Dic 26 2008
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Sociedad

Los caraqueños decidirán sobre la culminación de un centro comercial

Natalia Grappa*

Las autoridades municipales de Caracas han dejado en manos de la comunidad la decisión sobre la continuidad o no de la construcción de un enorme centro comercial en el casco céntrico de la capital venezolana.
 
En diversas oportunidades vecinos y transeúntes se quejaron y manifestaron su descontento por las molestias que ha ocasionado la construcción del centro comercial Sambil en La Candelaria, ya que la obra ocupa una parcela que se ubica en pleno dentro de la ciudad, entre las esquinas Puente Arauco y Cervecería, zona que sólo tiene una vía de acceso.
 
Lo curioso es que la autorización para la construcción de este centro comercial –parte de una cadena que abarca las principales ciudades de Venezuela- fue otorgada por el anterior gobierno de la ciudad, también en manos de bolivarianos (chavistas).
 
Roberto Hernández Montoya, intelectual y humorista, señala que el San Vil (el nombre real es Sambil) es un mall, nieto del bazar persa, que a fuer de comercial es ideológico, porque su escena está hecha para afocar, como cualquier alucinógeno. En ese templo del fetichismo de la mercancía toda compra es nerviosa. Algún día, dice, el pueblo libremente creará alternativas a este modelo en crisis capitalista.
 
Añade que este mall elimina la propiedad privada, sin socialismo, pues no solo es leonino: no se puede comprar el local, sino que obliga al inquilino a sobreexplotar a sus empleados, que no tienen ni días ni casi horas libres. Prohíbe los días de guardar por los que tanto luchó la humanidad. Y recuerda que en el Paro Patronal de 2002 cerraron (por algo eso se llama lockout) y los comerciantes fueron privados de su propiedad privada. El San Vil no los exoneró del alquiler durante esos dos meses. Muchos quebraron.
Lo cierto es que el área ya está congestionada. En las adyacencias de la construcción confluyen vehículos con rumbos diferentes. Inaugurar un centro comercial tan grande como el que muestra la infraestructura atentaría contra la vida urbana y "lo más importante es el derecho a los espacios públicos y poder caminar libremente", según Paola Posanni, coordinadora de Planificación Urbana de la Alcaldía Libertador.

 

No pareciera que la medida de revisar dicha construcción se deba a intenciones del gobierno para "posesionarse de bienes", tal como lo aseguran los medios de comunicación privados en sus permanentes intentos por desinformar a la comunidad.
 
Según las nuevas autoridades municipales, la decisión de evitar la culminación de la obra surge de la necesidad de recuperar en sentido urbano este lugar de la ciudad capital, con el fin de poder brindar a los caraqueños espacios abiertos para el esparcimiento, la recreación libre, lejos del consumo desmesurado que cada día imponen estos espacios del comercio. Según Posanni, un centro comercial en el casco de Caracas "es un hueco oscuro que no permite que se desarrolle la ciudad".
 
“Los que antes lo atacaron, argumentaban con razón que ocasionaría un soponcio de servicios. Ahora los moralistas burgueses lloran por 250 comerciantes, pero no mencionan a los ya agobiados cientos de miles de habitantes, trabajadores y transeúntes que se amargarían todavía más cuando esa mole entre en disfunciones. Y es un disparate de termodinámica: una cripta que acumula calor, que hay que compensar con aire acondicionado y solo consiente luz artificial”, dice Hernández Montoya.
 
Para Posanni, el comercio de calle, es decir de locales ubicados en los espacios públicos, alrededor de las plazas, parques y avenidas son fundamentales porque permiten que los caraqueños disfruten de la ciudad de una forma sana, mientras que esta obra arquitectónica impacta de una manera negativa en la vialidad, el equilibrio ecológico y el comercio local.

La falla más notable del Sambil la Candelaria es la falta de proyecto de vialidad, ya que cuenta con una sola entrada, no hubo propuestas para rediseñar las aceras para los peatones y su estructura es cerrada, sin ventanas. Para Posanni es "un edificio mal diseñado y lo más terrible es que no tiene proyecto de vialidad por los dos mil 200 puestos de estacionamientos que prevé". Además causaría un gran consumo de energía, puesto que su ventilación sería con aires acondicionados de gran magnitud.

Los propietarios de las cadenas de los Centros Sambil no han analizado las consecuencias negativas que su obra comercial traería para los habitantes del barrio céntrico de La Candelaria, pues su interés es netamente monetario sin tomar en cuenta lo humano y el deterioro que le ocasionan al ambiente.

Los dueños de esta constructora pretenden, con los 273 locales distribuidos en 21 mil metros cuadrados, sacarles provecho al máximo de cada metro cuadrado. “Este centro comercial es una maraña de tiendas una al lado de la otra y está diseñado para ser un laberinto. Uno al entrar no entiende su estructura y distribución, porque eso es parte del consumo", afirmó Posanni.

Recientemente, Arnold Moreno, presidente de la Cámara Venezolana de Centros Comerciales, dijo que ésta "es una obra de primer mundo y brinda mejor calidad de vida a los ciudadanos", mientras que para Posanni una obra de primer mundo es aquella que no interfiere con el bienestar de los ciudadanos y su vialidad, "una estructura ecológica es considerada de primer mundo", afirmó. Además los grandes centros comerciales de los países desarrollados se encuentran fuera de la ciudad y no en el casco central, como sí ocurre en Venezuela.

Sin embargo, en Venezuela, donde muchas organizaciones políticas y medios privados alegan que se cercenan los derechos humanos, el pueblo es quien tiene la última palabra. tiene la potestad de decidir cuál será el destino de ese espacio donde está la construcción del centro comercial, es decir si será una casa de estudios o un centro de salud.

Por esto, el alcalde del municipio Libertador, Jorge Rodríguez, sostuvo que comenzaran las consultas con los consejos comunales, asociaciones de vecinos, comités de tierras, habitantes de la parroquia La Candelaria y San Bernardino, que "se sientan profundamente afectados con la construcción de un adefesio como éste, contraviniendo cualquier disciplina de orden y de planeamiento urbano".

 
“Pura pérdida. Propongo la implosión”, señala Hernández Montoya, mientras el debate crece dentro de la sociedad caraqueña.

 

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