Abr 16 2007
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Opinión

Latinoamérica. – ALGUNAS MEDITACIONES SOBRE LA INTEGRACIÓN Y LA IZQUIERDA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Desde la visita a W. Bush a cinco países latinoamericanos (Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México) a comienzos del mes de marzo, se apreciaron más las grietas que existen en la integración de América Latina. Fue posible tener una visión más clara de los problemas que afectan esa integración y, sobre todo, de las debilidades o carencias de las fuerzas progresistas, nacionalistas o de izquierda –unas más, otras menos– que han llegado al poder, mediante elecciones, en varios países del continente.

La propuesta de producción de etanol (alcohol) fue la cuña que permitió que esas grietas se vieran más claramente. Pero ya existían, y solo faltaba que algún paso del gobierno de Estados Unidos las hiciera más visibles. Que las divisiones ocultas bajo el ropaje del lenguaje de la integración, político y contemporizador, cobraran fuerzas.

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Eso no quiere decir que todo está perdido y que el proceso de integración latinoamericana dejará de existir, o que las fuerzas progresistas, nacionalistas o de izquierda han sido derrotadas y ya no hay nada que hacer. Pero, sin dudas, se enfrentan a un reto mucho mayor en el que pueden ser víctimas de los intereses de las empresas transnacionales y de las oligarquías nacionales, enquistados en sus gobiernos. Agazapados a la espera del momento oportuno, en que sus representantes puedan hacerlos valer. El etanol se ha convertido en la manzana de la discordia, pero no es la razón principal.

Salvo el proceso venezolano, dirigido por Hugo Chávez, y en menor medida el de Evo Morales en Bolivia, todos los demás gobiernos, miembros del MERCOSUR, han demostrado debilidades o contubernios con los poderes económicos, que históricamente han dirigido la política y la economía de esas naciones.

Es el caso del gobierno de Lula en Brasil, del de Néstor Kirchner en Argentina, del de Nicanor Duarte en Paraguay, o del de Tabaré Vázquez en Uruguay. Eso no quiere decir que no hayan hecho lo posible –unos más, otros menos– por fortalecer la integración latinoamericana y hayan tratado de resolver, en la medida de sus posibilidades, los ingentes problemas sociales que afectan a sus pueblos.

Para ello, se enfrentaron a las pretensiones norteamericanas de imponer el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), fortalecieron las estructuras del MERCOSUR, y el ingreso de Venezuela permitió que se llegara a un acuerdo sobre la integración energética, base de cualquier desarrollo futuro. Esos planes continuarán, pues convienen a todos.

Incluso, cabría decir que las posiciones políticas del MERCOSUR se hicieron más fuertes, a partir de ese momento, y surgieron nuevas ideas como la Comunidad Sudamericana de Naciones. El viejo sueño bolivariano, todavía en pañales, y con iguales posibilidades de continuar creciendo o de ser asesinado en los brazos maternales o paternales de quienes aspiran a una verdadera unidad económica y política de todas las naciones latinoamericanas.

Establecer acuerdos económicos con Estados Unidos, llámense ALCA, TLC o TIFA, como en el caso de Uruguay, o en la producción de etanol, es, de un modo o de otro, crear nexos económicos asimétricos, desiguales, con el principal enemigo de la integración latinoamericana y eso es lo que está ocurriendo.

Por lo demás, sobra decirlo, las grandes ganancias que puede generar la producción de etanol y biodiesel (la zanahoria) ha entusiasmado a las oligarquías y burguesías nacionales de varios países latinoamericanos y, por extensión, creado un ambiente propicio para que las grietas que existen en la integración se ahonden y, tal vez, provoquen una fragmentación no solo del MERCOSUR sino de toda América Latina, algo a lo que aspira la Casa Blanca y la elite de poder norteamericana y mundial.

Coincido con el periodista y analista uruguayo Raúl Zibechi, quien en su artículo La gira del etanol, aparecido en el diario La Jornada de México, señala que el acto efectuado en Argentina por el presidente Hugo Chávez –con la anuencia del presidente argentino– durante la visita de W. Bush a Uruguay, no fue “solo un repudio a Bush, sino una clara toma de distancia de Vázquez y Lula”. Y esto es un síntoma inequívoco de división que va a ser aprovechado por las oligarquías locales, aliadas de los intereses norteamericanos.

Pienso que Chávez tuvo razón al establecer distancia entre su posición y la de Lula y Tabaré Vázquez, porque no es posible mantener una posición integradora y, al mismo tiempo, llegar a acuerdos con el principal opositor a la integración latinoamericana.

Y algo que llamó la atención, fue la ausencia de Evo Morales en ese acto de Argentina. Kirchner tampoco fue, pero lo apoyó. Consintió en que se efectuara en su país. Los matices, a veces, reflejan posiciones. No sería festinado llegar a la conclusión de que, en este caso, como en todo lo que tiene que ver con las relaciones internacionales, aunque sea en el ámbito local de América Latina, cada cual juega su juego, con o sin coordinación con otros actores, en dependencia de su situación interna. Lo anormal sería lo contrario.

Bolivia, ¿paralizándose?

Como se conoce, el gobierno de Evo Morales atraviesa una situación difícil. Luego de casi 8 meses de creada la Asamblea Constituyente, esta no ha podido aprobar ni un solo artículo de la nueva Carta Magna que debe regir los destinos de una Bolivia más justa y equitativa, en especial para la población indígena y los sectores más pobres. El boicot de la derecha, unido a errores del gobierno, ha sido efectivo. Es difícil pensar que en los cuatro meses que quedan de aquí a agosto, la Asamblea pueda redactar y aprobar toda una Constitución.

La autonomía, promovida en cuatro departamentos (Santa Cruz, Tarija, Benin y Pando), y apoyada desde el exterior, se ha fortalecido. Varios miembros de la Asamblea fueron agredidos por jóvenes de filiación fascista en Santa Cruz, cuando trataban de explicar los objetivos de la Constitución. La agrupación Podemos, dirigida por Jorge “Tuto” Quiroga, se ha hecho fuerte en esos departamentos, en especial en Santa Cruz, donde, recordemos, han construido una horca en el Cristo, símbolo de su decisión de llegar a cualquier extremo.

Tampoco ha sido feliz la nacionalización de los hidrocarburos. En menos de un año, Evo Morales ha tenido que sustituir a cuatro directores de Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia por diferentes irregularidades que benefician a las transnacionales petroleras. También, tres ministros de Minas e Hidrocarburos han pasado por el cargo en menos de año y medio.

Lo peor de todo es que la división entre las organizaciones de izquierda y progresistas se ha hecho cada vez más grande, lo que deja al gobierno de Evo Morales sin apoyo efectivo. Y, sobra decirlo, no es posible gobernar todo el tiempo con el pueblo en la calle, apoyando los pasos que da el gobierno.

Lula atrapado o el autoencierro

En Brasil, el nuevo gobierno designado por Lula, está más a la derecha que el anterior, y sus pronunciamientos, no solo los hechos, indican un viraje de la centro izquierda hacia la derecha.

Hasta el ejército, en una demostración indudable de fuerza, dejó mal parado al presidente con motivo de la huelga de controladores aéreos que pertenecen a la fuerza aérea de Brasil. Lula quería resolver el problema laboral por la vía de la negociación y el jefe del ejército, general Junino Saito, rechazó de plano la propuesta de quien, de acuerdo con la Constitución, es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Brasil.

Algunos medios de prensa, como la agencia APM, llegaron a hablar de conato de golpe de estado. De otra parte, el teólogo y conocido intelectual Frei Betto, que hace tiempo retiró su apoyo a Lula, alertó al presidente sobre los daños que pueden causar al pueblo y a la economía brasileña el incremento de la producción de etanol a partir de la caña de azúcar.

Brasil tiene también terribles experiencias de lo que significa para los pobres el monocultivo en manos de la oligarquía y las transnacionales.

Ecuador en la encrucijada

De Uruguay no voy a hablar. Quizás la mejor expresión de lo que ha sido el gobierno del Frente Amplio la dio el senador José Mujica, un exmiembro de la organización Tupamaros, que fue torturado y cumplió pena de cárcel, cuando dijo en el Senado que “el gobierno del Frente Amplio había sido vencido por el neoliberalismo”. Sobran los cometarios.

Por último, Ecuador celebró una consulta popular el domingo 15 de abril para la creación de una Asamblea Nacional Constituyente, que será la encargada, al igual que en Bolivia, de redactar una nueva Carta Magna. El nuevo presidente, Rafael Correa, y su gobierno, han tenido que luchar a brazo partido contra todas las trabas que intentaron poner los partidos tradicionales (partidocracia).

Primero, buscando que fuera declarada inconstitucional la consulta. Después, tratando de sacar de su cargo al presidente del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Jorge Acosta, quien expulsó del Parlamento a 57 diputados, que fueron sustituidos por sus suplentes. Ante una demanda de los afectados, el Tribunal Constitucional declaró conforme a la ley la decisión del TSE. Ahora, el presidente del Parlamento, Jorge Cevallos, y los diputados expulsados, han tratado de prolongar la crisis, demorando lo más posible el inicio de las sesiones.

Al margen de los resultados de la consulta, resulta evidente que el gobierno de Correa tiene ante si una situación muy compleja. La economía fue dolarizada durante el mandato de Jamil Mahuad, expulsado del poder por el pueblo. Esto la hace particularmente sensible a las presiones norteamericanas.

El 70% de la población vive en la pobreza. Los partidos tradicionales, aliados de la oligarquía y las transnacionales harán todo lo posible por impedir que pueda hacer los cambios que beneficien al pueblo ecuatoriano. Tiene a su favor el apoyo popular y de las organizaciones de izquierda y progresistas. Pero, desde ahora, es posible predecir que, lo mismo que en Bolivia, la derecha hará todo lo posible por impedir la redacción de una nueva Constitución que perjudique sus intereses en beneficio de los desposeídos.

Creo que coincidirán conmigo en que estas reflexiones no son muy halagüeñas con respecto al futuro de la integración latinoamericana, y tampoco con el desarrollo de la justicia social tan necesaria para los pueblos de la región.

La ofensiva de la derecha está bien dirigida, y cuenta con el apoyo del gobierno de Estados Unidos y de otras fuerzas como la democracia cristiana de José María Aznar. Y es que resulta muy difícil para cualquier gobierno, por muy bien intencionado que esté, hacer los cambios que requieren los pueblos y la región, respetando las reglas de juego diseñadas por las clases dominantes para preservar sus intereses. Esa parece ser la realidad.

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Artículo publicado en Progreso Semanal.
www.progresosemanal.com.

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