Sep 9 2005
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Opinión

Maras, narco y las políticas de seguridad social

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Decir que son pandillas juveniles no es faltar a la verdad, pero el ser pandillas no es toda la verdad. Las maras conforman un estilo de vida. Sus inregrantes viven rápido porque han muerto antes. Son los más peligrosos espectros de la globalización. Mientras mueren, matan. Luego van a la cárcel. Para ellos no hay rehabilitación posible.

Sin tener conciencia, son a la par la última línea de defensa de los que nada tienen y el ejemplo más emblemático de los efectos del proceso de la mundialización concentrada de la economía; en cierto modo son un paradigma de estos tiempos.

La más famosa de todas las maras es la MS 13, la Salvatrucha, y ama y señora entre los peligrosos de la peligrosa ciudad de Wáshington, DC. Sus alrededor de 100.000 integrantes pordían reconocerse entre sí –aunque nunca se hayan visto– en lugares tan distantes como Canberra o Beirut. La Salvatrucha se originó entre grupos de jóvenes latinoamericanos en la calle 13 de Los Ángeles no hace 15 años.

Lo que identifica a los miembros de las clikas –núcleos activos– es el tatuaje. Si no fuera por sus peculiaridades se diría que son hijos de El hombre ilustrado que describiera Ray Bradbury hace medio siglo. Pero los dibujos en sus cuerpos y rostros no contarían la misma historia.

Viven un mundo sórdido. Matar es una de las leyes principales y el método para resolver conflictos; los conflictos son por prestigio, mujeres, droga. No palman –asesinan– por diversión. El prestigio permite distribuir –y cobrar– con más facilidad; las mujeres son buenas acarreadoras y en casos de emergencia su prostitución ayuda a pasar una mala temporada. La droga es el petróleo y los medicamentos alopáticos de estas corporaciones de pobres. Igual que aquellas, al parecer, intentan obtener utilidades, expandir los negocios.

Y como en el mundo de los negocios rotulados legítimos, la lingua franca es el inglés; un inglés callejero, carcelario, prostibulario que se reinventa mezclado con el castellano y otras lenguas.

Sólo que la verdad no es tan simple.

Las maras son la resultante de un proceso lento que lleva cuatro generaciones. Su concepción se inició en los años 1951/60 y no deja de recordar la versión de Romeo y Julieta neoyorquina que dio vueltas por los cines del mundo con la figura cimbreante de Rita Moreno. Tony Manero, el chico danzante de años después, no es más que un cuento para idiotas, pero sin ruido ni furia.

Ruido y furia lo hubo en la ciudad de la que Hollywood es un suburbio cuando comenzaron las batallas, casi siempre luego de la caída del sol, entre adolescentes. Unos de ascendencia mexicana, otros –los primeros atacantes– estadounidenses. Aun no relucían pistolas empavonadas del 45, pero las sevillanas de acero dejaron marcas en muchos cuerpos. Los primeros campos de batallas fueron en South Central, 20 años más tarde los hijos de los “espalda mojadas” eran dueños de un vasto sector, entre las calles 10 y 20. Para entonces la automática era un elemento común.

La década siguiente cambió las cosas. Las dictaduras y guerras civiles centroamericanas –apoyadas, dicho sea de paso, por el habitante de turno de la Casa Blanca– hizo aparecer en California, tras un paso por México, a un nuevo tipo de joven inmigrante: el hijo de las familias pobres que huían de las matanzas. Los más duros” resultaron los jóvenes salvadoreños. Ellos sí eran truchos, es decir: vivos, astutos, listos.

Su “glorioso” bautismo de fuego ocurrió en la primera mitad de los 90, cuando el gran amotinamiento general de la poblacion negra e “”hispana” de Los Ángeles. Allí obtuvo su cédula de identidad la mara Salvatrucha (salvadoreños listos).

Paralelamente, en los alrededores de la calle 18 surgía la M 18: nicaragüenses, hondureños, guatemaltecos y mexicanos, que al menos al principio fueron los jefes. Y así como en algunos países se pretende combatuir la delincuencia rebajando la edad de imputabilidad penal hasta los 14 años (discusión que agobia a los parlamentatrios de Arghentina, Chile, quizá México y otros países), las autoridades estdaounidenses, generosas, abrieron sus cárceles a estas pandillas para cautelar la democracia y la seguridad del pueblo.

Ciegas, las autoridades no hicieron más que brindar un refugio a la incubación del poder actual de las maras. En las cárceles se convirtieron en corporaciones delictuales; pronto tenían las manos en el negocio de la droga intracarcelaria y luego como distribuidores afuera. A punta de astucia y violencia obtuvieron buena parte de otra empresa: la inmigración ilegal de sus compatriotas. El vocablo mara probablemehte sea un apócope de marabunta: la hormiga que no deja nada a su paso.

Con el despuntar del siglo XXI Estados Unidos comenzó a expulsarlos de su territorio. Hacia fines de 2003 unos 20.000 habían sido devueltos a sus lugares de origen: los países centroamericanos ¿Qué es Centroamérica?

Algo triste: la desocupación bordeando el 50 por ciento de la población económicamente activa, analfabetismo sobre un tercio de sus habitantes. Y la corrupción gubernamental, el turismo sexual, las maquilas que dan trabajo –y explotan como en la primera mitad del siglo XIX– a quienes logran alcanzarlo.

En Honduras, con alrededor de siete millones, habría unos 40.000 mareros; en El Salvador, con 6.5 millones de habitantes, unos 20.000. En Guatemala, se calculan unos 6.000. En México hablan de otros 40.000. En Estados Unidos, tal vez 100.000. Las cifras pueden ser reales o manipuladas por los gobiernos y las clases dominantes para obtener fondos en aras de la “seguridad” pública.

En la actualidad operan como empleados o asociados menores de los carteles del narco. En ocasiones también como sus agentes 00 –con permiso para matar–. Y, se sabe, no es América Latina el único continente donde existe drogaproducción ni el único sitio en el mundo donde la corrupción usa corbata. Lo que explica la transnacionalización marera.

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