Jul 6 2012
2046 lecturas

CulturaSociedad

Juan Carlos Mege en prisión o cuando un país yace en la oscuridad

“Se te acusa de esto y de lo otro
Yo te conozco y digo quién eres”

Nicanor Parra.
Con horror y tristeza me he enterado de la detención del cineasta chileno, Juan Carlos Mege. Fue mi hermano, poeta del Norte Grande, quien primero me avisó de la noticia. Luego Carmen Berenguer —flamante presidenta electa de la Sociedad de Escritores de Chile— me contó la desgracia que afecta a mi amigo. Finalmente, fue la cónyuge del mismo Juan Carlos quien me contó los hechos. | JESÚS SEPÚLVEDA.

 

“Entraron por un aviso de robo cuando no había nadie, fueron al taller trasero donde Mege pinta y encontraron cinco plantas de marihuana, secándose. Ya cumplió un mes en un complejo carcelario y el proceso está en marcha, así que todo puede ser usado en el juicio”.

 

Yo bien conozco esos procesos kafkianos. En el año 2000 fui arrestado en el aeropuerto por una causa pendiente que arrastraba desde 1995. Motivos: posesión de un porro de yerba paraguaya. Mala cosa. La justicia chilena es mediocre. Cuando pudo portarse digna mostró su verdadera cara, apelando al tecnicismo de demencia senil para liberar al sátrapa del juicio que nunca tuvo en Chile. Hoy conversé con Alvaro Leiva, poeta y doctor en literatura. Y concordamos que la ley en Chile es retrógrada e injusta, y su favoritismo detestable. 


 

En momentos en que el mundo crece y amplía la conciencia, el régimen chileno cierra sus ojos y tapa sus oídos. Cientos de miles están en las calles para exigir un mundo mejor, más justo y solidario. Educación gratuita piden los estudiantes de Chile, Colombia y Canadá. Fin a los privilegios del 1% reclaman los ocupas de Estados Unidos y los indignados de Europa. Soberanía y libertad gritan los pueblos indígenas del continente. Paz social y fin a las muertes del narcotráfico exigen los mexicanos. Democracia y participación tiñe el grito alzado de la primavera árabe. Protección de la ecología y del balance planetario desean los más conscientes.

 

Y sin embargo el mundo sigue su marcha impertérrita hacia su decadencia inminente. ¿Por qué? Porque sus líderes y caudillos cierran sus ojos y tapan sus orejas. Pero no todos. Algunas superestructuras políticas han comenzado a despertar: Uruguay legaliza el consumo de marihuana, Argentina condena a 50 años al ex dictador Videla y el Mercosur rechaza el golpe blando contra el presidente Lugo. Algo es algo.

 

Pero Chile no cambia. Los de siempre se reúnen en el Teatro Caupolicán a celebrar a su caudillo, un alcalde siniestro expulsa a las alumnas de su colegio, los uniformados allanan las rancherías mapuche a fuerza de cañón, las divisas de la minería engrosan los bancos extranjeros, el hollín oscurece Santiago y una senadora designada de apellido alemán se empeña en atacar a la inteligente Camila imitando a la bruja envidiosa de Blancanieves y los siete enanitos.

 

Da pena. Y da rabia también porque nadie ofrece respuestas.

 

Mientras tanto, los estudiantes siguen en las calles, los comuneros siguen en las calles, los damnificados siguen en esas mediaguas improvisadas que se lleva el viento, y Aysén no existe. ¿Y qué hace el presidente de la republiqueta? Habla y miente. Tal como lo hizo en 1999 al atacar al juez Garzón por querer enjuiciar a su caudillo. A veces también anda en helicóptero y otras censura a los periodistas de la BBC en Río de Janeiro. Es su estilo.

 

Todavía recuerdo esa conversación telefónica que tuvo con Pedro Pablo Díaz a propósito de la hija de un miembro tardío de la junta militar y que hoy participa de su gabinete. En esa oportunidad, el hermano del Negro Piñera, farandulero asiduo a las noches del cabaret, habló como poseído por una diosa blanca. Aquí en Oregón —estado de tres millones de habitantes, donde la marihuana se prescribe con fines terapéuticos y las Iglesias nativoamericana del peyote y brasileña del Santo Daime tienen estatus legal— se diría que denostó así a la hija del general porque estaba bajo cierta influencia. Lindo eufemismo.

 

Lo cierto es que en el plano cotidiano, Juan Carlos Mege, que además de cineasta es sociólogo, profesor universitario, pintor y padre de familia, está preso en una cárcel a la que nunca debió ir. Su detención despierta horror en el mundo intelectual chileno y su caso comienza a ser conocido en el extranjero.

 

Con Juan Carlos participamos en el movimiento estudiantil de enseñanza media en la década de los ochentas: él en Concepción, yo en Santiago. Nuestro activismo estaba motivado por el deseo de zafarnos de la pesadilla militar y devolverle a Chile un paisaje nuevo, con colores y un Congreso. Nunca pensamos que esos colores se desteñirían tan fácilmente y que el Congreso sería guarida de truhanes —salvo algunas excepciones— que sólo piensan en subirse el sueldo.

 

Mala cosa.

 

Volví a reunirme con Juan Carlos en 2001 en un viaje que hizo a Seattle a través del un proyecto de la Biblioteca Nacional. En 2006, dirigió el documental Máquina de combate, donde entremezcla el mundo del arte y la política y que, según entiendo, fue exhibido gratuitamente en las plazas públicas con el fin de educar. En 2009, Juan Carlos codirigió [con Camilo Echegoyen] con muy pocos recursos la película Hotel Marconi, homónima de mi tercer libro de poesía y bello tributo.

 

Extraño derrotero el de nuestra generación: la juventud rebelde. Leiva y yo nos fuimos del horroroso Chile, aunque él esté ahora de regreso en el terruño natal. Mege, en cambio, se quedó para intentar colorear sus calles y sus paisajes, dándole movimiento a la poesía. Tal vez eso no le guste a la justicia chilena. Tal vez a la justicia chilena sólo le interese el gris marcial y la oscuridad de las bodegas con dinero. Tal vez su detención y el proceso pendiente no sean sino un juicio político contra un intelectual y un artista que no se resignó a vivir en un país horroroso.

 

Parafraseando al novelista vasco, Asel Luzarraga Zarrabeitia, recientemente expulsado del país por anarquista, quizás el único delito de Juan Carlos Mege no haya sido sino ser cineasta, artista, chileno, libertario y solidario. Qué triste país dejó el caudillo.

 

¡Libertad para Mege!
(La imagen que ilustra el texto corresponde a una obra de Juan Carlos Mege)

 

Addenda

El apresamiento y prisión de Juan Carlos Mege acaso inscriba a Chile entre los territorios donde se libra la “guerra contra las drogas”, pero en verdad —inquietante pensamiento— solo devela el actuar enfermo de una sociedad enferma.
Un intelectual en las mazmorras se creía algo del siglo XIX o de las recientes dictaduras latinoamericanas. Craso error. Dura [y estúpida] ley es ley para los Mege que producen cultura, no para boticarios enriquecidos y otros malvivientes de corbata.

 

– El medio metraje Máquina de combate, de Juan Carlos Mege, puede verse aquí.

– Una sinopsis del largometraje Hotel Marconi, en Youtube.

– El ensayo La producción del arte como reproducción de un saber colectivo: el caso Tucumán arde, de Juan Carlos Mege, se lee en este portal en dos partes, la primera y la segunda.
También se encuentra este ensayo entre las publicaciones de la Universidad de Concepción, Chile, en formato pdf, aquí.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

2 Comentários - Añadir comentario

Comentarios

  1. Mario Alejandro Vergara Leiva.
    7 diciembre 2012 16:59

    Los casos de este corte en Chile se multiplican y son muchos lo seres humanos que padecen bajo el yugo de la ley en eteparadojalmente tan hermoso país.Solo fuerza a mi amigo y hermano Mege.

  2. Ronald Gallardo Duarhtt
    5 marzo 2013 22:09

    La situación por la que está pasando nuestro amigo y compañero Juan Carlos Mege, perfectamente se configura como una reclusión política. Mege es un prisionero político, ya que finalmente no solo es llevado a la cárcel por un par de matas de marihuana secándose en su taller de trabajo junto a sus telas y oleos, sino que por su postura al respecto. Mege no está de acuerdo con la propuesta que le hace el tribunal de una salida abreviada, a través de la cual debe declararse culpable de los autos que se le imputan. Mege defiende su consumo de marihuana, porque defiende su libertad de opción y el auto-cultivo. Se declara inocente porque no es traficante. Además no compra marihuana y seguramente de haberlo hecho hubiese tenido menos riesgo de ser apresado. No es difícil constatar que en la cárcel hay muchos hombres y mujeres que son encarcelados y obligados a cumplir una condena de meses y años de prisión por esta situación.
    El Estado chileno y sus políticas de drogas son de las “mejores” diseñadas en Latinoamérica, ya que por su inoperancia, ceguera y desajuste con la realidad, incluso de la realidad de algunos países hermanos de la región, se hace absolutamente adecuada y funcional para justificar el quehacer persecutorio y de supuesto éxito en su lucha contra el narcotráfico.
    Mientras encarcelan a personas como Mege, por el lado y sin que salga a la luz pública, los poderosos trafican cientos de kilos de droga por el país. Mientras nuestro país es cada vez más prohibitivo, sustentan una supuesta estabilidad política y de orden que incluso va en contra de los tratados internacionales que el estado chileno ha suscrito al respecto.
    Todos sabemos la calidad humana y ética de Juan Carlos Mege y el aporte significativo que ha realizado en materia de las artes, la educación y la defensa de los derechos humanos en Chile. Es un hombre que tuvo la oportunidad de estudiar y formarse al calor de principios éticos y humanos fundamentales. Entonces cabe preguntarse: ¿qué se puede esperar que hagan en su propia defensa las cientos de personas que por ignorancia asumen la culpa que se les imputa, en un proceso jurídico y policial extremadamente cerrado y anquilosado en leyes que siguen operando de espalda a la realidad de los más pobres y que siguen cubriendo las maniobras de los poderosos? ¿Acaso son estos últimos quienes están pagando el “rigor” de la ley en las cárceles de Chile?.