Sep 29 2013
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Libro de la semana

Montoneros por dentro

Los encuentros con Per√≥n en Puerta de Hierro, el plan para encarcelar a L√≥pez Rega, el deslinde de responsabilidades en la muerte de Rucci, las cr√≠ticas a C√°mpora sobre c√≥mo pararse frente a Per√≥n, el pase a la clandestinidad, la lectura pol√≠tica del Mundial ‚Äô78, el sue√Īo de una insurrecci√≥n popular en 1979, la l√≥gica de la ‚Äúcontraofensiva‚ÄĚ, el ofrecimiento de combatir en Malvinas, la tensi√≥n entre m√≠stica y realismo en la organizaci√≥n, su paso por el menemismo: Roberto Perd√≠a publica por estos d√≠as el voluminoso Montoneros. El peronismo combatiente en primera persona.

Vive por Tribunales, en el cuarto piso de un edificio viejo ubicado frente a una comisar√≠a. A la entrada, juguetes para chicos y fotos familiares. Al fondo del pasillo, Roberto Perd√≠a trabaja en un ambiente mediano con una laptop antigua, libros ordenados por temas como ‚Äúreligi√≥n‚ÄĚ o ‚Äúpol√≠tica internacional‚ÄĚ, papeles apilados en el piso y estantes con una taza que muestra a Hugo Ch√°vez, un escudo de Montoneros con las lanzas cruzadas y otro del Ej√©rcito Revolucionario del Pueblo en recuerdo del asesinato de Mario Roberto Santucho. A los 72 a√Īos, Perd√≠a acaba de escribir el libro Montoneros.

El peronismo combatiente en primera persona. En el texto se nota la preocupaci√≥n del autor por investigar temas como el marco mundial de los a√Īos ‚Äô70 y el papel de la logia fascista Propaganda Dos. Y con paciencia es posible entresacar relatos y temas para discutir a√Īos enteros sobre lo que dice este ex integrante de la conducci√≥n de Montoneros que habla bajito.

El libro registra numerosos hechos pol√≠ticos presentados como equivocaciones de Montoneros. Figuran muchas veces las palabras ‚Äúerror‚ÄĚ y ‚Äúautocr√≠tica‚ÄĚ. Pero no me queda clara la interpretaci√≥n sobre un enigma: ¬Ņcu√°l es la cuesti√≥n de fondo que llev√≥ a los errores?

-Empecemos por un ejemplo, la violencia ejercida por Montoneros no en 1971 sino en 1974, en pleno gobierno peronista. ¬ŅPor qu√© se equivocaron?
‚ÄďDesde el punto de vista formal, porque hab√≠a un gobierno constitucional. Desde el punto de vista pol√≠tico, porque significaba profundizar la separaci√≥n que hab√≠a entre el pueblo y la estructura de Montoneros. Con el pase a la clandestinidad posiblemente hayamos salvado vidas.

-Hubo muertos entre los que no estuvieron a tiempo de protegerse del pase a la clandestinidad en 1974.
‚ÄďNo s√©… No fue un fen√≥meno general. S√≠ creo que el pase a la clandestinidad les quit√≥ impacto popular a las consecuencias de la represi√≥n. A un compa√Īero conocido se lo sac√≥ de La Plata y fue a Resistencia. Lo asesinaron. En Resistencia fue un don nadie. No ten√≠a el arraigo que le daba su militancia hist√≥rica. El mismo asesinato cometido en La Plata habr√≠a repercutido en contra de los agresores por el peso del compa√Īero, por sus relaciones, por la solidaridad de los dem√°s. A la larga, por ah√≠ redujimos la cantidad de v√≠ctimas en ese per√≠odo, pero generamos las condiciones para que despu√©s la cantidad de v√≠ctimas fuera mayor.

-Vuelvo a la pregunta: ¬Ņpor qu√©? ¬ŅPor qu√© se llega a esa equivocaci√≥n?
‚ÄďLa pregunta m√°s com√ļn que escuch√°bamos de los compa√Īeros era: ‚Äú¬ŅHasta cu√°ndo vamos a aguantar que nos maten, hasta cu√°ndo nos vamos a quedar de brazos cruzados, hasta cu√°ndo nos vamos a quedar sin responder?‚ÄĚ. Y nos equivocamos. No supimos explicar ni encontrar otros caminos de respuesta.

-¬ŅLa inmolaci√≥n estaba en la naturaleza de la acci√≥n de Montoneros? ¬ŅEra un valor?
‚ÄďNo, no era un valor. Nunca lo planteamos. Y no hubo operaciones que incluyeran la inmolaci√≥n de los compa√Īeros.

-Pero, ¬Ņno hubo una inmolaci√≥n pol√≠tica?
‚ÄďVista con el tiempo, posiblemente s√≠. Pudimos haber realizado acciones que facilitaron la acci√≥n del enemigo.

¬ŅCu√°nto ocupaba en ustedes el componente m√≠stico, tanto de origen cat√≥lico como de izquierda? ¬ŅLa m√≠stica termin√≥ siendo superior al realismo del an√°lisis pol√≠tico?
‚ÄďHay algo de eso. En alg√ļn momento nos dejamos llevar por la historia, por el compromiso, y tal vez no actuamos de acuerdo con lo que la propia realidad demandaba. Ese fen√≥meno m√≠stico tiene una parte imprescindible, pero en alg√ļn momento nos pasamos de rosca. La carga del dolor recibido, con la alforja de hermanos, parejas y compa√Īeros muertos, realimentaba la m√≠stica.

omando sólo el libro como fuente, los errores de Montoneros planteados desde el 25 de mayo de 1973, cuando asume Héctor Cámpora, son siempre parecidos. Surgen de problemas en la apreciación de la realidad.
‚ÄďEs que ten√≠amos la convicci√≥n de que hab√≠a por delante un triunfo posible y factible. Alcanzable. Nunca dijimos: ‚ÄúEstamos vencidos y vamos igual hacia el frente‚ÄĚ.

-Los vencidos a veces buscan la forma de replegarse.
‚ÄďPero cre√≠amos que la perspectiva era posible. En 1979, con la famosa Contraofensiva, y despu√©s, en 1980, planteamos la insurrecci√≥n. Ya no la acci√≥n comando. Pusimos ciento y pico de compa√Īeros en Nicaragua, que en 1979 vivi√≥ la revoluci√≥n sandinista, el mismo a√Īo de lo de Ir√°n, a preparar la insurrecci√≥n.

-¬ŅNo era irreal plantear un escenario de insurrecci√≥n?
‚ÄďDe ninguna manera. En marzo de 1982, en plena dictadura, hubo miles y miles de tipos en la calle. Los milicos estaban acorralados.

-¬ŅEn qu√© sentido acorralados?
‚ÄďSe ven√≠a repitiendo el fen√≥meno hist√≥rico de la Argentina del ‚Äô55 en adelante: gobiernos militares que no pod√≠an consolidarse y que empezaban a retroceder ante el impulso que ven√≠a trayendo el pueblo.

-El libro, que est√° escrito hoy, define a la Contraofensiva decidida por Montoneros, por la cual muchos militantes vuelven del exilio y entran clandestinamente en la Argentina, como ‚Äúresistencia‚ÄĚ.
‚ÄďVoy a decir algo sobre un hecho anterior, y s√© que mi nivel de consenso es bajo cuando lo planteo. Yo creo que el Mundial de F√ļtbol del ‚Äô78 no benefici√≥ a la dictadura. En definitiva, permiti√≥ que la gente respirara. Que festejara, que se sintiera parte de algo, que tomara aire. En la coyuntura gan√≥ (Jorge Rafael) Videla. Pero en abril de 1979 hubo una huelga general.

-Y la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
‚ÄďLo menciono en el libro cuando comento el problema que ten√≠amos con el Partido Comunista, y con el comunismo internacional, que bloqueaba el tema de las protestas contra la dictadura. Adriana Lesgart, que trabaj√≥ en el armado de las Madres, cay√≥ porque fue a la cola de Avenida de Mayo de los familiares que se reunir√≠an con la CIDH, fue reconocida y la secuestraron. Bueno, las huelgas y la visita de la CIDH no indican un pueblo en retroceso sino la p√©rdida de espacio de la dictadura. Esa es la contraofensiva del pueblo. La fisura en el poder pasa porque hay resistencia a la que no pueden darle respuesta.

-El plan sistemático de represión continuó por lo menos hasta 1981, si bien con cifras menores de asesinatos y secuestros.
‚ÄďNo pod√≠an seguir matando igual que antes. No les faltaban fusiles y tanques, y sus bajas eran m√≠nimas. Pero estaban perdiendo la moral. Luciano Benjam√≠n Men√©ndez se levanta en C√≥rdoba. Y no logra imponerse. La fractura interna en ese momento es muy fuerte. El movimiento es dial√©ctico. La debilidad de una parte fortalece a la otra. Al pueblo. Es un movimiento de masas sin organizaci√≥n √ļnica ni planificaci√≥n estructurada ni conducci√≥n unificada. Un movimiento del pueblo como los que hubo durante la dictadura que comenz√≥ en 1966 y tambi√©n despu√©s del golpe de 1955. Pienso hasta hoy que en eso ten√≠amos raz√≥n. Si se quiere, la contracara de esto es Dante Caputo, que dijo a√Īos despu√©s: ‚ÄúGracias a la Thatcher tenemos democracia‚ÄĚ.

-No recuerdo la frase de Caputo. Mi opinión es que Thatcher no fue la madre de la democracia pero, al mismo tiempo, la derrota militar sí fue la partera de la transición democrática argentina.
‚ÄďLos militares buscan una salida, Malvinas termina como termin√≥ y el fen√≥meno se les viene encima.

-¬ŅPor qu√© se ofrecieron ustedes como combatientes en Malvinas?
‚ÄďPorque entendimos que era una causa patri√≥tica. M√°s all√° de los militares.ARG ROBERTO PERDIA

-¬ŅPod√≠a existir esa categor√≠a de ‚Äúm√°s all√° de los militares‚ÄĚ? ¬ŅEra realista? ¬ŅEra posible?
‚ÄďY s√≠… En Am√©rica latina se gener√≥ una solidaridad que fue desde Cuba hasta movimientos socialdem√≥cratas y partidos que estaban a la derecha. Nosotros no lo ofrecimos de jetones, ¬Ņeh? Lo ofrecimos en serio.

-Por eso mi asombro. Y paso a otro asombro. ¬ŅDe verdad pensaron que era posible, en 1973, apresar a Jos√© L√≥pez Rega? El libro dice que se lo ofrecieron a H√©ctor C√°mpora.
‚ÄďS√≠, claro. Era una decisi√≥n pol√≠tica. En la casa de (Juan Manuel) Abal Medina le dijimos al hijo de C√°mpora, cuando nos avis√≥ que su padre estaba por renunciar: ‚ÄúSi tu padre lo decide podemos meter preso a L√≥pez Rega‚ÄĚ. Ten√≠amos controladas las radios, (el gobernador Oscar) Bidegain conduc√≠a la polic√≠a de la provincia de Buenos Aires, cinco o seis gobernadores amigos, capacidad de poner la gente en la calle en pocas horas. La respuesta fue: ‚ÄúPero Per√≥n se va a enojar y se va a ir‚ÄĚ. Y bueno, qu√© √≠bamos a hacer. Para nosotros estaba primero la patria, despu√©s el movimiento y por √ļltimo los hombres, pero si C√°mpora no quer√≠a… Cuatro horas despu√©s, el hijo de C√°mpora nos contest√≥ que no aceptar√≠a nuestra oferta y que renunciar√≠a por lealtad con Per√≥n. La lealtad nuestra era primero con el pueblo.

-¬ŅEn qu√© momento Montoneros empez√≥ a actuar por fuera de Per√≥n?
‚ÄďNo, no es que empezamos a actuar por fuera de Per√≥n. Nosotros ten√≠amos lo que hoy se llamar√≠a una agenda propia. Objetivos propios. Procur√°bamos que hasta donde se pudiera esos objetivos no confrontaran con Per√≥n. Durante mucho tiempo esos objetivos encontraron una s√≠ntesis con los de Per√≥n. Despu√©s no.

-¬ŅCu√°ndo no, por ejemplo?
‚ÄďHay un hecho: el 25 de mayo a la noche. Per√≥n ten√≠a otra idea del poder y de lo que la gente quer√≠a. Nosotros nos guiamos por un principio: hab√≠amos prometido en la campa√Īa que no habr√≠a ni un solo d√≠a de gobierno popular con compa√Īeros presos. Deb√≠amos cumplirlo. Los camporistas no fueron capaces de solucionar cosas solucionables. A la madrugada del 26, con dos muertos frente a la c√°rcel de Devoto, 30 o 40 mil compa√Īeros presentes, confrontaci√≥n con Per√≥n del propio C√°mpora, se lleg√≥ porque los camporistas no hicieron lo mejor: decretar primero, el mismo 25 de mayo, el indulto para los presos y al mismo tiempo mandar al Congreso el proyecto de ley de amnist√≠a.

No es que no lo hicieron porque estaban en contra. En Roma lo hab√≠amos acordado con C√°mpora y Per√≥n. Incluso no hab√≠amos intervenido directamente en la fuga de Rawson porque quer√≠amos acordar el tema pol√≠ticamente en unos meses m√°s sin arriesgar tanto. El 25 de mayo creo que Per√≥n no tuvo en cuenta a√Īos de dictadura. El pueblo esperaba respuestas.

-Sin entrar en la pol√©mica jur√≠dica sobre los cr√≠menes de lesa humanidad, el asesinato de Jos√© Ignacio Rucci, el secretario general de la Confederaci√≥n General del Trabajo, no tiene ni un subt√≠tulo en el libro. En la p√°gina 316, un p√°rrafo informa que el 25 de septiembre de 1973 ‚Äúser√≠a muerto a la salida de una casa‚ÄĚ.
‚ÄďEra el momento de la fusi√≥n entre Montoneros y FAR. La fusi√≥n se hace de arriba para abajo. Decidida la fusi√≥n entre las dos organizaciones, empieza por la conducci√≥n y luego vienen las instancias intermedias. Inclusive dise√Īamos un corrector pol√≠tico: tres de Montoneros y dos de las FAR. Ya est√°bamos funcionando como conducci√≥n, pero sin formalizar. Eso llegar√≠a entre el 12 y el 17 de octubre, con un acto en C√≥rdoba. En el medio pasa lo de Rucci. No puedo afirmar o negar que no haya habido participaci√≥n de militantes montoneros u otros. Lo que s√≠ puedo afirmar es que ning√ļn organismo de conducci√≥n lo decidi√≥.

-¬ŅHay otro caso igual de impacto equivalente?
‚ÄďNo.

-Entonces, sinceramente, no parece creíble la explicación de que no fuera una decisión de alto nivel.
‚ÄďHay otro hecho: el secuestro del cad√°ver de (Pedro Eugenio) Aramburu. Un d√≠a, en medio de una reuni√≥n de la conducci√≥n, vino alguien y dijo: ‚ÄúChe, parece que est√°n organizando el secuestro del cad√°ver de Aramburu‚ÄĚ. Pensamos que estaban locos. Me pidieron que averiguase qu√© hab√≠a. Est√°bamos por Caseros. Sal√≠ y un diario ya ten√≠a la noticia. No era de la importancia de lo de Rucci, pero era un hecho resonante. No hab√≠a una estructura piramidal de decisiones sobre cada operaci√≥n.

Despu√©s vimos que el estado de √°nimo de las fuerzas llamadas adictas era el aplauso al hecho de Rucci. Lo de (Augusto) Vandor y (Jos√©) Alonso tampoco lo hicieron los Montoneros como Montoneros. Fueron otros compa√Īeros. En el caso del grupo de Vandor, varios compa√Īeros se incorporaron despu√©s a Montoneros. Cuando vimos la repercusi√≥n que tuvo lo de Rucci, nos callamos la boca.

-Comparemos intenciones. Los asesinatos de Vandor y el de Alonso apuntaban a ponerse del lado de Perón. El de Rucci, en contra.
‚ÄďEs cierto. Pero la l√≥gica interna vale para un caso y para el otro. Tomado pol√≠ticamente, adem√°s de un error de los que pudieron haber participado en ese hecho hubo otra consecuencia, y es que nosotros fuimos las principales v√≠ctimas del tema Rucci. Se ahondaron las diferencias con Per√≥n y con el aparato sindical.

Ten√≠amos muchos problemas con Rucci, pero no llegaban a ese nivel. Un d√≠a despu√©s de Ezeiza, del 20 de junio de 1973, el Loro Lorenzo Miguel me dijo sobre Rucci: ‚ÄúLo que pasa es que el petiso se volvi√≥ loco. Se crey√≥ Napole√≥n. No era nuestro plan‚ÄĚ. En la campa√Īa electoral no hab√≠a habido ning√ļn muerto. Alguna trompada, alg√ļn palazo, alg√ļn cadenazo. Lo mismo que hoy en d√≠a. Pero enfrentamiento armado, nada.

-Si se admite eso como un hecho cierto, ¬Ņqu√© dijeron en la conducci√≥n de Montoneros para adentro, para ustedes mismos?
‚ÄďQue era una cagada. Est√°bamos entre la ambig√ľedad de sentir que era un hecho positivo para muchos y creer que no har√≠a m√°s que complicar una situaci√≥n que ven√≠a compleja.

-El libro dice: ‚ÄúPer√≥n nos declarar√≠a la guerra‚ÄĚ. De nuevo aparece una visualizaci√≥n pol√≠tica y un sentimiento. La conducci√≥n…
‚Äď¬ŅLa pregunta es si la conducci√≥n no debe tener sentimientos?

-No. La pregunta es si una conducción no debe tamizar los sentimientos propios y, como mínimo, los del espacio que simpatiza con una organización.
‚ÄďY bueno, si se gu√≠a por los sentimientos pierde la cabeza. Y adem√°s no debimos habernos dejado guiar por respuestas de otras circunstancias parecidas. Obviamente, detr√°s de todo eso exist√≠a la confrontaci√≥n con Per√≥n. Viv√≠amos en un momento absolutamente pasional. Ahora uno puede ver las cosas de otra manera.

-Y otra cosa m√°s: ¬Ņcu√°nto pesa en el an√°lisis el hecho de haber sido parte del gobierno de Carlos Menem?
‚ÄďTrabaj√© en la Subsecretar√≠a de Derechos Humanos, que depend√≠a del Ministerio del Interior. En el libro planteo que los que ven√≠amos del √°mbito residual de los Montoneros nos equivocamos. Nos equivocamos sobre la naturaleza de esa democracia. Le dimos mayor valor que el que realmente ten√≠a. Con el paso del tiempo se fue comprobando una degradaci√≥n de esa democracia que, de alguna manera, estaba en sus inicios. No comprendimos el valor que el propio imperialismo les asignaba a las democracias.

-¬ŅY no pod√≠a ser posible una convergencia de intereses entre la concepci√≥n de los Estados Unidos sobre que el ciclo de las dictaduras se hab√≠a agotado y el deseo de los pueblos de vivir en democracia?
‚ÄďClaro que hubo convergencia. Pero nosotros no vimos la profundidad de las pol√≠ticas norteamericanas en los l√≠mites puestos a las democracias para que fuesen condicionadas. Con ese l√≠mite podr√≠an gobernar a trav√©s de la democracia. Eso les permite tambi√©n, cuando van a Irak, decir que lo hacen para restablecer la democracia cuando en realidad van a establecer su forma de dominio. Esta democracia es un avance respecto de la dictadura. Pero no es la democracia en la que el pueblo puede desarrollarse. Si comparo estas democracias con las dictaduras, no tengo ninguna duda de con qu√© me quedo. Pero si las comparo con otras formas que podr√≠an permitir el despliegue de la fuerza de los pueblos, la conclusi√≥n ser√≠a otra.

-No quiero dejar de plantear un tema: la muerte de Paco Urondo.
‚ÄďAclaremos primero algunas cuestiones. Dentro de los compa√Īeros que ven√≠an del √°mbito intelectual, Paco dec√≠a: ‚ÄúYo quiero participar conduciendo una estructura org√°nica‚ÄĚ. Lo charl√© con √©l directamente. ‚ÄúQuiero ver c√≥mo es la experiencia y quiero hacerla‚ÄĚ, me dec√≠a. Tambi√©n se plantea la pregunta de por qu√© fue a Mendoza. Se dice que Paco habr√≠a dicho: ‚ÄúA cualquier lugar menos a Mendoza‚ÄĚ. Yo habl√© con Paco y no recuerdo un planteo suyo.

arg montoneros-Puede no haberlo dicho, pero quizás alguien debió haberlo tenido en cuenta por el riesgo alto.
‚ÄďNo recuerdo que ni √©l ni otros plantearan que no pudiera ir a Mendoza.

-En una entrevista con P√°gina/12, su hija dijo hace dos a√Īos que esperaba que terminara el juicio a los genocidas para analizar la responsabilidad de quienes no lo mataron.
‚ÄďCuando uno decide integrarse y dar la vida en eso, por supuesto que se cometen errores. Pero esos errores hay que relacionarlos con el objetivo que uno se propone. De ah√≠ se me ocurren algunos interrogantes. ¬ŅQu√© pensaba la dictadura? ¬ŅQue peleaba contra nadie? ¬ŅQue en el ‚Äô76 ya no hab√≠a nada? En cuatro o cinco meses del ‚Äô76 hubo 600 operaciones. Algo hab√≠a. Y algo bastante.

-¬ŅCon qu√© poder, en 1976? ¬ŅQu√© pod√≠an lograr?
‚ÄďDesgastar a la dictadura.

-No pasó.
‚ÄďA ver. ¬ŅCu√°nto dur√≥ la dictadura en Chile, cu√°nto en Brasil, cu√°nto en Uruguay, cu√°nto en Paraguay? ¬ŅEl tiempo no tiene nada que ver con esto?

-No lo sé.
‚ÄďNo creo en las casualidades hist√≥ricas.

-Puede haber m√ļltiples razones de la duraci√≥n de la dictadura donde las acciones de Montoneros no constituyan la raz√≥n de mayor peso.
‚ÄďDe nuevo: la resistencia fue fuerte en la Argentina y achic√≥ los tiempos.

-También de nuevo: si bien la madre de la democracia no es Thatcher, la derrota militar de Malvinas sí acortó los tiempos.
‚ÄďEllos van a Malvinas buscando la legitimaci√≥n hist√≥rica de un golpe que hab√≠an empezado para frenar las luchas obreras. Convengamos un tema: la fecha del golpe de Estado no tiene que ver, como dice Ceferino Reato, con (la toma del cuartel de) Formosa. Tiene m√°s que ver con Villa Constituci√≥n, donde casualmente del otro lado est√°n, en Acindar, Jos√© Alfredo Mart√≠nez de Hoz y Alcides L√≥pez Aufranc. L√≥pez Aufranc hab√≠a sido el primero que viaj√≥ a Francia para estudiar la contrainsurgencia.

Nada de esto es casual. En los primeros meses de 1975 sacaron la conclusión de que la camiseta de Isabel no les servía para frenar las luchas sociales. Si no, no lo hubieran dado. No son asesinos por vocación de asesinar. Son asesinos al servicio de un interés económico. Después de Villa Constitución probaron con el plan de Celestino Rodrigo y se fue al diablo ya no solo por la acción nuestra sino por la movilización convocada por las 62 Organizaciones y el aparato sindical.

-En el libro hay una frase sobre el marco mundial y regional: ‚ÄúLlegamos tarde a la cita con la historia‚ÄĚ.
‚ÄďEs as√≠. Todos coincid√≠amos en una cosa: la crisis final del capitalismo dependiente. No era un an√°lisis muy loco hasta 1971, pero cuando Richard Nixon decide separar el d√≥lar del oro le encuentra el agujero al mate. El sector dominante cambia la hegemon√≠a, se desplaza de una hegemon√≠a caduca del sector metalmec√°nico al financiero y nos llenan a todos de papelitos verdes, de deuda externa. Nosotros, metidos en la euforia, segu√≠amos pensando lo mismo que en 1969 o 1970. Ni Per√≥n percibi√≥ el cambio.

En las reuniones con nosotros en Roma y en Madrid nos pint√≥ un mundo ‚Äďy no nos enga√Īaba: el que estaba enga√Īado era √©l‚Äď con un an√°lisis del que me qued√≥ patente una frase: ‚ÄúEsta vez a los gringos los paramos‚ÄĚ. Taiana padre cuenta que Per√≥n se pas√≥ 48 horas llorando. Literalmente. Ve√≠a el final de su vida, su estrategia destruida…

-¬ŅCu√°ndo se vieron por √ļltima vez con Per√≥n?
‚ÄďYo tuve pocas reuniones con √©l. La primera fue en Roma. Uno no se sent√≠a delante de un mito. Era un tipo de carne y hueso con el que se pod√≠a hablar y discutir.

-¬ŅEstaba L√≥pez Rega?
‚ÄďUn payaso. Me acuerdo de cuando en Madrid vimos a Per√≥n con (Roberto) Quieto y (Mario) Firmenich. Per√≥n ten√≠a el escritorio sobre una tarima de unos diez centr√≠metros de alto. Llega L√≥pez Rega. Per√≥n le dice: ‚ÄúLopecito, cu√©nteles a los muchachos lo que estuvimos charlando estos d√≠as‚ÄĚ. L√≥pez empieza a hacer toda una historia acerca de la sangre que corre por las venas decadentes de la Argentina y que todo se pod√≠a ver en los avisos f√ļnebres de La Naci√≥n y La Prensa. Estaba sentado en un banquito de pl√°stico detr√°s de nosotros. Giramos para mirarlo. Por ah√≠ me doy vuelta para ver qu√© hac√≠a Per√≥n. El viejo estaba agarr√°ndose la panza y ri√©ndose.

Qu√© s√© yo, no ten√≠amos en ese momento la comprensi√≥n de qu√© significaba L√≥pez Rega, de su relaci√≥n con los yanquis y con Propaganda Dos de Licio Gelli. Ni idea. De eso nos fuimos desayunando con el paso del tiempo. Cuando nos fuimos de ese √ļltimo encuentro con Per√≥n est√°bamos caminando por una callejuela de Puerta de Hierro y L√≥pez Rega se para y dice: ‚ÄúAh, si ustedes supieran las cosas que yo tuve que hacer para que Per√≥n pudiera volver a la Argentina, me matan ac√° mismo‚ÄĚ. Pensamos que era una locura m√°s. Un mes y medio despu√©s de la reuni√≥n, para el 25 de mayo de 1973, las cosas ya se estaban poniendo m√°s claras.

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