Sep 11 2006
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Opinión

Revisión de una historia adulterada. – FUE “OTRA” EL ARMA SUICIDA DE ALLENDE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoOnce de septiembre de 1973. Según la versión oficial, el presidente Allende decidió a la 1:50 de la tarde poner fin a la resistencia armada y ordenó rendirse a sus acompañantes. Les pidió bajar desde el segundo piso de La Moneda en llamas, por las escaleras de piedra que daban a Morandé 80. Descenderían de uno en fondo, con la Payita adelante, y él mismo –cerrando la fila de unas 35 personas– en último lugar.

Todos iban semi asfixiados por el humo y las lacrimógenas lanzadas por los atacantes, y aterrados por los balazos que todavía resonaban en la calle y en los edificios circundantes. Pero sin que los demás se diesen cuenta, Allende volvió atrás, y se introdujo en el Salón Independencia.

“Se sentó en un sofá, sujetó el fusil AK que le había regalado Fidel Castro entre sus rodillas, puso el cañón bajo su mandíbula y apretó el gatillo. Salieron dos tiros”.

El doctor Patricio Guijón –único testigo confeso durante 30 años– también regresó, “con la intención de recoger para su hijo un recuerdo de lo allí vivido: la máscara antigás que había abandonado momentos antes”. Desde un pasillo, frente a la puerta entreabierta del Salón Independencia, vio al Presidente dispararse. Corrió hacia él, pero ya estaba muerto. Entonces, según la versión oficial, “se sentó junto al cuerpo del Presidente, tomó la metralleta y la puso atravesada sobre las piernas del occiso, sin preocuparse de huellas ni de nada”. Luego estuvo “velándolo durante 10 o 15 minutos”.

Hasta que un grupo de militares, encabezados por el general Javier Palacios, jefe del asalto a La Moneda, irrumpió en el lugar, y comprobó que la parte superior de la cabeza del Presidente había estallado, dejando la masa encefálica esparcida alrededor, sobre el sofá y en el suelo. “Se veía el impacto de dos balazos incrustados en un gobelino que colgaba en la pared situada detrás”.

El general Palacios –fallecido el 26 de junio del 2006–, “pensó en un primer momento”, según la nota necrológica que le dedicó El Mercurio, “inculpar al Dr. Guijón por la muerte de Allende”, pero después cambió de parecer, y –al parecer– el doctor Guijón cambió también el relato de lo que había visto. Y no es un mero juego de palabras…

Pero antes que nada, el general Palacios tomó entonces el radio-teléfono y se comunicó con el almirante Carvajal, para que le retransmitiera a Pinochet: “Misión cumplida, Moneda tomada, Presidente muerto”.

Tarde y mal

A las 19,10 horas del mismo 11 de septiembre se reúnen por primera vez –en el edificio de la Escuela Militar– los cuatro integrantes de la Junta Militar, que han asumido el poder como comandantes en jefe de las FFAA y Carabineros. Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza se ponen rápidamente de acuerdo, antes de dirigirse por cadena de televisión al país: control riguroso de la población, largo estado de sitio con toque de queda, ruptura de relaciones con los países de la órbita soviética.

“Lo que les toma más tiempo es la disyuntiva de cómo informar de la muerte de Allende. El acuerdo final es emitir un comunicado, que saldrá recién el jueves 13, y mantener en reserva el lugar de su sepultación”, según relata Ascanio Cavallo, en la serie Las 24 horas que estremecieron a Chile, publicada en La Tercera en septiembre de 2003.

El Presidente Allende es enterrado en secreto en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar, el día 12, trasladado por un avión FACH hasta Quintero, y de allí en una ambulancia, con fuerte custodia militar. Sólo se permite viajar junto al ataúd a la viuda, Hortensia Bussi, a cuatro parientes más, y al comandante Roberto Sánchez, ex edecán aéreo del mandatario muerto. A Tencha Allende no se le permite ver los restos de su esposo, la tapa del féretro soldada y sellada con remaches de metal.

Un informe “técnico” sobre el deceso del Presidente depuesto es entregado recién el 20 de septiembre, en conferencia de prensa, por el general Ernesto Baeza Michelsen, nombrado en la tarde del 11 director de Investigaciones, y que había renunciado al cargo el día 12, molesto al parecer por los tejemanejes realizados por el Servicio de Inteligencia Militar, para adaptar el cadáver y el Salón Independencia a la versión que se difundió luego sobre las circunstancias del suicidio de Allende.

Un testimonio singular: “El inspector Pedro Espinoza y el subinspector Julio Navarro –de la Brigada de Homicidios, la BH– reciben la orden de partir a La Moneda. Deben llevar todos los elementos para hacer un peritaje, incluido el experto planimetrista, un fotógrafo y el perito balístico. Un vehículo militar los lleva primero al Ministerio de Defensa. Sólo entonces se enterarán de quién es el muerto.

–Lo asesinó un GAP –informa allí el general Brady.

“Cuando llegan a La Moneda, entran al ‘sitio del suceso’ y reciben una segunda y contradictoria versión.

–Se suicidó… –dice el general Palacios– en el Salón Independencia.

(Relato de Patricia Verdugo, en el libro Interferencia Secreta, 11 de septiembre de 1973).

Los expertos policiales de la BH son reemplazados esa misma tarde por laboratoristas “químicos y físicos” de la Policía Técnica, que firmarán un “Acta de análisis de las muestras halladas” de una carilla, agregando –sin reconocer la autoría– el informe truncado de la BH (otras tres carillas, que aparecen con numeración diferente y las iniciales de otro mecanógrafo, en la reproducción de todo el documento). El Acta fue publicada el año 2000, por Mónica González, en el libro La Conjura: los mil y un días del golpe.

Dichos y silencios

La renuncia de Baeza a la dirección de Investigaciones, y su rápida reconsideración, tras fuertes presiones de Pinochet, ignoradas hasta hoy por la opinión pública, son recogidas en el libro del ex embajador estadounidense en Santiago, Nathaniel Davis, The last two years of Salvador Allende, publicado en 1985. El autor cita como fuente a Robert W. Scherrer, el delegado del FBI para el Cono Sur, con sede en Buenos Aires. El mismo que descubriría años mas tarde los falsos pasaportes con que el grupo de asesinos de Orlando Letelier viajó a Washington D.C.

fotoA su vez, el fiscal estadounidense que investigó en Washington el caso Letelier, Eugene M. Propper, en su libro Laberinto escrito en colaboración con Taylor Branch, también alude al conflicto entre el nuevo director de Investigaciones con la Junta Militar:

“El general Baeza –escribe Propper– ordena a los detectives de la BH entrar en La Moneda y realizar una investigación a fondo sobre la muerte de Allende. Esta medida provoca la primera controversia entre los nuevos gobernantes militares, la mayor parte de los cuales se opone violentamente a que el ‘sitio del suceso’ sea examinado por profesionales. Quieren presentar el fallecimiento de Allende como un suicidio. El general Baeza argumenta que es una cobardía y que tal historia no podrá sostenerse como convincente. Al día siguiente –12 de setiembre– dimitirá a causa de esto, y solo Pinochet será capaz de persuadirle de que permanezca como nuevo jefe de Investigaciones del Gobierno militar”.

La versión de Propper, extrañamente, aporta además el nombre del oficial chileno del Ejército “que había matado al Presidente Allende”. Su fuente es, siempre, el delegado del FBI, Robert W. Scherrer. “Después de pasarse casi dos días bebiendo cafés y tragos con varios confidentes chilenos, Scherrer descubrió (en 1977) lo que quería saber: el capitán René Riveros era un héroe especial para algunos de sus colegas de las FFAA chilenas, porque él fue quien mató al Presidente Allende en el asalto a La Moneda. Este hecho era entonces un secreto de Estado radiactivo”, escribe Propper.

En concreto, y citando verbalmente un informe de la Brigada de Homicidios, todavía atribuido a ella el 20 de septiembre de 1973 –amplia versión en El Mercurio del día siguiente, pág. 17–, el flamante director militar de Investigaciones, general Ernesto Baeza, informa que “el cadáver (de Allende) yacía sentado sobre un diván de terciopelo rojo granate adosado al muro oriental, entre dos ventanas que miran a la calle Morandé, con la cabeza y el tronco levemente inclinados hacia el lado derecho, miembros superiores ligeramente extendidos, extremidades inferiores extendidas y un tanto separadas”.

Foto clave

fotoLa fotografía Nº 1416/73-A, sustraída a fines de 1973 del expediente de Investigaciones, y efectivamente tomada el 11 de septiembre, es la primera de una serie oficial, que va de la A a la Z, hasta hoy guardada en secreto (izq.). Esta fotografía no –no– había sido identificada nunca como tal, pese a que circula hace años por Internet, y hasta se dió fugazmente por la TV chilena. Muestra cómo encontraron soldados y detectives efectivamente el cuerpo de Allende.

Antes que se procediera a “arreglar” el sitio del suceso, tras lo cual hicieron varios croquis –es decir: dibujos–, para reproducir. Posiblemente sentaron al cadáver, o lo arrastraron más arriba, apoyándolo en el respaldo del sofá del Salon Independencia, en La Moneda,  agregando a un costado “un casco y un cargador vacío de arma automática” que en la foto ‘A’ no se ve para nada, incluso ampliándola un 500%.  

Después hicieron varios “croquis”, similares al Nº 15254, que acompaña la nota, imaginando como se vería Allende con un AK-47-S puesto en forma vertical en la mitad de su cuerpo. Y hasta depositaron por allí una botella de whisky Chivas Reagal, y un vaso lleno de whisky, que dicen haber visto algunos bomberos que concurrieron a La Moneda. Detalle que después se eliminó de los informes policiales (BH y Laboratorio de Policía Técnica), porque hacía más evidente el montaje realizado, donde lo importante para los golpistas era destacar el fusil obsequiado por Fidel Castro, que permitía especular políticamente con ese hecho, como se ha procedido hasta el día de hoy.

La autopsia del Instituto Médico Legal consignó 0,00 g. de alcohol en la sangre de Allende, destacado muy expresamente por el gral. Javier Palacios en declaraciones posteriores, para que la atención se concentrara en la el fusil ametralladora Aka, clave en la falsificación perpetrada.

El cineasta Patricio Guzmán, autor del galardonado documental Allende, que estuvo a primeras horas del 11-S filmando en las afueras de La Moneda, declaró hace pocas semanas a la BBC de Londres que, con anterioridad a esta foto, el cuerpo de Allende muerto yacía tendido en el suelo.

El tiro por la culata

Pero el 20 de septiembre de 1973, el general Baeza, que ya había olvidado su transitoria renuncia, añadía: “Los proyectiles suicidas fueron disparados con el arma puesta entre las rodillas y el cañón pegado a la barbilla” (¿cómo las piernas separadas, entonces?). Y agregaba: “Arma utilizada: fusil-ametralladora núm. 1.651, de fabricación soviética, en cuya culata se leía la inscripción: “A Salvador, de su compañero de armas, Fidel”.

Todo claro, salvo que el fusil-ametralladora AK-S, que aparece en el Croquis Nº 15254 (der.) de la Policía Técnica de Investigaciones, dibujado ex profeso entre las piernas de Allende muerto, no tiene culata, en el sentido tradicional del término, esto es, culata de madera, como en la foto de la célebre metralleta que luce en sus manos su creador, el general del Ejército Soviético Mijail Kalashnikov.

foto El arma dibujada en medio del cuerpo de Allende por el “perito” de Investigaciones, en el croquis aquí reproducido, es uno de los AK-47-S, o AK-S, que portaban los miembros del GAP que combatieron en La Moneda. Ese día había una treintena de ellos en Palacio. (Los expertos han observado que falta en el croquis un detalle fundamental: la mira del fusil, que es mayor, incluso, al diámetro del cañón).

El AK-S es el usado internacionalmente por paracaidistas y otras tropas especiales, o por guerrilleros. De “culata rebatible”, es decir, plegable, y en la práctica un tubo de metal liviano que termina en una especie de semi herradura, para apoyarla en el hombro, si se va a disparar apuntando con precisión. Hay fotos de Allende junto al “Coco” Paredes haciendo prácticas de tiro en El Cañaveral con una de esas metralletas (cualquiera) de la guardia presidencial.

En combate, la culata “rebatible” del AK-S se gira en 180 grados y se pone sobre el cañón, para disparar desde el costado, colgando en ese caso de una correa que pasa detrás del cuello, y haciendo desaparecer la extensión posterior a la empuñadura. (Ver foto de los GAPs que acompañan a Allende alistándose para la batalla en el interior de La Moneda). Un arma tan de campaña no está hecha para intercambio de regalos entre Jefes de Estado, lo que refuerza que Fidel le obsequiara a Allende el modelo clásico de AK-47, con culata rígida de madera.

El AK no estuvo

La presencia de la dedicatoria “en la culata” –una lámina de bronce atornillada en ambos extremos a la madera–, la recuerda expresamente el doctor Oscar Soto, médico de cabecera del presidente, en su libro El último día de Salvador Allende, pagina 66, y también Tati, Beatriz Allende, la hija mayor, en su discurso en La Habana, en el homenaje masivo a su padre, organizado por Fidel Castro, el 28 de septiembre de 1973, en la Plaza de la Revolución “ante un millón de personas”.

Pero aparentemente, del fusil-ametralladora dedicado por Fidel Castro, no salió ningún tiro el 11 de septiembre, ni el arma estuvo en La Moneda, al menos mientras Allende vivió. Desapareció ese mismo día, y nunca más se lo ha vuelto a ver, posiblemente destruido –junto a todas las otras pruebas físicas de las armas y proyectiles que pudieron intervenir en la muerte de Allende– por orden del general Javier Palacios, siguiendo instrucciones de la Junta Militar.

El asesor político de Allende, y perseguidor implacable de Pinochet, el abogado español Joan Garcés, frecuentaba tanto la casona presidencial de Tomás Moro como el refugio de El Cañaveral, camino a Farellones, donde Allende compartía algunos días con Miria Contreras Bell, la Payita, sus familiares y amigos. “La metralleta obsequiada por Fidel Castro a Salvador –le ha confirmado Garcés a su amigo Víctor Pey (el dueño de El Clarín)– nunca salió de El Cañaveral; siempre estuvo allí, expuesta en una pared del living”.

La noche del 10 al 11 de septiembre, tanto Joan Garcés como el periodista Augusto Olivares pernoctaron en Tomás Moro, junto a la guardia presidencial, en las proximidades de las habitaciones donde descansaba Allende, en vigilia por los acontecimientos que presagiaban la proximidad del golpe de Estado. En la madrugada volaron a La Moneda, tras los autos que llevaban al presidente y su escolta, armada con fusiles-ametralladora AK-S para cada uno de sus integrantes. Éstos eran 20 ó 23, según distintas fuentes, pero el arma obsequiada por Fidel Castro seguía en El Cañaveral.

fotoEs cierto que la Payita, al enterarse del golpe de Estado, bajó inmediatamente hacia Santiago, junto a 13 GAP, entre ellos su hijo, Enrique Ropert, de 19 años. Pero no pudieron llegar con sus armas hasta la misma Moneda. Se ignora si bajaban con el AK obsequiado por Fidel Castro. Los hombres de El Cañaveral fueron hechos prisioneros en la Intendencia, incluido el hijo de la Payita, desarmados todos inmediatamente, y sólo ella, a duras penas, y sin llevar en las manos nada más que su cartera, gracias a su audacia y encanto, logró atravesar las barreras policiales y meterse en el Palacio Presidencial. Desde allí trataría en vano de rescatar a su hijo, que hasta hoy permanece como detenido-torturado-desaparecido.

Así, en el mejor de los casos, la metralleta de Fidel quedó secuestrada en la Intendencia –Morandé esquina Moneda–, aunque lo más probable es que “nunca haya salido de El Cañaveral” como sostiene Joan Garcés. Pero en la Intendencia, a media mañana, se habían instalado los militares, y desde allí (o desde El Cañaveral, también ocupado por fuerzas insurrectas) fue fácil trasladar aquel AK a La Moneda, una vez concluida la batalla, disparar dos balazos a la muralla, atravesando el gobelino, e inventar la fábula del “suicidio de Allende con el obsequio de Fidel” que propagandísticamente asociaba –y en forma subliminal– el final de la vía pacifica al socialismo con el castrismo… Un recurso que ni los militares, ni la derecha, ni la Embajada norteamericana iban a dejar de lado.

Un solo disparo

Desde los detectives de la guardia presidencial, que defendieron la vida de Allende en La Moneda, hasta los doctores del Instituto Médico Legal, que practicaron la autopsia esa misma noche del 11-S, ante los jefes de Sanidad de cada una de las ramas de las FFAA, muchos coinciden –con distintos grados de certeza– en que el Presidente murió de un solo balazo. Incluso, en un informe oficial, se menciona expresamente un cartucho de bala de pistola, que yacía (muy visible) a los pies del occiso, ya percutado, aunque se elude identificar el arma de donde provino.

Estos testimonios y documentos destruirían la tesis sostenida hasta su muerte, en junio pasado, por el general Javier Palacios Ruhman, de que Allende se suicidó utilizando una metralleta AK que disparaba 20 balas en un segundo, independientemente de si había sido regalada por Fidel Castro o no. Es cierto que el Kalashnikov también se podía disparar tiro a tiro, es decir, uno a uno, pero no de dos en dos, ni de cuatro en cuatro. Considerado en ese momento el mejor fusil de asalto del mundo, o se lo disparaba en ráfaga, vaciando el cargador, o se iba operando tiro a tiro.

Es cierto también que le habría bastado un solo disparo del AK a Salvador Allende para quitarse la vida. ¿Pero cómo justificar entonces los dos balazos incrustados en el gobelino que cubría la pared posterior al sofá donde fue depositado su cuerpo ya sin vida? ¿O se necesitaba reforzar la idea de “varios” disparos de una metralleta para justificar la presunta utilización del arma obsequiada por Castro?

fotoEn los informes posteriores de la Policía Técnica y de autopsia –noche y madrugada del 11 y 12 de septiembre de 1973–, en ningún párrafo se indica el calibre de la –o las– balas que ultimaron a Salvador Allende, de tal manera que no se determinó finalmente si eran de metralleta o de pistola. Esto ha sido apreciado como altamente “sospechoso” y “más que grave” por distintos autores, entre ellos el chileno Hermes Benítez, que escribió recientemente en Canadá el libro Las muertes de Salvador Allende, presentado el pasado lunes cuatro de septiembre en Santiago por la editorial Ril.

En sus últimos años, el general Javier Palacios hizo declaraciones oficiosas, relatando que luego de los “dos” disparos suicidas, un tercer proyectil había quedado atascado en el cañón de la AK-47 regalado por Castro a Allende. (Arma que nunca volvió a aparecer o ser vista, ni por expertos ni por profanos). Y, además, la experiencia internacional parece desmentir a Palacios.

Los soldados norteamericanos que combatieron en Vietnam, enfrentando a guerrilleros que se batían con el mismo tipo de metralleta, tenían una gran admiración por esa arma, y su afirmación de que “puede pasar un tanque sobre ella, y sigue funcionando” es utilizada hasta el día de hoy en la publicidad de los fabricantes rusos, que continúan exportándola a todo el mundo. Agregan –siempre con el apoyo de citas estadounidenses– que aunque caiga al barro en medio del combate, o se lo encuentre abandonado y oxidado, tras una ligera limpieza, el AK sigue disparando como si nada, con la misma velocidad de tiro.

Médicos y detectives

Tres de las mejores periodistas de investigación de América Latina, Mónica González, Patricia Verdugo y María Olivia Monckeberg, entrevistan en la revista Análisis del 22 de junio de 1987 a los detectives (funcionarios oficiales; no del GAP), que combatieron lealmente junto al presidente Allende en La Moneda, y sus declaraciones son sorprendentes.

En el reportaje del trío estelar, Así murió Allende: hablan los detectives de La Moneda, se adhiere sin vacilar a la tesis del suicidio. “Que la izquierda estuviera manteniendo el mito del presidente asesinado, no le hacia bien a nadie” –recordaría años después Patricia Verdugo–.

Las periodistas recogen el relato de los ex funcionarios de Investigaciones Juan Seoane, Quintín Romero y David Garrido. “La nota reconstruye lo ocurrido en esa fría mañana de septiembre: la conversación telefónica entre el almirante Patricio Carvajal y Allende, exigiéndole que se rindiera. La decidida negativa del presidente. Las bombas cayendo sobre La Moneda. La decisión de Allende de quedarse y resistir. El ruido de un disparo (textual). La certeza de que el presidente se ha suicidado”.

Algunos de esos detectives y un ex GAP sobreviviente, repiten ante las cámaras de televisión de Canal 13, pasadas las 23 horas del 11 septiembre de 2003, en un programa a treinta años del golpe: “Sentimos un disparo muy diferente cuando se mató Allende”. (Visto y registrado por el autor de esta nota).

Yo mismo le pregunté hace algunos meses a otro de los resistentes en palacio, el secretario de prensa e íntimo del Presidente Allende, Carlos Jorquera, con la confianza de una amistad de varias décadas:

–Negro: ¿Tenía una pistola el presidente Allende?

–Pero claro que la tenía, Turco. Hasta yo la anduve trayendo una vez, todo el día, cuando fuimos a Bogotá (en la gira por países sudamericanos, en 1971), porque él, por protocolo, no la podía ir cargando, obviamente”.

Nunca en plural

En el informe final de la autopsia médica, concluida en el Hospital Militar la madrugada del 12 de septiembre, se afirma textualmente que “La causa de la muerte (de Allende) es la herida a bala cérvico-buco-cráneo-encefálica reciente, con salida de proyectil… el disparo corresponde a los llamados “de corta distancia” en medicina legal… El disparo ha podido ser hecho por la propia persona”. En ningún párrafo del documento se admite que puede haber sido más de un tiro la causa de la muerte del Presidente de la República.

Así se registra que “en ambas manos hay salpicaduras de sangre, especialmente en la derecha”. (Probaría suicidio con pistola; derecha muy lejos si bajó hacia gatillo de la metralleta).

“En la región submentoniana, inmediatamente por detrás del borde inferior del hueso maxilar inferior, se observa un orificio de entrada de proyectil…” –señala la autopsia del Instituto Médico Legal–.

“El proyectil perfora el piso de la boca…” –agrega en singular–.

Se describen luego los daños causados por la bala en su trayectoria hacia arriba, en la lengua y dientes, y agrega: “El proyectil, continuando con su avance, se abre paso a través de la masa encefálica…” , y describe los destrozos causados en el cráneo del presidente.

Agrega: “EL proyectil sale finalmente al exterior por la parte alta y la mitad posterior de la bóveda craneana…presentando una zona constituida por diversos desgarros de disposición radiada, a expensa de los cuales es posible reconstruir un orificio, irregularmente redondeado”. (3a. hoja de la autopsia nº 2449/73).

Conclusiones:

1º.- Cadáver de sexo masculino, identificado como Salvador Allende Gossens.

2º.- La causa de la muerte es la herida a bala cérvico-buco-cráneo-encefálica, reciente, con salida de proyectil.

3º.- La trayectoria intra-corporal seguida por el proyectil, estando el cuerpo en posición normal, es: de abajo hacia arriba, de delante hacia atrás y sin desviaciones apreciables en sentido lateral.

4º.- El disparo corresponde a los llamados ‘de corta distancia’ en medicina legal.

5º.- El hallazgo de carbón y productos nitrados en los tejidos interiores del orificio de entrada, como la mucosa de la lengua y en una esquirla ósea en la base del cráneo, justifica la apreciación de que el disparo ha podido ser hecho con el cañón del arma directamente apoyado sobre los tegumentos”.

6º.- El disparo ha podido ser hecho por la propia persona.

Saludan atte. a US

(firmado) Dr. José L. Vásquez R.; Dr. Tomas Tobar Pinochet, Instituto Médico Legal.

Al señor Fiscal de la Primera Fiscalía Militar. Presente
(Texto completo, en Mónica González, La Conjura: los mil días del Golpe’ págs. 489-494).

Todo muy raro

fotoEl doctor Tobar se suicidaría años más tarde. Nunca se ha informado públicamente de ello, ni de las causas que motivaron su decisión. Siendo el principal de los anátomo-patólogos ejecutantes, logró resistir las presiones de los golpistas para “registrar” disparos múltiples en el cadáver de Allende, que no los había.

El médico-director de los servicios de Sanidad del Ejército, doctor José Rodríguez Véliz, que debía presenciar la autopsia junto a sus iguales en rango, de la Armada, FACH y Carabineros, se abstuvo y salió del pabellón, pretextando que había sido compañero de curso del Presidente Allende mientras estudiaban Medicina en la Universidad de Chile.

Sólo los laboratoristas de “física y química” de la Policía Técnica –y no los detectives de la Brigada de Homicidios, finalmente– consignaron que, si bien “la muerte del Señor Allende Gossens, se produjo como consecuencia de una herida a bala… no se descarta la posibilidad de que se trate de dos trayectorias correspondientes a dos disparos de rápida sucesión”.

Lo que nadie supo hasta el año 2003 –al menos públicamente– es que, en el momento de morir, acompañaban o estaban en las proximidades de Allende, y no en la fila de los que bajaban por las escaleras, al menos ocho personas, la mayoría de ellos médicos, aunque algunos de éstos lo hacían en su calidad de expertos en defensa militar, y sin la bata blanca que llevaban los otros.

Según relató del doctor José Quiroga, cirujano que actualmente reside en Los Angeles (California, EEUU), y entonces miembro del equipo médico que cuidaba al Primer Mandatario, no sólo el doctor Patricio Guijón vio morir a Salvador Allende, sino también el entonces ministro de Salud, Arturo Jirón, Hernán Ruiz Pulido (cardiólogo), el abogado Arsenio Poupin, Subsecretario General de Gobierno, Enrique Huerta, Intendente de Palacio, que profesaba una lealtad sin límites al Presidente, y el detective David Garrido.

Pero, además de los nombres revelados por el doctor Quiroga en el diario La Opinión de California (11.09.2003), integraban también el grupo dos o tres “súper-gaps”, uno de los cuales era el Nº 1 del aparato político-militar del PS, de nombre de guerra, “Máximo”: el estudiante de medicina Ricardo Pincheira, de 28 años.

Otros secretos

Fue “Máximo” quien impidió que ingresara al Salón Independencia (el “living” decía ella, tal vez porque quedaba al lado del comedor de Palacio), Miria Contreras, la Payita. Ella había detenido su descenso por las escaleras hacia Morandé 80, cuando se dio cuenta que Salvador Allende se retrasaba, y luego oyó “los disparos” –dijo ella, la única que habló en plural, en carta secreta a Beatriz Allende, la hija mayor del mandatario, dando a entender que sabía del suicidio–. Le escribió a fines de 1973, mientras se encontraba escondida (no asilada oficialmente) en la Embajada de Cuba en Santiago. La carta fue publicada sólo en años recientes por la revista The Clinic.

“Al final todos tuvimos que bajar a la carrera” –contó el doctor Quiroga desde Los Angeles, California–, urgidos por los soldados que nos exigían abandonar de una vez La Moneda”. Lo hicieron en medio de patadas y culatazos de la soldadesca, que también alcanzaron a la Payita y otras mujeres.

Una vez afuera, por una misteriosa razón secreta, que aun hoy, 33 años después no se ha develado, terminada la conquista a sangre y fuego de La Moneda, el general Palacios liberó horas mas tarde a todos los médicos que se manifestaron como tales, salvándose de correr la suerte de los otros defensores de la sede del gobierno constitucional, algunos de los cuales hasta hoy figuran en las listas de detenidos-torturados-desaparecidos y/o fusilados.

“Después, sólo permaneció arriba el doctor Patricio Guijón Klein, junto al cadáver de Allende, como él mismo ha testificado” –concluyó Quiroga.

En verdad siempre ha parecido rara la historia de este extraño “testigo único”, impedido de salir del país por décadas, debido a un irregular “arraigo militar”, que él ha acatado en silencio y resignación. ¿Cuál será el motivo?

En una célebre entrevista concedida a la revista Cauce en septiembre de 1984, el doctor Guijón dijo repetidamente que vio a Allende “cuando se pegaba el balazo”. Así: “el balazo”… Pero insistió en que el líder de la Unidad Popular, que encarnó los sueños de toda una generación de izquierdistas, en Chile, América Latina y otros lugares del mundo, se apuntó a sí mismo con una metralleta. ¿Creerle o no? …El misterio continúa.

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* Periodista y ensayista.
El croquis se identifica con el número 15254, 11-s-73, en La Moneda, hecho por peritos de Investigaciones. Muestra la escena totalmente arreglada, en comparación con la fotografía del cadáver del Presidente de la República (numerada 1416/73-A).

Una versión resumida de este reportaje fue publicada en el diario chileno La Nación el domingo 10 de setiembre de 2006.
La versión entregada aquí es por gentileza del autor.

(© Camilo Taufic, 2006).

fotoAddenda

EL ÚLTIMO MENSAJE DE UN HOMBRE

Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros.

Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

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Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

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