Jun 17 2005
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Opinión

Venezuela: recordar la democracia

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El recuerdo, como añoranza, puede desembocar en dos estados de ánimo. Uno es el regido por el desaliento. Pero está comprobado históricamente que éste, a su vez, si bien suele ser la antesala de la desilusión, también suele ser el primer acto de la inmolación, y que ésta puede ser individual o colectiva. En varias ocasiones hemos atravesado los venezolanos por este estado de ánimo. Lo hicimos por primera vez a partir de 1812-14, cuando el triunfo de José Tomás Boves pareció enterrar para siempre la República.

El otro estado de ánimo es el de la certeza de la posibilidad del retorno, en alguna forma y grado, de lo recordado. La más reciente ocasión en que hemos vivido los venezolanos este estado de ánimo fue durante la anterior dictadura militar, representada por Marcos Pérez Jiménez.

Esta reiterada experiencia permite colegir, igualmente, que en la relación entre ambos estados de ánimo acechan la pasividad, más o menos prolongada, y el pacto acomodaticio, individual y grupal, más o menos tácito, más o menos generalizado, si bien estos ocurren en conjunción con modos individuales y colectivos de resistencia, activa o velada. Pero la motivación de estas actitudes es una sola: el rechazo, que si pasivo no es menos auspicioso que el activo, de lo que se interpone en el retorno de lo recordado, por breve que haya sido su permanencia. Ninguna ha sido mas corta que la de la República avasallada en 1812-14, o que la de la democracia sacrificada en aras de la felonía por la entonces muy ensalzada “juventud militar” de 1948.

Aunque el recordar, así entendido, pueda parecer un recurso retórico, concebido para confortar, tiene en su fondo un principio estimulante, ya que consiste no tanto en traer a la memoria una cosa como en excitar y mover a uno a que tenga presente una cosa de la que se hizo cargo o que tomó a su cuidado. De la conjunción de estas dos acepciones es posible deducir la importancia que tiene para la sociedad venezolana poder recordar la democracia, de la que se hizo cargo en 1958 al impedir la consolidación del continuismo militarista; y la que tomó a su cuidado, desde entonces, mediante el ejercicio libre y reiterado de su voluntad democrática, enfrentando toda suerte de acechanzas.

Los venezolanos debemos tener presente estas circunstancias porque, referidas a la democracia moderna, pareciera que en la América Latina contemporánea sólo nosotros podemos tener ese recuerdo. Democracias clásicas, las vividas por las sociedades chilena, brasileña y uruguaya, apenas reanudan su marcha luego de muy prolongados eclipses dictatoriales, mientras la sociedad argentina perdura en su extravío.

Las sociedades mexicanas y peruanas, y aun más la cubana, únicamente pueden imaginar la democracia moderna. La sociedad colombiana prueba que institucionalidad y democracia pueden no congeniar entre sí. Hoy, en medio de este cuadro, las sociedades venezolana y costarricense pueden dar testimonio de lo adelantado en la conformación de sociedades democráticas, mientras la puertorriqueña da ejemplo de que democracia e independencia pueden seguir cursos propios, si no del todo separados, cual sucede en algunas de las sociedades coloniales caribeñas.

Los venezolanos tenemos una democracia moderna que recordar, y ha quedado fuera de dudas que nuestro recuerdo de la democracia lo vivimos como voluntad de defensa y rescate de la que debemos considerar la obra sociopolítica fundamental de la Venezuela independiente.

Esta actitud, que ha sido demostrada masiva y tenazmente, en gigantescas manifestaciones callejeras y en el ejercicio de derechos ciudadanos, perdura y aprovecha las oportunidades de expresarse. Así lo han comprendido también quienes hoy intentan secuestrar la sociedad venezolana y privarla de su más sentido recuerdo. Es lo que explica la doble estrategia fraguada por los secuestradores: mientras se esfuerzan por desacreditar la democracia recordada, negándole toda virtud, siembran el totalitarismo al excluir de la ciudadanía activa a más de la mitad de la población, y al someter a un estado de humillante mendicidad a la otra mitad.

El objetivo de esta estrategia está ejemplarmente representado por la tragedia que agobia a los cubanos, y de la cual buscan rescatarse mediante heroicos pronunciamientos de voluntad democrática. Tal infortunio consiste en verse convertidos, como integrantes de la que aspiraba a ser una sociedad orgánica luego de decretada la abolición de la esclavitud por la Corona, en 1886 , en individuos separados por el temor recíproco, y confinados todos en una relación de absoluta subordinación, directa y única, con el autócrata –porque tampoco en Cuba hay Estado ni gobierno institucionalizados, sino mamparas tras las cuales no consigue disimularse la autocracia–, y sometidos a la dolorosa fórmula del socialismo estalinista, es decir la de verse reducidos a la elemental condición de entes pasivos dominados obsesivamente por la supervivencia, impregnados por el más irracional adoctrinamiento y convertidos en sus propios carceleros por un estado de pánico sistemáticamente cultivado.

El trasplante de semejante estrategia a la sociedad venezolana revela un anacronismo agudo determinado por la implosión del socialismo autoritario, al estilo de la ya casi olvidada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pero también por el fracaso del modelo socioeconómico socialista fundamentalista, al estilo de la Republica Socialista de Corea.

En suma, por la irónica comprobación, consecuencia de tan aparatosos resultados, de que las medidas socioeconómicas de inspiración socialista parecen ser un lujo que únicamente han podido pagárselo las sociedades capitalistas más desarrolladas, generadoras de excedentes que pueden ser distribuidos con un sentido de equidad social y resultantes en la promoción del mercado. Pero tal anacronismo es demostrado también, y sobre todo, porque quienes actúan a su cobijo ignoran, quizás por no haberlo conocido jamás, el significado real de la libertad y, por consiguiente, de su orgánica vinculación con la democracia.

Según la historia, con la consagración simbólica de la literatura, en esta materia la generalidad de los militares venezolanos han sido ejemplo, pues no han superado la confusión conceptual entre disciplina y subordinación, que les ha sido inculcada so pena de castigos que suelen ser humillantes y hasta inhumanos.

De ellos han sido pocos los que llegaron a comprender, para su honra y la satisfacción de nuestra sociedad, que la disciplina es en el individuo una luminosa comprobación de la libertad, pues se funda en una firme conciencia de la correlación entre la responsabilidad y la licitud, que todo individuo tiene el deber de practicar en sus actos y de preservar como valor social. De allí que hoy sea inadmisible la coartada formulada como “la debida obediencia”, invocada por transgresores de la licitud para tratar de eludir la responsabilidad individual, imprescriptible, por delitos colectivos contra los derechos humanos en general, y en particular contra el más humano de los derechos, que es la libertad.

En cambio, la subordinación se basa en una primaria y absoluta sumisión al mando que termina por anular cualesquiera otros valores al doblegarse ante el despotismo. Implica, en primer lugar, abjurar de la libertad y la igualdad, virtudes democráticas esenciales. Esta confusión subyace en el adoctrinamiento cargado de patrioterismo, de invocaciones del espíritu de cuerpo y de llamados a la lealtad debida a los símbolos de la patria, convertidos por la sumisión en atributos exclusivos del poder.

Mas, en el caso de la sociedad venezolana no solamente la generalidad de los militares ha padecido los efectos de tal confusión conceptual. Estos son padecidos también por extensos sectores de la sociedad, en todos sus niveles, que huyen de la disidencia, del tener que optar entre propuestas, que se acogen a la sumisión por pereza intelectual sino es que no por simple temor al ejercicio del libre albedrío. Por obra de la desinformación histórica, quienes asumen estas actitudes ignoran que al hacerlo traicionan la esencia misma de nuestra historia republicana, nacida de la disidencia, manifestada como horror al despotismo, en los dos momentos cruciales de nuestra existencia como una sociedad que justificó su voluntad de independencia republicana envolviéndola en una sostenida aspiración de libertad.

Esgrimimos el horror al despotismo al romper el nexo colonial y abolir la monarquía; lo esgrimimos también, como rechazo a la dictadura de Simón Bolívar, al romper la Gran Colombia.

Pero si bien esta descripción de las debilidades sociales no basta para explicar las actitudes socioindividuales que han minado las bases de la democracia venezolana, sí nos acercan a la comprensión de que son parte nada desdeñable de las carencias de nuestra sociedad, que para superarlas emprendió su conformación como una sociedad genuinamente democrática, y está pagando por ello el alto costo representado por el hecho de que esas carencias se expresan, todavía, como incomprensión de lo que significa, tanto para el individuo como para la sociedad, vivir la libertad. Subrayo esta última afirmación. No se trata de vivir en libertad, pues esto podría suponer una perversión de la tolerancia. Se trata de la capacidad de vivir la libertad sin aprensiones respecto de que hacerlo pueda causar menoscabo de su ejercicio como derecho ajustado a la legalidad jurídica y ética.

Por estas razones he llegado a preguntarme hoy, como historiador, en los inicios del siglo XXI y luego de haberse despejado el universo ético de las fuerzas de la inhumanidad doctrinaria, representadas por el nazismo y el estalinismo, si los secuestradores de pueblos, ya sean militares ya sean civiles, tienen conciencia de las nefastas implicaciones de sus propósitos y acciones, que con el pretexto de corregir la democracia apuntan realmente a la supresión de su insustituible condición que es la libertad.

Esta no es una pregunta retórica. Ni está referida exclusivamente a los secuestradores de pueblos, militares y civiles. Vale también para analistas y científicos sociales y políticos que, imbuidos de los que denomino enlatados ideológicos importados como ciencia, abren camino a los remendones de la democracia, repitiendo la conseja de que ésta no es tal si no va acompañada de la realización de los objetivos socioeconómicos que tampoco el socialismo ha logrado alcanzar. Asumen, esos críticos de la democracia, el enfoque de quienes la conciben fundamentalmente como un instrumento para la procuración del bienestar generalizado. De paso, quienes repiten estos conceptos, pasan por alto el hecho de que son producidos en sociedades que tienen “resuelto” el problema de la libertad, e intentan aplicarlos en sociedades en las cuales la libertad es todavía un nivel de convivencia social que está por ser logrado, o por ver consolidado salvaguardándolo de riesgos y amenazas mediante el ejercicio social y político de la libertad.

El grueso de la sociedad venezolana ha demostrado tener clara la interrelación entre democracia y libertad. No ha necesitado de líderes que se la expliquen. Es la mejor garantía de que está asentada en la conciencia social la convicción de que recordar la democracia es defender el significado de libertad e igualdad de la democracia, y rescatar la potestad de ejercerla para perfeccionarla.

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* Historiador. Escuela de Historia. Universidad Central de Venezuela.

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