Feb 14 2011
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Política

En Egipto cunde el temor de que el ejército incumpla sus promesas

Robert Fisk*
Dos días después que millones de egipcios ganaron su revolución contra el régimen de Hosni Mubarak, el ejército –comandado por el general Mohamed Tantawi, amigo de toda la vida del derrocado dictador– consolidó este domingo su poder sobre el país al disolver el parlamento y suspender la constitución.

El primer ministro designado por Mubarak, el ex general Ahmed Shafiq, declaró a los egipcios que sus primeras prioridades son la "paz y la seguridad" para prevenir "el caos y el desorden": el mismo lema tan a menudo pronunciado por el despreciado ex presidente. ¿Un cambio de primera?

En su desesperación por cumplir la promesa del "consejo militar" de restaurar la normalidad en El Cairo, cientos de soldados egipcios –muchos desarmados– aparecieron en la plaza Tahrir para exhortar a los manifestantes que allí permanecen a dejar el campamento que ocuparon durante 20 días. Al principio los congregados los recibieron como amigos y les ofrecieron comida y agua. Policías militares de boina verde, una vez más sin armas, salieron a controlar el tráfico. Pero luego un joven oficial se puso a golpear a los manifestantes con una vara –los viejos hábitos tardan en morir en los jóvenes que portan– y por un momento se dio una repetición en miniatura de la ira lanzada aquí contra la policía de seguridad del Estado el 28 de enero.

El incidente reflejó una creciente inquietud entre quienes depusieron al dictador de que los frutos de su victoria sean engullidos por un ejército compuesto en gran medida por generales que lograron su poder y privilegio en tiempos de Mubarak. Nadie objeta la disolución del parlamento porque las elecciones legislativas del año pasado –y las de todos los demás años– fueron palmariamente fraudulentas. Pero el "consejo militar" no dio indicación alguna sobre la fecha de las elecciones libres y justas que los egipcios creían que se les habían prometido.

La suspensión de la constitución –documento que para los millones de activistas representaba un dejar hacer para la dictadura presidencial– dejó indiferentes a la mayoría de los egipcios. El ejército, que ha recibido el exagerado agradecimiento de Israel por prometer respetar el tratado de paz entre ambos países, anunció que sólo se mantendría seis meses en el poder; sin embargo, no se habló de si podría renovar su mandato después de esa fecha.

Así, está surgiendo una clara divergencia entre las demandas de los jóvenes hombres y mujeres que derrocaron el régimen de Mubarak y las concesiones –si se les puede llamar así– que el ejército parece dispuesto a otorgarles. Este domingo, un pequeño mitin a un costado de la plaza Tahrir sostuvo una serie de demandas, entre ellas la suspensión de la vieja ley de emergencia de Mubarak y la liberación de los presos políticos. El ejército había prometido derogar esa legislación "en el momento oportuno", pero mientras permanezca en vigor le seguirá confiriendo tanto poder para prohibir protestas y manifestaciones como el que tenía Mubarak, lo cual es una de las razones por las que estallaron esas pequeñas escaramuzas entre soldados y ciudadanos en la plaza este domingo.

En cuanto a la liberación de presos, el ejército ha mantenido un sospechoso silencio. ¿Será porque hay prisioneros que saben demasiado sobre la participación de los militares en el gobierno anterior? ¿O porque los prisioneros que han escapado o han sido liberados regresan del desierto a El Cairo y Alejandría con terribles relatos de torturas y ejecuciones cometidas por personal militar? Un oficial del ejército conocido de The Independent insistió este domingo en que las prisiones del desierto eran operadas por unidades de inteligencia militar que trabajaban para el Ministerio del Interior, no para el de Defensa.

En cuanto a los altos mandos de la policía de seguridad del Estado que ordenaron a sus hombres –y a sus fieles baltagi, esbirros sin uniforme– atacar a los manifestantes pacíficos durante la primera semana de la revolución, parecen haber tomado el acostumbrado vuelo a la libertad a través del golfo Pérsico. Según un oficial del departamento de investigación de crímenes de la policía en El Cairo, con quien hablé este domingo, todos los oficiales responsables de la violencia, que dejaron más de 300 egipcios muertos, han huido del país con sus familias hacia el emirato de Abu Dhabi. Los criminales pagados por los policías para tundir a los activistas se han puesto a cubierto –¿quién sabe cuándo se volverán a necesitar sus servicios?–, mientras los oficiales de mediano rango aguardan el veredicto de la justicia. Si es que se produce.

Todo esto, desde luego, depende del tamaño de los archivos que haya dejado atrás el régimen y del grado hasta el cual las autoridades, actualmente el ejército, estén dispuestas a entregar esos documentos a un sistema judicial reformado. Los policías de la ciudad, que se escondieron en sus cuarteles antes de que fueran incendiados el 28 de enero, reaparecieron este domingo en El Cairo para exigir aumento salarial. Esta conversión de los policías en manifestantes –de hecho sí les van a subir la paga– ha sido uno de los momentos más memorables del Egipto posrevolucionario.

Ahora, por supuesto, toca el turno a Egipto de observar los efectos de su revolución sobre sus vecinos. Apenas habrá familias en el país que este domingo no estuvieran enteradas del tercer día de protestas contra el presidente en Yemen y de la violencia policial que las acompañó. Y resulta notable que, mientras los árabes de otras naciones imitan a sus victoriosos contrapartes egipcios, el aparato de seguridad de cada régimen árabe sigue fielmente las tácticas fallidas de los esbirros de Mubarak.

Otra ironía se ha revelado a los egipcios. Esos dictadores árabes que afirman representar a su pueblo –vienen a la mente Argelia, Libia y Marruecos– han fallado en representar a su pueblo al no felicitar a Egipto por su victoriosa revolución democrática. Hacerlo, sobra decirlo, sería cortar las patas de sus propios tronos.

*Analista de The Independent de Gan Bretaña

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