May 18 2007
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Opinión

Venezuela. – EL APRENDIZAJE DE DELETREAR EL ALFABETO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Hay que aprender a deletrear el alfabeto, a conocer cada letra en todas sus posibilidades, a formar sílabas y de allí pasar a las oraciones. Analfabeta no es sólo quien no sabe leer y escribir, analfabeta es el incoherente. Hablo de política, claro está.

La forma es tan importante como el contenido. En muchas ocasiones la exploración de la forma se sobrepone a la realidad aparente. Quien no maneja la forma entierra pilares en lo inconsistente. Una de las formas sustentables de la política es hacerla capaz de generar realidad. Hay que notar que la agencia publicitaria que se dedica a asesinar la política es porque está descontenta con ella y quien está descontento con la política en verdad está descontento con todo, incluyéndose a sí mismo.

Lo real no puede separarse de la forma. Cuando algo resiste a la mirada de quien quiere transformar o sustituir hay que aprender a superar la capacidad de resistencia que opone y ello pasa por sembrar de manera tal que las posibilidades se hagan muchas. Para ello se requiere creatividad, porque cuando se riegan formas creativas se multiplican las opciones y las alternativas. La creatividad no puede calificarse como una excelente forma de defensa, porque la creatividad se convierte en un cuchillo que corta el analfabetismo, lo paraliza y le quita la iniciativa.

Lo que vivimos en Venezuela se asemeja cada día más a una manifestación de fidelidad a la miseria. Esta realidad tiene variantes psico-sociales y políticas. Este régimen se encontró un país naturalmente propenso a ser hipnotizado, es más, se encontró con un país que quería ser hipnotizado. La protección que sobre él habían ejercido los gobiernos democráticos se había resquebrajado, diluido y evaporado. El gran padre es, en la historia universal, el que restituye, el que venga, el que tiende su manto asistencialista mediante el cambio de nombre de todo y con la cobija verbal arropa y da calor.

Toda la escenografía converge a la creación del ambiente de ilusión, siendo el teatro Teresa Carreño el ejemplo más claro y preciso: ese espacio ha sido convertido en la gran sala de ópera de la revolución. Lo que quiero decir es que, ante la incapacidad de construir sus propios escenarios, el proceso-cambia-nombres se apodera del espacio de lo anterior porque ese espacio ya forma parte de la imago colectiva y con banderas y el uso monótono de un color transfiere a la masa la sensación episódica de una aventura revolucionaria de la cual bien vale la pena formar parte.

Los códigos son simples, primitivos diríamos, dado que se recurre más que al uso de las viejas maneras de los fascismos del siglo XX a un ejercicio propio de lo tribal, en el sentido de hacer entender a la gente que hay un nuevo manto protector que para ser adquirido sólo requiere pertenencia, llámese militancia. La mejor prueba de este aserto es la constante afirmación de que ser rico es malo: con esta afirmación lo que se quiere es retrotraer a la población venezolana a unos supuestos fundamentos del ser humano, a un supuesto estado de carencia de las originarias construcciones humanas.

Esto es, estamos ante planteamientos que nos remiten a trasnochos que ya ni siquiera pertenecen al siglo XIX sino que van más atrás, a los orígenes mismos de la investigación sociológica cuando comienza a analizar la agrupación de los hombres en sociedad. Se quiere organizar este país sobre la base de una solidaridad primitiva y para ello se le advierte a los objetivos del experimento que allí en el horizonte hay una preñez de peligros que sólo el gran organizador puede conjurar con “camisas rojas”, con discursos que mantienen a raya a los monstruos que se asoman. Este país se convierte, entonces, en una tribu apretujada de gente asustada-emocionada-ilusionada que cree haber encontrado la protección requerida.

Para combatir este brote de sociología primaria se debe aprender a deletrear el alfabeto. Hay que comenzar por explorar los caminos de la posibilidad frente a los caminos de la realidad. Si quienes resisten no tienen el planteamiento adecuado es porque el estado mismo del país genera su discurso. Así, quienes resisten, no pueden tener la seguridad de convertirse en la nueva opinión dominante sustitutiva de la protección otorgada por el piache que administra alimentación, seguridad en la esperanza, (aunque no en la práctica cotidiana), convencimiento de que los monstruos viejos no volverán ni nuevos monstruos procederán a liquidar la ilusión. Terminamos conviviendo con el régimen co-hipócritamente y co-histéricamente.

El discurso, la forma, va pues a contracorriente del medio, la realidad. Hemos regresado tanto que uno nota el brote de los viejos conceptos para oponérselo al rebrote de lo antiguo disfrazado con adjetivos supuestos de este siglo. Si aquél habla de una especie de refundación de un ismo, desde el otro lado se recurre a viejos preceptos del siglo XIX como si la teoría social no hubiese evolucionado, es más, como si no estuviera en la obligación de evolucionar. Si en este análisis, que no sabe deletrear el alfabeto, esto es izquierda, pues lo lógico de oponerle es derecha. Si este dice que la propiedad es mala el discurso de quienes resisten responden reotorgándole valor absoluto al mercado.

La paradoja de este planteamiento de regreso a lo cuasi-tribal está, en primer lugar, en que arrastra a su oponente a la misma atmósfera mental y, en segundo lugar –lo que constituye lo más grande del ángulo paradójico– es que hace imposible el regreso al pasado que se pregona desde ambas partes.

He allí el encierro en un alfabeto con cuyos elementos no se sabe construir frases y conceptos: no hay códigos sustitutivos, nadie sabe lo que es el mañana, nadie tiene el manejo de lo que política se llama “los tiempos”, nadie logra articular frases, la forma, para hacerle entender a un país cohabitante con un espasmo de retorno temporal y espacial, que la palabra futuro aún se conserva en el diccionario y en el campo de las posibilidades.

Si nadie sabe deletrear esta palabra, el pueblo está y estará con la nueva ópera que se canta desde el escenario robado del Teresa Carreño y desde el patio de la Academia Militar. Hay que aprender a deletrear el alfabeto.

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* Escritor.

tlopezmelendez@cantv.net.

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