Ago 9 2022
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Libro de la semana

Rolando Revagliatti: Historietas del amor

Prólogo de Hugo Enrique Boulocq 

En estos cuentos es posible que el lector se encuentre, casi frontalmente, ante un juego de imágenes cuyo tono sensual sobresale y se anima de un modo particular lo narrado. Como si se tratara de una proyección cinematográfica, la ficción estalla sin demasiados preámbulos; después de algunos trazos breves, eficaces, la trama se enciende y llega al erotismo, a la ironía, a la sátira, es el sueño descarnado, la ilusión oscura, la fantasía en paso de comedia.

Detrás, entre los pliegues lingüísticos del decorado, el intelecto de Revagliatti, observador de esa realidad donde comienza el terreno común de la semántica, sustantiva, verbaliza, ajusta las palabras como si fuesen resortes de los sentidos. Y el festín principia. La sensación de espacio, de ambiente, es tan rápida que anula la distancia con el texto; descripciones apretadas, concisas, síntesis intachables, muy a propósito para un ritmo narrativo ceñido al galope de las frases, definen la brevedad del tiempo en el que todo ocurre como si nada pasara –aunque pase y pueda mirarse, tocarse, oírse, sentirse, pensarse.

Más allá, franqueándonos la entrada a la representación verosímil de la realidad –que no es el mero detallismo superficial de lo real-, el arsenal discursivo del autor se convierte notoriamente, como recurso técnico y posibilidad significativa, en una indagación aguda acerca de lo previsible y precario de la existencia.

Pero Rolando es un escritor concreto, y como tal sabe y demuestra que esa indagación bien puede ser un reflejo. Por eso sus textos exhiben el pulido suficiente para que el lector se mire y se reconozca, se ausculte mientras pasea por el sexo y la bohemia, las calles conocidas y las caras apuradas, los bares, los arquetipos, el teatro independiente, sin falsos pudores, sin fruslerías ni banalidades, llamando a las cosas con el nombre que aquí y ahora tienen, en el idioma que poseemos como un código de arraigo, desgracia, goce y permanencia, en la lengua que por sí sola nos funde a la experiencia colectiva del fracaso y del éxito. Quizás porque el coloquialismo utilizado como un estilete sea lo que mejor pone a prueba, denuesta o ridiculiza los valores gestuales, las virtudes estériles y las normas huecas de la hipocresía.

Aventuro, por todo ello, que la coincidencia tonal, temática y estructural de estos cuentos no es, no puede ser casual. Porque la soltura del lenguaje importa desde ya un desprejuicio al ser acompañado por una búsqueda de sentido en la transgresión –y el autor esgrime, por ejemplo, la ironía como tal; porque la recurrencia hedónica en el hilo argumental, aunque a veces sea sólo andarivel del psicologismo que también demuestra conocer al dedillo, logra por sí misma interesar a los sentidos en experiencias concretas que actúan como paradojas de nuestros temores, pasividades y sueños reprimidos; porque la bien compuesta economía de cada relato obtiene, en fin, que la coherencia apuntada se transforme en un único y sugestivo encuentro con la literatura que practica.

Y concluyo con un breve párrafo de Pavese, quien nos dice a propósito del escritor, a nosotros lectores y a los críticos, sobre la necesidad de “convencerse de que, si un escritor elige ciertas palabras, ciertos tonos y giros insólitos, tiene por lo menos el derecho de no ser condenado de inmediato, en nombre de una precedente lectura donde los giros y las palabras eran más ordenadas, más fáciles o solamente diferentes. Esta tarea del lenguaje es la más vistosa, pero no la más ardiente. Por cierto, que todo es lenguaje en un escritor que sea tal, pero basta justamente con haberlo comprendido para encontrarse con un mundo de los más vivos y complejos, donde la cuestión de una palabra, de una inflexión, de una cadencia, se vuelve enseguida un problema de costumbre, de moralidad. O, sin más, de política”.

Le queda al lector, ahora, comprobarlo por sí mismo.

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