Mar 6 2007
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Política

Individuo y Sociedad. – ¿ALGUIEN DIJO GENES?

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

D. Nelkin y M.S. Lindee (autores de The DNA Mystique: The Gene as a Cultural Icon – La mística ADN: el gen como ícono cultural), al comentar la escena afirman que esta referencia, este descubrimiento de que el extra-terrestre posee genes, al igual que nosotros, refleja hoy día ideas familiares. Forma parte de una narrativa cultural en la que el gen es removido de la historia, el tiempo y el espacio. En breve, de toda contingencia y temporalidad.

Esta molécula esencial es vista, no como consecuencia de las condiciones en las que se desarrolló en la Tierra, sino como una sustancia ultima presente en todo ser vivo, independiente de su planeta de origen. Podríamos decir que el descubrimiento del ADN en el cuerpo de E.T. es algo así como encontrar la segunda edición de la Biblia revisada, actualizada y aumentada con el Nuevo Testamento, en la nave espacial de un marciano. El mensaje implícito en esta narrativa es el de que tal descubrimiento libera al texto molecular de la historia y lo transforma en algo verdaderamente universal.

Dime qué genes tienes y te diré quien eres

M. Rothstein, al escribir el obituario de Isaac Asimov en el New York Times, afirmo que “todo esta en los genes”. Y una biografía de James Joyce contiene un diagrama con su diseño genético. Ya sea en el melodrama televisivo, los comerciales, las revistas, los tabloides o los diarios , los genes aparecen como la ultima explicación de la criminalidad, las diferencias raciales, la timidez, la inteligencia, la homosexualidad, la obesidad, la pobreza, el alcoholismo o la flojera…

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Hay genes para todos los gustos. Genes de celebridad, de violencia, de ahorro, de pecado, de egoísmo. Esta imaginación popular que colorea el mercado nos entrega una noción del gen como algo poderoso, determinante y fundamental para comprender la conducta y desentrañar el “secreto de la vida”.

Símbolo social y cultural

En los años noventas los genetistas vieron al genoma como la Biblia, el libro del Hombre o el cáliz sagrado. Si es cierto que el gen es una estructura biológica, la unidad de la herencia, una secuencia del ácido deoxyribonucleico que especifica la forma de una proteína y transporta información que ayuda a formar y darle vida a las células y los tejidos, no es menos cierto que, también, se ha transformado en un ícono cultural, un símbolo y, prácticamente, en una fuerza mágica.

El gene biológico, esa estructura nuclear con la forma de una escalera torcida, ha empezado a poseer un significado cultural independiente de sus propiedades biológicas. Lo cierto es que hoy se ha convertido, doblemente, en un concepto científico y un poderoso símbolo social con poderes múltiples.

A pesar de toda la retórica Post-Modernista que proclama una abierta actitud anti-esencialista y, con ello, la muerte del sujeto, nos encontramos aquí con que las imágenes y narrativas del gen en la cultura popular entregan, por el contrario, un mensaje que contiene un esencialismo genético al reducir la si mismidad a una entidad molecular, igualando al ser humano con toda su complejidad social, histórica y moral con sus genes que se convierten ahora en el equivalente secular del alma cristiana.

Sale el alma, entra el gen

Independiente del cuerpo, el gen aparece en esta nueva narrativa como un elemento inmortal y fundamental en la constitución de la identidad, capaz de explicar las diferencias individuales, el orden moral y el destino humano. Es el sitio de nuestro verdadero ser y, por tanto, relevante en los problemas de la autenticidad personal planteados por nuestra cultura. En cierta forma pareciera que en esta narrativa popular, tanto el individuo como el orden social fueran la expresión directa de esta poderosa, mágica y, a veces, sagrada entidad.

Por milenios, gran parte de las culturas pre-modernas han reconocido alguna entidad que es relativamente independiente del cuerpo y que es lo que le da vida y poder. En diferentes culturas y en diferentes momentos se le ha llamado yalo, noos, hun, alma o espíritu y es algo que persiste cuando el cuerpo se ha ido y, al contener todos sus elementos esenciales, puede ser usada para traerlo de vuelta –en el día de la resurrección y juicio final, por ejemplo.

Mas aun, esta identidad también es central en la identidad o si mismidad del sujeto. El esencialismo genético, que hoy ha empezado a modelar gran parte de la imagologia popular, obtiene su poder, en gran medida, de estas raíces teológicas. El gen se ha transformado en una forma de hablar acerca de los límites de la personalidad, la naturaleza de la inmortalidad y el significado sagrado de la vida en formas que se asemejan a las narrativas religiosas.

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Así como el alma cristiana ha proveído conceptos arquetípicos a través de los cuales ofrece entender la persona y la continuidad del ser, así también, el gen aparece en la cultura popular como una entidad semejante al alma, una reliquia sagrada e inmortal, un territorio prohibido. Esta no es solo una semejanza lingüística o metafórica. Es mucho más que eso. El genoma ha empezado a reemplazar, en el campo social y cultural, las funciones que una vez tuvo el alma.

Imágenes genéticas aparecen en los lugares menos inesperados. El automóvil BMW tiene una “ventaja genética”. El Subaru es una “súper-estrella genética” y el Toyota tiene “un gran conjunto de genes”. Y, para no ser menos, los fabricantes del aautomóvil Infinity definen su autenticidad en un comercial que afirma que “mientras algunos sedanes de lujo lucen como sus antepasados, los nuestros poseen el mismo ADN.”

Genética, persona y sociedad

Las imágenes habituales y las metáforas familiares proveen las formas culturales que permiten la comunicación de ideas. A través de la repetición forman los hábitos de pensamientos inconscientes y el conjunto de presunciones y creencias que configuran nuestro orden socio-conceptual. La cultura popular –como lo mostró Theodor Adorno en la década de 1941/50– nos ofrece la oportunidad de examinar los cambios de significado en nuestra sociedad, como también sus presupuestos.

Las imágenes de los medios de comunicación no determinan la conducta individual. Sus efectos en nuestras decisiones individuales, obviamente, están mediatizados por actitudes previas y por aquello que esperamos del futuro. Pero, la persistencia de las mismas imágenes nos revela el tipo de conductas que culturalmente valoramos, creando así un marco en donde nuestras expectativas se dan. La repetición hace posible la imposición de una hegemonía ideológica que define ciertas acciones y pensamientos como naturales, como una cuestión de hecho.

La razón de las crisis sociales puede ser atribuida a la acción de seres supernaturales, al destino, a la clase dominante o a las políticas inoperantes del Estado. La elección de cualquiera de éstas siempre va a reflejar, en mayor o menor medida, creencias culturales acerca de la naturaleza fundamental del ser humano, la relación entre el individuo y la sociedad o la responsabilidad del Estado.

En la década de l<981/90, durante el apogeo mundial del neo-conservatismo, el énfasis en la responsabilidad individual empezó a jugar un papel más importante en las políticas culturales. Los individuos mismos empiezan a ser vistos como la fuente de problemas sociales y, consecuentemente, la adopción de la responsabilidad personal pasa a ser la forma apropiada para resolverlos (“la pobreza podría terminar si los pobres se decidieran a trabajar”, “la población negra y los indigenas debe responsabilizarse por la actualización de sus vidas”…).

Por supuesto, nada de malo hay en asumir la responsabilidad personal. Todo lo contrario. El problema es que, al poner el énfasis primariamente en la responsabilidad individual, el amplio espectro de fuerzas económicas y sociales dentro del cual el individuo actúa queda fuera de foco.

Si concebimos lo social sólo como una colección de sujetos completamente autónomos, entonces toda la responsabilidad, tanto por el progreso o por los problemas sociales, yace, no en la acción de grupos, en las organizaciones políticas, en las instituciones económicas o en los aparatos ideológicos, sino, en el individuo, ya sea para mejor o peor.

Si el ser humano no es transformable, si su constitución es algo ya dado –y en la fantasía política contemporánea un trazo genético es un trazo que no puede ser afectado por las fuerzas del ambiente– entonces cualquier intento por cambiar o transformar las estructuras sociales puede considerarse irrelevante. Es poco lo que el Gobierno puede hacer para transformar o ayudar a aquellos que están programados para ser lo que son. Los programas sociales pierden su importancia cuando los problemas sociales derivan de la biología individual.

¿Simplificar los factores de dominación?

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La atracción del esencialismo genético para el neo-conservatismo radica en la utilidad ideológica que le proporciona en su lucha en contra de las políticas igualitarias de la izquierda, en su uso como arma en contra del Estado de bienestar y su intento de reemplazarlo por el sector privado. Las desviaciones genéticas liberan al Estado y a la sociedad de la responsabilidad colectiva por las condiciones sociales que promueven la violencia y la explotación.

Y, sin embargo, a pesar de este énfasis individual, las explicaciones genéticas poseen un doble filo. Si remueven la responsabilidad del Estado y la sociedad, también la remueven del individuo, liberando a éste de responsabilidad moral al proveer una excusa biológica por las causas de su acción. Los genes son agentes del destino. No somos mas que victimas de una molécula, prisioneros de nuestra herencia ¿No es esta una nueva forma de culpabilidad…una culpabilidad biológica?

No soy yo, sino las deficiencias de mis padres que me pasaron genes malos o del doctor que no ordenó exámenes pre-natales. La narrativa biológica dentro de los valores neo-conservadores le permite a éste ubicar problemas y soluciones dentro del individuo y definir efectivamente los términos del discurso público. Las explicaciones biológicas –“esta en mis genes” reproduce las explicaciones teológicas: “el diablo me hizo hacerlo”.

La amenaza de una nueva pesadilla configurando nuestra realidad se hace cada vez mas evidente… ¿para que molestarnos con el arduo trabajo de enseñar, entrenar e investigar si, por lo menos en principio, defectos tales como las limitaciones en la habilidad para aprender pueden ser eliminadas y, quizás, reemplazadas por otras cualidades positivas a través de la selección e ingeniería genética?

Avances en genética humana compiten con políticas educacionales o, mas precisamente, comienzan a hacer posible la planificación de programas vio-genéticos a largo plazo que tienen una enorme ventaja a su favor…disminuyen los costos y reemplazan la incertidumbre de los resultados por la “eficiencia de la pre-planificación”. Mas aun, si seguimos extrapolando y anticipando, podríamos decir que todo lo que podría ocurrir, finalmente, ocurrirá.

Las regulaciones del trabajo y las medidas de protección de los trabajadores, por ejemplo, podrán ser reemplazadas por exámenes genéticos de empleo que llevara a un pragmatismo selectivo voluntario en el estadio pre-natal. La consecuencia de todo esto no es difícil de imaginar… Los individuos que posean ciertas propiedades susceptibles de ser discriminadas tenderían a desaparecer. En otras palabras, simplemente no nacerían.

¿Cual seria el futuro de la educación si los límites ya han sido definidos para los niños antes de entrar a la escuela primaria? ¿O de la jurisprudencia, si al criminal no se le da la posibilidad del arrepentimiento y la re-socialización? ¿O del mercado laboral si las huellas genéticas reemplazan al currículum vitae? ¿O de las compañías de seguros, si el monto mensual depende de cuantas mutaciones genéticas el cliente posee?

Un nuevo significante maestro está a la espera para hegemonizar el campo socio-cultural. El que lo logre, solo el tiempo lo dirá.

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* Escritores y docentes. Residen en Canadá.

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