Ago 5 2008
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Sociedad

Uribe: un artista de la mentira

Cristian Joel Sánchez*

El arte, así sin apellidos, es una de las expresiones humanas que, como muchas otras, puede diversificarse dentro de una amplia gama de posibilidades. Ser artista por definición semántica presupone a un individuo especialmente sensible frente a un determinado componente del mundo que lo rodea y poseer la habilidad de expresarlo al resto en alguna de las tantas variantes que tiene esta disciplina.
Por si mismo el concepto del arte lleva de manera instintiva hacia las cosas bellas de la vida, hacia lo sublime, hacia lo noble y generoso.
 
 
Por eso se puede ser artista de muchas cosas, de la elocuencia, de las letras, de la música, de la pintura, pero también se puede ser artista en terrenos más prosaicos como la cocina o la moda, la carpintería, la decoración. Lo importante es la destreza para destacar cualquiera de estas expresiones por sobre la trivialidad que ellas puedan tener. Y sobre todo, conmover las fibras más sensibles del alma.
 
También es posible llevar el término “arte” a extremos nebulosos en los que el resultado trasciende el gozo del espíritu. Ocurre con aquel ayunador de Kafka, un verdadero “artista del hambre”, como tituló su cuento el genio checo. A propósito, Natividad —el perro famélico del artista nicaragüense Guillermo Vargas que muere de hambre ante la mirada curiosa de los asistentes a la Bienal Centroamericana del Arte—, hasta hoy no ha sido reivindicado como el verdadero artista en vez de Vargas, pues corre la misma suerte que su homónimo kafkiano que se extingue de hambre olvidado en una jaula.
 
Habría que agregar, como amarga reflexión, que el público que contempla impávido el deterioro del ayunador de Kafka al punto de terminar ignorándolo, es el mismo que desfila ante los ojos moribundos de Natividad casi un siglo después.
 
Pero bajemos al terreno cotidiano del tipo de arte que hoy nos convoca. Yo sé que usted, estimado lector, va a estar de acuerdo conmigo en que la habilidad de un individuo que lo convierte en un artista se propaga, a veces por desgracia, mucho más allá de las expresiones excelsas del alma alcanzando los aspectos más deleznables de la condición humana. Una de ellas es el arte de la mentira.
 
En estos días, y a propósito de la ambición desatada que consume al presidente de Colombia por conservar el poder en su país, hemos asistido —y continuamos asistiendo— a una soberbia ostentación del arte del engaño que se proyecta acá a niveles institucionales y donde sólo falta que esta infamia sea refrendada como un artículo más de la constitución.
 
Ya lo decíamos con ocasión del momento en que el ministro de defensa colombiano Juan Manuel Santos anunciaba al mundo la más desvergonzada mentira respecto a la forma como fue liberada Ingrid Betancourt, que esta maniobra era, sin duda, una obra maestra del engaño montada concienzudamente al estilo “hollywoodense” como el mismo Santos la definiera.
 
El público de esta “superproducción” del séptimo arte —a estas alturas ya está claro— no eran los guerrilleros de las FARC que custodiaban, por esas coincidencias que sólo se ven en las películas de Hollywood, a las piezas del ajedrez que más convenían a Uribe, los tres norteamericanos y la señora Betancourt. El montaje, el guión para seguir la idea de Santos, en vez de los guerrilleros, estaba destinado a engañar al vasto público del mundo que debía tragarse el argumento al mejor estilo de los grandes éxitos de taquilla.
 
Como en la memorable filmografía de Hitchcock, el vuelco final demuestra que los guerrilleros que en el film de Uribe se les presenta como inocentes criaturas engañados por los astutos esbirros de Uribe, eran los actores principales que se llevan, además, un par de cientos de millones de dólares como sueldo devengado de las ganancias de la película del señor Santos.
 
No es, sin embargo, a la trama de la estafa a la cual queríamos referirnos porque, como ocurre con los estrenos cinematográficos, luego de algunos días en cartelera el misterio pasa a ser vox pópuli y pierde interés para la taquilla. Lo interesante es analizar los últimos detalles del montaje urdido por ese espécimen fraudulento de la política colombiana que es Uribe, y que lo consagra sin discusión como un artista de la mentira. El presidente colombiano ha demostrado ser, sin ninguna duda, un alumno aventajado del goebbelismo, y sus actos, que se suceden con desparpajo abismante, son el reflejo de su fidelidad a la estrategia del ministro nazi de la propaganda hitleriana.
 
¿Qué es lo que hace Uribe para cohonestar el fraude que amenaza con derrumbarse ante la denuncia mundial de los entretelones?
 
Exhibe ante el mundo dos “mea culpa” que, a primera vista, parecen ser actos de constricción y honestidad, pero que, sin embargo, no resisten un análisis más detenido que el impacto que quieren provocar. Primero, y por boca de sus “prisioneros” de la guerrilla capturados en el rescate y a los que ahora les concede inmediata credibilidad, reconoce que sus “inteligentes” rescatistas se vistieron con insignias de la Cruz Roja porque “se asustaron al ver los guerrilleros armados” (sic).
 
Unos días más tarde aparece un nuevo “mea culpa” denunciado también por los dos miembros de las FARC ahora en prisión y a los que se les vuelve a dar conveniente tribuna: algunos de los intrépidos soldados de Uribe se presentaron con el logo de Telesur, la televisión alternativa de América Latina, para infundir confianza en los supuestos carceleros de Betancourt y compañía.
 
Ambos hechos son reconocidos por el lugarteniente de Uribe, el ministro Santos que cada cierto tiempo va a rendir cuentas a Wáshington, con su mejor cara de circunstancias: muy compungido por semejante “felonía” que se vieron obligados a cometer.
 
El maestro del presidente 
 
Antes de desmenuzar esta escalada de la mentira, veamos que decía Goebbels respecto a la manera de engatusar al grueso público, un arte por donde se le mire. Su decálogo de la propaganda decía, entre otras cosas:
 
“La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.
 
“Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que si el adversario decide responder el público esté ya interesado en otro aspecto”.
 
“Evitar los asuntos sobre los que no se tienen argumentos; minimizar las noticias que favorecen al enemigo único. Todo con la ayuda de medios de comunicación afines”.
 
“Toda propaganda debe ser popular, adaptada al nivel del menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además las masas tienen gran facilidad para olvidar”.
 
“Se debe convencer a mucha población que piensa “como todo el mundo”, el objetivo es crear una falsa impresión de unidad de pensamiento”.
 
Estas “perlas” goebbelianas parecen constituir el andamiaje sobre el cual el gobierno de Uribe construye su propaganda. Veamos, a la luz de de estos axiomas, la estrategia de estas dos “confesiones” que,  motu proprio,  hace herr José Manuel Santos.
 
Lecciones aprendidas
 
En primer lugar y para ambos casos, el de los logos de la Cruz Roja y Telesur, son, como dice Goebbels, “informaciones y argumentos nuevos” desviando la atención del público que pasa a interesarse en este otro aspecto, siempre según las lecciones del ministro de la propaganda nazi.
 
¿Cuál se espera que sea el razonamiento del ciudadano común ante estas confesiones? Ello se puede resumir en la siguiente frase:
“El asunto de los logos no tiene importancia. Es cierto que en condiciones normales no es correcto, pero se trataba aquí de una operación muy peligrosa y con un fin muy loable que justificaba estas pequeñas trasgresiones”.
 
Fíjese usted, querido lector, que en este pensamiento que resume lo que el gobierno colombiano busca provocar en la masa, el razonamiento se ha desplazado sutilmente de la duda sobre la verosimilitud de la operación a un detalle aparentemente ilegal, pero donde el solo hecho de discutirlo significa dar tácitamente por aceptada que la maniobra del rescate ocurrió como la describió el gobierno.
 
La cuestión se traslada, entonces, a la justificación o el rechazo del uso de los logos, pero ya no se duda del quid del asunto: si la tal operación “intrépida” existió o no y si la liberación fue “comprada” con dineros que la historia dirá si fueron sólo colombianos o con aportes de Sarkozy y Bush.
 
¿Quiénes son los testigos de esta violación de los distintivos de Telesur y la Cruz Roja? Sólo los soldados rescatistas y los guerrilleros apresados que son, estos últimos, los que cuentan el detalle rápidamente reconocido por el gobierno colombiano. Porque tales escarapelas no se ven en la filmación realizada en el “plató” de la película “hollywoodense”  como la calificara el propio Santos. ¿Las vieron los rescatados acaso? Tampoco, porque la alegría de la liberación y la emoción del momento, puede haberles hecho pasar inadvertido el detalle. Es lo que Goebbels llamaba “la utilización de los globos de ensayo o de informaciones fragmentarias de imposible verificación”.
 
La “confesión” del uso del logo de Telesur esconde, sin embargo, otra insidia subliminal destinada a infiltrarse en el pensamiento de las masas: “Telesur tiene contacto fluido y permanente con las FARC, posiblemente hasta forme parte de ellas ya que los guerrilleros no ponen en duda a personas que se bajen de un helicóptero en medio de la selva si traen el distintivo de Telesur”. Otra frase más que se desprende tácita de las “confesiones” del gobierno de Uribe.
 
Al extrapolar esta idea falaz, se termina fácilmente concluyendo que Telesur es el salvoconducto con el cual se puede llegar sin peligro a los “terroristas” que amenazan la democracia colombiana.
 
La carambola es, entonces, doble: golpea también al canal televisivo más odiado por la derecha reaccionaria de América Latina, derecha de la cual Uribe es uno de sus líderes.
Lo malo que tienen estas maniobras de la desinformación, que no son privativa sólo del señor Uribe, ni siquiera de Joseph Goebbels porque la historia registra desde hace mucho la presencia de estos “artistas” de la mentira, es que en el garlito caen las propias víctimas de estos gestores del embuste.
 
En estos días hemos asistido a acaloradas defensas y censuras a Uribe por el uso de tales distintivos. Los defensores de este pecadillo del señor presidente recurren a otro axioma clásico aplicado aquí en apoyo de la mentira: el fin justifica los medios, es decir el uso de los logos se justifica si se trataba de liberar a madame Betancourt.
 
En el otro extremo, los ingenuos ofendidos por la utilización de estas escarapelas, hecho reconocido con tanta “honestidad” por Uribe, despliegan una amplia batería de preceptos y leyes internacionales para censurar el hecho. Todos ellos, sin embargo, han caído en la trampa del “santo” ministro de Uribe que es desplazar la discusión a las ramas para olvidar el tronco de la falacia.
 
Por ahora, ya lo dijimos también en un artículo anterior, hay que sacarse el sombrero ante la habilidad de Alvaro Uribe Vélez, y también ante la imbecilidad de la dirección de las FARC, que le entregaran en bandeja a este émulo goebbeliano un triunfo indiscutido al no ceder frente el clamor mundial encabezado por el Presidente Chávez para liberar a los rehenes mucho antes.
 
Sin embargo, como dice una bella canción de mi amigo Patricio Manns, “confieso que al final ganaron la batalla… pero falta conocer el resultado de la guerra”. Uribe ha ganado junto con esta batalla, una popularidad asombrosa y que le permitirá consolidar el engaño repitiendo el usufructo del poder por otro periodo o instalando en él a su peón más incondicional, el ministro Santos.
 
Al finalizar, y a manera de esperanzado consuelo, es bueno recordar que persistentemente resuena en Colombia, y aún más allá de sus fronteras, la frase de ese gordo bonachón y furibundo antihitleriano que fue Churchill: “Se puede engañar a mucha gente por poco tiempo. O se puede engañar a poca gente por mucho tiempo. Pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”.
 
Que Dios te oiga, gordo.
      
* Escritor.

 

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