Mar 3 2017
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AmbientePolítica

Agua y fuego en el fin del mundo

Chilli: el fin del mundo.¬†Los aymara designaban as√≠, con ese nombre, al territorio que hoy es la rep√ļblica de Chile, significando un lugar tan lejano y apartado que en ese conf√≠n se acababa la tierra.

Después de este verano que mi mujer y yo estamos pasando en Santiago se me ocurre, sin embargo, que subyace a esa palabra originaria otra posible definición, quizás profética: Chile como el límite donde lo que se acaba no es el espacio, sino que el tiempo, los días que a la tierra le quedan en poder de los humanos.

Nunca han descendido sobre este país meridional tantas catástrofes naturales seguidas. Por una vez, no se trata de los terremotos y tsunamis que nos han asediado desde siempre. Estamos acostumbrados a levantarnos después de cada cataclismo, capaces de renovar empecinadamente la esperanza de que podremos sobrevivir a todo acoso de la naturaleza.

Pero lo que viene sucediendo desde que llegamos a Chile a principios de enero es una serie de desastres creados por nuestra propia especie, conectados directamente al calentamiento global que tantos en los lejanos Estados Unidos están dedicados a negar con una obstinación inverosímil.

Primero vinieron los incendios forestales, la mayor√≠a de ellos al sur de Santiago. No existen precedentes para tantas hect√°reas ‚Äďmiles de miles‚Äď reducidas a escombros. La conflagraci√≥n, que mat√≥ a residentes y ganado, devastando aldeas enteras y quemando √°rboles centenarios adem√°s de numerosos bosques cultivados para la exportaci√≥n, solo pudo contenerse cuando arribaron desde el extranjero aviones supertanker (Boeing e Ilyushin) que pudieron descargar toneladas de agua sobre las zonas afectadas.

Aquellos que no estábamos amenazados en forma inmediata por las llamaradas infernales sufrimos otras consecuencias. El aire acá en Santiago, envilecido de humo y cenizas, se hizo irrespirable, una situación agravada por temperaturas inusitadamente elevadas que no disminuían de noche, como solía ser habitual acá. Ni siquiera tuvimos, entonces, el consuelo del frescor nocturno que en veranos pasados ayudaba a enfrentar los calores del día siguiente con energía y vivacidad.

Rogábamos de que lloviera, por mucho que supiéramos de sobra que jamás llueve en la región de Santiago a lo largo de los meses de enero y febrero. Tal circunstancia hace muy agradable hallarse acá durante este período: es fácil planificar de antemano todo tipo de eventos al aire libre, organizar una vida cuyo ritmo regular llega incluso a aburrirnos. Lo que siempre fue una bendición ha terminado por ser, sin embargo, una circunstancia que sentimos ahora, con tanto calor inédito y bosques humeantes, casi como si fuera una maldición.

Y, de pronto, sobrevinieron sorpresivamente las lluvias, no en las zonas donde los incendios seguían apareciendo en forma esporádica, sino que en los glaciares de los Andes mismos, y con tal furia que los ríos se han desbordado y aluviones de barro y despojos, han caído sobre valles y poblados, puentes y caminos. Como un diluvio semejante nunca había sucedido en los meses estivales, las procesadoras de agua no estaban preparadas para la emergencia. Esto ha dejado a millones de chilenos sin agua potable en sus hogares y negocios: no hay qué beber, cómo cocinar o lavarse o refrescar las plantas. Frente a los centros de distribución se forman incesantes filas de usuarios con bidones, botellas, receptáculos de todo tipo.

Una plaga: primero, tanto fuego que es imposible respirar; enseguida, tanta agua que es imposible beber.

¬ŅY ahora, qu√©?

Anuncian que muchas playas de Chile deben cerrarse debido a la invasi√≥n de armadas de medusas azules, las temibles ‚Äúfragatas portuguesas‚ÄĚ. Y se nos cuenta que la fisura gigante de Larsen ha crecido exageradamente en la Ant√°rtida, aumentando la probabilidad de que se desprenda un iceberg de miles de kil√≥metros cuadrados y se desplome en el mar, un pedazo tan colosal de hielo que, a medida que se vaya derritiendo, habr√° de transformar la ecolog√≠a y nivel de los oc√©anos. Y Chile, era que no, en vista de la contig√ľidad con la Ant√°rtida (cuya soberan√≠a comparte con otras naciones), ser√° una de las primeras v√≠ctimas.

Lo √ļnico auspicioso que se puede decir acerca de esta situaci√≥n ruinosa es que este pa√≠s no ha cerrado sus ojos ante lo que se cierne sobre nuestros campos, bosques, agua, costa. Todos los habitantes ‚Äďy me refiero a todos, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha‚Äď comprenden que en este √ļltimo conf√≠n del mundo estamos presenciando una hecatombe de proporciones √©picas que presagia el fin irremediable de ese mundo tal como nuestra especie lo ha conocido desde su surgimiento, y que todos debemos emprender algo igualmente √©pico, una haza√Īa desmesurada,si queremos cambiar nuestro destino antes de que sea demasiado tarde.

Pero tambi√©n entendemos que somos un pa√≠s peque√Īo, y que esa transformaci√≥n primordial depende sobre todo de otros actores internacionales. Ser√°n otros quienes determinen, en forma global, nuestro futuro.

Lo que es, entonces, de veras intolerable, mientras rugen los incendios, y la lluvia cae a torrentes en la √©poca del a√Īo cuando no deber√≠a caer una gota, y los r√≠os se abruman de barro y la Ant√°rtida se hace pedazos, lo que me enfurece y desespera es que justo en este momento aciago en la historia natural de Chile, justo ahora estoy forzado a contemplar c√≥mo el gobierno de los remotos Estados Unidos, ese pa√≠s donde con mi mujer vivimos la mayor parte del a√Īo, est√° a punto de ¬†cortar los recursos y anular las regulaciones ecol√≥gicas que, aunque insuficientes, constitu√≠an pasos progresistas necesarios para garantizar un porvenir m√°s limpio y sano.

Y, estando a punto de retornar a nuestro hogar en los Estados Unidos, nuestros amigos y familiares ac√° en Chile, nos preguntan, una y otra vez: ¬ŅAcaso puede ser cierto? ¬ŅPuede ser cierto que Trump est√© preso de una estupidez tan suicida como para negar que exista el cambio clim√°tico, tan demente como para instalar como su zar del medio ambiente a un enemigo de la madre tierra? ¬ŅPuede encontrarse tan encandilado por la avaricia ciega de la industria de la extracci√≥n energ√©tica, tan ignorante de la ciencia, tan monumentalmente altanero, que no se da cuenta que nos estamos acercando, que √©l nos est√° acercando, al apocalipsis? ¬ŅPuede ser cierto?, preguntan y vuelven a preguntar, at√≥nitos.

Y la respuesta, para nuestro infortunio, es que sí, que es, tristemente, más que cierto.

* El √ļltimo libro de Ariel Dorfman, autor de La Muerte y la Doncella, es la novela Allegro. Publicado en P√°gina12

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