Dic 2 2016
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Cultura

Homo cornetus maximus

Nadie podr谩 decir c贸mo se dieron los hechos. Nadie sabr谩 d贸nde estuvo el origen, d贸nde se acab贸 todo. Nadie pedir谩 perd贸n por cada encadenamiento. Habr谩 que resignarse a la tiran铆a de las palabras. As铆 fue y as铆 ser谩, y as铆 estaremos condenados a decir, en el reino de lo arbitrario, que en cosa de meses sucedi贸 con la Pili. Algo la convenci贸 de someterse a una liposucci贸n. Algo la convenci贸 de usar la grasa sobrante del vientre para engordarse el trasero. Algo la decidi贸 a colocarse implantes mamarios, o sea tetas. Algo la decidi贸, por otra parte, a casarse por la Iglesia aunque llevaba diez a帽os de matrimonio civil y ya ten铆a tres hijos. Algo, digamos la misma euforia, la hizo contratar una productora de eventos para encargarse de la fiesta y una dise帽adora de vestuario para elegir los trajes de novia, no uno sino tres.

Ese algo 鈥揺sa euforia鈥 estaba costando bastante dinero y no era el marido quien lo financiaba sino su padre, due帽o de una automotora en Irarr谩zabal. Pues su padre siempre hab铆a velado muy cerca de sus necesidades y m谩s cerca a煤n de sus sue帽os, por esa comarca donde sobrevuelan ciertos padres y tienen prohibici贸n de ingreso ciertos maridos, que deben compensar su inferioridad con una obediencia canina.

As铆 fue, as铆 ser谩. La Pili andaba pasada de revoluciones y su marido era incapaz de seguirle el ritmo (cuando hay plata de por medio el ritmo es m谩s f谩cil de seguir, as铆 fue y as铆 ser谩). As铆 andaba la vida de la Pili. Vista desde afuera, se hab铆a desplazado durante a帽os por una correa transportadora, hasta cruzarse con esos tres 茅mbolos (cirug铆a est茅tica, matrimonio religioso y fiesta) que le cambiaron la velocidad y la situaron en esa dimensi贸n donde, visto desde adentro, las cosas toman una consistencia m谩s real.

As铆 es. Ahora se permit铆a usar patas, calzas, hot pants, bluyines ajustados y petos para lucir sus tetas nuevas. Estaba como pose铆da por los preparativos para la boda, ocupada en cada detalle: cada plato, cada bocado, cada canap茅, cada trago, cada arreglo floral, cada canci贸n que sonar铆a esa noche del futuro 鈥揹entro de cinco meses鈥 que hab铆a invadido el presente incluso con un logo nupcial que se imprimir铆a en pendones, lienzos y bolsas de regalo. A cada invitado lo eleg铆a con pinzas como a especies de un insectario.

*

Que a nadie le extra帽e entonces, ya que estamos, que en la noche de los hechos, por no decir del hecho, la Pili siga hablando de la fiesta y exija a su marido un pronunciamiento sobre los canap茅s y los tapaditos, sobre el orden de las canciones, la combinaci贸n de las flores, el color de los manteles y todo lo dem谩s. La Pili ya tom贸 sus decisiones y no piensa cambiarlas aunque su marido est茅 en desacuerdo. Pero el asunto, esta noche y tambi茅n las anteriores, es que necesita verlo involucrado, tan comprometido como ella, y como Jos茅 no da la nota aunque se esfuerza, la Pili se va enconando por esa falta de sinton铆a en un proyecto que es de a dos. Eso no se discute.

Es s谩bado y es de noche, y est谩n en el living-comedor con el invitado de siempre, Mario, el Chancho. As铆 lo llama Jos茅 y su amigo lo llama de vuelta el Bacteria, por el personaje de un programa infantil de hace m谩s de veinte a帽os que usaba un disfraz verde con retazos de espuma pl谩stica. S贸lo entre ellos se permiten ese trato, a nadie m谩s le otorgan la confianza para decirse a la cara lo que en el fondo piensan del otro.

Esta noche la Pili calent贸 una pizzetas en el horno y su marido se encarg贸 de las piscolas. El invitado engulle una tras otra sin ninguna conciencia de su voracidad. Eres un cerdo, le dice su amigo y Mario se encoje de hombros. Afuera todav铆a se oyen las voces de ni帽os jugando en el pasaje y ya empiezan las fiestas de rigor con m煤sica a todo reventar. Es s谩bado por la noche. As铆 fue y as铆 ser谩. En esta casa se escucha m煤sica de los ochenta aunque los due帽os y el invitado pertenecen m谩s bien a la generaci贸n siguiente. Pero los ochenta, con sus canciones, sus comerciales televisivos y sus jingles, les inducen una nostalgia difusa. Desde este lugar la dictadura es un decorado lejano, perif茅rico, bastante anecd贸tico. Digamos que el tiempo y algo m谩s han hecho su trabajo.

As铆 fue. 驴Ser谩 as铆? Nadie lo sabe. Los ni帽os del matrimonio se turnan para acusar el golpe de un hermanito, para pedir las cosas m谩s insensatas 鈥揳 las que la madre presta atenci贸n como si tuvieran alg煤n sentido鈥 o llevarse una pizzeta a la boca y luego seguir jugando cada uno con su tel茅fono celular. As铆 hasta que llega la hora de acostarlos y la Pili parte al segundo piso para ponerles el piyama, preparar la mamadera del m谩s peque帽o, cambiarle pa帽ales, apagar la televisi贸n y las luces y esconderles los celulares para asegurarse de que se duerman y por fin les concedan un tiempo de paz, lo que sucede las noches de viernes y s谩bado m谩s o menos a partir de las once.

*

驴Fue as铆? 驴As铆 ser谩? Cuando los amigos se quedan solos en living-comedor vuelve a asomar lo que viene pespunteando en sus mentes, es decir, la pregunta que se arrojan a la cara como una pelota de tenis, es decir, 驴cu谩l de los dos es el m谩s cornetero? 驴Cu谩l merecer铆a el cetro del homo cornetus o corneterus?

Para beneficio del lector y una posible comprensi贸n de los hechos, sus causas y or铆genes, digamos que el homo cornetus o corneterus es una especie de categor铆a antropol贸gica que se han inventado. M谩s que una acusaci贸n, la pregunta lanzada hacia el otro es una apelaci贸n a despojarse de las m谩scaras y asumir su verdadera condici贸n; a esta hora de la noche, el asunto m谩s bien ser铆a aceptar que ambos pertenecen a esa categor铆a y llevar adelante todas sus consecuencias.

Y, sin embargo, la cuesti贸n esta noche est谩 subiendo de tono y la Pili desde arriba les pide cada tanto que bajen la voz para no despertar a los ni帽os. Pues resulta lo siguiente, esta noche: hay un punto de quiebre en el camino del homo cornetus o corneterus y los amigos se consideran a s铆 mismos en ese punto, uno frente al otro en los sillones, con una piscola en la mano, con los ojos vidriosos. Han formado una consultora contable y tributaria a espaldas de la empresa con el prop贸sito de llevarse todos los clientes el d铆a en que logren la independencia laboral. Y as铆 est谩n, de momento. Se culpan uno al otro de dedicar demasiado tiempo a la empresa y muy poco a la consultora. En esta puja Mario lleva la delantera con unos argumentos ante los cuales el Bacteria comienza a retroceder.

En eso vuelve la Pili del segundo piso y se involucra en la discusi贸n tomando partido inmediato por su marido, que ha seguido reculando ante unas pruebas al parecer irrefutables para quien observe desde afuera. Los ha escuchado desde arriba y tiene bastante que opinar. Y lo hace, as铆 es. Opina con sus propias palabras, en una suerte de declaraci贸n fuerte. Lo que intenta decir la Pili es que el homo cornetus sabe articularse en forma oportuna dentro de la trama de poder. Para ella se trata de una habilidad, incluso de una virtud. Lo dice con sus palabras, esta noche. Pues el homo cornetus, o corneterus, como ellos dicen, no se enga帽a respecto de lo primordial: la existencia humana, en 煤ltimo t茅rmino, es una cuesti贸n de supervivencia. As铆 es. La Pili exige una piscola. Su marido le rellena el vaso entusiasmado con el cambio de humor, con la perspectiva de recalar en su cuerpo caliente al final de la noche. Aunque con la Pili nunca se sabe. El ni帽o m谩s peque帽o llora y por suerte vuelve a callarse enseguida. Marido y mujer piensan que ha llorado en sue帽os, pues de vez en cuando sufre pesadillas.

*

As铆 fue y as铆 ser谩. La Pili se acuerda de un libro le铆do hace mucho tiempo, all谩 por la adolescencia. Porque su madre le铆a y a su padre no le importaba si la hija le铆a o era cuasi analfabeta. Su madre muri贸 y su padre sigue vivo, y que cada cual saque sus conclusiones, pongamos. A todo esto, Mario y Jos茅 s贸lo se prestan libros de liderazgo, en raz贸n de dos o tres por a帽o, que nunca terminan. Se han mantenido en cuarentena literaria de por vida.

El libro que la Pili invoca esta noche se llama Sobre H茅roes y Tumbas, la novela de Ernesto S谩bato. Nombre poco argentino para los amigos, m谩s familiarizados con los futbolistas del otro lado de la cordillera. Ella todav铆a se acuerda de un episodio bastante macabro, la parte en que un portero y una mucama quedan encerrados en el ascensor de una casona de campo y los encuentran all铆 despu茅s de varios meses. Es evidente que ha habido una lucha a muerte. El cad谩ver del hombre est谩 铆ntegro, en cambio el de ella est谩 repartido, los huesos dispersos como si el portero can铆bal la hubiese devorado miembro por miembro.

Lo que esta noche probar铆a ese episodio que ha venido a la memoria de la Pili, ante el cual Mario se muestra muy curioso como si un aire de lucidez lo sacudiera de su embotamiento, es, digamos, que el homo cornetus ha entendido que la realidad se encuentra en el nivel de un ascensor en una casona de campo. En cualquier momento nos quedamos atrapados dentro con una persona m谩s fuerte o m谩s d茅bil, y ya se ver谩 entonces. El homo cornetus posee el olfato m谩s desarrollado y puede captar el fondo de la situaci贸n antes que nadie. Algo as铆 ha querido decir la Pili, con sus propias palabras, y Jos茅 lo redondea con la hip贸tesis de una segunda fase, digamos el punto de quiebre, cuando el cornetus llega a lo m谩s alto y cambia de signo. El poder est谩 con 茅l.

*

El silencio que sigue puede interpretarse como conformidad con lo dicho y entonces la Pili abre un cat谩logo de im谩genes o un book, como lo llama, tra铆do del segundo piso, donde es posible consultar ideas para los trajes de novia. Ya ha elegido sus tres opciones pero tambi茅n, en este caso, necesita saber qu茅 piensa su marido, quien ha vuelto de la cocina con la segunda camada de pizzetas reci茅n salidas del horno. Las masas rebosan un queso pringoso. La Pili y su marido miran a Mario mientras con la lengua persigue desde abajo las hilachas hasta zamparse la pizzeta de dos mordiscos. Jos茅 vuelve a decirle: Eres un cerdo.

Estamos en los vestidos de la novia. As铆 es. La Pili les ordena que se sienten con ella, uno a cada lado, en el sill贸n de tres cuerpos que da la espalda al ventanal por donde entran las voces de los ni帽os y el bum-bum profundo de otra m煤sica, no la de esta casa en el borde interno de una ciudad sat茅lite. El book se encuentra abierto encima de sus piernas y a Jos茅 no le incomoda que su amigo Mario est茅 invitado a opinar sobre un tema 铆ntimo, demasiado femenino quiz谩s, como podr铆an ser los trajes de novia de su mujer. Jos茅 est谩 a punto de decir que ya hablaron de lo mismo la noche anterior, por no decir todas las noches desde hace dos semanas, pero se guarda el comentario y s贸lo se atreve a preguntar por qu茅 tres vestidos y no uno, como todas las novias del mundo. Mala idea.

La respuesta est谩 en el aire, querido lector, en un 谩rbol invisible plantado en medio del living de donde pueden descolgarse respuestas para cualquier pregunta. Podr铆a ser el 谩rbol de la sabidur铆a, pero el que aqu铆 escribe tiene sus dudas. El hecho es que la Pili coge un fruto, y dice: Una sola vez en la vida voy a casarme ante Dios. Lo viene madurando desde hace tiempo, no como la primera vez, cuando eran unos ni帽os muertos de susto. Se ha ganado el derecho a decidir c贸mo ser谩 su boda, porque ser谩 la 煤ltima. Si alguna vez se separa, no vuelve a casarse nunca m谩s, y tampoco piensa tener m谩s hijos. Y eso que todav铆a est谩 en edad, le recuerda a su marido.

As铆 ha dicho. Con la seguridad de contar con un 谩rbol invisible cargado de frutos a los que echar mano. Tal vez por efecto de las piscolas Jos茅 visualiza otro 谩rbol como 茅se plantado en medio de la oficina al que los jefes echan mano para sus respuestas de acero. As铆 es la vida, se dice. Acerada. Por todos lados 谩rboles invisibles plantados en la realidad, de ning煤n modo en los sue帽os. Entonces el ni帽o vuelve a llorar y la Pili piensa que se ha hecho caca. Pero puede esperar un rato, no es urgente. Qui茅n no se ha cagado alguna vez, interviene Mario ri茅ndose. Jos茅 a煤n adeuda una opini贸n sobre los trajes. As铆 es y seguir谩 siendo, esta noche y bum-bum.

Y a todo esto. El Chancho est谩 como embotado; ya se dijo. Pero si uno lo observa con detenci贸n, durante un rato, advierte que ese rezago respecto de la velocidad de los hechos, esa digesti贸n espiritual en c谩mara lenta, algo desconcertante en principio, le concede un aplomo natural, un aire de indiferencia ante al acontecer. As铆 est谩. No se ha pronunciado sobre los trajes. No piensa hacerlo. Hace un momento atendi贸 a la r谩pida, cortante, una llamada de su mujer, a quien mantiene lejos de sus amistades, en otra clase de cuarentena, pongamos.

*

Ah, s铆: es de noche y es s谩bado, la rueda del mundo gira en son de olvido, los 谩rboles ofrecen respuestas como frutas, Jos茅 y su amigo Mario aprovechan que la Pili reclama sus cigarrillos y con ese pretexto salen hacia la botiller铆a. Van por el medio de la calle acus谩ndose de flojera mutua. La puja del homo cornetus se alza de las cenizas. Pero el Bacteria est谩 cansado de una discusi贸n sin sentido, a su modo de ver, y se juega la carta de otro tema que viene pespunteando en sus mentes, y si el primero era de color azul, 茅ste pareciera m谩s bien rojo, y el fondo de la noche resulta blanco. Digamos que se han juntado los colores de la bandera nacional, en esta parte de la historia.

Pero bueno. El caso es que est谩n hablando del estafador Garay, que los tiene fascinados. Camino de la botiller铆a la fascinaci贸n va en aumento. La forma en que Garay se hizo humo. Y el hecho mismo de hacerse humo. Y los detalles ciertos o falsos que van apareciendo en los medios y dan m谩s cuerda a la noticia. Las juergas en un club nocturno con mujeres hechas a mano, y el despilfarro de millones, plata ajena, y las partusas con siete minas 鈥撀iete, hue贸n!鈥, y la indolencia de Garay, demostraci贸n de libertad y desparpajo para vivir: dejar a las minas plantadas en el club, mandarse cambiar curado como piojo, sin importarle nada.

Todo eso es fascinante para los amigos, camino a la botiller铆a. En rojo y en azul. Ya se dijo. Y adem谩s contar con un departamento para lo que se le d茅 la gana, llevarse putas o dar clases de artes marciales. Y el hecho mismo de practicar artes marciales y estar en condiciones de masacrar al primero que se le ponga por delante. El aura de poder f铆sico del estafador Garay. Fascinante, admirable.

Ah, y la enfermedad terminal anunciada por televisi贸n 鈥撀aestro!鈥, provocada por la radiaci贸n de Fukushima. Un tumor cerebral. 隆Maestro! Todo por rescatar a unos amigos de los escombros de la planta nuclear, si es que realmente qued贸 hecha escombros despu茅s del terremoto, qu茅 interesa. 隆Maestro! 隆La cag贸!

Y el plan de fuga. Y el reguero de personas estafadas que perdieron sus ahorros y jam谩s podr谩n recuperarlos. Gente que se lo tiene merecido, en todo caso, resuelven Jos茅 y Mario. Por ambiciosos o ignorantes. O las dos cosas juntas, resuelven mientras caminan. Esta noche resuelven que cualquier persona medianamente enterada sabe que ninguna inversi贸n financiera puede garantizar rentabilidades del dieciocho por ciento anual, como promet铆a Garay en los contratos. Cualquiera lo sabe. Cualquiera se huele la trampa. 隆Maestro! 隆La cag贸!

El que va por la calle repitiendo 鈥渕aestro鈥, estirando la 鈥渆鈥, es Mario; el due帽o de la otra expresi贸n es Jos茅, y la repite menos que su amigo, en raz贸n de tres a una. Van por la calle principal de la ciudad sat茅lite hacia su peque帽o coraz贸n comercial, la botiller铆a se encuentra a unas cuadras y la fascinaci贸n no se detiene ah铆, sino que acaba de componerse como una puesta de sol con el prestigio que Garay levant贸 en torno a su figura, el aura de seriedad profesional, bien avenida con el aura del karateca, y tambi茅n el aura del hombre comprometido con los m谩s sencillos para hacerlos entender los misterios de la econom铆a y las finanzas. 隆Maestro de maestros! 隆La cag贸!

El aura de su origen humilde, tambi茅n. 隆Maestro! Los apuros financieros de sus padres; la casa paterna, inmensa, pero cay茅ndose a pedazos 鈥撀a ca-g贸!鈥, y el poema interminable de Garay, resuelven los amigos ante la botiller铆a, la novia rumana por la que dej贸 plantada a una chilena con varios meses de embarazo. 隆Maeeeeestro! 隆La cag贸! 隆Genio!

*

El brazo de Jos茅 cruza dos veces entre los barrotes para recibir una botella de pisco, una coca-cola de litro y medio, los cigarrillos de su mujer y el vuelto. De regreso a lo largo del bandej贸n central por donde corren dos hileras de 谩lamos blancos, 煤ltimos vestigios de un fundo patronal, Mario empieza a torearlo otra vez con el tema del homo cornetus y Jos茅 intenta hacerle el quite como puede. Por suerte para 茅l la mujer del Chancho insiste en llamar, Mario mira el tel茅fono y corta sin atender, al tiempo que va negando con un gesto brusco las monedas a quienes se dirigen en peregrinaci贸n hacia la botiller铆a, en sentido contrario. As铆 es.

En una zona menos iluminada del bandej贸n, junto a la iglesia de los mormones, hay dos figuras apoyadas en la reja del templo. Podr铆an ser unos ni帽os. Usan pantalones demasiado cortos, como bermudas. O bermudas muy largos, como pantalones. El Chancho no puede decidirlo. No se sabe qu茅 est谩n haciendo ah铆, pegados al templo morm贸n. Son unos flaites, decide el Chancho. Hay que sacarles la cresta. Vamos, perro. Lo toma del codo y comienza a tironearlo hacia all谩. Los otros no se mueven de su lugar. Lo peor son los flaites, repite Mario. Lo peor del mundo. Habr铆a que matarlos a todos. Esos culiaos son el problema. Jos茅 intenta detenerlo abraz谩ndolo por detr谩s, pero Mario es m谩s grande y m谩s fuerte, los pies de Jos茅 se arrastran por el maicillo. No te calent铆s la cabeza, va dici茅ndole sin soltarse de su cintura. Quiero verte cuando roben tu casa, dice Mario. Cuando se violen a tu mujer entre cinco. 隆Flaites reculiaos!, les grita. Los otros no se mueven, no hablan, son como dos gatos en alerta m谩xima. Nadie puede decir c贸mo reaccionar谩n si se les echa encima. Pero de improviso Mario da media vuelta, esquivando la iglesia. No quiere perder tiempo con la basura. Su amigo aprovecha de decirle: Enfermito mental. Siguen en silencio hasta la casa.

*

As铆 ser谩. La Pili est谩 en la alfombra revisando el correo electr贸nico en su laptop, mirando al mismo tiempo Facebook, consultando los contactos del celular y un mont贸n de agendas de papel. Est谩 escribiendo su lista de invitados. Nada definitivo. Lee y relee, tacha, borra, vuelve a anotar. Unos nombres salen y otros entran, y luego los mismos nombres vuelven a salir. Es una lista inestable, nadie tiene su lugar asegurado. Como en la vida y el trabajo, incluso como en el amor, pongamos.

Ella enciende un cigarrillo y su marido parte a la cocina para calentar pizzetas y traer m谩s hielo. Animado quiz谩s por esa soledad moment谩nea, se le ocurre decir desde all铆 que no ve necesidad de revisar las agendas, agendas viejas m谩s encima, uno deber铆a invitar a los que est谩n en la memoria, en el coraz贸n. El resto no existe.

Esta vez la Pili no coge un fruto del 谩rbol. Hace como si no lo oyera, o quiz谩s no lo ha o铆do de verdad. Abre una agenda del dos mil cinco, a帽o de su casamiento civil, donde habitan muchos nombres del pasado, gente que concurri贸 a su primera boda y que esta noche se le aparece muy distante, ajena a su vida actual. Y sin embargo, Jos茅 debe pronunciarse sobre ellos, los fantasmas del dos mil cinco. Pero es demasiado, no quiere pasarse el resto de la noche escogiendo invitados. La Pili no lo escucha o lo ignora. As铆 ser谩. Mario rellena los vasos, mastica una pizzeta. En la agenda del dos mil cinco hay unos t铆os de Jos茅, ante los ojos de la Pili. Se le hab铆an olvidado totalmente, es como si de pronto volvieran a existir. En realidad los encuentra medio flaites. Lo dice con indulgencia, buscando el consentimiento de su marido para descartarlos desde ya. Una risotada del Chancho despierta al ni帽o m谩s peque帽o. C谩llate, animal, dice Jos茅. Levant谩ndose para subir al segundo piso, la Pili advierte al invitado que si no asiste al matrimonio con su mujer no lo deja entrar. As铆 de simple.

*

Y as铆, y a todo esto. Ya estamos a domingo. Dan las dos o las tres de la ma帽ana a la hora de los hechos, o del hecho. Bum-bum. Suena una lista de reproducci贸n hecha por Jos茅. Se han repartido en los sillones, la Pili en el de tres cuerpos, tendida con una pierna sobre la otra, el monte de Venus marcado en las patas de lycra. Son las dos, o las tres, hay m煤sica de fondo 鈥擫ady in red / is dancing with me / cheek to cheek鈥, y su marido declara al aire: Garay es el homo cornetus en una fase superior 鈥斺obody here / just you and me鈥, la ca-g贸鈥

Nadie se pronuncia, antes de los hechos o quiz谩s despu茅s. La niebla sigue, quiz谩s se espesa, a la hora de. Antes o despu茅s. Ya se dijo. Sin embargo la voz del due帽o de casa persevera, con m煤sica de fondo. Parece salida de un ventr铆locuo. Se le ha ocurrido, a esta hora, que la vida es un gran experimento. Que los muertos est谩n mir谩ndonos detr谩s de un vidrio polarizado, observ谩ndonos, evalu谩ndonos para saber si pasamos la prueba. A veces s铆, a veces no, piensa. Al morir pasamos del otro lado del vidrio para aprender mirando. La vida es una sala de interrogatorio o una consulta psicol贸gica. Una de las dos, en todo caso. Pero no algo distinto. Su amigo Mario exclama con retardo: 隆Maeeestro! Su mujer opina: una consulta psiqui谩trica. A las dos o a las tres de la ma帽ana, bum-bum. Luego, nadie m谩s habla 鈥斺ever forget the way you look tonight鈥

Pongamos: diez minutos m谩s tarde el due帽o de casa duerme arrullado por la m煤sica de su propia lista, y lo hace en una posici贸n poco elegante, volcado sobre un brazo del sill贸n como si quisiera salvarse de un naufragio, antes de los hechos, o despu茅s. As铆 fue, as铆 ser谩.

Luego, tal vez, suceden los hechos. O tal vez no; nunca se sabe. Cuando la primera luz comienza a filtrarse por las cortinas 鈥攗na luz infame, hay que decirlo鈥 Jos茅 abre los ojos y se encuentra con su amigo como una noticia molesta durmiendo de espaldas a 茅l sobre el sill贸n largo. Su mujer no est谩 aqu铆 abajo. Reina una paz poco com煤n. Todav铆a no despiertan los ni帽os, pero no debe faltar mucho. El domingo ya presagia su propio d铆a lunes, y a todo esto cantan los zorzales, si cantan y no gritan. Jos茅 se levanta al ba帽o, luego va a la cocina y pone agua en el hervidor el茅ctrico para prepararse un caf茅 instant谩neo. Decide hacer una taza para su amigo; es hora de que se vaya.

Encuentra a su amigo sentado en el sill贸n, bien despierto, mirando el celular enchufado a un cargador. Tengo quinientas llamadas perdidas, comenta. A la mierda. Jos茅 le pone la taza en las manos y comienzan a hablar de la consultora contable y tributaria sin el entusiasmo de la noche. Todo ha perdido un grado de inter茅s. Es la luz, se dice Jos茅 en una rueda de pensamientos huidizos. De pronto su amigo Mario levanta la vista y le pregunta si de verdad piensa casarse de nuevo. Lo dice, podr铆a imaginar uno, como si creyera que en cualquier momento la Pili saldr谩 de su estado febril para ser la de antes. Hoy mismo, por ejemplo. En cuanto despierte. Para esta pregunta Jos茅 no tiene ning煤n 谩rbol a la mano.

Nada es seguro, ya se dijo. Nadie sabe si la fiebre es euforia, una man铆a divina. Nadie lo sabe esta ma帽ana, y nadie sabe, tampoco, si la Pili est谩 m谩s cerca de los dioses. M谩s cerca que Jos茅 y su amigo Mario. Nadie sabe c贸mo seguirla y nadie sabe si valdr铆a la pena hacerlo. Ya no hay 谩rboles. El caso, querido lector, es que Mario est谩 cont谩ndole que se acost贸 con una mujer. En realidad no se acost贸, lo hicieron de pie. Una mina bien loquita. Fue en la casa de ella. La mina parti贸 a la cocina y Mario la sigui贸. Ella empez贸 a buscar algo en la despensa, se mov铆a de un lado a otro abriendo y cerrando los muebles y Mario la miraba fijo, sin decir nada, apoyado en el refrigerador. No se sab铆a lo que buscaba, no era el arroz ni los tallarines, ni tampoco la salsa de tomates. Cualquiera sabe d贸nde se guardan esas cosas. Obviamente, dice Mario. Ella se estiraba entera mostr谩ndole las piernas y un culazo de otro planeta. Hasta que se qued贸 quieta de repente, y 茅l entendi贸. Se le acerc贸 por detr谩s y se lo hizo ah铆 mismo.

*

La cag贸, dijo entonces Jos茅, con una desgana inmensa. Digamos que otra vez habl贸 el ventr铆locuo, que se ven铆a pronunciando desde hac铆a rato. Ya hab铆an terminado el caf茅. Acompa帽贸 a su amigo hasta la salida y se dijeron dos palabras m谩s sobre la consultora. Jos茅 le cerr贸 la puerta en la cara, pero enseguida sali贸 hasta la reja para verlo alejarse. M谩s que un chancho era como un oso pardo con los brazos rozando el pavimento. A mitad de cuadra se volvi贸 hacia 茅l con las manos en la boca. 隆Homo cornetus maximus! La voz de Mario atron贸 sobre los tejados en esa hora demasiado fr谩gil. Jos茅 le devolvi贸 un gesto obsceno y subi贸 al dormitorio de los ni帽os. Su mujer se hab铆a acostado junto al m谩s peque帽o. Dorm铆a en el borde de la cama, en sostenes, con una pierna afuera del cobertor. Un empujoncito y se iba de boca a la alfombra. No encontr贸 explicaci贸n para el deseo de voltearle la cara de una patada.

*
A unas cinco cuadras de esa casa iba Mario por el bandej贸n central hacia el paradero de la autopista. Sin fr铆o ni calor, sin 谩nimo ni des谩nimo. Neutral como el mundo, pongamos. As铆 era. Al pasar junto a la iglesia de los mormones vio un grupito de fieles o parroquianos 鈥搉o sab铆a c贸mo llamarlos鈥 congregados a la entrada. Entre ellos unos gringos de camisa blanca, con un libro apretado contra las costillas. 驴En qu茅 creen los mormones?, se pregunt贸. Lo saludaron amistosamente y devolvi贸 el saludo con la cabeza. Uno de los gringos intent贸 acerc谩rsele, pero Mario le dio la espalda. Mir贸 hacia el lugar de los flaites. Hab铆a dos gatos grises. Ahora son gatos, antes eran flaites. As铆 razonaba Mario. Uno de los gatos salt贸 a la reja y dio unos pasos por el borde como si quisiera burlarse. Mario se guard贸 las manos en los bolsillos de la chaqueta y sigui贸 hacia el paradero. A la mierda, se dijo, con un escalofr铆o. El celular volvi贸 a sonar. A la mierda, volvi贸 a decirse. La 煤ltima llamada de su mujer hab铆a sido a las cuatro de la ma帽ana. No se cansaba nunca. Mir贸 la pantalla, dec铆a 鈥淏acteria鈥. No atendi贸. Volvi贸 a sonar de inmediato. Cort贸. Volvi贸 a sonar. Cort贸. Y as铆 hasta el paradero a las afueras de la ciudad sat茅lite. As铆 hasta que apag贸 el tel茅fono para que nadie m谩s lo molestara. Nadie m谩s, ojal谩 nunca m谩s. Y qu茅 tanto, y qu茅 tanto. As铆 fue.

*Distribuido por Politika

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