May 18 2011
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Política

Venenzuela y los dilemas de la televisión estatal

Néstor Francia.*

A veces uno se pregunta ¿dónde está el sentido crítico que debe animar a todo revolucionario? ¿Hay que apoyar cualquier cosa aunque las evidencias demuestren sin duda que se está frente a acciones erróneas? Esto viene al caso por cierta discusión que se da en torno a lo que ocurre con Tves, la señal con la que se sustituyó a RCTV. Eleazar Díaz Rangel, quien es un veterano y reconocido comunicador ha dicho que “Me parece que ha sido difícil encontrar suficiente audiencia (de Tves) en armonía con el esfuerzo que están haciendo”.

El esfuerzo es innegable, al César lo que es del César. Tampoco se puede negar que la audiencia del canal está en el subsuelo. Es decir, el gran esfuerzo no ha dado frutos. Sin embargo, la muy respetada periodista revolucionaria  Helena Salcedo, presidenta de Radio Nacional de Venezuela, no cree en las mediciones de AGB. “Tves tiene una programación extraordinaria”, dijo al exponer la necesidad de idear un mecanismo “confiable” para evaluar el interés del público.

En realidad, no hace falta ningún “mecanismo confiable” para constatar la bajísima audiencia de Tves, lo que está a la vista no necesita anteojos.

Otra conocida periodista bolivariana, Rosario Pacheco, ex vicepresidenta de la Comisión de Medios de la Asamblea Nacional y actual directora de la emisora Radio Mundial Margarita del circuito oficial YVKE, opinó que “La televisora ha llegado a su mejor momento para posicionarse, siento que está llenando las expectativas que nos hicimos”.

Eso es objetivamente falso, les diré por qué. Cuando se estaba en proceso de construir Tves, se nos convocó al MINCI junto a otros comunicadores, productores y gente de televisión, supuestamente para consultas. En esas reuniones, más de una vez el entonces ministro, el querido y recordado camarada William Lara, ya fallecido, expresó que la meta era lanzar un canal de entretenimiento que pudiera competir en poco tiempo con Venevision y Televen.

Allí expresamos que era ese un objetivo irreal e imposible. Es más, nos opusimos al concepto todo que se estaba manejando, y que pretendía el diseño de una copia mejorada del tipo de televisión que hacía RCTV, llamada de “entretenimiento”. La intención no era mala, ni siquiera la idea era mala, pero sí la forma en que se concibió y se desarrolló.

Allí planteamos que la televisión es una actividad altamente segmentada y que todo nuevo canal tenía que construir su propio nicho, que le permitiera abrir espacios novedosos que solo se impondrían con tesón y calidad en un trabajo de varios años. Hay canales de música, de deportes, de cine, de cocina, de moda, de historia, de variedades, de todo para escoger.

En ese sentido, una idea nuestra, que tuvo el apoyo de la mayoría de los productores independientes que participaban en la “consulta”, como consta por escrito, fue desechada sin ni siquiera ser realmente discutida (la participación en la “consulta” se limitaba a que el ministro nos participaba decisiones ya tomadas por el alto gobierno). Nuestra idea se basaba en el concepto de “canal escuela”, según el cual se pondría en marcha la primera experiencia real de la televisión como vehículo para la recepción colectiva.

Se planteaba, en una acción combinada con el Estado, dada la importancia que supuestamente se le daba a la señal, que en el horario diurno, de menor audiencia (hasta las 5 p.m., por ejemplo) la pantalla presentará talleres por áreas (salud, educación, construcción de infraestructura, petróleo, organización comunitaria, temas tecnológicos, etc.) y que se dispusieran salas en ministerios y otros entes e instituciones, para que a ciertas horas de ciertos días de la semana, grupos de trabajadores de las distintas áreas presenciarán los talleres y se realizarán discusiones con facilitadores. En esas horas se aprovecharía para promocionar el prime time (horario estelar), con programas de variedades y entretenimiento.

Por supuesto, es una idea difícil y revolucionaria, pero como hemos dicho varias veces, quien no es creativo ni corre riesgos no puede innovar. Creemos todavía que era una buena idea, pero aun si no lo era ¿no valía la pena al menos tomarla en cuenta y discutirla con alguna profundidad? ¡Peor de lo que nos ha ido en Tves no nos podía ir!

La camarada Rosario Pacheco puso un poco las responsabilidades del lado equivocado, al considerar que quizás los televidentes “no quieran informarse tanto. Nuestras televisoras son más de información”, y señaló como importante mejorar los mecanismos para acceder a las audiencias, de quienes dijo todavía mantienen “la cultura consumista del entretenimiento”. En realidad, la mayoría de las personas sí quiere informarse, pero aquí la pregunta no es si la gente nos entiende, sino si nos estamos comunicando bien con ella. Por supuesto que Tves tiene algunos programas de calidad, pero ya se sabe que el mensaje no es el medio, más bien el medio es el mensaje.

Aquí es bueno que citemos a la socióloga Maryclen Stelling, quien opinó que el problema es que Tves debía servir de plataforma de servicio público (¿canal escuela, preguntamos nosotros interesadamente?), que a juicio de Stelling todavía no alcanza. “Arrancó como una televisora a beneficio de los intereses oficiales. Mientras orbite o dependa del sistema nacional de medios públicos le va a ser difícil cumplir realmente su rol”.

Claro, el problema no es, en nuestra opinión, que dependa de ese sistema, sino la incapacidad para crear personalidad propia y desarrollar inéditos nichos de audiencia.

Según Stelling “La audiencia está educada para una televisión de otros intereses, de distracción fácil. El sistema nacional de medios tiene un diseño muy oficialista”, y añadió que las televisoras públicas están enfocadas en reseñar la política oficial, lo que crea una red cartelizada para contrarrestar a los medios privados que harían oposición.

Por supuesto, el sistema nacional de medios públicos debe reflejar las políticas revolucionarias (en general, y no solo las oficiales del Estado). Para empezar, si la televisión es concebida por el público como un medio de entretenimiento, pues hagamos una televisión entretenida, lo que no significa copiar a Venevision  y a Televen, por ejemplo. Se puede hacer programas informativos, políticos, culturales, formativos, siempre que sean entretenidos, creativos, retadores, riesgosos, inclusive provocadores o impertinentes, en algunos casos.

A veces vemos algunos programas en la televisión pública que no son más que malos programas de radio hechos en estudios de televisión (los buenos programas de radio son apasionantes). Y también malos programas de radio hechos en estudios de radio. Lo que necesitan nuestros medios es una revolución interior, ni más ni menos.

* Periodista.
(En su análisis del entorno del 17 de mayo).

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