Mar 31 2011
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Cultura

Gisela Ortega / La discreción

La discreción es la cualidad de una persona que se caracteriza por su moderación, prudencia, tacto, mesura y sensatez, así como la reserva para no contar cosas confidenciales o decir algo que se sabe o piensa. Es la forma correcta de comportarse o de actuar, fundamentalmente con referencia a la manera de hablar o dirigirse a otros semejantes.

Una persona discreta asume una actitud de madurez en sus actos y decisiones, guardando las consideraciones y ponderación necesarias, para evitar inconvenientes, dificultades y daños a los demás. La discreción aconseja: circunspección y cuidado para formar juicio y cordura para hablar u obrar; madurez, recato y cautela.

Al revés,  persona indiscreta se caracteriza por su falta de juicio, prudencia y sensatez, en el modo de comportarse o hablar. No es capaz de guardar un secreto o suele contar lo que sabe y no hay necesidad de que se conozca a los involucrados.

Incurre en el campo del chisme, del mal hablar y se vuelve una cadena interminable de dimes y diretes. Crea un ambiente de peligro para quien vive la situación, ya que dentro de su accionar puede aumentar o pronunciar algo que no es verdad.

Este tipo de personas están siempre en problemas, con familiares, amigos, porque además de ser unos perturbadores se convierten en seres indeseables, a los que hay que evitar.

Todos conocemos muy bien los titulares que adornan nuestros periódicos y alimentan nuestra fantasía, hasta el grado de sentirnos gozosos por poder indagar en la esfera privada de nuestros conciudadanos.

 Nos hemos acostumbrados a la información total, arrasadora de tabúes. Se trata de la opinión pública, y como tal la compartimos. Paso libre a la curiosidad. Los humanos parecemos atacados por el vicio del descrédito más temerario. Los trapos sucios se sacan a la calle, aunque pertenezcan a la intimidad. Abierta y explícitamente se debaten los problemas matrimoniales, las escapadas, las intenciones de separarse, las dificultades con los hijos o cuestiones económicas, no solo de los personajes de relieve sino de la gente común y corriente.

Se habla de “perdida de la intimidad” y “de la cultura”. Los seres necesitan de su esfera privada e inmune que debe ser respetada, porque es esencia de su individualidad, su inconfundible yo. Eso significa que cada uno debe guardar para sí los secretos del otro, aunque se entere de ellos.

Revelar lo concerniente al prójimo es y será siempre una grave ruptura de confianza, mas aun si tenemos en cuenta los males irreparables que se pueden ocasionar con ello.

El trato que damos a las confidencias de los demás es una cuestión de carácter. El que a veces sea tan descuidado, se debe en parte a la carga psíquica a que estamos sometidos y que tanto nos complica la vida. Lo mejor es no entrometerse en asuntos ajenos. No hace falta mucha inteligencia para rechazar con un NO rotundo los cuentos que intentan llegar a nuestros oídos y evitar así hacerse participe de un cotilleo.

Que en la vida de pareja no deberían existir secretos, se entiende por sí mismo. El secreto de una unión feliz es, precisamente, expresar de una manera sincera lo que preocupa a cada uno de los cónyuges, el misterio radica más bien en elegir el momento y la formulación adecuada para no sobrecargar al otro.

Con los niños, que también tienen reservas, varían un poco las reglas del juego. Los preescolares son en general comunicativos y saben sincerarse con sus madres, en situaciones excepcionales llegan a ocultar algún misterio, no solo por hacerse los interesantes, sino también porque poseen algo que les pertenece a ellos solo. Una satisfacción que se concede a los pequeños, aunque no sea mas que por ejercitar lo que más tarde será tan importante en la vida: la discreción.

A medida que se van haciendo mayores y van a la escuela, se debe prestar atención al silencio tenaz. Los jóvenes comienzan a buscar su libertad y no quieren informar a sus representantes de lo que hacen. Durante esta fase es muy importante conversar y escuchar los problemas, sentimientos y necesidades, prestándoles la atención que se merecen y tratándolos con reservas.

Cuando los niños tienen la seguridad que pueden confiar sus sentimientos a sus padres, y que estos van a ser guardados estarán mucho más dispuestos a descubrir su personalidad y mostrarse tal y como son.

La discreción puede compararse con el secreto profesional. Se debe ser discreto tanto en la vida personal como con las cosas ajenas.

Periodista.

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Oct 7 2009
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Cultura

Gisela Ortega / La discreción

La discreción es la cualidad de una persona que se caracteriza por su moderación, prudencia, tacto, mesura y sensatez, así como la reserva para no contar cosas confidenciales o decir algo que se sabe o piensa. Es la forma de comportarse o de actuar, fundamentalmente con referencia a la manera de hablar o dirigirse a otros semejantes. Una persona discreta asume una actitud de madurez en sus actos y decisiones, guardando las consideraciones y discreciones necesarias, para evitar inconvenientes, dificultades y daños a los demás.

Todos conocemos muy bien los titulares que adornan nuestros periódicos y alimentan nuestra fantasía, hasta el grado de sentirnos gozosos por poder indagar en la esfera privada de nuestros conciudadanos.

Nos hemos acostumbrados a la información total, arrasadora de tabúes. Se trata de la opinión pública, y como tal la compartimos. Paso libre a la curiosidad. Los humanos parecemos atacados por el vicio del descrédito más temerario. Los trapos se sacan a la calle, aunque pertenezcan a la intimidad. Abierta y explícitamente se debaten los problemas matrimoniales, las escapadas, las intenciones de separarse, las dificultades con los hijos o cuestiones económicas, no solo de los personajes de relieve sino de la gente común y corriente.

Se habla de “perdida de la intimidad” y “de la cultura”. Los seres necesitan de su esfera privada e inmune que debe ser respetada, porque es esencia de su individualidad, su inconfundible yo.

Eso significa que cada uno debe guardar para sí los secretos del otro, aunque se entere de ellos. Revelar lo concerniente al prójimo es y será siempre una grave ruptura de confianza, mas aun si tenemos en cuenta los males irreparables que se pueden ocasionar con ello.

El trato que damos a las confidencias de los demás es una cuestión de carácter. El que a veces sea tan descuidado, se debe en parte a la carga psíquica a que estamos sometidos y que tanto nos complica la vida.

Lo mejor es no entrometerse en asuntos ajenos. No hace falta mucha inteligencia para rechazar con un no rotundo los cuentos que intentan llegar a nuestros oídos y evitar así hacerse participe de un cotilleo.

Que en la vida de pareja no deberían existir secretos, se entiende por sí mismo. El sigilo de una unión feliz es precisamente, expresar de una manera sincera lo que preocupa a cada uno de los cónyuges, el misterio radica más bien en elegir el momento y la formulación adecuada para no sobrecargar al otro.

Con los niños, que también tienen reservas, varía un poco las reglas del juego. Los preescolares son en general comunicativos y saben sincerarse con sus madres, en situaciones excepcionales llegan a ocultar algún misterio, no solo por hacerse los interesantes, sino también porque poseen algo que les pertenece a ellos solo. Una satisfacción que se concede a los pequeños, aunque no sea mas que por ejercitar lo que más tarde será tan importante en la vida: la discreción.

A medida que se van haciendo mayores y van a la escuela, se debe prestar atención al silencio tenaz. Los jóvenes comienzan a buscar su libertad y no quieren informar a sus representantes de lo que hacen. Durante esta fase es muy importante conversar y escuchar los problemas, sentimientos y necesidades, prestándoles la atención que se merecen y tratándolos con reservas.

Cuando los niños tienen la seguridad que pueden confiar sus penas a sus padres, y que éstas van a ser guardadas estarán mucho más dispuestos a descubrir su personalidad y mostrarse tal y como son.

Gisela Ortega es periodista.

 

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