Oct 12 2007
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Política

ENTRE LA POLÍTICA PEQUEÑA, LA HONESTIDAD Y LA IDIOTEZ

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Lo cierto es que América Latina, como una cacerola al fuego, bulle; algo hierve bajo la tapa y no aparecen ni “cuerpos de paz” ni “alianzas para el progreso” que distribuyan soma o mediaticen el hervor. Las naciones originarias –o lo que queda de ellas, que es más de lo que quisieran las elites metropolitanas– se han puesto en movimiento; y no nos engañemos: son más y están en más lugares de lo que gustan enseñar los profesores del secundario y los encuestadores. Se aprecia un –lento, cierto– caminar en conjunto entre esos movimientos y aquellos de los trabajadores y pobres de las ciudades.

Se aprecia también una confusión acerca de cómo resolver los problemas sociales entre la ideología del reformismo y las necesidades concretas de los pueblos. El reformismo quema sus últimos cartuchos, las banderas de la moderación las deshilachan los vientos de las necesidades y las capas dominantes y sus epígonos, aliados y esclavos no saben responder pregunta alguna cuando la pregunta se formula desde la base social.

“Travelling” presuroso

La “pequeña Suiza” centroamericana, Costa Rica, avanza hacia la desintegración de su particular Estado de democrático; no lo consiguen las masas ni los rebeldes: lo destruye un gobierno ciego y enceguecido que no sólo no sabe escuchar: perdió la facultad de ver. Las discusiones sobre el TLC con EEUU y el fraude en el plebiscito reciente (octubre de 2007) lo prueban.

Y como los cultos al extranjero sobran en esta parte del mundo, la otra “pequeña Suiza”, la de América del Sur, Uruguay, viene descubriendo que no eligió presidente a un “líder”, sino a un negociador; un negociador que prefiere ir acordando hacia la derecha porque nunca leyó que la verdad social –sub Marcos dixit– está abajo y hacia la izquierda.

No seamos ingenuos. Peligroso es pensar –y con ello contentarse–, por ejemplo, que Tabaré Vásquez sea políticamente deshonesto, o que Lula al final de cuentas traiciona lo que él mismo contribuyó a levantar, o que Calderón en México es algo así como la revancha del PRI por otros medios, o que la por inaugurarse dinastía K en la Argentina haya sido fagocitada por lo que Borges llamó el incorregible peronismo, o que Alan García sea un mediocre político que perdió –¡al ganar tantos kilos de peso!– la simpatía del engaño.

Ellos, como los gobernantes de América Central –Nicaragua podría ser la excepción–, como maese Uribe atrincherado paramilitarmente en Colombia, como Duarte de frutos podridos en Paraguay, en fin, y de otra manera como Mamá Oca en Chile, tratan de hacer lo mejor posible lo que tienen que hacer. Con pequeñas diferencias lo que tienen que hacer, acaso les hayan ordenado, probablemente se desprenda de los tristes TLC, es que todos hagamos la venia al “hermano mayor”.

América es un canto del cinismo triste disfrazado de égloga en un paisaje que irremediablemente se nos muere.

¡Ah! –dirá usted lector– ¿por qué nada sobre Chávez, Morales y ese niño de Correa? A eso íbamos.

Los malos de la película

Hugo Chávez pone a prueba el paradigma del conductor; líder es eso: el que manda y conduce (aunque, convengamos, la palabra líder aplicada a un político contemporáneo la pondrá la historia –o no– bajo su nombre); llamémoslo por ahora dirigente.

Sabemos de Chávez que es una máquina de ganar elecciones, y sabemos que esas elecciones no han sido fraudulentas; sabemos que lo tumbaron con un golpe parido –o criatura engendrada– por la embajada de Estados Unidos en Caracas; sabemos que no hay en Venezuela diarios clausurados, periodistas ni opinólogos presos ni censura en la TV y que las radios trabajan como quieren o pueden.

Sabemos también que no hay ladrones de guante blanco presos y que el latrocinio al Estado, y alguna coima a los que realizan gestiones ante cuadros de gobierno, existe. Sabemos que el bolivarianismo a menudo es desordenado y caótico.

Pero sabemos que se despliega un gran esfuerzo para conseguir que los venezolanos se organicen. Ojalá no se organicen por Chávez, sino para sí mismos –pero eso finalmente depende de ellos.

En suma y objetivamente ¿qué se le reprocha? Intenciones, pero eso es interpretar, e interpretar a menudo es mentir. Chávez refleja –aparte de ser un tipo que desperdicia simpatía, como lo prueba el intento de establecer relaciones políticas y económicas estrechas con Chile, por ejemplo– cierta ingenuidad propia de los pueblos que comienzan a descubrirse actores y no marionetas. Con él no pueden lanzar a la calle el temor a los “tanques rusos”, así que se inventan otras cosas.

No huele –al menos no todavía– a azufre.

Y como Chávez, pero de otro modo, Evo Morales también evita la camisa de fuerza que la fuerza de una ideología –ésta sí entendida como falsa realidad– pretende se vista –y con las manos bien atadas–. Pese al cerco tendido, a las zancadillas del oriente boliviano. Morales ha logrado algo excepcional en estos años americanos: ser estadista invitado al baile de los enanos políticos.

Mar para Bolivia. Lo demás son pendejadas.

El joven economista Correa del Ecuador no termina de mostrar sus cartas; era como para desconfiar del egresado de la Universidad de Lovaina, pero –y no es monedita de oro para caerle bien a todos (Cuco Sánchez)– no parece por ahora dispuesto a venderse, ¡oye tú Toledo, vecino que aspiró a la gloria y se contentó con dormir en “el palacio”!

Creemos que en Suramérica las luces para buscar la salida del camino de la negra noche en que chapoteamos vendrán de Ecuador y Costa Rica: el foco venezolano no puede apuntar a todos. Si entre 1968 y 1973 era Chile la duda o la esperanza, hoy el eje de la discusión obliga a cambiar la mirada.

El guión borroneado

Es que Chile regresó a la mediocridad complacida y complaciente de otros tiempos. Retrocedió a antes de Balmaceda, y porque retrocedió tanto su futuro es incierto.

Lo prueban los manotazos de ahogado de la que se comienza a denominar la Concertraición. En algún momento, al terminar la primera mitad de octubre de 2007, la derecha de mejor sonrisa, aunque un tanto boba, se hace parte –invitado marginal, claro– del aquelarre concertraicionista en la figura –regalona dicen algunos– de Hernán Lavín, mentor de una fantasmagórica universidad y dos veces candidato del partido político que más cerca estuvo del ex dictador incluso cuando éste dejó el poder.

¿Por qué mamá Oca regalonea, mima, guiña los ojitos políticos a Lavín? Porque son dos huérfanos. A ella la amarraron de manos, desde antes de ser presidente de Chile; a él no lo quieren como antaño sus cómplices. Carecen de un círculo áureo que influya en las decisiones finales donde el poder determina el qué y el cómo.

Detrás, una maquiavelada torpe de la concertraición: que se encarame Lavín, le prestan un megáfono con la esperanza de que sus cantos de sirena hagan naufragar la lancha del Odiseo Piñera.

Como una Circe gordita y de cartón esperan Flores y Schaulsson, el joven, convertidos en uno. Los que pierden la memoria harán de la tragedia una farsa. ¿Y qué maquillaje usará el PC, partiquino en esta comedia convencido de que tiene que ser por lo menos actor secundario?

Tal vez no votar ni ser parte de la farsa permita al pueblo diseñar y construir los barcos para su propia navegación. Aunque tome tiempo. Los álamos tampoco crecen de un día para otro.

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