Mar 30 2005
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Cultura

”La palabra es mi esfinge despiadada”

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

¿Qué tema te es, por el momento, difícil de escribir, o aquello que todavía no le encontrás la forma de decir, las palabras justas?

Siempre se me ha presentado “lo difícil” desde un costado falaz. Creo que debería desechar, ante todo, este epíteto: hay temas que nos buscan, que me buscan o asedian de manera espiralada, a veces durante meses o años, y que regresan siempre por el azar de un recuerdo, de la atmósfera de un libro (generalmente de la atmósfera que reencontramos en un libro), hasta por las “asociaciones ilícitas” que contienen –siempre espléndidos, esplendentes hasta en su atrocidad– los sueños y las pesadillas.

¿Qué resulta ya difícil, menos difícil, hiperbólicamente difícil en este mundo trasvasado por la tragedia y el remordimiento de pasadas glorias? ¡Difícil, me repito, es el inexpiable paso del hombre por un mundo que nunca terminará de serle ajeno, raro, y, las más de las veces, prodigiosamente inexplicable! Pero el mundo nos rehace. Nos va convirtiendo en testigos y danzantes de un ritual donde Agripina y Elías, Salomé y Paracelso, Cristo y Debussy, Walter Benjamin y Pilatos, Gustav Moreau y el primer escriba de Asurbanipal, conforman un asimétrico (y por momentos despiadado) laberinto. Ese laberinto se me presenta como la cueva del mito platónico. Sombra ardiente que suele sacrificar a los hombres, otras sombras.

Sé que hay temas o problemas afines con el artista(1), y otros que nos eluden con no menos álgebra: es el caso del tema del sexo y del amor en Borges, tan voluntaria o misteriosamente inexplorados. Por lo que se da en llamar “formación”, y, también, por mi genealogía (por mis venas corre sangre francesa, a través de una bisabuela materna), siempre estuvo la busca de “le mot just”. Sé que puede esconder un arma de doble filo, tal vez una utopía más, pero lo cierto es que creo firmemente en el trabajo con la palabra, a pesar de que “el espíritu sopla donde quiere”, hermosa e imprescindible imagen de los Evangelios.

Mucho menos creíble, por cierto, y más metódicamente contradictoria, se me representa “le mot injust” de los dadaístas o surrealistas. En estos momentos, recuerdo aquello de Borges de que la literatura es un sueño razonado, pero sin descuidar tampoco la admonición del paleógrafo Marcel Schwob: “el arte no clasifica, desclasifica”.

Desde que la literatura se me reveló como destino, alrededor de los diez años, nunca pasó un día sin que garabateara primero, empezara a escribir después, una línea. Aun antes de conocerlo, adhería al principio de Plinio, que nació como un mítico consejo al pintor Apeles, una ineludible consigna: “Nulla dies sine linea”. La búsqueda de la palabra justa sigue siendo, para mí, un alimento terrestre. 

Un escrito (poesía, texto) tuyo que haya irrumpido de una forma brutal, saliendo sin pedir permiso.

Alberto Girri me dijo una tarde, muy poco tiempo antes de irse, que los textos siempre terminan imponiendo sus secretas leyes. Él amaba el taoísmo y era un conocedor profundo de las teogonías orientales, presentes –subrepticias o no– en todo su corpus. Acaso cada texto componga, in extremis, su propio ápice, su propia ánima, ¿por qué no darnos el permiso de sugerir esta valiente hipótesis? ¿Acaso lo sobrenatural no resulta uno de los temas más visibles del arte, un tópico que requiere de conciencias lúcidas?

Aunque yo corrijo de manera ardua, en ocasiones frenética, a mis textos (en primer lugar, a la poesía, que me merece la más alta de las consideraciones), muchas veces he sentido que una primera versión bastaba (iba a decir “cerraba”, pero siento que es un verbo abominable.)

Esto me ha sucedido en este último viaje, en ciudades tan disímiles como Edimburgo o París, donde aproveché este final de verano para terminar de escribir La Rueca Dorada(2). Poemas como “Tres girasoles en la habitación china de Oscar Wilde”, o la serie “Arte de cetrería”, salieron de un solo tirón.

En los otros casos, aplico aquel brevísimo poema de mi admirada Emily Dickinson: “Los cirujanos deben ser cuidadosos cuando usan el bisturí. Debajo de sus delicadas incisiones se agita el condenado, ¡la vida!”

Frenesí en el manantial

¿Cómo surgís de un bloqueo creativo (si es que los tenés por supuesto)?

Tengo, como te decía, ciclos de escritura frenética y períodos de lecturas o estudios también frenéticos, que suelen durar largas semanas. Sí, sé que podría pensarse en una suerte de dualidad personal, pero no existe ningún condicionamiento maniqueo que me lleve a esos estados. Pero ambos se nutren, aunque sin olvidar su condición de insubordinados. Surgen, naturalmente, con esa condición de manantialidad(3) siempre propicia a la creación.

Todo surge de manantial, nos recuerda el iluminado, oceánico Mallarmé.

Cuando llega lo que yo llamaría “ausencia de escritura”, que jamás identifiqué con imposibilidad o bloqueo, aprovecho intensamente esos días y esas noches para imaginar nuevos poemas o fragmentos de poemas, nuevos cuentos o ensayos, a veces la memoria de una o dos líneas –hebras sobrevivientes del delirio nocturno– que actúan como amantes ciegos de fidelidad.

Curiosamente, ésos son períodos donde la actividad onírica se acrecienta: entonces trato de rescatar cuanto sueño o pesadilla pueda, llevándome varios cuadernitos a mi mesa de luz. ¿Por qué no pensar en la maravilla de esta metamorfosis que hará que el residuo (o la representación del residuo) de una pesadilla nos lleve a urdir la exacta geometría de un relámpago vuelto palabras? De un duelo a otro duelo, de una agonía a otra agonía, de un umbral a otro infierno. Así me entrego a la libertad de la escritura. Y así me derramo. 

Dijiste una vez: “soy un jardinero arañando universo” podrías continuar el concepto?

Ah, ése fue el final de una autopresentación que me pidieron, el año pasado, para una revista literaria de Barcelona. Resulta curioso cómo varios lectores y escritores repararon en esa metáfora. En ella hago un breve balance de obsesiones y mitologías personales, lo que yo llamaría: una “heráldica personal”. Como las alegorías de la araña y del jardín me conmovieron desde niño, así, entonces, traté de reunirlas.

Desde la semejanza Araña-Dios que plantea el Antiguo Testamento(4), y luego exhumada por Dostoievski o Jonathan Edwards, sin olvidar el mito griego de la lóbrega tejedora o las elucubraciones de Apollinaire, así también el jardín puede ser la visión misma de un regreso al Paraíso Perdido, pero, por qué no, nuestro trabajo incesante con la palabra (y con toda la carga de silencio y vacío que suele abrumarla).

La araña traduce o traiciona el tiempo, quiero decir que maneja la cronología a su antojo: a su manera, cada escritor será un involuntario remedo de los trabajos de ese dios o, en el más triste y frecuente de los casos, su parodia.

El jardín ahora es el espacio de la prueba y del sacrificio. Una crucifixión, pero también un éxtasis. Cultivemos el jardín, nos lo repitieron hasta el hartazgo Voltaire y Anatole France. ¡El jardinero se pervierte a profanador de sueños, de mis sueños, y este otro destino no deja de fascinarme!

Travesías en el destino

¿Cuál es la travesía del escritor? ¿Qué otros lenguajes artísticos (música, cine, pintura, etc.) te acompañan?

Tengo que apelar a la verdad de no sólo una, sino de muchas travesías para este destino. No hay un barco, no hay un libro, no hay un atardecer, no hay un desierto, ni siquiera una muerte o una sola revelación que de este lado me nutra o agoste lo suficiente como para provocarme un único arrobamiento. La escritura de cada libro parece convertirse siempre en una asunción de descubrimientos y de temblores. ¿No nos sucede lo mismo con los viajes, en otra escala?

Yo, que he escrito sobre autores que prácticamente nunca salieron de su solar natal, como el caso de Santiago Davobe*, o más inactualmente, de un Kant o de un Magritte, pienso que los viajes me completan, aun con sus rupturas. Así, el ensayo y la poesía que son los géneros que más frecuento, forman una especie de continuum que no me interesa de manera alguna parcializar.

En analogía con los viajes, cada intento con la palabra representa una nueva profanación, en tanto deseo de exhumar en el espacio de la palabra la piedra ígnea que puede destruirla. Las primeras incisiones sobre las tablas de arcilla o sobre los caparazones de tortugas, ¿no incluían el germen de un crimen simbólico, que no es sino el del deseo sobre el deseo?

Los críticos, que suelen ser afines a las etiquetas, dicen que en mis textos hay un fuerte tratamiento visual. En parte puedo darles la razón, ya que la plástica y el cine siempre me interesaron (por otra parte, estudié pintura de niño, y todavía sigo dibujando de manera casi secreta), pero otras manifestaciones de la cultura me atraen con fuerza: la música, en especial desde el impresionismo en adelante, el jazz –al que he dedicado dos libros: una autobiografía ficcional de Billie Holiday que llamé Todas las noches me traías gardenias, y el libro de poemas Jam Session–, la filosofía, las teogonías orientales y occidentales, y la fotografía antigua (soy un coleccionista desordenado de fotos personales y ajenas).

“No soy profeta”

Decís: “¿O no era Jung quién sostenía que cada artista sostiene por unos minutos la encendida antorcha, para entregársela a otro?” ¿Cómo se recibe esa luz?

Esa “luz”, como acertadamente decís, resulta una compleja transmisión de valores en una sociedad que parece empeñada en legitimar cada día más la violencia y su hipnosis colectiva. En las sociedades antiguas (egipcias, judías, babilónicas), el escriba poseía un rango noble y ciertamente estimado. Hoy, los escritores formamos lo que yo denominaría “una vasta sociedad secreta”.

Ese cambio de mirada empezó a partir de la revolución industrial. Desconozco cuántos siglos podrá durar esta situación. No soy un profeta.

Hay una curiosa obra de D. H. Lawrence, que siempre recomiendo como modelo de escritura de libro de bitácora (aunque excede a este género), que es Etruscan Places, un emotivo reencuentro con una cultura ya casi para siempre perdida. En ella, leemos este estupendo fragmento, que bien puede relacionarse con la aversión que el autor sentía por el fascismo imperante en esos días en Italia:

“(…) La fuerta bruta y el despotismo pueden producir un terrible efecto; pero, al fin, lo que existe sólo existe por delicada sensibilidad. Si fuera una cuestión de fuerza bruta, ni una sola criatura humana sobreviviría por más de una quincena. Es la hierba del campo, y nada hay más endeble, lo que sostiene toda la existencia en forma perenne. De no ser por la verde hierba no surgirían imperios… Sin embargo, las plantas vuelven a nacer. Las pirámides no duran un instante si las comparamos con la margarita. Aún antes de que Buda o Jesús hablaran, ya cantaba el ruiseñor y mucho después que las palabras de Buda o Jesús pasen al olvido, el ruiseñor seguirá cantando… Y en el comienzo no fue el verbo, sino el trino”.

Cada palabra se sumerge en enigmas, me sumerge en la promesa de su resolución. Cada palabra es una esfinge: canta desde el principio hacia el fin, y ese canto incluye el grito, el murmullo y el balbuceo(5) Así es cómo recibo la antorcha de que hablara Jung. La palabra es mi esfinge despiadada.

(1) Manuel Lozano reivindica -a la manera de los renacentistas o de los simbolistas de mediados del siglo XIX- la noción de artista: “A pesar de que en nuestro país se les llama –con tanto ánimo de secta– artista a un pintor o a un actor mediocre de televisión, me parece que es nuestro deber resignificar esta palabra y hacerla propia de una vez por todas”.

(2) El título de este libro remite al poema sinfónico de Antonin Dvorak.

(3) Lozano aclara que le encanta rescatar no sólo autores eclipsados, o parcialmente olvidados, sino también palabras: en este caso, “manantialidad”, neologismo inventado alguna vez por Ricardo Güiraldes.

(4) “La araña que atrapas con la mano, y está en palacios de rey” Proverbios XXX, 28. Este versículo fue utilizado por Manuel Lozano como acápite de su “Construcción alegórica sobre el vientre de una araña”, del libro Mansión Artaud. Cfr. “Nuestros años como la araña meditarán” Salmos LXXX, 9.

(5) La esfinge es un tópico largamente acariciado por el autor, desde “Bizancio bajo las aguas” a “El enigma Silvina Ocampo: La paradoja y lo sublime”.

fotoLozano con José Saramago.

* Puede leerse, de Lozano, sobre este autor nacido en 1889 y fallecido en 1952, Santiago Davobe, esa feroz criatura que atravesó el relámpago. Se lo encuentra en www.cyberhumanitatis.uchile.cl

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* Entrevista publicada en la versión gráfica de Revista Ignota -Arte Psicología-Creatividad, Buenos Aires (www.revistaignota.com.ar), correspondiente a diciembre de 2004.

Textos de Manuel Lozano

Tres girasoles en la habitacion china de Oscar Wilde

Ya lo sabes, ya lo habrías de saber:
en estos obstinados dominios se desmorona el llanto.
Llueve. Dócil, el letargo
sucumbe como un ruego en mi boca de esfinge.
Del otro lado del diluvio -de sus jerarquías tan crueles-
encuentras la entrada.
Se abre.
-Es del amor siempre el crimen.
Llega ataviado de extraño pasajero
al infierno de mi melancolía-.
Parece abrirse el pétalo verdinegro, caníbal.
¿Por qué los cuerpos desmembrados
ríen doblemente al abandono?
¿Así enarbolas la herida intocable de tus padres,
enamorada y persistente en su trono de reina?
Zumba el aguijón en medio de la feria.

(El tamborilero nos mira.)

Altas lombrices contra los hierros
prueban el agua, solísimas,
como antes del agua.
(El tamborilero nos mira.)
Duelen las hojas de estos pinos
en la hora feroz del balbuceo.
¡Tanto vuelo indiviso, tanto ayer en borrador
golpeando debajo de las tumbas!
¿Pero no lo veían tus ojos, tu esplendoroso vacío,
como vieron el triunfo de aquél que no se nombra?
Las alas se incrustan en mi espalda
con cartílagos, con sangre y con uñas. Río.
Ríes.
El pico escarba la seda oscura de todo desamparo,
aceite hirviendo de la profanación.
-Celebro mi cacería de memorias mientras duerme el testigo.
El rostro de amor fue heroico en su tragedia. Me adhiere.
Vuelve a encarnarse cada noche:
es que viene para ser reemplazado-.

Suenan las compuertas a través de los huecos de espejo
entre ruinas burlonas.
Raspa el viento desahuciado
la amarilla flor sin sosiego de los dioses,
la moradora tenaz de mi agonía.
Ya no hay llagas para congelar en la caverna.
El último letargo se divierte en el rocío.
¿Que jinete venerable, gracioso, bruñido,
ofrece el pan de la paciencia ante el relámpago?
Parece detener de cada aroma los estigmas.
Lamo claridades, lamo intersticios.
En esta madriguera, como un crucificado,
el hombrecillo francés está gritándome en la puerta:
“-Ni la muerte ni el sol pueden verse de frente.”
¿Qué anida dentro del cedro apollillado de esa cruz?
¿No aullaba de placer ante la aurora? 
Con las manos atadas, fosforado y feliz,
llevo ceniza a tu tatuaje.

(París, Musée Gustav Moreau, 15 de septiembre de 2004).

Arte de cetrería

¿Cuándo es demasiado lo que es demasiado? ¿Y qué se vacía frente a mis ojos con esos intersticios de relámpago a punto de alzar su miserere? Ha de abrirse.

El cazador espera en el aguardadero fulmíneo del instante.

 
¿Cuándo es demasiado lo que es demasiado? La noche expande ahora sus dones. Me expando así en la letra: cuerpo yacente con cuerpo erizado.

(París, 18-IX-2004).

Pájaro de cetrería

Ahora bien:
construiré un fanal
en el oro de cenizas,
profundas y dilucidadas
hacia el caliente éxtasis de quien no muere.
Dondequiera me encuentre,
los albañiles ciegos quieren alcanzar
lo inexpresable.
Apenas son parodia de un dios o del demonio.
El vuelo sugería palabras:
celda, herrumbre, látigos de sal
para medir el tiempo del ascenso.
Lo vi morir arriba, sin reclamos,
columna rota de jaspe en miniatura.

(París, 19-IX-2004).

El viaje

Tuve sed de convertirme ardientemente.
(Extramuros, los peregrinos bajan a la catacumba;
se diría que llueve sobre la húmeda arena
del derrumbe.)
Un hijo me cubría con cera la herida llorada, delirante,
para no anegar en mí
la veladora liturgia del navío que me lleve
a tu costado.
Por fin el fuego del alivio, fragante juguete
deshojándose en palabras.
No lo aparten de aquí.
El que abre una palabra, bebe la sangre incandescente.
¿Qué dirán de aquel blanco testigo en su morada oscura?
Amará tal vez, sonreirá detrás de las olas.

(Orléans-París, 19-IX-2004).

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