Ago 19 2007
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Opinión

Venezuela. – TEATRO DEL ABSURDO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Ionesco está impávido e invisible. Observa al actor que hace de Bolívar y se interroga sobre su teatro del absurdo. Se imagina la sesión de la Asamblea Nacional de Francia para conmemorar el día patrio y a un actor que se aparece diciendo: C´est moi, l´Emperateur?. O se concibe en el senado norteamericano un cuatro de julio y al actor de peluca blanca que entra rozagante a proclamar: It´s me, Washington?. O de golpe y porrazo el gran Eugene se siente en la sede del parlamento italiano y ve al actor que alega: Sono io, Garibaldi?. Y ante la sorpresa generalizada exclama: Ma, non mi riconosceti? Sono io, Giuseppe?

Pero no, el gran Ionesco se dice a sí mismo que sólo en el Tercer Mundo los héroes reaparecen en forma de actores en los grandes momentos de presentar proyectos de reforma constitucional. Pero al viejo rumano llamado Eugene le falta lo mejor e impávido se pregunta para que escribió Jacques o la sumisión, Amadeo o como salir del paso, El rey se muere, El juego de la peste o El hombre de las maletas.

Trata de cobijarse en su pueblo de Slatina o en el París de su refugio, pero la descarga se produce entre empanadas, cachitos y mamadera de gallo en un desborde de fastidio, de retórica, de insulso parlar, de desvarío continuo: lecciones vagas y extravagantes sobre espacio marítimo; regiones especiales militares; críticas a la pluralidad de la Asamblea Constituyente de 1999 por esa razón, por ser plural, por no haber sido como es la Asamblea Nacional ante la cual habla, una sumisa y monocolor; distritos acuáticos, municipios federales y distritos funcionales, en un desborde para tapar que no se atrevió a tirarse de lleno estados, municipios, gobernaciones, alcaldes, concejos municipales y que prefirió recurrir a la “geografía radical” para auto-regalarse la potestad de dividir al país a su voluntad y cuando le venga en gana; ciudadanos, ciudades, comunidades, todo con una frase que se le salió y que trató de ocultar de inmediato: Cuando a mi se me ocurra; ciudadano es el habitante de la ciudad, aseguró, de manera que todo será un ciudad, desde el barrio más paupérrimo hasta el caserío más abandonado, porque el gentil asesor le dijo que había que hablar de ciudad y de ciudadanos, sólo que recurriendo a un concepto perdido en el tiempo, quizás griego, quizás romano, olvidando que el ciudadano es el detentador de derechos y deberes, y en la mejor ciencia política actual un actuante de la vida pública donde interviene constantemente; manejo de las finanzas y del erario público a capricho; la afirmación de que el poder constituyente originario no tiene expresión en el acto electoral; la liquidación de las alcaldías de Caracas bajo un gobernador que seguramente la ley dirá que lo nombra el presidente; vicepresidentes a granel para no incurrir en olvidos y en omisiones sobre algún caudillo emergente, tal como Gómez utilizaba las para entonces llamadas presidencias de estado; hablar de propiedad social indirecta para justificar un aberrante capitalismo de Estado, bajo el argumento de que si es del Estado pues es de todos; argumentar que mantiene la propiedad privada pero envuelta en una serie de figuras que la hacen algo menos que un pedo en un chinchorro; que en capitalismo no es posible la democracia, sólo en socialismo y que Estados Unidos no es una democracia, será porque si la democracia existe es en Bielorrusia; conversión de la reserva en milicia popular a la mejor manera del Iraq de Saddam o tal vez de la guardia pretoriana de algún emperador romano.

Y la perla final: reelección, reelección, reelección. Y la sombra de Guzmán Blanco que desdeñosa mira desde París: “¿Quieres, además, siete? Eso me recuerda algo”. Pero aún no basta, la palabra “socialismo” aquí y allá, en unos articulitos, humildemente, porque “yo soy tan modesto”, sin atreverse todavía a proclamar la República Socialista de manera abierta, pero sí de hecho. Es que la Constitución del 99 eran otros tiempos. Esta que se propone también será sustituida por otra dentro de algunos años, cuando a él le parezca, cuando decida argumentar que en esta Asamblea Nacional todavía estaba la presencia de francotiradores contrarrevolucionarios.

Eugene Ionesco se sintió mareado. Nada raro, pues yo también estaba mareado. Ionesco salió a tomar aire fresco sin esperar el final y decidió caminar por la Plaza Miranda y la avenida Baralt puesto que el jefe absoluto había proclamado el buen estado del centro de la ciudad (si es ciudad está llena de ciudadanos) y se encontró con prostitutas, droga, mendigos y suciedad.

El viejo rumano decidió hospedarse en una pensión del centro para tratar de reponerse y, en efecto, las pulgas lo dejaron dormir un par de horas. Salió a la calle para palpar las reacciones, como acostumbraba de niño en su vieja Slatina y luego en París con la caminata por la orilla del Sena, y se encontró con que un partido llamado Primero Justicia proponía una Asamblea Constituyente y una demanda ante el Tribunal Supremo de Justicia y decidió comerse una arepa dulce de esas nuevas que se hacen en Urachiche para romper el monopolio, y sintió ganas de vomitar. Luego leyó que toda la oposición dice No pero nadie se atreve a decir como. Eugene Ionesco se evaporó y se dijo, como un realista mágico cualquiera, que en el Tercer Mundo la realidad supera cualquier fantasía y se sintió agraviado porque su teatro del absurdo había sido usurpado sin pago de regalía alguna. Pensó que lo triturarían en la gran Imprenta de la Cultura.

Ya yo dije como hay que enfrentar la reforma, saliendo a explicar, a razonar, a fundamentar, por todos lados y luego, con un pañuelo en la nariz y bajo protesta, concurrir a votar No, previa presencia en la calle, previo repudio generalizado en cada pueblo, barrio y ciudad, previa organización popular para enfrentar el fraude si se produce y si hiede fue porque se produjo. Pero Ionesco me dijo antes de evaporarse: “Bueno, no entiendo nada ¿por qué reaccionan así frente a la propuesta de la reforma-encarnación de mi obra teatral? ¿Es que acaso no sabían que la reforma venía? O como dicen ustedes los venezolanos, ¿es que son bolsas?”.

No le contesté. Yo sí entiendo lo que pasa. Lo entiendo tan bien que sólo en Eugene Ionesco y en su teatro del absurdo me puedo apoyar para escribir este artículo.

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* Escritor.

tlopezmelendez@cantv.net

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