Ene 18 2009
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Sociedad

Pamela Jiles / Recuerdos… el niño que me tiraba las trenzas

Pocos en Chile podrán decir que no han oído hablar de ella –o no la han escuchado–. Es periodista, lo que resulta sospechoso, y definitivamente una periodista brillante (lo que la hace culpable de cualquier cosa). Tal vez lo que destaca más, lo que la hace tan hipnóticamente atractiva no sea su cara ni su cuerpo: es la voz y el modo de hablar, la dulzura que no esconde sino refleja una férrea disciplina que recuerda un viejo apotegma: el amor lo es todo, pero el amor bajo el imperio de la voluntad. He aquí una luz poco conocida de su estrella.

 A los tres años Raulí y yo jugábamos en un jardín de La Habana, entre ceibas y palmeras, en el Foxa, un edificio con forma de libro en que se alojaban las familias de profesionales extranjeros que apoyaban la revolución naciente.

Raulí era moreno, algo pequeño para su edad, pero corajudo y travieso. Me perseguía hasta alcanzarme y entonces me tiraba una trenza con ternura. Los niños chilenos que vivíamos en Cuba a comienzos de los sesentas aprendimos a hablar con tono caribeño y a caminar en medio del fervor romántico del triunfo revolucionario. Raulí y yo íbamos a un círculo infantil atendido por prostitutas reformadas. Mi padre era miliciano y podíamos acompañarlo en la campaña de alfabetización por las zonas rurales del Escambray, Remedios y Matanzas.

Los papás de Raulí eran arquitectos y –como los míos– viajaron a Cuba para apoyar con su trabajo ese proceso pionero en Latinoamérica.

Veinte años después, en el oscuro Chile dictatorial, el niño de mis recuerdos infantiles se convirtió en mi comandante, mi superior en la lucha clandestina, el jefe de la fuerza político-militar conocida como Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el líder máximo del brazo armado del pueblo.

Yo no sabía que él era él. Cada vez que lo vi estaba encapuchado o con su faz cambiada por diversas técnicas de enmascaramiento. Pero él sí sabía que yo era yo: la niñita a la que le tiró las trenzas en el Foxa. Por cierto, jamás mostró ni un solo gesto de cercanía. En esas atroces circunstancias, la menor familiaridad podía significar la muerte. Así que él mantuvo a ultranza las normas de seguridad y la distancia precisa entre un comandante de la insurgencia y una de sus subordinadas.

Para entonces, Raulí se había convertido en un hombre de voz profunda y hermosos ojos oscuros. Aún en condiciones extremas y tensas, él parecía sereno, como si el destino existiera y nadie pudiera escapar de su marca a fuego.

Raulí se llamaba entonces Comandante José Miguel, o “factor insignia”, o “número cien”. Todas chapas que encubrían a Raúl Pellegrin Friedman, el joven chileno cuya vida había sido cercenada de cuajo por el Golpe de 1973.

Su casa fue allanada y destruida. La familia debió asilarse en la Embajada de la República Federal Alemana. Allí estaban esperando ser expulsados del país cuando el adolescente dijo a sus padres: “No quiero que me digan nunca más Raulito. Desde ahora soy Alejandro para siempre.”

Exiliado en Frankfurt-Am-Main, el niño se preparó sin descanso para volver a la patria transformado en un guerrillero. Formó el conjunto musical Víctor Jara, amasó empanadas, bailó cueca y refalosa, juntó fondos para la solidaridad con Chile, denunció la prisión y tortura a sus compatriotas, fue el mejor alumno posible aún enfrentando un idioma complejo.

A fines de 1976 la familia se trasladó a Cuba donde los esperaban antiguos amigos de su primera estada, doce años antes. Raúl Pellegrin ingresó a la formación militar en la Escuela Inter Armas General Antonio Maceo. Allí destacó por su capacidad de liderazgo, su brillante inteligencia y su agudo sentido del humor, capaz de transformar los peores momentos en una fiesta.

Con el nombre de combate de Benjamín, el joven oficial adquirió experiencia y fraguó victorias en Nicaragua junto al Frente Sandinista, y contribuyó en la formación de unas fuerzas armadas revolucionarias en ese país.

En 1980, la dictadura chilena gobernaba sin contrapeso y había aprobado de manera fraudulenta la constitución pinochetista que nos rige hasta hoy. En Estocolmo, el máximo dirigente del PC, Luis Corvalán señalaba: “Es el fascismo el que crea una situación frente a la cual el pueblo no tendrá otro camino que recurrir a todos los medios a su alcance, a todas las formas de combate que lo ayuden, incluso a la violencia aguda, para defender su derecho al pan, a la libertad y a la vida”. Clodomiro Almeyda, Secretario General del Partido Socialista, declaró en Madrid: “Se abandonan las ideas aperturistas, y se da paso a la lucha insurreccional”. El Partido Radical, el Mapu, el MOC y la Izquierda Cristiana también adhieren a esta estrategia que incluye la resistencia armada.

Raúl Pellegrin y unas cuantas decenas de combatientes decididos y valerosos fueron la punta de lanza de esa política de la rebelión popular impulsada por el Partido Comunista y toda la izquierda chilena. Ingresó clandestino a Chile con la tarea de dirigir el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Eso exactamente hizo, produciendo una profunda identidad de los sectores populares con el movimiento armado, que ayudó a impulsar en todo el país las protestas, las barricadas, las acciones de propaganda armada y los apagones. Cada vez eran más masivas las manifestaciones contra la dictadura, tanto así que en 1986, fue posible visualizar la capacidad operativa del Frente, con el atentado a Pinochet y el descubrimiento de los arsenales en Carrizal Bajo.

Después vinieron el Acuerdo Nacional y el llamado a inscribirse para el plebiscito de 1988. Un sector importante del Frente, encabezado por Raúl Pellegrin, rompió con el Partido Comunista –o viceversa– puesto que los jóvenes combatientes consideraron que por el camino de la negociación política sólo se perpetuaría el sistema neoliberal y autoritario con remiendos que en cualquier caso le volvían la espalda a la clase trabajadora.

Equivocado o no –la verdad es que los hechos y el tiempo parecen darle toda la razón– el Comandante José Miguel no predicó desde una cómoda sala alfombrada ni se engolosinó con una candidatura burguesa. Él puso su cuerpo y sus talentos en juego. El cumplió la palabra empeñada. El conservó la lealtad con tantos compañeros que cayeron luchando.

Mi Raulí no envió a nadie a la guerra y se quedó mirando desde un escondite. No. El mismo dirigió las acciones, encabezó sus destacamentos, en la calle, en el campo, arriesgando la propia vida.

Según su estrategia de la “Guerra Nacional Patriótica” el Frente autónomo atacó un cuartel policial en Los Queñes, días después del “triunfo del NO”. Se trataba de una operación de propaganda armada que falló en sus procedimientos.

Raúl Pellegrin y su pareja, Cecilia Magni, habían dirigido el ataque. Fueron perseguidos, cercados y muertos tras esa acción, en una confusa sucesión de hechos y mentiras que aún no se esclarece.

Aún recuerdo el temor de muchos compañeros de asistir al funeral de Raúl. Temor a la dictadura, que aún estaba en el poder, pero también a las interpretaciones políticas de los dirigentes del partido. Tantos que debieron estar allí y que no le rindieron el homenaje debido por absurdas pequeñeces. Tampoco olvido la tristeza de no poder enterrarlo junto a su compañera en la lucha y en el amor.

Bueno, así son las cosas. Así laceran los dolores más propios, los pecados más nuestros, la falta de humanidad y de justicia con nuestro mejor hermano. Esas son las heridas más sangrantes, las que dependen de nosotros y no del enemigo.

Después de veinte años, no olvido el hermoso rostro muerto de mi Raulí, su cuerpo cubierto con una bandera del Frente, en una asoleada mañana de cuando creíamos aún que éramos puros. Después de veinte años, tengo la convicción de que se le debe al Comandante José Miguel los honores de general del pueblo que merece. Mientras espero que esa deuda se salde, yo al menos lo saludo orgullosa, proclamo mi admiración por él, me cuadro ante el héroe, y recuerdo con una sonrisa la forma tierna y juguetona en que me tiraba las trenzas en La Habana.
 

Addenda
Sobre la muerte de Raúl Pellegrin puede leerse en la revista
Punto Final una crónica de Manuel Holzapfel; y aquí una entrevista a su señora madre, doña Judith Friedman.

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