May 12 2005
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Economía

Imágenes y aprendizaje

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Debemos partir del hecho que el sistema educativo en nuestro país basa el aprendizaje en la transmisión de conocimientos del profesor a los alumnos. Para que la instrucción sea posible, no es suficiente con que el educador posea el dominio de técnicas especialmente amplias y profundas: tiene que lograr transmitirlas, sin que por el camino pierdan en cantidad, ni varíe su esencia. La difusión de experiencias es parte del proceso de la comunicación humana, por lo cual se rige por sus mismos principios.

Ahora, si pensamos en la propagación de la enseñanza como un proceso de comunicación se hace claro que, para que ella se logre, es necesario que los elementos de información se interrelacionen de determinada manera. En primer lugar, es obligatorio que el código que utilice el transmisor, sea inteligible para el receptor. Que el destinatario tenga cierto grado de capacidad previo a los contenidos de la información. El significado no está en el mensaje, sino en el destinatario. Por lo tanto la misma clase puede tener, potencialmente, tantos significados diferentes como educandos haya.

El significado real de las cosas y su valor se las otorga el ser humano al yuxtaponer ideas: ubicar datos concretos dentro de una jerarquía  y esas categorías varían con la experiencia personal de cada quien.

Las personas buscan la razón de las cosas, aunque el motivo no este ahí. Esto es así porque la incertidumbre rompe el equilibrio interno y produce tensión. Si logramos entender los mensajes que nos están llegando, la tensión sube de nivel. Ahora bien, una de las necesidades básicas de la humanidad, es la de preservar el equilibrio interno: principio de homeóstasis, el ser humano se rige por el principio del mínimo esfuerzo.

Esto quiere decir que el individuo se conduce siempre buscando economizar  la mayor cantidad de energía posible. La consecuencia de estos principios para el logro de los propósitos de la comunicación educativa es evidente. Cuando el propósito es producir un aprendizaje se supone que éstos tienen componentes nuevos para el receptor, lo cual siempre conlleva tensión.

El beneficiado tiene dos vías para reducir la tensión: rechazar el mensaje, que no es lo deseable, o encontrarle un significado. Y el organismo tiende siempre a optar por la salida más fácil e inmediata: principio del mínimo esfuerzo, a menos que perciba esa salida como contraproducente para su equilibrio futuro –principio de homostasis–. Así, aprendemos algo sólo cuando nos parece que nos  conviene asimilarlo. Y que nos lo parezca depende de la forma bajo la cual se presenta el mensaje.

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LA IMAGEN

En este sentido, la forma verbal  ofrece muchas más dificultades que la forma iconográfica. Si la información concreta se comprende mucho más fácilmente que la abstracta es precisamente porque se basa en ilustraciones. La imagen proporciona la base para el pensamiento, facilitando la estructuración de significados. De manera que el aprendizaje resulta mucho más rápido y efectivo cuando el mensaje se presenta en forma gráfica.

Una de las ventajas de la televisión en la enseñanza está en el hecho de utilizar dos canales de comunicación: el visual y el auditivo, en vez de uno solo. Esto refuerza la información y aumenta la posibilidad de que el aprendizaje se produzca.

La  nuestra es una era visual. De la mañana a la noche somos bombardeados por imágenes visuales: desde el periódico a las vallas publicitarias, de los gráficos en la oficina a la TV en casa.

Hasta aquellas figuras creadas en otras épocas y lugares están más a nuestro alcance de lo que estuvieron al de la mayoría de sus contemporáneos. Esos cambios en nuestro medio, que el mismo hombre ha promovido, tienen efectos retroactivos, en cuanto van cambiando los patrones de percepción: las formas que resultan inteligibles al cerebro cambian.

De todo esto se desprende que si la educación quiere ser coherente con sus objetivos, no puede fosilizarse en formas que han perdido vigencia dentro de la cultura a la que pretende servir.

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