Más dudas de la aptitud sicológica de Trump

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Nadie sabe si se cree emperador o un pedante representante de Dios en la Tierra. Son pocos lo que lo soportan; muchos los que le tienen miedo. Hasta el recatado Papa León XIV se cansó de sus desplantes, genocidios y fechorías: «¡Basta ya de la idolatría de uno mismo! ¡Basta ya de guerra!», en un mensaje para recordar a los gobernantes que los conflictos «dividen» y la «esperanza une».

Trump, que se acerca a los 80 años, ya es el presidente de mayor edad que jamás haya asumido en Estados Unidos.Caída y ascenso de Trump: cómo el expresidente recuperó el poder sobre ...

Los demócratas cuestionan desde hace años la aptitud psicológica de Trump, pero ahora redoblaron sus reclamos a invocar la 25ª Enmienda de la Constitución, que habilita la destitución del presidente por incapacidad. Pero esa preocupación no está confinada a los partidarios de la izquierda, los humoristas de los programas de medianoche o los profesionales de la salud mental que realizan diagnósticos a distancia. Ahora se escucha de boca de generales retirados, diplomáticos y funcionarios extranjeros. Y, lo que es aún más sorprendente, se escucha en la derecha política, entre los antiguos aliados del presidente.

Trump empezó su segundo mandato abrazando al presidente ruso Vladimir Putin y atacando a los aliados de EEUU. Insultó a Canadá diciendo que debería convertirse en el estado 51 de EEUU. Anunció que estaba preparado a considerar el uso de la fuerza militar para anexionar a Groenlandia, un territorio autónomo de Dinamarca, un aliado de su país y, luego expresó que su país debería retomar posesión y control del Canal de Panamá.Por qué se rompió Estados Unidos, de Roger Senserrich

Con una agenda aún más agresiva en materia migratoria, económica y de relaciones internacionales, la presidencia de Trump ha generado incertidumbre y preocupación en diversos sectores. Su retórica desafiante y su estilo de gobierno han reavivado el debate sobre la fortaleza de la democracia estadounidense y el impacto del populismo en el sistema político global.

los siguientes tres libros que ofrecen perspectivas profundas sobre el fenómeno Trump y sus implicaciones: Democracy and solidarity, de James Davidson Hunter; La gran fractura americana, de Cristina Olea y Por qué se rompió Estados Unidos, de Roger Senserrich.

Desdén por los aliados

Una serie de mensajes de texto filtrados revelaron la cultura de desdén en la Casa Blanca de Trump por sus aliados europeos. «Comparto completamente su asco de los europeos gorrones», le escribió el secretario de Defensa  Pete Hegseth. En Munich,  el vicepresidente JD Vance afirmó a comienzos de 2026 que Estados Unidos no sería más el garante de la seguridad de Europa, echando para atrás 80 años de solidaridad trasatlántica..

Tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro  y el resurgimiento del discurso de Donald Trump sobre la adquisición de Groenlandia, los analistas recurrieron a viejos clichés: el renacimiento de la Doctrina Monroe, el  fin de la Pax Americana., siempre enfocados en las idas y vueltas del mandatario. Un patrón está emergiendo: lo más predecible de Trump es su impredecibilidad. Cambia de opinión. Se contradice. Es inconsistente.

Para Alan Little, de la BBC, ha convertido su propia impredecibilidad en una estrategia clave y un valor político. Ha elevado la impredecibilidad al estatus de una doctrina, conduciendo la política exterior y de seguridad. Los científicos políticos llaman eso la «Teoría del loco», en la que un líder mundial busca convencer a su adversario de que es temperamentalmente capaz de cualquier cosa, para lograr concesiones. Utilizada de manera eficaz, puede ser una forma de extorsión y Trump cree que le está dando dividendos, posicionando a los aliados de EEUU donde los quiere.

El comportamiento errático y los exabruptos del presidente Donald Trump en las últimas semanas han recalentado el debate que lo persigue en el escenario de la política estadounidense desde hace una década: ¿Está loco o se hace? Con su serie de comentarios inconexos, difíciles de seguir La gran fractura americana, de Cristina Oleay muchas veces plagados de insultos, coronados por su amenaza de borrar a Irán del mapa y por su alucinado ataque contra al Papa, al que calificó de “débil contra el crimen, pésimo en política exterior”, Trump deja la imagen de un autócrata trastornado y enloquecido por el poder.

Los soldados del “ejército más fuerte y poderoso del mundo”, como afirmó Trump, desplegados en Medio Oriente en buques de guerra como el Tripoli y el Abraham Lincoln, pasan hambre y sufren escasez de artículos básicos. Además el correo está interrumpido por el conflicto con Irán y no pueden recibir envíos de golosinas y productos de higiene que les mandan sus familias, reveló Usa Today.

Es más, Trump se vio obligado a eliminar una imagen en la que aparecía representado como JesúsResultado de imagen de trump jesucristo en su red social Truth Social, tras la indignación de la derecha religiosa estadounidense, y aseguró que en realidad se trataba de él como médico.

“No era una representación. Era yo. Sí la publiqué, y pensaba que era yo”, reaccionó  esta ilustración generada por inteligencia artificial y difundida el día anterior. “Se supone que soy yo como médico, curando a la gente. Y curo a la gente. La curo mucho”, añadió, en referencia a la Cruz Roja. La imagen fue publicada poco después de un mensaje virulento suyo contra el papa León XIV, que había formulado una dura crítica a la guerra en Irán.

Trump ya ha utilizado imágenes religiosas en sus publicaciones: en mayo difundió en su plataforma un retrato suyo vestido de Papa, generado por inteligencia artificial, después de afirmar que “le gustaría ser Papa”.

La excongresista Marjorie Taylor Greene, que rompió recientemente con Trump, pidió la aplicación de la 25ª Enmienda y le dijo a la cadena CNN que amenazar con destruir la civilización persa no era “una retórica contundente, sino una locura”. Por su parte, la presentadora de podcasts de extrema derecha Candace Owens lo llamó “lunático genocida”, y Alex Jones, el teórico de las conspiraciones y fundador del sitio Infowars, dijo que Trump “balbucea y su cerebro no parece funcionar del todo bien”.

 Ty Cobb, abogado de la Casa Blanca durante el primer mandato de Trump,  dijo a la prensa que el presidente es “un hombre que claramente está loco” y que su reciente serie de beligerantes publicaciones en redes sociales a altas horas de la noche “evidencia su nivel de locura”.

Sus exabruptos siembran crecientes dudas sobre el liderazgo de Estados Unidos en tiempos de guerra, pero es cierto que EEUU ya ha  tenido presidentes cuya capacidad fue puesta en tela de juicio. Apenas unos años atrás,  el deterioro de Joe Biden fue evidente para la opinión pública, pero nunca antes la estabilidad mental de un presidente había sido objeto de un debate tan público y exhaustivo, y con consecuencias tan serias.

El análisis de las posibles estrategias para acabar con Donald Trump de la Casa Blanca revela una tensión estructural entre estabilidad institucional y rendición de cuentas. El sistema está diseñado para evitar destituciones precipitadas, pero esa misma rigidez puede dificultar respuestas rápidas ante crisis profundas.

Así, más que una única vía, lo que se perfila es una convergencia de factores que, de alinearse, podrían hacer viable un desenlace que, en condiciones normales, resulta extraordinario, pero que a medida que Trump adopta decisiones, y sigue amenazado a todo el mundo como rufián de barrio, va pasando de lo teórico a lo real.

Y entonces surge la preocupación de cómo desplazar Trump de la presidencia (lo que no significa que su vice, J.D.Vance, pueda ser mejor que él. En el sistema estadounidense, la legalidad y la política dinámica operan de manera interdependiente: ninguna estrategia puede prosperar sin la otra.

El debate sobre cómo desplazar a Donald Trump de la Casa Blanca, en un escenario hipotético de crisis institucional, abre un campo complejo donde confluyen derecho constitucional, cálculo político y correlación de fuerzas. Más que una cuestión de voluntad, se trata de un entramado de procedimientos estrictamente definidos por la arquitectura legal de Estados Unidos, cuya activación depende tanto de pruebas como de mayorías políticas difíciles de alcanzar.

En el centro de este análisis se encuentra el juicio político como herramienta constitucional, mecanismo previsto en la Carta Magna para destituir a un presidente por “traición, soborno u otros delitos y faltas graves”. El proceso, que comienza en la Cámara de Representantes y culmina en el Senado, no es meramente jurídico, sino profundamente político.

Qué es la "teoría del loco" que Trump aplica en política exterior y por ...La historia reciente ha demostrado que incluso cuando existen fundamentos legales, la destitución efectiva depende de la disposición de los legisladores a romper alineamientos partidarios. En ese sentido, cualquier intento de remover a Trump por esta vía requeriría no solo evidencia sólida, sino una fractura significativa dentro de su propia base política.

Otra vía que emerge en el debate es la invocación de la Enmienda 25 de la Constitución, particularmente su sección cuarta, que permite declarar al presidente incapaz de ejercer sus funciones. Este mecanismo, menos explorado en la práctica, trasladaría el protagonismo al vicepresidente y al gabinete, quienes tendrían que certificar dicha incapacidad. Además, implicaría un acto de enorme costo político para los propios miembros del Ejecutivo, que quedarían expuestos a acusaciones de traición o golpe institucional.

En paralelo, algunos sectores contemplan el uso de procesos judiciales ordinarios como vía indirecta de presión política. Investigaciones penales o civiles podrían debilitar la posición del presidente, erosionar su legitimidad y generar condiciones para su salida, ya sea por renuncia o por pérdida de apoyo político. No obstante, el sistema estadounidense ha sido tradicionalmente reticente a judicializar directamente la figura presidencial, lo que introduce límites prácticos a esta estrategia.

El pueblo en la calle, no quiere un Trump-rey

Más allá de los mecanismos formales, existe una dimensión menos codificada pero igualmente relevante: la presión política sostenida como catalizador de una salida negociada. En contextos históricos comparables, el aislamiento progresivo del presidente, por parte de su partido, de actores económicos clave y de la opinión pública, ha sido determinante.

Esto puede traducirse en una pérdida de gobernabilidad tal que la permanencia en el cargo se vuelva insostenible, abriendo la puerta a una renuncia como solución de compromiso. Este es el campo en el que, actualmente, ya se están moviendo importantes sectores políticos y económicos, incluidos republicanos y donantes del propio Trump.

Este tipo de escenarios remite inevitablemente al precedente de Richard Nixon, cuya dimisión no fue producto exclusivo de un proceso legal, sino del colapso de su respaldo político tras el escándalo de Watergate. La lección subyacente es que, en el sistema estadounidense, la legalidad y la política dinámica operan de manera interdependiente: ninguna estrategia puede prosperar sin la otra.

Sin embargo, en el caso de Trump, cualquier intento de remoción afrontaría un elemento adicional: la polarización extrema. Su figura no solo divide al electorado, sino que reconfigura las lealtades dentro de las instituciones. Esto complica la construcción de consensos amplios, indispensables para activar cualquiera devaneo que loEn Estados Unidos se reactiva el debate por la salud mental de Trump vuelven particularmente peligroso en un puesto de poder. 

Una de las principales tesis del libro “Dinero, mentiras y Dios. Dentro del movimiento para destruir la democracia americana ”, es que un eventual segundo mandato de Trump sería más riesgoso que el primero. Los autores argumentan que, si antes existían ciertos límites institucionales, hoy Trump estaría rodeado de personas más leales, menos dispuestas a contenerlo y con una mayor disposición a romper normas democráticas. También afirman que su estilo político habría contribuido a normalizar la violencia verbal, el autoritarismo, la polarización y el debilitamiento de instituciones democráticas.

Otro tema importante es el llamado “Trump effect”: la idea de que la conducta del presidente no sólo afecta la política, sino también la salud mental colectiva y la cultura pública. Los autores afirman que sus mensajes y actitudes han favorecido el aumento de la hostilidad social, el miedo, la radicalización y la legitimación de discursos racistas, antisemitas o antiinmigrantes.

El libro también dedica mucho espacio al debate ético sobre si los profesionales de la salud mental deben hablar públicamente sobre un dirigente político. Los autores sostienen que existe un “deber de advertir” cuando consideran que una figura poderosa representa un peligro para la sociedad, incluso si eso entra en tensión con la llamada “Goldwater Rule”, que desaconseja a los psiquiatras diagnosticar a personajes públicos sin haberlos examinado personalmente.

A Profile of Barry Goldwater - “Mr. Conservative”En 1964, el senador de Arizona Barry Goldwater decidió postularse como candidato republicano a la presidencia. Su programa político estaba plagado de ideas y temas controvertidos —su voto en contra de la Ley de Derechos Civiles de 1964 provocó que muchos lo tacharan de racista, entre otras cosas—, pero la situación llegó a un punto crítico cuando la revista Fact publicó un artículo en el que «más de 1000 psiquiatras declararon al candidato republicano no apto para el cargo, citando graves defectos de personalidad, incluyendo paranoia, un comportamiento grandilocuente y una imagen de sí mismo casi divina».

El New York Times también señaló entonces que «un médico lo llamó ‘un lunático peligroso'». Posteriormente, Goldwater perdió las elecciones por una amplia mayoría, pero ganó la demanda que se interpuso rápidamente contra la revista.

Finalmente, la obra concluye que el caso de Trump no debe verse sólo como un asunto de personalidad individual, sino como una señal de fragilidad institucional y cultural en Estados Unidos. Los autores sostienen que el verdadero peligro no radica únicamente en Trump, sino en una sociedad y un sistema político dispuestos a normalizar conductas que antes habrían sido consideradas inaceptables.

* Socióloga estadounidense, profesora universitaria, colaboradora del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE). Traducción de Maxime Doucrot.

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