UNASUR con intelegencia: Que hable el dueño del circo, no el mono

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Víctor Ego Ducrot*

Gracias a que Hugo Chávez una vez más rompió las pegajosas cartulinas de lo políticamente correcto, los mandatarios de los países miembros de UNASUR, reunidos el fin de semana pasado en Quito, pudieron tomar al toro por las astas y enfrentar uno de los temas liminares de la región: la ofensiva militarista de Estados Unidos con base en Colombia y de cara a una estrategia de despliegue rápido, en el marco de la llamada guerra preventiva.

Ese modelo, vigente en Estados Unidos a partir de la asociación de demócratas y republicanos – ambas alternancias político formales dependen del verdadero sistema de poder, encarnado en el cuerpo empresario corporativo y transnacionalizado -, es el mismo que le sirve a Washington para controlar Medio Oriente y el denominado “mundo islámico”.

A principios de la pasada década de los ’80, el diseño político estadounidense para América Latina, parado sobre la doctrina de la Seguridad Nacional y su consecuente red de dictaduras militares en la región, perdió funcionalidad ante la expansión global del sector financiero internacionalizado.

Así surgió en Washington, para nuestros países, el paradigma de las democracias vigiladas y controladas: el reestablecimiento de regímenes constitucionales formales, en los cuales el poder (los gobiernos) sólo pudiesen ser disputados por facciones del bloque hegemónico, sin participación de actores sociales y políticos alterativos.

A ese diseño político, tendiente a estabilizar en manos de las trasnacionales estadounidenses – asociadas con los sectores vernáculos de la derecha y de las economías más concentradas- el control sobre las masas de recursos naturales y económicos latinoamericanos, corresponde la doctrina de la Guerra de Baja Intensidad, expresada, por ejemplo, en lo que oportunamente se denominó Plan Colombia.

Después de la aparición, partir de las crisis de los ’90, de procesos con diferentes intensidades contrahegemónicas (ver Venezuela, Bolivia, Ecuador, e incluso Brasil y Argentina), la derecha latinoamericana, las corporaciones globales y los gobiernos de Estados Unidos comenzaron a diseñar su contraofensiva. Para ello fue estratégico contar con Colombia como verdadero portaaviones: el reciente golpe de Estado en Honduras requirió de ese entramado político y militar.

Por supuesto que el sistema de medios de comunicación concentrados –vectores fundamentales para el diseño hegemónico- tendió la semana pasada a poner el acento en las discrepancias entre los presidentes Lula y Cristina Fernández por un lado y Chávez por el otro, respecto de las expresiones utilizadas por éste último (aludió al soplido de vientos de guerra) para referirse a los desafíos que implica el establecimiento de bases militares en Colombia.

Sin embargo, lo que quedó registrado en la agenda inmediata de UNASUR, con Rafael Corre como titular “pro tempore”, es una cumbre en Buenos Aires para los últimos días este mes, con el objetivo de tratar el tema con seriedad (recordemos que Lula había solicitado un reunión del Consejo de Defensa regional previsto en el marco del bloque), y, como el propio mandatario brasileño lo expresó, lograr que Obama se siente a conversar “profundamente” sobre cuál es la verdadera política de Estados Unidos para el área.

Lula y sus homólogos de UNASUR tienen razón. Es hora de hablar con el dueño del circo, no con el mono.

*Director de la Agencia de Prensa del Mercosur

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