Oct 29 2006
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Economía

Peor que la tele. – VIC MACKEY Y LOS DELINCUENTES CUBANOS. DIFERENCIAS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Cuarenta y siete millones de estadounidenses –incluyendo seis millones de niños– carecen totalmente de seguros de salud, cifra que aumenta a razón de un millón y medio al año. Habría que agregarle otra, muy elástica, de ciudadanos cuyo seguro no cubre asistencias importantes.

Difícilmente unos y otros pueden –o quieran– solucionar sus problemas de la manera en que lo hace el policía corrupto. ¿Cómo harán entonces? Lo desconozco, quizás la vía más expedita es irse muriendo de a poquito bajo un puente o, más poético aún, a la sombra de un ciprés.

Mientras eso sucede en Estados Unidos, en un barrio de La Habana donde vive Nuria** “apareció un cartel en la mañana que decía abajo Fidel –algo fuera de lugar en el barrio–. ¿Sabes quiénes lo limpiaron y vociferaron palabrotas para que no volviera a ocurrir el hecho? Fueron los mismos vecinos que no trabajan (…) Algunos de ellos viven de la especulación y no trabajan para el Estado. Los vi con cadenas, celulares y ropas a la moda…”.

Nuria, revolucionaria que se rompe el lomo diez horas diarias para sacar adelante a sus dos hijos, se siente feliz porque los hijos de esos delincuentes van a la escuela y reciben el tratamiento médico que necesiten sin que nadie pregunte a los padres su filiación política, antecedentes penales, credo religioso u otra particularidad.

Pero, ojo, se trata de delincuentes, pues quienes viven de la economía informal cuyo origen es el robo no son más que eso. ¿Sabe el lector cuánto cuesta en Cuba una de esas cadenas de oro 18k y eslabones gruesos? Cientos de pesos convertibles (un peso convertible o CUC igual a US$ 0,82). ¿Y el celular? El más barato en la bolsa negra oscila entre 130 y 150 CUC; otros, con camarita y que hasta le limpia las narices al propietario, de 200 a 220 CUC. Pero lo más llamativo radica en que la puesta en marcha del celular cuesta 110 CUC, y solo los extranjeros –empresarios, periodistas y otras categorías– están autorizados a poner en marcha un celular en la empresa CUBACEL.

Lejos de la perfección

¿Cómo lo hacen estos barones del submundo? Pues mediante la cadena de corrupción extendida prácticamente a todo lo largo de la base social cubana y que involucra a numerosos sectores de la economía y los servicios.

“Si ellos no trabajan, tienen celulares y cadenas de oro, pero ya ve, miren lo que hacen”, podrían pensar algunos. ¿Se puede ser revolucionario y ladrón? Pero no se trata de revolución o contrarrevolución u oposición, sino de honradez.

El hecho de que esos personajes fueran quienes quitaran el cartelito y vociferaran contra aquellos que lo pusieron no los convierte en ciudadanos honestos. Más bien cabe pensar si no habrán descolgado el cartelito como forma de cubrirse con el manto de “revolucionarios”, lo que puede mover a los genuinos militantes a realizar un trabajo de captación. Las revoluciones, como los credos religiosos, tienen en común el afán de rescatar a los descarriados. Regenerar y convertir son afanes consustanciales a ambos apostolados.

Ahora bien, visto desde el ángulo político, mientras borran la pintada día a día la dibujan con mayor efectividad gracias a sus actividades ilícitas. foto Es la corrosión del tejido social y de las instituciones, es voltear la revolución desde adentro, tema del trascendental discurso de Fidel Castro en noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana. Y más peligroso aún, esos lumpen proletarios, que pululan por las esquinas de Cuba y de todo el planeta, son caldo de cultivo lo mismo para procesos revolucionarios –que casi todos lograron incorporar a muchos y convertirlos en personas honradas y en firmes militantes–, que para movimientos extremistas de derecha.

Basta recordar la década de 1921/30 en Alemania y apreciar como el nazismo se nutrió de estos elementos. O échele una ojeada a los paramilitares colombianos de hoy día o a los contras nicaragüenses de hace unos años.

Sin embargo entre Vic, el policía corrupto, y estos delincuentes criollos quiero destacar una diferencia: éstos últimos no necesitan de operaciones negras para curar a sus hijos o familiares. En Cuba socialista, los hijos de Vic asistirían a escuelas especiales para niños con problemas físicos o mentales y serían tratados por expertos en diversas ramas de la medicina. Todo sin costo alguno.

El objeto de un impuesto

¿Cómo es posible, por ejemplo, que los servicios cubanos de salud atiendan en estos momentos a 2.000 pacientes que reciben tres veces por semanas el servicio de hemodiálisis sin que tengan que pagar un centavo?

El Departamento de Salud de Estados Unidos estima que el costo total para el tratamiento de diálisis de un paciente es US$ 65.000 anuales. De esa cantidad, la diálisis misma cuesta 16.250 dólares anuales; el resto corresponde a otros gastos hospitalarios. Puesto que el tratamiento consiste de tres sesiones semanales de diálisis (o sea, 156 sesiones anuales), el costo por sesión oscilaría en 416 dólares. Saque su calculadora y multiplique 416 por 2.000 por tres y verá cuanto gasta semanalmente el pequeño país que es Cuba, bloqueado por la mayor potencia económica y militar de la historia, en tratar a esos pacientes.

El hijo del delincuente del patio recibe ese o cualquier otro costoso tratamiento sin pagar un solo centavo, y también, sin costo alguno, le hacen un trasplante de riñón o de cualquier otro órgano. ¿Cuánto cuesta en EEUU ese trasplante y el seguimiento posterior del paciente?

En la página Web del hospital de la Universidad de Emory en Atlanta, Georgia, se dice: “Los costos de transplante renal varían en forma amplia, pero en general van de US$ 25.000 a US$150.000, según la seriedad de la enfermedad y si el riñón donado viene de una persona muerta o viva. La severidad del rechazo biológico y la cantidad de medicamentos para el tratamiento postoperatorio del paciente pueden significar gastos mensuales de US$ 700 a US$ 2.000”. En resumen, unos 8.400 a 24.000 dólares anuales por el resto de la vida del paciente.

En 2005 se realizaron en Cuba 138 trasplantes de riñón. Los trasplantados reciben los medicamentos y atención médica durante toda su vida sin pagar un centavo. Lo invito a que nuevamente eche mano a su calculadora y saque cuentas con las cifras del hospital de la Universidad de Emory.

Actualmente el Ministerio de Salud Pública proyecta extender paulatinamente el servicio de hemodiálisis a los 162 municipios del país. ¿De dónde sale la plata?

Pues buena parte de algo que pudiéramos catalogar en la práctica como un impuesto al valor agregado (IVA) sobre los productos que se venden en las tiendas en divisas (CUC). Como promedio, esa especie de IVA es de un 240%, que aumenta en los productos de belleza, bisuterías, así como en los electrodomésticos y otros.

¿Qué es duro? Cierto. Que una botella de aceite de girasol se venda a 2.40 CUC, le zumba –digo le zumba por no decir ¡le ronca!– cuando compradas al por mayor cuestan centavos de dólar.

La explicación es que Cuba tiene un servicio de salud y de educación que estremece a su economía y de algún lugar debe salir la plata que lo costee. Los ciudadanos quieren educación y salud gratis y bajos precios en los mercados de moneda dura. De acuerdo. En definitiva quieren el centavo y el caramelo, los dos a la vez y esto, si recordamos la Biblia, ni en el Paraíso fue posible. Hubo que pagar un costo.

Se trata de una política de redistribución destinada a soportar los servicios esenciales y primarios que constituyen, además de derechos humanos, algunas de las metas del milenio definidas por la ONU, y de cuyo cumplimiento distan mucho la mayoría de los países. Cuba, según los organismos internacionales, va a buen paso de cumplir con la mayoría de ellas y algunas como la alfabetización, la educación y salud para todos, ya están cumplidas desde hace muchos años, incluso desde antes que la ONU se lo propusiera.

Pongo un ejemplo concreto y cercano. Hace un par de meses murió en un país de América Latina un buen amigo mío. Padecía de una severa enfermedad y el tratamiento en el país en que residía costaba miles de dólares. Una de las inyecciones que le administraban cuesta entre 50 y 80 dólares el gramo –el tratamiento relaciona gramos a inyectar por kilogramo de peso–. Mi amigo, aunque magro de cuerpo, no flotaba. Vino a Cuba y recibió periódicamente sus dosis sin costo alguno. ¿De dónde salio el dinero?

Vic Mackey vive en una sociedad diferente y encara la vida y sus problemas familiares a como dé lugar. Los delincuentes en la isla no tienen la inaceptable justificación de Vic. Y el problema de Cuba tiene de base un problema económico. Apresar a los delincuentes es patrimonio de la ley, pero mientras no se resuelva la relación ingreso/consumo, estaremos reciclando las cárceles. La represión es parte de la respuesta, más no la esencial.

Economía y valores tienen una íntima relación. Cómo se resuelva esa ecuación es un proceso ineludible que debe ser creativo, audaz y movilizar a todas las fuerzas productivas del país. Pero debe ser sumamente cuidadoso, pues tenemos a 90 millas a un gobierno poderoso, agresivo, con la decisión y capacidad demostrada cotidianamente de usar todo tipo de armas para matar, pero que ha sido incapaz de salvar la vida de sus propios ciudadanos mediante un sistema de salud para todos ellos.

Ese gobierno ha publicado el proyecto Asistencia para una Cuba libre, en cuya implementación trabaja y en el que la salud y la educación serían privatizadas. Este objetivo me enciende la imaginación: en una Cuba ya “transicionada” a gusto de Estados Unidos y la extrema derecha cubano-americana de Miami, veo a Cheo Malanga –versión criolla del corrupto Vic Mackey–, negociando parte de la droga incautada a aquellos que borraron la pintada de marras para, entre otros destinos, ambos –policías y ladrones– pagar por los servicios de diálisis, por un trasplante de órgano o por una vacuna contra el cáncer.

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* Jefe de la corresponsalía de Radio Progreso Alternativa en La Habana y editor de la versión en español de Progreso Semanal (www.progresosemanal.com).

maprogre@gmail.com.

** Referencia a la correspondencia de los lectores de la revista

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