Oct 23 2012
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Película de la semana

Ecuador: Islas Galápagos

RW
En junio de este año de 2012 murió en una de las islas del archipiélago George (lonely George, el solitario George), la última sobreviviente de las gigantescas tortugas a las que deben Las Galápagos su nombre y su fama. El animal humano no es ajeno a la desaparición de las (o los) Chelonoidis Abingdon. Este documental se filmó antes de ese hecho, no es triste.

 

Los 47 minutos y algunos segundos de Ecuador: Islas Galápagos constituye un recorrido por la historia de las islas desde los tiempos del incanato hasta nuestros días. Una pretensión que cumple por demás cabalmente merced a una cámara ágil y una dirección que no se distrae ni va a la caza del detalle paisajístico, sino que se concentra en el relato y ekl entorno sorprendente por su historia y su rareza única en el planeta.

 

En sus alrededor de 30 millones de años desde que emergieron de la mar océano las islas escriben una historia de soledades y riquezas naturales únicas en el planeta; en ellas Darwin terminó de redondear su teoría de la evolución de las especies hacia 1835.

 

Pero no fue el Beagle la primera nave en anclar allí; probablemente se haya maravillado antes de ellas fray Tomás de Berlanga —allá por 1535—, y la tripulación del primer barco europeo en avistarlas en la

inmensidad del Mar del Sur bautizado por Gamboa. En honor a la verdad, empero, fueron navegantes del Tawantinsuyo los primeros en explorarlas

 

Recién en 1570 Ortelius y Mercator las incluyeron en el mapamundi a las insulae de galopegos (tortugas), los ascendientes del pobre George cuyos contemporáneos fueron arrasados por el hambre de los perros llevados a las islas, la caza “deportiva” y la destrucción de sus huevos.

 

Casi 200 años después de situadas en el mapa, en 1790, el español Alejandro Malaspina conduce las primeras observaciones científicas en el territorio; sus registros no fueron publicados. Hubo que esperar casi cuatro años más para que un inglés —de la Royal Navy, mercader y tratante de cueros—, James Colnett, describiera la flora y comunicara sobre la extraña y única fauna allí existente.

 

Como buen inglés encontró, más que un desafío para la ciencia, una oportunidad para los negocios: las islas eran un buen atracadero para los cazadores de ballenas. Y así como hasta el siglo XVIII y entrado el XIX los piratas europeos se abastecieron de agua dulce y carne en Las Galápagos, los balleneros del Pacífico iniciaron en serio la depredación de los parientes de George —que daban buen aceite.

 

La anexión de las islas por Ecuador en 1833 no mejoró las cosas de inmediato, aunque sí se logró con el tiempo detener la brutal matanza. En 1979 la UNESCO declaró a las Islas Galápagos Patrimonio Natural de la Humanidad y, seis años más tarde, Reserva de la Biosfera. Su frágil estructura mantuvo al archipiélago hasta 2010 en el listado de área de riesgo para las especies que lo habitan y, por tanto, protegida por las Naciones Unidas.
No ha mucho un pavoroso incendio volvió a encender las alarmas.

 

Mucho se perdió con el paso de los años, el riesgo todavía está presente en la forma de hordas de turistas ávidos por lo nuevo, a los que da lo mismo fotografiarse cerca de un pingüino o un mamífero adentrado en la mar, pertubar a un pájaro que no existe sino allí o, más al sur, romper los hielos milenarios de los fiordos patagónicos para echar una “piedra” en el “high ball”.

 

El documental lo encuentra aquí

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