Nov 30 2012
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Opinión

Gisela Ortega / La igualdad

La igualdad es un viejo ideal humano, una utopía que no deja de reivindicarse desde la Revolución Francesa y su lema —libertad, igualdad y fraternidad—. La referencia frecuente a la democracia griega como iniciadora de la igualdad esta signada por la filosofía de Platón, quien tenía clara conciencia de su situación privilegiada como ciudadano.

 

Platón postulaba que la sociedad ideal estaba dividida en posiciones diferenciadas. A la cúspide de la pirámide social, correspondían los ciudadanos y, entre ellos, los filósofos, por ser conocedores del saber; el filosofo como amante desinteresado de la verdad sería el mejor gobernante.

 

La parte superior constituye la racionalidad. Los guerreros tienen como misión cuidar la ciudad, ir a la guerra. Representan el nivel medio. En el lugar inferior, los esclavos.

 

Platón compara esta estructura social con el cuerpo humano: a los nobles, les corresponde la cabeza; a los guerreros el tórax y a los esclavos el vientre. El equilibrio entre las partes —y nunca la igualdad— está garantizado por la Sophrosine, responsable del equilibrio social.

 

Siglos después Napoleón aseguraba que la igualdad solo existe en teoría; que por encima de las normativas legales estaban siempre los poderes económicos y las prebendas.

 

En nuestro tiempo impera el mito de la igualdad como valor absoluto y reina la fábula de que todos somos iguales; pero no hay nada ni nadie igual a otro; en cuanto a personas, diferimos todos. De no ser así, seríamos unos autómatas. Cada uno posee facultades mentales y físicas diferentes.

 

La Declaración de los Derechos Universales del Hombre, señala:
“Todos los seres humanos nacen libres, iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. La ley debe ser la misma para todos sea que proteja, sea que castigue, siendo todos los ciudadanos iguales a sus ojos. Son igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según su capacidad y sin otra distinción que la de sus virtudes y talentos”.

 

Es indudable que esta Declaración de los Derechos Universales del Hombre se adhiere al contexto político de las relaciones y derechos del ciudadano, ante la ley, ante el Estado y su participación en las actividades públicas.

 

Por otra parte la vida misma se encarga de jerarquizar y la sociedad posee una estructura propia que consiste en un sistema escalonado de funciones colectivas. En esa realidad el hecho social primario es la organización entre los que dirigen y los dirigidos y, en lo político, entre los gobernantes y los gobernados.

 

Algunos destacamos en algunas destrezas, otros en otras; hay los humildes y los pedantes, los hay discretos, vanidosos y escandalosos; existen ricos, también hay pobres, hay los honestos y los deshonestos, hay los conscientes y los irresponsables.

Hombres y mujeres son diferentes. Hay mujeres que aspiran a igualarse a los hombres, y “pseudo” hombres que van dejando vacíos en los deberes y las tareas que las mujeres tienen que llenar de reemplazo y sustitución.

 

Los mexicanos dicen que los venezolanos son todos unos igualados, y los defensores de la ley de comuna quieren igualarnos a todos por debajo. No son iguales las actitudes, ni las conductas ni las cosas a que se aspira y en las que se cree.

 

En los partidos políticos, la igualdad de sus militantes se ve fracturada por los liderazgos. La desigualdad en el mundo se hace patente cuando se habla de uno oriental y otro occidental, de países industrializados y en vías de desarrollo,

 

Hay una desigualdad cuya fuente es la opresión, la explotación, la marginación, la carencia de poder para participar y tener voz en las decisiones que afectan la vida pública y privada, los estereotipos hacia grupos minoritarios, la violencia física, creando así desigualdad a nivel económico y social.

 

No faltan quienes piensan que ante las muchas y muy evidentes desigualdades,los preocupados por ellas buscan eliminarlas mediante una igualación que equilibre privilegios, fortunas y cultura, y agregan sería característica de ciertos gobiernos demagógicos el aprovechar el intento de una hipócrita maniobra de nivelación rastrera, donde lejos de ascender, elevar y alzar a los que están abajo hacia un nivel superior, se rebaje y se arrastre a todos a un plano inferior, donde se destruyen la excelencia, la selección y la aspiración de ser iguales a los que destacan, donde la justicia social radica no en eliminar la desigualdad del pobre creando fuentes de trabajo y de riqueza, sino en querer desposeer de sus bienes a quienes los tienen, porque han trabajado para obtenerlos.

 

Existe en teoría el derecho inherente que tienen todos los seres humanos a ser reconocidos como iguales ante la ley y de disfrutar de todos los demás derechos otorgados de manera incondicional, sin discriminación. Esa igualdad no puede permitir que haya privilegiados, ni permitir tratos preferenciales, ni admitir excepciones en la aplicación de la ley.

 

Otra igualdad indiscutible, es la que nada ha cambiado y todo sigue igual. Vamos de la igualdad al “igual da”.
——
Periodista.

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1 Comentário

Comentarios

  1. Vanessa
    4 diciembre 2012 17:22

    “Los mexicanos dicen que los venezolanos son todos unos igualados”, a poco si decimos eso los mexicanos?.