Ago 14 2018
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Participación ciudadana

Abortar en Chile

«Pasó con un cabro joven, dos años atrás. Simplemente tuvimos sexo sin condón. Seis semanas después una ecografía me explicó por qué pesaba cinco kilos más y me despertaba con mareos. Era un mareo raro, tipo cuando comes mucho en la noche y en la mañana sientes algo aquí». La chica termina de hablar y se toca con el índice un poco arriba de la guata, pensativa. Justo en aquel momento llega la camarera cubana, con una sonrisa en el rostro y la cuenta en la mano. Llevábamos casi una hora sentados a una mesa del restaurante ‘Imperio Chifa’, un famoso lugar donde hacen comida chino-peruana en Arica. En la última página del menú escribieron que fue fundado el 2010 por los hijos del primer aviador chino en Chile, dos jóvenes menos originales que su padre y no demasiado buenos como para ser cocineros.

La camarera empieza a limpiar la mesa y nos levantamos para ir a pagar, nos despedimos y salimos. Caminando hacia la casa a veces la joven se para entre la luces de los faroles, así la calle se hace más larga y gana tiempo para contar la historia: «En Chile desde diciembre el aborto es legal si te violan, si tu vida está en riesgo o si el feto es inviable. Pero hace dos años yo no tenía ninguna esperanza de abortar en un hospital. Entonces le avisé a mi madre que esperaba un niño y luego pedí ayuda a una amiga, Débora: su prima había quedado embarazada y sabía a quien buscar. Un día ella me dió tres números a quien llamar, yo pruebo y sólo uno de ellos contesta: “Tengo la pastilla – él me dice – juntémonos en el metro Santa Lucía, son 70 mil pesos”,  pero yo no los tenía, todavía estudiaba, así que le pedí la plata a mi pololo».

Para un rato para abrigarse y vuelve a hablar, la cara dulce por el recuerdo: «Él fue tierno, me preguntó si yo estaba segura, me dijo que estaría cerca de mí en todo momento y me dió el dinero. Aquella noche en el metro de Santiago, Débora fue a hablar con el chico de la pastilla, yo la esperaba diez metros lejos. El diálogo fue corto y cuando volvió conmigo sacó del bolsillo una bolsita de plástico. Parecía droga. No sé donde podría haberla encontrada ese loco, dicen que en Argentina es más fácil encontrarla, pero allá el aborto es totalmente ilegal. En verdad la pastilla es un viejo remedio contra las úlceras. Todavía la venden en las farmacias, pero se requiere una receta especial. Por eso si la tomas por la boca no es seguro que el feto muera: para que funcione mejor hay que ponerla en la vagina, y hace daño. El útero se retuerce, sangras, te da diarrea».

Se calla, los faros de los coches la iluminan por pocos segundos, y sigue hablando: «La idea era abortar en casa de la Débora: su madre es enfermera y en caso de emergencia me podía socorrer pronto. Dos meses después me hago otra ecografia y descubrí que el feto seguía adentro, pero muerto. Fui al ginecólogo y pedí un raspado. Recuerdo bien que los médicos y las enfermeras me trataban bien: “Tranquila – me decían – eres joven, podrás tener otros hijos”. Hablaban así porque creían que el mío era un aborto natural». La chica sube el brazo en que carga la cartera y toma la llave del portón: «A mí no me interesaba – dice ella– no quería un hijo, sólo quería terminar la universidad».

 

 

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