Sep 9 2010
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Cultura

Teódulo López Meléndez / Sobre el paradigma o la transformación de la mirada

Cada uno de nosotros tiene una percepción individual de la realidad que lo dirige en el momento de interpretar lo cotidiano que lo envuelve. Ese conjunto de valores y percepciones nos conducen a nuestras afirmaciones sobre el entorno, a nuestras afirmaciones sobre lo que vemos y percibimos. Esta especie de mapa mental nos guía en la conformación de nuestra visión de lo que sucede, ha sucedido y sucederá. Podríamos decir, entonces, con la palabra que nos ocupa, que cada uno de nosotros tiene su propio paradigma.

Cuando muchos tienen uno igual hablamos de paradigma general o de paradigma social, uno que marca y determina el comportamiento del colectivo frente a la visión global de su mundo y frente a las circunstancias.

Fue el filósofo y físico norteamericano Tomas Kuhn el que sacó el concepto de paradigma de los diccionarios para introducirlo desde el mundo de las ciencias puras en el campo de las ciencias sociales con su libro La estructura de las revoluciones científicas (1962). La palabra es, no obstante antigua y su etimología se encuentra en el griego: “para” (junto) y “deigma” (modelo, ejemplo). La psicología ha hecho su aporte diciéndonos que nuestros cerebros actúan sobre la experiencia, formada esta por suposiciones y conceptos con los cuales miramos la realidad e interpretamos.

Mientras interpretamos se acumulan las paradojas, esto es, percibimos que nuestra manera de ver el mundo nos devuelve resultados contradictorios que parecen negar lo que pensamos. Esta contradicción nos sume en un estado de intranquilidad que llamaremos acumulación de dilemas, entre otras razones porque podemos llegar a la conclusión de que mientras más trabajamos para cambiar lo que nos molesta menos resultados obtenemos.

A veces se producen grandes y dramáticos cambios como el paso de una sociedad tradicional a una sociedad industrial lo que rompe todos los paradigmas anteriores relacionados con prácticamente cada esencia, desde el sitio donde vivimos hasta el concepto de familia, desde nuestra vida tradicional hasta las creencias religiosas. Así, la sociedad industrial introdujo otros frentes de atención, como el salario, las relaciones laborales, el interés personal, la acumulación de dinero y a un teórico llamado Marx, cuyo pensamiento hay que analizar en estas precisas circunstancias.

Pero no siempre hay cambios tan radicales que destrocen los viejos paradigmas e introduzcan nuevos. Ahora vivimos un deslizamiento gradual que va desde comunidad a sociedad, de sociedad a individuo aislado, de alienación social global a alienación personal, desde la soledad a una especie de reencuentro producido por los medios que la tecnología ha puesto a nuestro alcance y por el irreversible proceso de globalización. Es lo que en otra parte he denominado la resurrección de la palabra ecumenismo, reecumenización basada sobre el re-descubrimiento del otro.

Ahora bien, cuando hay naciones en graves procesos, como los políticos que implican un creciente mecanismo totalitario de control, la gente desahoga su malestar sin darse cuenta que está enfrentando el peligro desde paradigmas inservibles. El dilema en que se sume no le suministra suficientes elementos para el darse cuenta, para determinar qué precio está dispuesto a pagar, para entender que debe cambiar de mirada sobre la realidad si quiere superar su impotencia que le permite concretar el cambio.

Tomemos, pues, a un conglomerado humano con sus creencias para decirle que un paradigma nuevo se instaura cuando los vigentes no pueden resolver los enigmas. Y para decirle que suele suceder una incapacidad para ver fuera de los límites marcados por el paradigma ya inservible. Para salir del círculo vicioso hay que aprender a pensar de otra manera, lo que es más difícil que dividir a un átomo, según la expresión de Einstein. Por ello, Edgar Morin comenzó por hablarnos de la necesidad de un pensamiento complejo que abarque la dinámica del todo.

Ciertamente todo paradigma es temporal, de allí la evolución social. Ahora bien, para un cambio de paradigma es obvio que se requiere pensar. Cuando una sociedad deja de hacerlo y señala con el dedo del desprecio a quien lo hace se estrellará inevitablemente contra un muro inmodificable.

Pensar comienza por dejar de lado los caminos lineales, porque la carretera recta nos llevará siempre al mismo lugar, generalmente el fracaso. Si pensamos establecemos conexiones, creamos una red de interacciones, miramos nuestras particulares circunstancias desde todos los ángulos. Ello podría llevarnos a dejar de lado un reduccionismo que sólo percibe la fachada de un proceso histórico-social, lo que a su vez nos conduce a la desesperación —visto fracaso tras fracaso— que podemos traducir como el convencimiento de la irreversibilidad de aquello que enfrentamos.

Lo contrario de lineal es circular. Lo contrario del paradigma que no sirve es un pensamiento que rechace las separaciones, lo que en un momento concreto podemos llamar polarización. Podríamos traducirlo como abandono de tomas fotográficas instantáneas y su sustitución por una idea de permanente flujo.

Tal vez deberíamos aprender que nuestro paradigma vigente nos lleva a mirar de manera simplificada. Por ello he dicho, en numerosas ocasiones, que las realidades se construyen. Esto es, la realidad puede ser ni más que nuestra interpretación de ella. Es posible que así aprendamos que la realidad no tiene una sola causa y qué causas podemos introducir para cambiarla. Y es por ello también que he insistido sobre lo determinante del lenguaje. El paradigma inservible produce uno y el sustitutivo corresponde obviamente a uno nuevo, uno que comienza por individuos aislados pero que bien se puede transformar en común e identitario para el salto cualitativo hacia la nueva realidad.

Cuando se hace obvio de toda obviedad que se requiere ese salto cualitativo llamado cambio hay que mirar con atención los paradigmas específicos con que hemos mirado la realidad política y la realidad real que hemos contribuido a forjar con nuestra propia mirada. Tal vez si miramos las razones del otro podremos comenzar  a abandonar el gueto y dentro del gueto nuestra propia existencia fraccional. Es decir, un proceso de reencuentro con el todo.

Si queremos llamarlo de otra manera hagámoslo con la palabra unidad, sólo que ella no se circunscribe al terreno de los partidos, menos aún cuando están absolutamente debilitados y se conforman simplemente en una amontonamiento de siglas. Estos, conformados sobre antiguos y superados exorcismos ideológicos y ahora sobre un pragmatismo sin ideas, no podrán comprehender nunca la totalidad porque son partidos. Una coalición de ellos se formula sobre la base de un enemigo, lo que anula toda posibilidad de unidad.

El ejercicio político ha trascendido de largo a los marcos llamados partidos. Paternalismo de dirigentes partidistas, inadmisible. La salida, la superación de la crisis de ciudadanía. Por ello alguna vez escribí “la unidad es nociva para la salud”, para referirme a lo que nunca puede ser una unidad. Tal unidad no puede ser lograda por una sociedad que reclama paz y condena la violencia, pero expresa su odio a través de todos los medios, en especial a través de las redes sociales. Es decir, la unidad se logra mediante una oferta sustitutiva basada sobre nuevos paradigmas que nos permitan obtener una visión de futuro compartido.

II
Edgar Morin nos indica que unir, por ejemplo, orden y desorden, genera organización y complejidad. Nos habla de romper la idea lineal de causa-efecto. Y nos recuerda que el todo está en la parte.

Permítasenos, no obstante, una breve digresión hacia el terreno de la física cuántica. Se ha demostrado el proceso que convierte en realidad los estados probabilísticos, en el cual la conciencia del observador es parte fundamental, dado que los observadores son necesarios para dar existencia al mundo puesto que vivimos en un universo de participación.

La cuántica ve objetos que están simultáneamente en varios sitios a la vez. Lo que dudan los científicos es como esos estados superpuestos se hacen concretos para nuestros sentidos. En cualquier caso es el observador y sus instrumentos de medida los verdaderos factores de la realidad. Los físicos hablan de decoherencia para definir el enredo de los sistemas físicos. Y agregan que un sistema se desintegra cuando pierde la capacidad para mantener las interconexiones específicas. Lo que hay que hacer es liberarse de las restricciones para que los elementos se encuentren disponibles para nuevas formas organizacionales.

Si extrapolamos de la física cuántica hacia los procesos sociales podemos llegar a idénticos resultados. La mirada de los observadores determina la realidad y su forma de mirarla la fortalece o provoca su agotamiento para posibilitar el nacimiento de formas distintas. Sólo que cambiar la mirada implica un cambio de paradigmas que sólo puede sucederse mediante la adquisición de otra forma de pensar que transforme la mirada.

Si se mira desde la complejidad comienza por aceptarse la contradicción, esto es, termina la obligación cognitiva de silenciarla o mirarla linealmente. Cuando conforme al viejo paradigma que estamos utilizando para mirar la realidad vemos una única dimensión, estamos propensos al error. En otras palabras, permaneceremos anestesiados e impotentes.

El pensamiento complejo permite ver lo que está debajo de la lógica aristotélica. Sin embargo el viejo paradigma nos obliga a una supuesta racionalidad que conlleva a rechazar todo lo que parezca especulación. Sin duda que la vía para cambiar la realidad es someternos a lo que en otros ensayos he denominado “una interrogación ilimitada” que pasa por revisar lo que hasta ahora hemos considerado verdad. Podríamos hablar así de la reflexibilidad indispensable a la que tiene que someterse un cuerpo social que le facilite la obtención de nuevas posiciones frente a la emergencia que enfrenta.

Lo contrario es aquello en lo que estamos, duelo, frustraciones y patologías, situación que también he mencionado más gráficamente como el lloriqueo a posteriori.

Partamos de una base: las simplezas no tienen cabida en este siglo. El que parta de ellas concluirá en el fracaso. He dicho en repetidas ocasiones que un verdadero político es el que hace inteligible el mundo para el pueblo. Una vez comprendido el mundo es recreable.

De allí Morin: Toda entidad está abierta y hay una relación energética-entrópica permanente. Al mismo tiempo es cerrada porque ofrece fronteras, pero ese límite no es absoluto. No podemos ser lineales, hay que recurrir a la circularidad o recursividad. Toda entidad, para mantenerse, da apariencia de finalidad. El mundo inteligible nace de la interacción entre la realidad que se quiere cambiar y el sujeto. La realidad no es un elemento básico simple, la complejidad nos la revela la conciencia.

Ahora bien, nos planteará el lector anónimo, ¿cómo aplico estas concepciones a la liberación inmediata o progresiva de mi propio drama que ahora vivo? Evidentemente no estamos planteando una conversión moral de la población o la aparición súbita de un rayo que ilumine a un pueblo hacia el cambio de paradigmas. Basta por iniciar la comprensión de una realidad múltiple, contradictoria y complementaria e interrogarnos si nuestras creencias nos han conducido a algún resultado concreto.

Si la respuesta es negativa ya estará abierta la espita para el abandono de los paradigmas inservibles y su sustitución por otros. El proceso en su final sólo puede ser medido en largo tiempo, pero la decisión de cambiar la mirada o simplemente de interrogarse sobre ella tiene consecuencias a corto plazo.

TLM es escritor, traductor y editor.
 

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