Mar 27 2009
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Sociedad

La inseguridad de los dioses y la pena de muerte

Darío Balvidares*

Cuando Prometeo desobedeció a Zeus (entre otras desobediencias que ya había tenido con su padre), cuenta el mito, tuvo –digámoslo así– un castigo ejemplar. La condena respondía al acto “delictivo” que Prometeo había realizado, hurtando el fuego de los dioses para devolvérselos a los hombres.
¿Un acto irracional? Sin embargo, los dioses no necesitaban del fuego y los hombres sí para no morir.

Cabe preguntar: ¿a qué le temió Zeus para administrar tal castigo?, ¿su poder decrecía?, ¿la desobediencia lo exponía al ridículo frente a los otros dioses de la corporación? O tal vez, gestionar el sufrimiento de Prometeo le otorgara cierto placer, después de Freud, podríamos decir, perverso.

Lo probable es que Zeus haya sentido inseguridad, aún encerrado en el Olimpo junto a otros dioses y deidades menores. La cosa es que optó, a pedido de una diosa, por la pena de muerte. Una pena de muerte eterna –claro, los dioses son eternos– condenando a Prometeo a que un águila le comiera el hígado durante la noche, se le regenerarse durante el día para comenzar otra vez el ciclo.

La muerte y la regeneración de las pasiones –seguramente habría dicho Freud–; la represión del cuerpo a través del disciplinamiento continuo –podríamos arriesgar con Foucault.

La historia era más densa porque antes que Zeus y su corporación, es decir en la historia preolímpica, Cronos había asesinado a su padre, Urano, cortándole los testículos y tirándolos al Océano de donde surge Afrodita, la diosa de la sexualidad, la que pidió la pena de muerte.

La historia es incorregible, recién habían aparecido los dioses, todavía no existíamos los mortales y ya se gestaba lo que mucho más adelante se denominó intrigas palaciegas; pero ese es otro cuento al interior de la familia.

La cuestión central es que la corporación olímpica encabezada por Zeus, acompañado de Poseidón, Ares, Hera, Dioniso, Apolo, la mismísima Afrodita y algunas otras deidades que por allí estaban sintieron inseguridad por lo que habían creado. Sí, por lo que habían creado: los mortales.

También es cierto que algunas deidades menores que no estaban de acuerdo con lo solicitado por los dirigentes de la corporación no tuvieron repercusión olímpica.

De los dioses míticos a los dioses artificiales

No hay lugar a dudas que los dioses y diosas artificiales de la modernidad líquida pueden existir en el olimpo pantallesco corporativo y no van a tener un Hesíodo que los historice, algunos de esos dioses y diosas quedaran atrapados en cintas y videos dignos del Hades (el inframundo).

Cuando los dioses y diosas contribuyen a cortar todo lazo de solidaridad, cuando expresan una pedagogía de la opresión, cuando aparecen públicamente desde sus espacios cerrados –debería decir privados–, cuando todo el avance discursivo es por una sociedad cada vez más encerrada, más individualista; pues, entonces, cada vez más contribuyen a la exclusión, contribuyen a la competencia hobbesiana; al decir de Bauman, contribuyen a que “los sólidos que se están derritiendo en este momento de la modernidad líquida, son los vínculos entre las elecciones individuales y las acciones colectivas …”

Los dioses y diosas artificiales parecen no advertir que son parte del simulacro de lo real, no de lo real sino del simulacro (Baudrillard), que sí confiscan, alienan (Marx) lo real.

Los re-fritados programas, degradados como fotocopias cada vez más alejadas del original, que por lo general las diosas y dioses de la corporación artificial no se cansan de reproducir, con concursos, juegos, competencias que incluyen el simulacro de la humillación, el desprecio; en fin, el quiebre de la subjetividad conjuntamente con todos los valores (líquidos) que enuncian en el momento que se ven amenazados en su propiedades, posesiones, éxito… todo es parte de la distorsión que la artificialidad produce, es decir, producción de subjetividad artificial para sentir seguridad.

Punto y aparte

Natalia Mechaluca, rosarina de 27 años, una de las tantas maestras –que lejos del simulacro– en Abra Pampa, Jujuy, está contaminada con plomo en sangre al igual que sus alumnos y la mayor parte de la población.
 

José Soto, un trabajador del ajo (de los 17.000 que no son un simulacro), en Mendoza gana $20 por jornadas de trabajo de 14 horas y denunció que además hay trabajo infantil durante la cosecha.
 

Marcela Crabbe es una de las vecinas de Chilecito, La Rioja, –que tampoco es un simulacro– golpeada por el dispositivo represivo policial, el último 19 de febrero durante el acto del aniversario de esa localidad por pronunciarse, junto a otros vecinos, contra la explotación del cerro Famatina.
 

Alfredo Mamani –que es real–, es uno de los 10 costureros sometidos a trabajo esclavo en un taller de ropa ubicado en la Ciudad de Buenos Aires.
 

Eleuterio Toribio, miembro de la comunidad Wichi de Lomitas; Formosa, el 14 de octubre de 2008 fue víctima, junto a otros miembros de la comunidad, de un fuerte accionar represivo…

En ellos, como en la novela de Saramago, Todos los nombres, justamente porque como en la novela no hay nombres, estos nombres nunca van a registrarse en el Olimpo.

Mientras los dioses y diosas del simulacro y deidades menores pidan la pena de muerte; los mortales seguiremos pidiendo por la vida, los derechos humanos y el fin de la explotación… Los dioses y las diosas del artificio dirán que no tienen nada que ver con lo que le pasa a esa pobre gente, quizás hagan un programa con simulacro social desde el Olimpo mediático, para tener más rating y acumular más ganancias…
 

Antes del fin…

Dijo el filósofo: “dios ha muerto”
Un mortal tiene pena porque la muchacha ojos de papel se suicidó…


* Profesor, licenciado en Letras, investigador.
Despacho www.argenpress.info.

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