Ago 31 2011
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Cultura

Simón Rodríguez, el tatarabuelo de la revuelta educacional

Al tutor y mentor de Simón Bolívar —quien lo llamó “el Sócrates de Caracas”—, el filósofo venezolano Simón Rodríguez fue uno de los pensadores más audaces de América, un personaje incómodo para los poderosos de ayer y de hoy. Vivió unos años en Chile, planteó una revolución educacional que en poco y nada difiere de lo que hoy reclaman los estudiantes y profesores movilizados.⎮MACARENA GALLO.*

Rodríguez abogaba por una educación popular, igualitaria, garantizada imaginativa y que no fuera un negocio, por todo lo cual fue tildado de loco y su legado fue olvidado, o fondeado, durante años. Pero el tiempo le fue dando la razón. Acicateado por el poeta Gonzalo Rojas, el periodista Fernando Villagrán recopiló, en un libro que aparece la próxima semana, la obra de Rodríguez. Un adelantado, el ancestro de los Pingüinos.

La elite conservadora chilena no toleraba que Simón Rodríguez (1769-1854) tuviera una relación con una india boliviana, cuestión que a él no le importó. Rechazó, por lo mismo, ofertas de José Miguel Infante para vivir con su familia y sus dos hijos en su casa y prefirió irse a Bolivia a fabricar velas: “Si yo fuera inválido, pediría amparo. Bueno y sano, debo trabajar”, fue su respuesta.

Pero esta historia partió mucho antes. Cuando Rodríguez llegó a Chile huyendo de la pobreza que sufrió en Perú. Fue en 1833 cuando llegó a nuestro país, y se puso a hacer clases en el Instituto Literario de Concepción, donde enseñaba, además de los ramos, la fabricación de ladrillos, adobes, velas y otras obras de economía doméstica. “Pero la educación que impartía estaba muy lejos de conformarse con las creencias, usos, moralidad y urbanidad de la sociedad en que ejercía su magisterio”, apuntaría años después José Victorino Lastarria en sus Recuerdos Literarios.

Un fuerte terremoto en febrero de 1835 terminó por sepultar sus sueños en la zona centro sur de Chile. Su instituto quedó en el suelo y debió hacer clases en su casa. Los efectos del desastre hicieron que pronto quedara sin pega [chamba, trabajo] estable. Se las ingenió para sobrevivir como sea, hasta ofreciéndose como sacristán y como aserrador en una hacienda. Pero le fue mal. Entonces agarró sus maletas y partió a Valparaíso, donde le fue algo mejor.

La imprenta de El Mercurio le publicó la segunda versión de Luces y virtudes sociales, una continuación de Sociedades americanas (1828), un manifiesto, revolucionario para ese entonces, que apuntaba a la necesidad de hacer una gran reforma económica y social que fuese extensiva a todas las capas sociales, criticando de paso crudamente al sistema educacional que veía venir: “Hacer negocio con la educación es… Diga el lector todo lo malo que pueda: ¡todavía le quedará mucho por decir!”.

Pedagogo, escritor y filósofo, Rodríguez era un republicano liberal, inflexible, irreverente, ateo y defensor de indígenas, pobres y mujeres. Huacho, hijo de un clérigo músico, nómade, tipógrafo y emparejado con una india, Rodríguez fue el pensador más audaz de su tiempo en nuestras tierras. Un tipo raro, de avanzada, rompedor de esquemas, incómodo para los poderosos.

Casi dos siglos después, fue el poeta Gonzalo Rojas quien lo redescubrió, alucinando con él y definiéndolo como “un loco genial. Un venezolano fenomenal. Yo estoy enlazado con esa tradición”. En entrevista con el programa Off The Record en 1996, el poeta de Lebu le habló de la importancia del legado de Rodríguez al periodista Fernando Villagrán, quien lo desconocía hasta ese entonces. Ese encuentro fue el aliciente para que Villagrán decidiera compilar la obra del pensador venezolano en el libro Simón Rodríguez: las razones de la educación pública. Reflexiones del educador americano que vence el paso de los siglos, que acaba de publicarse en Chile.

El Sócrates de Caracas

Simón Rodríguez nació en 1769 y a los 21 años ya era profesor. Tutor del libertador Simón Bolívar, le transmitió oralmente todo un saber libertario a su discípulo, instándolo a leer a clásicos como Plutarco y a modernos como Rousseau.

Y tanta fue la admiración de Bolívar por su tocayo y maestro que lo llamó el “Sócrates de Caracas”. Años más tarde irían juntos al Monte Sacro, donde Rodríguez hizo jurar la libertad de América a su discípulo.

Temprano en la vida, Rodríguez ya tenía la película clara. En 1794 publica Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras en Caracas y medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento, donde aboga por una enseñanza igualitaria para pardos y negros. “Hay que olvidarse de estudiar a medos, persas y egipcios. Y sí estudiar a nuestros indios”, reclamaba.

Sin embargo, estas reformas fueron rechazadas casi siempre, como fue la tónica de su vida. Esto, sumado a su espíritu aventurero, lo llevó a dejar Venezuela a los 28 años para partir a EEUU, donde se presentó, nadie sabe bien por qué, como “Samuel Robinson, un hombre de letras, nacido en Filadelfia, de treinta y un años”.

Allá, como tipógrafo en una imprenta de Baltimore, aprendió a usar diferentes moldes y tipos de letras que después dispondría en sus textos para darle más protagonismo a la oralidad que a la comunicación escrita que, según él, estaba en decadencia. Eran sus hojas anotadas como partituras musicales con llaves, puntos suspensivos y renglones seguidos o cortados, donde sintetizaba, jerarquizaba y enlazaba gráficamente las ideas claves para que fueran mejor comprendidas por el lector.

Con su nueva identidad, Simón/Samuel se fue a Europa a fortalecer su formación intelectual. La lectura de Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Locke y Saint Simon, entre otros, afianzaron su pensamiento liberador e igualitario. Testigo de la efervescencia y el surgimiento de todo tipo de conocimientos y técnicas, vio cómo la sociedad burguesa comenzaba a montar sus cimientos.

Eran tiempos de cambios, pero la educación era nada más que el medio para formar al hombre nuevo necesario para que la burguesía naciente se perpetuara. Esto choqueó a Rodríguez, un observador muy crítico, sobre todo, de los jóvenes latinos que soñaban con estudiar en Europa: “Viajes para olvidar su lengua y volver con crespos a la francesa, relojitos muy chiquititos con cadenitas de filigrana, andando muy ligeritos, saludando entre dientes, haciendo que no conocen a los conocidos y hablando perfectamente dos o tres lenguas extranjeras”.

Y volvió entonces a su continente con la única intención de poner en marcha el gran proyecto que tenía en mente: la educación popular.

Educación popular

De vuelta en su tierra dejó de llamarse Samuel Robinson. Su pensamiento había evolucionado de un “rousseanismo” romántico a una conciencia americana de transformación social. Se había vuelto más radical: “Instruir no es educar, ni la instrucción puede ser equivalente de la educación, aunque instruyendo se eduque”. Veía, ¡antes de que los países de este continente se independizaran!, en la educación un derecho humano totalmente inalienable.

Rodríguez estaba consciente de la gran desigualdad social que había en las salas de clase: “Hay escuelas para niños decentes, que son los que pagan, y para los morralla, que escriben en arena y piedras, porque no tienen con qué comprar papel”, decía en su libro De consejos de amigo dados al colegio de Latacunga (1850). ¿A quien enseñar? ¡A todos!:

“La instrucción debe ser nacional… Respóndase si los pobres no tienen derecho a saber; si el labrador, el artesano, el tendero, han de ser bestias”. También llamaba a los maestros a luchar por una renta que les asegurara una vejez decente, porque si todo seguía igual “hasta el fin del mundo serán unos pobres dependientes o ayos mal pagados”.

Rodríguez tenía otro principio original, que nadie había formulado todavía: la escuela debía ser obligatoria. “La sociedad debe no solo poner a la disposición de todos la instrucción, sino dar los medios de adquirirla, tiempo para adquirirla, y obligar a adquirirla”. Esa escuela obligatoria debía “enseñar a raciocinar”.

Su proyecto de Escuela Popular contemplaba también instruir a mujeres y enseñarles algún oficio, “para que no se prostituyan ni hagan del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia”.

“Su idea era colonizar América con sus propios habitantes para evitar lo que temía: que una inmigración de europeos más inteligentes llegara para avasallar nuevamente al pueblo y tiranizarlo de peor manera que el odiado sistema español”, dice su antologador chileno Fernando Villagrán. Rodríguez alcanza a echar a andar su Educación Popular en Bogotá y Chuquisaca (Bolivia). Pero en las dos ciudades finalmente fracasa rotundamente por la animadversión surgida entre las familias pudientes, que no concebían que sus hijos fueran a un centro educativo igualitario.

“’¿Quiere usted que el hijo de un zapatero se eduque con el hijo de un negociante?’, preguntan con enfado al que habla de educación popular”, se quejaba Rodríguez.

Mientras vivió Bolívar, Rodríguez tuvo en él a un compañero de ruta fundamental que lo ayudó a poner en práctica su proyecto educativo. Pero cuando murió, se quedó solo, aislado, muriendo tiempo después, a los 85 años, tildado de hereje y sin reconocimiento alguno.

Ladrón de monjas

Rodríguez fue una especie de futurólogo. Las consignas que lanzó hace dos siglos no se diferencian en nada de las de los jóvenes chilenos que hoy luchan por una educación sin lucro: “El hacer negocio con la educación: Dejar libre el comercio de enseñanza como se ha declarado el de géneros; para que haya concurrencia, y se abarroten los colegios! institutos! liceos! academias! estudios!… pero no escuelas —así como salen los géneros a venderse, al baratillo, en diferentes puestos”, dejó escrito con peculiar sintaxis.

Su lectura hoy resulta sumamente actual. Así lo cree la antropóloga Sonia Montecino: “Es como si no hubiese cambiado nada en todos estos siglos. El tipo no se vendía. Entendía que la educación iba camino del lucro. Esto cobra vigencia ahora, sobre todo porque estamos con un drama en la educación chilena. Su obra puede servirnos para reflexionar, debatir, pensar”.

Las ideas revolucionarias de Rodríguez alimentaron una leyenda negra. Lo tildaron de loco, extravagante, inmoral, libertino, destructor de templos y ladrón de monjas. “Lo tenían por loco. Él increpaba a los dueños del poder, incapaces de creación, sólo capaces de imitar ideas y mercancías de Europa y Estados Unidos. Decía ¡Imiten la originalidad ya que tratan de imitar todo!… Y ese fue uno de sus imperdonables pecados: ser original, el otro no ser militar”, escribió rescatando su figura y obra el uruguayo Eduardo Galeano.

Lo cierto es que Rodríguez fue olvidado por la historia oficial, que privilegió la figura de otros, lo que según Sonia Montecino se debe a que “primó lo institucional; sin desmerecer a Bello, a Bolívar ni a ninguno de los otros, es una pena que recién estemos conociendo a Simón Rodríguez. Él representó para la época una figura poco amable porque iba más allá: rompió esquemas y eso le jugó mal”.

Simón Rodríguez, las razones de la educación pública
Compilador: Fernando Villagrán
Editorial Catalonia, Santiago, 2011. 158 páginas.

* Periodista.

Leído en la revista The Clinic
www.theclinic.cl

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