May 14 2014
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Cultura

Intelectuales, poder, entrismo

Tres veces estuvo Plat√≥n en Siracusa, reino de Sicilia. La primera invitado por el tirano Dionisio, llamado ‚Äúel Viejo‚ÄĚ, las otras dos por su hijo, Dionisio ‚Äúel Joven‚ÄĚ. Su prestigio hab√≠a trascendido Atenas y, por ese motivo, queriendo sacar provecho de sus ense√Īanzas, ambos reyes lo quisieron junto a ellos, ansiosos de extraer el jugo de su saber para mejor gobernar a sus d√≠scolos y desdichados pueblos.

Acaso ignorante de lo que eran, acaso halagado en su vanidad, acaso disconforme con sus paisanos, Plat√≥n, pese a su capacidad de juicio, acept√≥ las respectivas invitaciones con p√©simos resultados. Como de pronto se le ocurri√≥ hablar mal de la tiran√≠a el primer Dionisio lo apres√≥ y lo puso en venta como esclavo; a duras penas sali√≥ del aprieto y lo sorprendente es que se prest√≥ dos veces m√°s, estimulado por la posibilidad de proveer de ideas a su admirador ya no el viejo sino el joven. Por fin regres√≥, desenga√Īado sin duda de su poder de convencimiento, fund√≥ en Atenas la famosa Academia y es como si se hubiera dicho ‚Äúfil√≥sofo a tu filosof√≠a, el poder es ingrato y cruel y creer que se le pueden infundir ideas sabias, de bien, es una pura ilusi√≥n.‚ÄĚ

Creo que este es el primer episodio de las tortuosas relaciones entre intelectuales y poder, aunque quiz√°s haya habido otros antes por supuesto hubo muchos despu√©s‚Äď, y de esa desdichada y m√°s o menos moderna teor√≠a seg√ļn la cual el intelectual le sopla en el o√≠do al mandatario y le hace tomar las mejores decisiones. El triste final de esa creencia es previsible, el mandatario se aburre del zumbido y manda al diablo al que se crey√≥ que le hac√≠an caso porque era un intelectual.

Y si bien a Plat√≥n le fue mal, peor la pas√≥ S√©neca. Seg√ļn recuerda Jos√© Ferrater Mora en su Diccionario de Filosof√≠a, poseedor de un s√≥lido sistema de pensamiento, de alcance sobre todo moral, fue convocado como maestro del joven e impetuoso Cal√≠gula y luego de Ner√≥n: debe haber pensado que sus ideas ordenar√≠an la vida disoluta del Imperio, pero Ner√≥n no opinaba lo mismo y le orden√≥ que se suicidara, orden que cumpli√≥, estoico como era. Otro fracaso de la vol√°til fantas√≠a: o bien S√©neca no sab√≠a lo que hab√≠a pasado con Plat√≥n, o supuso que a √©l no le ocurrir√≠a lo mismo, o descans√≥ en la vieja y siempre renovada fantas√≠a de que quien piensa o tiene ideas es tan obviamente superior al hombre del poder que √©ste no podr√≠a resistir a su influjo.

Maquiavelo fue m√°s astuto y por eso tuvo m√°s suerte: no intent√≥ dirigir al Pr√≠ncipe, sino que lo observ√≥ y sac√≥ de ello conclusiones que orientaron a otros pr√≠ncipes, contempor√°neos y sucesivos, sin ponerlos inc√≥modos, o sea sin pretender dirigirlos. Su idea acerca de que en la naturaleza hay ‚Äújefes‚ÄĚ y ‚Äúsubordinados‚ÄĚ no pod√≠a sino acarrearle el aplauso de los jefes: los subordinados no ten√≠an mayor opini√≥n.

Un contraejemplo interesante es el de Spinoza: supo permanecer en su rinc√≥n filosofando y puliendo cristales aunque ciertos poderosos habr√≠an querido tenerlo a su lado para, seg√ļn la tradici√≥n, usarlo y luego venderlo como esclavo, o bien guardarlo de por vida en una mazmorra o bien arrojarlo lisa y llanamente al basurero. O terminar por hacerle alg√ļn homenaje, despu√©s de muerto sin duda, como para mostrar que el poder respeta al intelectual. Yponerle su nombre a una calle. O a muchas, hay casos.

Tambi√©n le pas√≥ a Voltaire: se le debe haber escapado una broma y Federico de Prusia lo mand√≥ de regreso a su casa, casi sin agradecerle los buenos momentos que hab√≠an pasado juntos y que le hab√≠an hecho creer al fil√≥sofo que sus luces iluminaban al no tan tosco monarca. Y as√≠ siguiendo, la lista es interminable de grandes nombres cu√°nto no lo ser√° de peque√Īos y olvidados que tal vez sirvieron un poco alguna vez pero creyendo que eran el cerebro de esas manos que constru√≠an o destru√≠an, seg√ļn la fuerza o la arbitrariedad o, m√°s claramente a√ļn, el juego de fuerzas que les hab√≠an permitido hacerse del poder.intelectuales-organicos

En un plano de mera astucia, aunque no tan alejado de las mencionadas ilusiones de intelectuales, se registran infortunados episodios en el curso del atormentado siglo XX. Heidegger, nos cuenta su bi√≥grafo R√ľdiger Safranski, crey√≥ que pod√≠a proporcionar coherencia y rigor al nacionalsocialismo hitleriano: no advirti√≥ que a la teor√≠a nazi le bastaban tres o cuatro rudimentarias ideas para progresar y que no necesitaba de complicaciones postfenomenol√≥gicas y metaf√≠sicas. Entr√≥ en el partido nazi, se disfraz√≥ de tirol√©s para congraciarse con los SS y, por fin, tuvo que recluirse en un rinc√≥n de la Selva Negra para salvar el pellejo. Cosa parecida ocurri√≥, aunque m√°s ocultamente, con Jos√© Ortega y Gasset quien, seg√ļn su bi√≥grafo Gregorio Mor√°n, quiso ser el pensador del franquismo pero el primitivo Franco, que lo hab√≠a hecho todo para exterminar a los rojos, no le prest√≥ mucha atenci√≥n, la pretensi√≥n le debe haber parecido absurda y descartable, le bastaba con persignarse y recitar a Primo de Rivera para hacer lo suyo.

¬ŅY qu√© decir de los pol√≠ticos? En este campo la cosa cambia un poco: ya no es cuesti√≥n de intelectuales cre√≠dos o engre√≠dos, sino de personas formadas en las izquierdas m√°s radicales que, hartos de no lograr la adhesi√≥n sincera de las clases favorecidas por ellas, se pasan al enemigo con la idea de transformarlo desde adentro, un adentro que si algo sabe hacer es poner en movimiento su sistema inmunol√≥gico. La relaci√≥n cambia de nombre, ahora se llama ‚Äúentrismo‚ÄĚ y consiste en un deliberado prop√≥sito de asimilarse al cuerpo pol√≠tico al que quisieron cambiar para en su interior llevar a cabo lo que no pudieron hacer cuando no quer√≠an eso y lo combat√≠an hasta la desesperaci√≥n. Se trata, obviamente, de una especie de trasvestismo en cuyo final el entrismo desaparece, ya sea porque los entristas se cansan de tal √≠mprobo e in√ļtil esfuerzo, ya porque no pueden regresar, la cabeza baja, a su primitivo redil que no los acepta, ya porque en la nueva situaci√≥n les empieza a ir bien, es posible incluso que se conviertan en los m√°s fervorosos sostenedores de aquello que anta√Īo discut√≠an y combat√≠an hasta so√Īar con mundos nuevos y m√°s perfectos. Esa confianza en que desde dentro podr√≠an reconducir un movimiento pol√≠tico cuyo sentido o cuya singularidad nace en otras cunas se desvanece, al parecer eso que se llama realidad es una fuerza muy poderosa.

Todo este drama parece cosa de otro tiempo pero la tentaci√≥n siempre existe y de cuando en cuando reaparece, ya en relaci√≥n con intelectuales que, aunque no tan c√©lebres, tratan de estar cerca del poder, para insuflar a los que parecen tenerlo ‚Äďhay tambi√©n en eso algo ilusorio‚Äď ense√Īanzas provenientes del saber sociol√≥gico, de la ciencia econ√≥mica, de la arrogancia reflexiva, o de la experiencia period√≠stica, como de pol√≠ticos que cambian de habitaci√≥n para experimentar el vertiginoso goce de un hacer que antes les estaba tristemente limitado.

Es claro que habr√≠a que cuidar los t√©rminos y no considerar ‚Äúentrismo‚ÄĚ por igual a todas estas situaciones; en todas siento algo pat√©tico, un renunciar al poder de los lenguajes, los pensamientos, las decisiones y las capacidades propias, y un sometimiento m√°s irracional que calculado al curso que impone y presenta a veces con estridencia la realidad y cuyo √©xito parece una meta seductora.

Hay ejemplos de toda √≠ndole de todas estas variantes; de las intelectuales ya dije algo, de las pol√≠ticas queda mucho por decir: muchos, formados en las izquierdas, razonadoras y cr√≠ticas por origen, definici√≥n y destino, ‚Äúentraron‚ÄĚ, abuen√°ndose, en el socialismo centrista y reformista o, localmente, en el peronismo; no faltan ex guerrilleros o antiguos vanguardistas que ‚Äúentran‚ÄĚ en los populismos para incidir en la l√≠nea; tampoco los que terminan en el peor de los casos por hacerse empleados del capitalismo m√°s consistente y en el mejor funcionarios; unos y otros, invariablemente, siguen siendo razonadores, siguen explicando el sentido que tiene la historia, como si nada hubiera cambiado para ellos desde las antiguas armas hasta las modernas oficinas.

Yni hablar de fervorosos neoliberales que, seguramente sin renunciar en lo √≠ntimo a las ense√Īanzas provenientes de cierta escuela de Chicago y guardando en el secreto de sus corazones la esperanza de que su primitiva fe regrese triunfalmente, descubren el encanto de tradiciones opuestas, eso que constituy√≥ el desconcertante espect√°culo en que consisti√≥ el menemismo en este sufrido pa√≠s.

*Publicado en P√°gina12, Argentina

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