declaración de la misión de BP

En el arco de la historia humana, la noción de que la naturaleza sea una máquina que podemos modificar según nuestra voluntad es un engreimiento relativamente reciente. En su innovador libro de 1980 The Death of Nature, la historiadora ecológica Carolyn Merchant recordó a los lectores que hasta los años 1600, la Tierra estaba viva, tomando la forma de una madre. Los europeos –como la gente indígena en todo el mundo– creían que el planeta era un organismo vivo, lleno de poderes vivificadores pero también de humores iracundos. Por eso había fuertes tabús contra acciones que deformaran o profanaran “la madre”, incluida la minería.

La metáfora cambió al ser desentrañados algunos (pero de ninguna manera todos) los misterios de la naturaleza durante la revolución científica de los años 1600. Al ser ahora presentada la naturaleza como una máquina, privada de misterio o divinidad, sus componentes podían ser represados, extraídos y rehechos impunemente. La naturaleza todavía aparecía como una mujer, pero una que era fácilmente dominada y sometida.

Sir Francis Bacon encapsuló mejor el nuevo espíritu cuando escribió en 1623 en De dignitate et augmentis scientiarum que la naturaleza debe ser “restringida, moldeada, y hecha como si fuera nueva por el arte y la mano del hombre”.

Esas palabras podrían también haber sido la declaración de la misión corporativa de BP. Ocupando audazmente lo que la compañía llamó “la frontera energética”, tuvo escarceos en la síntesis de microbios productores de metano y anunció que “una nueva área de investigación” sería la geoingeniería.Y evidentemente alardeó de que, en su yacimiento Tiber en el Golfo de México, ahora tenía “el pozo más profundo jamás perforado por la industria del petróleo y del gas” –tan profundo bajo el lecho marino como vuelan los jets por arriba.

La imaginación y preparación para lo que sucedería si esos experimentos en la alteración de los elementos fundamentales de la vida y de la geología iban mal ocupó muy poco espacio en la imaginación corporativa. Como todos hemos descubierto, después que la plataforma Deepwater Horizon estalló el 20 de abril, la compañía no tenía sistemas instalados para reaccionar efectivamente ante esa situación. Explicando por qué no tenía a la espera en la costa ni siquiera el finalmente fracasado domo de contención, un portavoz de BP, Steve Rinehart, dijo: “No pienso que alguien haya prevista la circunstancia a la que nos enfrentamos ahora”. Aparentemente, “parecía inconcebible” que la válvula de seguridad llegara a fallar – por lo tanto ¿para qué prepararse?

usuales”. Y en caso de que todavía no lo hayamos comprendido, hace unos pocos días, un relámpago cayó sobre un barco de BP como un signo de exclamación, obligándolo a suspender sus esfuerzos de contención. Y ni siquiera hay que mencionar lo que un huracán haría con la sopa tóxica de BP.

Existe, hay que subrayar, algo singularmente retorcido en este camino particular hacia la ilustración. Dicen que los estadounidenses aprenden dónde están los países extranjeros bombardeándolos. Ahora parece que todos estamos aprendiendo sobre los sistemas de circulación de la naturaleza, envenenándolos.

A fines de los años 90, un grupo indígena aislado en Colombia capturó los titulares del mundo con un conflicto casi Avatar-esco, De su remoto hogar en los bosques nublados, los U’wa hicieron saber que si Occidental Petroleum realizaba planes para perforar en busca de petróleo en su territorio, cometerían un suicidio ritual masivo saltando a un precipicio. Sus ancianos explicaron que el petróleo forma parte de la ruiria, “la sangre de la Madre Tierra”. Creen que toda la vida, incluyendo la suya, fluye desde la ruiria, de modo que extraer el petróleo llevaría a su destrucción. (Oxy terminó por retirarse de la región, diciendo que no había tanto petróleo como había pensado.)

Virtualmente todas las culturas indígenas tienen mitos sobre dioses y espíritus que viven en el mundo natural –en rocas, montañas, glaciares, bosques– como lo hizo la cultura europea antes de la revolución científica. Katja Neves, antropóloga en la Universidad Concordia, señala que este hecho sirve un propósito práctico. Llamar “sagrada” a la Tierra es otra manera de expresar humildad ante fuerzas que no comprendemos en su integridad. Cuando algo es sagrado, exige que procedamos con cautela. Incluso con temor reverencial.

Si finalmente absorbemos esta lección, las implicaciones pueden ser profundas. El apoyo público para más perforaciones mar adentro disminuye precipitadamente; ha bajado un 22% desde el pico del frenesí de “Perforad ahora”. Sin embargo, el tema no ha desaparecido. Es sólo cosa de tiempo antes de que el gobierno de Obama anuncie que, gracias a una ingeniosa nueva tecnología y estrictas nuevas regulaciones, ahora es perfectamente seguro perforar en el fondo del océano, incluso en el Ártico, donde una limpieza bajo el hielo sería infinitamente más compleja que la que tiene lugar en el Golfo. Pero tal vez esta vez no nos quedemos tranquilos con tanta facilidad, para jugar con tanta rapidez con los pocos refugios protegidos.

Lo mismo vale para la geoingeniería. A medida que continúan las negociaciones del cambio climático, debemos estar preparados a oír más del Dr. Steven Koonin, el subsecretario de energía para ciencia de Obama. Es uno de los principales propugnadores de la idea de que el cambio climático puede ser combatido con trucos técnicos como liberar partículas de sulfato y de aluminio hacia la atmósfera –y por cierto todo es perfectamente seguro, ¡como Disneyland! También sucede que es el ex jefe científico de BP, el hombre que hace sólo 15 meses todavía supervisaba la tecnología tras la ofensiva supuestamente segura de BP hacia la perforación en aguas profundas. Tal vez optemos esta vez por no permitir el experimento del buen doctor con la física y la química de la Tierra, y preferamos reducir nuestro consumo y cambiar a energías renovables que tienen la virtud de que, cuando fallan, fallan en pequeñas dimensiones. Cómo lo describió el comediante estadounidense Bill Maher: “¿Sabéis lo que pasa cuando los molinos de viento se caen al mar? Un chapuzón”.

El eventual resultado más positivo posible de este desastre no sería sólo una aceleración de las fuentes renovables de energía como el viento, sino un apoyo total al principio preventivo en la ciencia. Como espejo opuesto al credo de “si sabéis no podéis fallar” de Hayward, el principio preventivo sostiene que “cuando una actividad involucra amenazas de daño al medio ambiente o a la salud humano” andemos con cuidado, como si la falla fuera posible, incluso probable. Tal vez incluso podamos obtener una nueva placa para el escritorio de Hayward para que la contemple mientras firma cheques de compensación. “Actuáis como si supierais, pero no sabéis”.
 

*Periodista, escritora y militante antimundialización canadiense. Traducción de Germán Leyens (Rebelión)

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