May 7 2015
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Participación ciudadana

Varas de medir el exterminio de un pueblo: genocidio, limpieza étnica, progromo…

A un siglo del genocidio armenio, este término, genocidio, que tan a la ligera se menciona en conversaciones y medios de comunicación, tiene unas  características que lo diferencian de otras varas de medir asesinatos multitudinarios tales como pogromos, masacres, terrorismo de estado, limpiezas étnicas, crímenes de guerra o crímenes en masa.

Es posible que el horror y la muerte a gran escala hayan acompañado al ser humano desde el alba de los tiempos pero hay que reconocer que desde que a la sociedad humana le dio por afrontar empresas de conquista y por ejercer el proselitismo político o religioso, entre otros factores, la muerte violenta del prójimo se nos ha ido de las manos.
El genocidio tiene unos antecedentes lejanos y otros inmediatos. Entre los primeros cabría destacar la colonización americana por parte de las monarquías ibéricas. Los encomenderos y sus afanes auríferos causaron una mortandad sin precedentes entre los indígenas del Nuevo Mundo, aunque el “choque microbiano” ayudara a la desaparición de poblaciones enteras. Las denuncias de Bartolomé de Las Casas (1474-1566) reflejan esta suerte de daño colateral que segó la vida de un número indeterminado de pobladores americanos que algunos autores cifran en docenas de millones. El antropólogo francés Pierre Clastres en su obra “La sociedad contra el Estado” sostiene que un cuarto de la humanidad pereció en la Conquista.
Sólo unos años más tarde, entre 1587 y 1610, en un proceso inverso ocurrido al otro lado del mundo, los cristianos del Japón adoctrinados por jesuitas españoles y portugueses fueron cazados con saña. Las crónicas cifran en 290.000 los muertos.
Los ejemplos de matanzas a gran escala menudean en la antigüedad. La toma de Cartago por los romanos, la conquista de Persia por la caballería mogola…

Los antecedentes cercanos del genocidio fueron dispares y en apariencia inconexos: la mecanización, la burocracia como forma de organización social, la ciencia y el colonialismo. El siglo XIX fue testigo del imperialismo europeo en África y Asia. La tecnología puesta al servicio de la guerra se disparó: fusiles de repetición, ametralladoras, balas explosivas etc. Un ejemplo, en la batalla de Omdurman (1898), al sur de Sudán, se enfrentaron tropas anglo egipcias y los seguidores del Mahdi, un derviche mesiánico a esas alturas fallecido, y que ya había hecho morder el polvo a los británicos en Jartum decapitando a su comandante en jefe George Gordon y clavando su cabeza en una pica.
En Omdurman unos 11.000 guerreros sudaneses cayeron bajo las balas frente a las 49 bajas reconocidas por los británicos. Entre los testigos del famoso choque estaba Winston Churchill por aquel entonces un periodista a sueldo del diario “The Morning Post”. En su crónica, el futuro Primer Ministro, utiliza metáforas propias de un periodista deportivo calificando la batalla como “un juego espléndido”. Por cierto, que el general expedicionario británico Lord Kitchener se negó desde un primer momento a que Churchill acompañara a sus tropas calificándolo de “mequetrefe ansioso de publicidad y medallas”. Kitchener, el restaurador del orgullo británico, demostró que era un oficial indiferente a la corrección política. Tras la batalla, profanó la tumba del Mahdi, mandó arrojar sus huesos al Nilo y conservó el cráneo, del que algunas fuentes afirman que convirtió en tintero. Quizás Churchill tuvo este detalle en mente cuando hablando de Kitchener sentenció: “Podrá ser un general pero nunca llegará a caballero”.

Los estragos del colonialismo se extendieron por buena parte del globo dejando a sus espaldas un rastro de destrucción nunca antes vista.  Una destrucción que, como una sombra maligna, proyectaba hacia el futuro su ruina. El Estado Libre del Congo (1885-1906) fue una creación personal del rey de los belgas Leopoldo II quien, ocultando su criminal ambición bajo el pretexto de la lucha contra el tráfico de esclavos, logró amasar en tiempo récord una de las mayores fortunas de Europa. La mente criminal, maquiavélica y al tiempo creativa, inteligente y culta del soberano logró esquilmar una porción de África del tamaño de media Europa al precio de varios millones de muertos. Fue en esos años cuando un joven Joseph Conrad remontó el río Congo a bordo de un vapor de bandera belga dedicado al intercambio y al abastecimiento de las factorías comerciales ribereñas. Las atrocidades de las que fue testigo le trastornaron profundamente y en 1899 publicó “El corazón de las tinieblas”, un clásico del horror literario desde la óptica de un testigo directo de las “humanitarias” iniciativas de Leopoldo II.
Tras el mandato directo del monarca belga la situación del Congo belga apenas mejoró. Cuando en 1960 los europeos regresaron a la metrópoli el Congo apenas contaba con un puñado de profesionales capaces de hacerse cargo de la administración del país. La guerra civil y la rapiña fueron su destino obligado. Y en ello continuaron, si tenemos en cuenta que la funesta idea de dividir, con sus carnés acreditativos correspondientes, a hutus y tutsis fue una iniciativa de la colonización belga.
Por supuesto que las ideas racistas e imperialistas no eran solo un delirio de colonos ambiciosos y enfebrecidos. En las principales capitales europeas contaban con su correspondiente aval firmado por los científicos, pensadores y literatos más prestigiosos del momento. El darwinismo social de Herbert Spencer se complementaba a la perfección con el “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” de Gobineau, y todo ello arrojaba nueva luz a las interpretaciones que Cesare Lombroso hacía sobre la psique de los desviados sociales y los criminales. La cosificación del individuo ajeno a la cultura occidental funcionó a la perfección. Se hablaba con datos “científicos” de la barbarie ancestral de los negros, de su voracidad sexual, de su olor profundo y animal, de su anarquía salvaje. Sin embargo, el factor que contribuyó decisivamente a la bestialización de Europa fue el estallido de la I Guerra Mundial. De un día para otro las atrocidades sin nombre podían ser vistas desde la ventana, no eran sucedidos más o menos pintorescos que tenían lugar bajo un cielo con nubes de tormenta en la línea del Ecuador. Los 23 millones de muertos que costó la contienda rompieron el alma europea en mil pedazos y sentaron las bases para, en unos casos, el desarrollo, y en otros, la afirmación del bolchevismo, el nazismo y el fascismo. El genocidio estaba a las puertas.

ARMENIOSarmenia genocidio7
Cronológicamente el primer genocidio del siglo XX es el armenio, que coincide en el tiempo con la I Guerra Mundial en Europa.
Las matanzas organizadas de armenios y otras minorías étnicas en Turquía, sobre todo griegos y cristianos sirios, se ubican dentro de una situación política caótica en la que el Imperio otomano se desmorona, y en la que el resto de potencias europeas trata de obtener ventajas económicas y territoriales. El genocidio armenio se conmemora oficialmente el 24 de abril, fecha en la que remontándose a 1915 se recuerda el arresto y posterior ejecución de seiscientos notables armenios en Estambul. En realidad esta fecha no es el inicio de nada sino un capítulo más en un proceso que había comenzado un par de decenios antes, y que culminaría con la deportación masiva de los armenios de Anatolia hacia los desiertos sirios. En el desalojo de los pueblos y en esas agónicas marchas morirían asesinados o por inanición y enfermedad una cantidad indeterminada de armenios que oscila entre los cientos de miles y el millón y medio de refugiados.
Las raíces de la tragedia son hondas, y se remontan a la propia estructura étnico cultural del Imperio otomano, un conglomerado de lenguas, pueblos y religiones. Los turcos eran el pueblo mayoritario, firmemente asentados en Anatolia y en los puntos estratégicos de un imperio que se extendía desde el Danubio a Irak, y de Yemen al norte de África. De origen turco era también la dinastía reinante, osmanlí, y la procedencia de la mayoría de los cuadros de la administración y el ejército. Sin embargo, y a pesar de su dominio demográfico, incluso en Anatolia, los turcos representaban poco más del 55% de la población. El resto lo conformaban populosas minorías de armenios, griegos, judíos, kurdos y árabes musulmanes. Hasta mediados del siglo XIX la convivencia fue relativamente pacífica entre todos estos colectivos, pero el estallido independentista en los Balcanes, donde los turcos eran minoría, determinó paralelamente el empeoramiento del destino de las minorías en Anatolia. Contingentes de turcos huidos de los Balcanes se instalaron en la meseta turca desplazando con su empuje a los otros pueblos allí instalados. Los armenios, conscientes de que el realojo de los musulmanes turcos expulsados alteraba el frágil equilibrio poblacional y sus esperanzas de mejora y autonomía, se alzaron contra esa decisión. Fue el principio del fin.
Cristianos y judíos, los reiyeh, “manada” o “rebaño” contaban con un cierto respeto institucional en tanto que eran religiones monoteístas. A cambio soportaban la carga principal de los tributos y se hallaban exentos del servicio militar. A finales del XIX la supervivencia del Imperio otomano se veía comprometida por su carácter medieval alejado de la transformación vertiginosa que sucedía en los estados europeos occidentales. Su endeudamiento progresivo y su decadencia, condujeron a Rusia, Francia e Inglaterra a alentar las reivindicaciones de las minorías del imperio. Sobre el papel, para proteger los derechos de los cristianos sometidos, pero en la práctica, con la vista puesta en los desguarnecidos territorios otomanos, garantía de las fabulosas deudas contraídas por Estambul ante la banca europea. El colonialismo del Viejo Continente puso sus ojos en el llamado “hombre enfermo de Europa” e incluso España trató de hacer extensivo el sistema de protección consular al colectivo de judíos sefarditas instalado en Turquía. El ambiente se tornó explosivo.
En este contexto tuvieron lugar las primeras matanzas de armenios, conocidas como masacres hamidianas (1894-96), así llamadas por ocurrir bajo el reinado del sultán Abdul Hamid II. El 30 de septiembre de 1895 el partido pro armenio Henchakian organizó una manifestación en Estambul. Se buscaba atraer la atención de los delegados internacionales sobre la comprometida situación de los armenios en la Anatolia oriental. Unas cuatro mil personas se dieron cita en una convocatoria histórica protagonizada por una multitud no musulmana. La policía abrió fuego y la plaza quedó sembrada de cadáveres. No había marcha atrás. Las minorías cristianas, estranguladas por los impuestos, veían como turcos desplazados por la guerra balcánica ocupaban sus tierras y aldeas. A su vez los turcos constataban como los cristianos compraban el derecho a no ser movilizados en las guerras fronterizas, unos conflictos que, de forma indirecta, potenciaban las reivindicaciones cristianas. La leva militar acababa con la supervivencia económica de familias enteras musulmanas que veían cómo los únicos miembros con capacidad de trabajo tenían que servir en la guerra. Como un reguero de pólvora se extendió el sentimiento, la mayor parte de las veces injustificado, de que las minorías no musulmanas del Imperio eran, en realidad, una quinta columna de las potencias europeas agresivas. En Anatolia miles de armenios,  la mayoría ajenos a esta diabólica espiral, fueron masacrados. Bandas de irregulares kurdos armados por Estambul cumplieron con empeño la tarea asignada: extorsionar, saquear, violar, asesinar y destruir las propiedades armenias. Nombres de localidades turcas, Zeitun, Adana, Sasun, Esmirna, Van, Erzurum….. quedaron asociados a las matanzas perpetradas a plena luz del día. Muchas de estas masacres se organizaron los viernes, a la salida de las mezquitas, cuando muftís y ulemas habían legitimado y absuelto por anticipado la violencia de sus fieles.
En 1908 se produjo la Revolución de los Jóvenes Turcos, un intento desesperado por modernizar el país y detener la descomposición territorial otomana. El sultán fue destituido y la medida fue saludada con júbilo por las minorías cristianas en la creencia de que sus reivindicaciones de igualdad serían por fin atendidas. Sin embargo, la magnitud del problema lo hacía insoluble. Las demandas de independencia se hicieron perentorias a la vez y en todas las esquinas del Imperio. Creta, Macedonia, Bulgaria, Armenia, reivindicaciones griegas en Esmirna y Trebisonda…..cuarteaban los centros del poder otomano. La amenaza rusa era creciente en el este y el zar empujaba en el mar Negro con la esperanza de alcanzar el Mediterráneo por los estrechos. En 1914 con la llegada de la Gran Guerra la purulenta herida étnica devino en hemorragia imparable. Turquía, “el hombre enfermo de Europa” se transformó en un lobo acorralado. Y decidió atacar. La suerte de los armenios y del resto de minorías cristianas estaba echada.

holocaustoHOLOCAUSTO JUDÍO

“Los monstruos existen, pero son demasiado poco numerosos para constituir un auténtico peligro. Más peligrosos son los funcionarios dispuestos a creer y actuar sin hacer preguntas”. Primo Levi

Cuando Hitler, ese vegetariano convencido, precursor de la liga antitabaco, acuarelista menor, y adorador de niños y animales, escribió Mein Kampf quizás resonaron en su cerebro viejos ecos de una de sus lecturas favoritas: las novelas de Karl May con el telón de fondo de la expansión norteamericana hacia el lejano y salvaje oeste. En lugar de  pieles rojas colocó a judíos y eslavos y las inabarcables praderas del medio oeste estadounidense fueron sustituidas por las planicies polacas y las feraces tierras de Ucrania, el “espacio vital” hacia el este que la raza aria necesitaba para alcanzar su destino como nación. Las ideas delirantes del vociferador de discursos en atestadas cervecerías necesitaron de importantes apoyos exteriores para ser llevadas a cabo. Las humillaciones del Tratado de Versalles, la salvaje inflación aparejada a la crisis del 29 y la doctrina revanchista fundamentada en la creencia de que Alemania había sido derrotada sin perder ninguna batalla importante en la Gran Guerra propiciaron la búsqueda de un traidor en la retaguardia. Y esa propaganda de trazo grueso caló hondo en la población germana. El genocidio judío, el más acabado ejemplo hasta la fecha, hubiera sido imposible sin la colaboración, a veces entusiasta, de una parte significativa de la población civil alemana y de muchos países ocupados. Fue necesario el concurso de muchos factores diferentes para acabar con la vida de más de cinco millones de judíos europeos entre 1941-45.
En primer lugar funcionó perfectamente una industria de la delación, un complejo engranaje alguno de cuyos dientes estaba formados por gente anónima y corriente. Hoy día, y a un nivel muy superior de implicación y conocimiento, hay acuerdo entre los especialistas en calcular entre doscientos y doscientos cincuenta mil el número de alemanes y austriacos  directamente implicados en el genocidio. Funcionarios civiles, miembros del partido nazi, policías y militares, transportistas, ferroviarios, empresarios…….Aquí el genocida tipo no es el de un asesino con los ojos inyectados en sangre. Haciendo una media pudiera hablarse de un joven universitario, políticamente radicalizado y que pertenecía por nacimiento a la generación nacida entre 1903 y 1915: los hijos de la guerra, la “kriegsjugendgeneration”, venidos al mundo en el seno de clases medias en ascenso, con estudios universitarios, dos de cada tres, y algunos de ellos, uno de cada tres, con estudios de doctorado generalmente en derecho o economía. Los campus universitarios fueron el baluarte de la cultura nacionalista y de oposición a la desfalleciente y democrática República de Weimar. Sus alumnos, feroces partidarios del darwinismo social, leían con entusiasmo las doctrinas del súper hombre de Nietzche  o “La decadencia de Occidente” de Oswald Spengler y, con el tiempo,  rechazaron por poco “científico” el feroz antisemitismo de húngaros, rumanos y cosacos. Nada de pogromos ni matanzas indiscriminadas realizadas a impulsos de fiestas populares y con el ánimo inflamado por el vodka. Se trataba de ser metódico, de buscar una solución eficaz y, en la medida de lo posible, económica al problema racial.
El 20 de enero de 1942, se dieron cita en una lujosa villa a orillas del lago Wannsee, al suroeste de Berlín, un selecto grupo de militares y civiles convocados por el teniente general de las SS Reinhard Heydrich, el mismo que fallecería meses más tarde en Praga por un atentado de la resistencia checa. Allí, en una habitación con chimenea, de techos altos, dotada de amplios ventanales con vistas al jardín y al lago, se reunieron en torno a una mesa rectangular de madera durante 90 minutos. El destino de los millones de judíos europeos que permanecían en territorio ocupado fue sellado. Se dieron por buenos los ya muy específicos planes logísticos, de transporte y exterminio en campos de concentración a la vez que se encargaba a las SS la exclusiva de continuar con la tarea emprendida, y llevar a término el genocidio propuesto. Hubo una pequeña discrepancia a la hora de fijar el destino de las parejas mixtas. Heydrich era partidario de ejecutarlos a todos por igual, pero al final prevaleció la idea de exterminar primero a los específicamente judíos.
El genocidio judío fue el primero que pretendió exterminar a un grupo humano en su totalidad, incluidos los niños. Es por eso que prácticas de terrorismo de estado como los desaparecidos en las dictaduras del cono sur americano no tienen cabida en esta interpretación del genocidio. Algunos de los recién nacidos en Chile o Argentina, cuyos madres estaban secuestradas por los militares, eran  regalados a familias afectas al régimen. No llevaban aparejado un estigma de nacimiento que los condenase a muerte. Incluso en las deportaciones armenias algunos niños fueron acogidos por familias kurdas o turcas. Es más, los armenios que vivían en la Jerusalén bajo dominio otomano fueron equiparados a los árabes y no se les molestó. Por contra el genocidio judío es el genocidio total.

EL HOLODOMOR UCRANIANO
Cuando Boris Pasternak, autor de Doctor Zhivago, recorrió, invitado por el Partido Comunista, las devastadas aldeas ucranianas sometidas a la colectivización forzosa, describió su visita con los términos: “miseria inimaginable, terrible desastre, actos inhumanos”. Según su propio testimonio, abrumado por la experiencia, cayó enfermo y durante un año no pudo escribir nada.
No era la primera vez que las feraces tierras regadas por el Volga, el Don y el Dnieper, se enfrentaban a una hambruna de proporciones bíblicas. En la década anterior, entre los años 1921-22, una sequía catastrófica, una guerra civil internacionalizada con inciertas fronteras, el comunismo de guerra que las enfrentaba y los inicios de la colectivización, se combinaron con resultados pavorosos. Para Stalin, Ucrania representaba un problema con diferentes aristas. De un lado, su tendencia nacionalista encajaba mal en la obligada homogeneización de las diferentes repúblicas soviéticas sometidas a Moscú. De otro, sus habitantes, mayoritariamente campesinos propietarios estaban aferrados a la tierra, eran contrarios a la colectivización y constituían parte importante del rebaño sobre el que pastoreaba la Iglesia Ortodoxa rusa, un puntal sobre el que se apoyó el derrocado régimen zarista.
El triunfo de la revolución bolchevique puso también en el punto de mira a los terratenientes conocidos como kulaks. Los términos que definían a esta clase fueron haciéndose porosos, y de ser sinónimo de prestamistas y grandes propietarios pasaron  a ser calificados como kulaks aquellos que vendían grano en el mercado, los que tenían un par de samovares en casa o simplemente los que se oponían a la colectivización. Stalin impuso un concepto nuevo, la deskulakización, paso previo a la colectivización agraria en forma de koljós. En palabras del periodista oficial del Partido y superviviente a todas las purgas Iliá Ehrenburg: “individualmente ninguno de ellos era culpable de nada, pero pertenecían a una clase culpable de todo”. La mayoría de campesinos se opuso frontalmente a la entrega de sus tierras. Escondieron las cosechas y sacrificaron por millones sus cabañas ganaderas.
Cuando el Partido Comunista ucraniano se permitió interpretar a la baja las órdenes dictadas desde Moscú con exigencias de requisa, fusilamiento y deportación se envió al Ejército Rojo. El resultado fue catastrófico y la hambruna, los pelotones de fusilamiento, las enfermedades y las deportaciones transformaron el campo en un desierto y los pueblos en aldeas fantasma. Muchos campesinos se escondieron y otros, a pesar de estar privados de pasaporte, optaron por iniciar un éxodo clandestino hacia los arrabales de las grandes ciudades. Lo que tradicionalmente había sido considerado como el granero del Imperio ruso quedó convertido en un erial. La colectivización del campo fue solo el inicio del desastre.  La Gran Hambruna acechaba.
“Holodomor” es la palabra ucraniana que designa el genocidio por hambre que tuvo lugar en esta ex república soviética entre 1932-33. Es necesario puntualizar que la colectivización y la deskulakización ya se habían asentado  en el campo ucraniano cuando comenzó la Gran Hambruna de 1932. Las cosechas, con sus variaciones,  no fueron malas en esos años. Lo que desencadenó la hambruna fue el mantenimiento por parte de las autoridades soviéticas de cuotas crecientes de requisa en cada recolección. De las casas se requisó el trigo, pero también cualquier tipo de alimento, semillas y animales domésticos. Cualquier intento de resistencia u ocultación era reprimido salvajemente por parte de comisarios políticos y activistas komsomoles. De nuevo la administración justificó con leyes la situación. En agosto de 1932 se publicó la conocida como “ley de las espigas” que declaraba el trigo no segado como propiedad del Estado y que condenaba a muerte a quien lo tocase. Un nuevo decreto prohibió la venta de pan a los ambulantes recién llegados a las ciudades. La milicia y el GPU hicieron redadas en sus accesos, encerraron y dejaron agonizar en rediles y trenes a los desgraciados capturados. Se prohibió a los koljoses la distribución de alimentos mientras no se alcanzaran las cuotas determinadas. Mientras el tifus se extendía por el campo ucraniano, y aparecían casos de canibalismo, la URSS exportaba trigo a precios más bajos que el costo de producción. Este dato lleva a muchos historiadores a defender la idea de genocidio basándose en que la hambruna fue creada artificialmente, con el objetivo de aniquilar la pujante nacionalidad ucraniana.
Otras nacionalidades de la URSS estuvieron también en el punto de mira y fueron  sometidas a deportaciones masivas. A la inquina de Stalin por los campesinos, considerados proclives a una conducta socialista desviada y nacionalista a causa de su apego al terruño y a las costumbres tradicionales, se unía la fragilidad de las fronteras soviéticas en las que habitaban. De esta forma, millones de personas fueron reubicadas en la vasta geografía del país. Bálticos, polacos, chechenos del Cáucaso, alemanes del Volga,  tártaros de Crimea, coreanos, fineses, fueron deportados en condiciones atroces, a menudo en pleno invierno y reinstalados a miles de kilómetros de sus hogares.  A los kalmukos, pueblo que practicaba el nomadismo en sus estepas, se les deportó y sedentarizó en desolados campos de trabajo al norte de los Urales. La mortandad durante el traslado y en el primer año de adaptación redujo drásticamente su población. A pesar de todo, estas prácticas de limpieza étnica no pueden identificarse plenamente con el genocidio. Parece dudoso que la URSS tuviese como finalidad la destrucción total de sus minorías étnicas, más bien buscaban un desarraigo que facilitase la “reeducación” de los que por tradición y forma de vida no eran considerados como pertenecientes al “nuevo orden” soviético. Y desde luego, al Estado soviético nunca le importó el precio a pagar, aunque la URSS, como Estado, nunca creó un Treblinka ni un Auschwitz dentro de sus fronteras.

KAMPUCHEA DEMOCRÁTICA

En 2001, el gobierno islamista talibán decidió volar los budas gigantes de Bamiyan (Afganistán) continuando  una tradición iconoclasta que ha llegado hasta nuestros días con la destrucción en Mosul (Irak) de estatuas asirias y sumerias a manos de milicianos islámicos. La destrucción de los testimonios históricos o la quema de libros son señales que delatan la posible implantación de políticas conducentes al genocidio. Cuando en abril de 1975 el Khmer rojo entró en Phnom Penh, capital de Camboya, una de sus primeras acciones, tras decapitar al dirigente republicano Long Doret y arrojar a centenares de oficiales y sus familias al vacío, fue quemar los libros de la biblioteca central y arrasar el edificio hasta sus cimientos. En realidad nada nuevo. Decenios antes los nazis ya habían hecho arder en la plaza que se extiende frente a la Universidad Humboldt de Berlín una pira con miles de libros y Heinrich Heine ya había advertido en fecha tan temprana como 1817 que “ahí donde se queman libros se terminan quemando personas”. En la Kampuchea Democrática pareja suerte a la de los volúmenes calcinados corrieron muchas de las pagodas diseminadas por el país y una frase de aquellos días ha llegado hasta el presente: “Si machacas una estatua de Buda obtendrás un saco de cemento”. Sin embargo, el genocidio camboyano sí tuvo un componente novedoso. Las víctimas de la locura asesina del régimen de Pol Pot eran los propios camboyanos algo que ha llevado a algunos estudiosos a hablar de “autogenocidio”. Entre el veinte y el treinta por ciento de la población total del país murió durante esos años. Buena parte de ellos, urbanitas deportados al campo para su reeducación junto con casi todos los que desempeñaban un oficio más o menos intelectual. Saber idiomas, tener gafas, carecer de callos en las manos se convirtió en una condena a muerte. De los 550 magistrados con que contaba el país en 1975 llegaron vivos cuatro a 1979. Parecida suerte corrieron médicos, licenciados y monjes budistas. El Angkar (la organización) consideraba que “tres montañas” debían de ser aplanadas: imperialismo, feudalismo y capitalismo. Prácticamente cualquier ser humano podía ser englobado en una de ellas, y por tanto su condena a muerte estaba justificada.
En la Kampuchea democrática triunfó el culto a la ignorancia de una forma sin precedentes. El poder fue ejercido por los más jóvenes y por los marginados sociales. Los niños tuvieron un papel muy activo como delatores y acusadores, entre otros, de sus propias familias. El abanico de edad que va de los 14 a los 20 años proporcionó al Angkar buena parte de su base social. Las consecuencias fueron pavorosas para una nación que hacía ya mucho tiempo se había transformado en una sociedad compleja.
El núcleo duro del Angkar, impulsor del genocidio, fue siempre un misterio para los camboyanos. Los “grandes hermanos” nunca fueron más de tres docenas de individuos, muy homogéneos en cuanto a trayectoria vital y posición social. El secretismo y el misterio que les rodeaba podía deberse a que  debían ocultar sus orígenes. En el fondo eran aquello que condenaban: intelectuales afrancesados que se habían formado en la metrópoli, y que se habían casado con chicas tan acomodadas como ellos. Sus coqueteos con el comunismo tuvieron lugar con motivo de sus viajes de estudio y formación en Francia.
A esta regla solo escapaba Ta Mok, campesino de origen, aunque su familia podía ser considerada como terrateniente, y que era indistintamente conocido como “Hermano número cinco” o “El carnicero”. El resto eran universitarios de formación y casi todos ejercieron como profesores. Khieu Samphan en la facultad de Ciencias Económicas, Son Sen dirigiendo un instituto pedagógico y Pol Pot, el “hermano número uno”, enseñando literatura francesa en una academia. Un acontecimiento, al margen de su pasado, primero como estudiantes modelo y luego en ambientes bohemio-burgueses-comunistas, les marcó profundamente: la Revolución Cultural china y las teorías maoístas de revolución permanente y de acceso al poder de los desclasados. “El Gran Salto Adelante”. Siguiendo el modelo chino, alcohólicos, traficantes, vagabundos y delincuentes fueron aupados a responsabilidades en la organización. El tratamiento parece que hizo efecto ya que muchos de ellos se convirtieron en celosos y abstemios guardianes del nuevo régimen.  La extrema juventud se convirtió también en un valor seguro. De los 166 guardianes del S-21, el Tuol Sleng, el centro de detención y tortura ubicado en un antiguo liceo del centro de Phnom Penh, solo 25 alcanzaban los 21 años. El director de este centro de interrogación, Douch, y su adjunto, Chan, fueron, cómo no, dos profesores, colegas en el instituto de Kompong Thom antes de convertir este liceo de Phnom Penh en el centro donde ingresaban y desaparecían la mayor parte de los profesionales liberales de la capital de Camboya. Entre ambos y con el auxilio de sus jóvenes acólitos interrogaron y torturaron a 17.000 personas. Sobrevivieron siete.
Visitar el S-21, hoy convertido en museo del genocidio, es asomarse al abismo desde el que se atisba la transformación del ser humano en alimaña. Cuando el ejército vietnamita liberó Phnom Penh el 7 de enero de 1979 sus mandos decidieron dejar el S-21 tal y como lo encontraron. A diferencia de Auschwitz-Birkenau, también museo del genocidio, el Tuol Sleng es un espacio casi en blanco, las aulas convertidas en salas de tortura, las ventanas sustituidas por alambre de espino, los somieres de hierro a los que se encadenaba a las víctimas en mitad del despacho del director. Lo que espanta no es lo que se ve, sino lo que se intuye. Esas enormes manchas parduzcas bajo los somieres, las salpicaduras en las paredes…..las fotografías de algunos condenados en la que se repiten dos instantáneas: la primera vivo,  los ojos vidriosos, una mueca en los labios, segundos antes de la ejecución; la siguiente muerto. Algunos genocidios han tenido obsesión por documentar administrativamente sus matanzas, entre ellos Auschwitz, un museo del horror y el Tuol Sleng, el horror mismo.
La mayor parte de los asesinados en esos años lo fueron por inanición, enfermedades y agotamiento en los campos de trabajo y en las granjas de reeducación. Comparativamente se fusilaba poco, debido a que la munición era un bien precioso. Muchas de las ejecuciones se ultimaron golpeando la nuca de la víctima con el revés de una azada tal y como demuestran los miles de cráneos exhumados en los campos de la muerte.
Sin haber conocido un juicio independiente Saloth Sar, alias Pol Pot, el “hermano número uno”, el hombre seductor, de maneras exquisitas y voz suave, murió de viejo a los 73 años, en una cabaña a dos kilómetros de la frontera tailandesa. Fue incinerado el 18 de abril de 1998 por sus fieles, junto a su silla favorita, su colchón y su bastón. A pesar de que fue tapado con una manta, y de que en su regazo se colocaron flores, la combustión se animó con neumáticos viejos. Una espiral de humo pegajoso, pestilente y negro fue la última señal que Pol Pot dejó en Camboya.

RUANDA
“Matar tutsis era una tradición en la Ruanda poscolonial; unía al pueblo”
Philip Gourevitch “Historias de Ruanda”

John Hanning Speke (1827-1864) ha pasado a la posteridad como el descubridor de las fuentes del Nilo. Según Edward Rice, biógrafo de Richard Francis Burton, su compañero de exploración en África Oriental, Speke era un hombre timorato, constreñido por una moral victoriana (se refería a los pantalones como “innombrables”) y un sádico que gustaba de comerse los fetos de los mamíferos hembra que cazaba ex profeso. Fue también el autor de una teoría peregrina que con el tiempo acabaría degenerando en un antecedente del genocidio tutsi. Según su interpretación los seres humanos espigados y de rasgos faciales finos con que se había topado en sus exploraciones próximas al lago Victoria eran descendientes del bíblico rey David. Nómadas orgullosos, pastoreaban sus rebaños y constituían una aristocracia natural frente a los “negros bantúes”, más fornidos, con labios y narices gruesos y que se ocupaban de labrar y arar la tierra.
Esta distinción fue legitimada, años más tarde, por los colonizadores belgas quienes se sirvieron de los tutsis para satisfacer sus necesidades de administración indirecta. En la década de los treinta del siglo pasado los belgas procedieron a fijar administrativamente esas diferencias y en los carnés de identidad quedó fijada la condición racial de su propietario. Muchas clasificaciones fueron aleatorias: la familia que tenía a su cargo más de diez cabezas de ganado era clasificada como tutsi. De esta forma pasaron a ser cuantificados como el 15% de la población ruandesa.
La propia metrópoli, Bélgica, era un país en el que convivían, no sin tensiones, dos tradiciones culturales diferenciadas: flamencos de habla neerlandesa y valones de expresión francesa. A partir de los años sesenta y en el contexto de la próxima independencia de Ruanda, Bélgica cambió su política tradicional y pasó a impulsar la cultura y las aspiraciones hutus. El cambio fue alentado por la iglesia católica flamenca, que se sentía, a su vez, discriminada en su país de origen. Solo era cuestión de tiempo que la olla a presión estallara.
Con las primeras matanzas de la década de los sesenta miles de tutsis cruzaron la frontera y se instalaron en Uganda. Allí fundaron el FPR, Frente Patriótico Ruandés, relegaron su francofonía, aprendieron inglés, y ayudaron a derrocar al dictador Idi Amín Dadá. A finales de los ochenta comenzaron el camino de vuelta, y se infiltraron en las colinas ruandesas. En 1990 lanzaron una ofensiva militar en toda regla sobre el país de las mil colinas que fue detenida por el gobierno del líder hutu moderado Juvénal Habyarimana. La ofensiva y la actividad guerrillera tutsi generaron una tensión sin precedentes en Ruanda. Con posterioridad Habyarimana, un líder pragmático, negoció unos complejos acuerdos de paz en Arusha (Tanzania) que incluían el derecho al retorno de los tutsis a Ruanda y su integración en la administración y el ejército nacionales entre otras medidas. El 6 de abril de 1994 al regreso de una ronda negociadora el avión presidencial, un Mystère Falcon 50 regalo de la República francesa, fue derribado por un misil sobre el aeropuerto de Kigali. Fue la señal que esperaba el genocidio.
Lo que menos importó fue quién había matado al presidente. En un primer momento se echó la culpa a los belgas, también a mercenarios franceses y a los hutus radicales, temerosos de un acuerdo que facilitara el regreso a Ruanda de sus enemigos tradicionales. Con el tiempo hubo una cierta unanimidad en culpar al líder del FPR, actual presidente de la república ruandesa, Paul Kagame, del magnicidio. El mismo día del derribo del avión presidencial la emisora gubernamental radio Mil Colinas comenzó una programación especial de 24 horas en la que más que incitar ordenaba a sus oyentes tomar las armas frente a los tutsis. Su mensaje era claro: si los tutsis nos invaden desde Ruanda y asesinan a nuestro presidente nosotros debemos asesinar a la quinta columna que habita entre nosotros y a los hutus moderados que la amparan. Por supuesto la radio no actuaba motu propio. Era el altavoz de un grupo compacto de no más de sesenta individuos encabezados por el ex primer ministro hutu Jean Kambanda, y del que formaban parte la mayor parte del gobierno y de los oficiales superiores del ejército. Las milicias interahamwe (los que trabajan juntos) decidieron convertir en hechos las envenenadas proclamas radiofónicas. Esta es una de las características distintivas del genocidio en Ruanda. La alta participación, de buen grado o por coacción, de la población hutu. Los que trabajan juntos lo hacen en grupo, sumidos en una histeria asesina favorecida por el alcohol y bien delimitada en el tiempo. Las matanzas empezaban y acababan a la misma hora, un horario de oficina para acabar con el prójimo.
El otro factor distintivo es que a pesar de que el genocidio es, por definición, un fenómeno del siglo XX, en Ruanda se llevó a cabo con machetes y martillos. Ninguna logística y nada de Zyklon B colándose por unas duchas impostadas. Después de que los norteamericanos arrojaran las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki las matanzas más efectivas del siglo fueron realizadas a golpes de machete; un mínimo de ochocientos mil muertos en cien días. Casi todos cazados en lugares donde las víctimas se habían reunido esperando protección: campos de fútbol, escuelas e iglesias.
Para la historia universal de la infamia queda un nombre, el de Pauline Nyiramasuhuko, ministra de familia y promoción femenina desde 1992. Esta licenciada en derecho tenía 48 años cuando comenzó el genocidio. Fue la encargada de acelerarlo en su región natal de Butare donde las matanzas no parecían progresar adecuadamente. Bajo sus órdenes directas se creó una brigada de violadores integrada por los infectados de Sida que convalecían en los hospitales ruandeses. La violación pública y sistemática de las mujeres tutsis se convirtió en un ritual del exterminio. Se buscaba aniquilar a las procreadoras. El 70% de las tutsis violadas contrajeron la enfermedad. Pauline Nyiramasuhuko fue la primera mujer en ser acusada ante un Tribunal Penal Internacional de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra.

Con sus similitudes y diferencias, con la complejidad de su clasificación, los genocidios aquí escogidos y bosquejados comparten una misma característica: todos fueron perpetrados ante la indiferencia más absoluta de la comunidad internacional o, en el mejor de los casos, ante una tibia actitud de no intervención. Quizás los gobiernos occidentales o su opinión pública creyeron que superada la última guerra mundial el genocidio era algo que solo podía suceder en remotos lugares de Asia o África. La guerra de Yugoslavia volvió a traer al corazón de la Europa que se asomaba al siglo XXI prácticas genocidas: refugiados, limpieza étnica, fosas comunes, cuerpos esqueléticos tras alambradas, quema de bibliotecas y destrucción de testimonios culturales.

 BIBLIOGRAFÍA

Bernard Bruneteau “El siglo de los genocidios”.
Adam Hochschild “El fantasma del rey Leopoldo”
Bru Rovira “Áfricas. Cosas que pasan no tan lejos”
J.C. Pereira “Historia de las Relaciones Internacionales Contemporáneas”
Aimé Césaire “Discurso sobre el colonialismo”
Dense Affonço “El infierno de los jemeres rojos”
Philip Gourevitch “Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias. Historias de Ruanda”.
Roy Jenkins “Churchill”.

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1 Comentário

Comentarios

  1. Celso Romano
    11 mayo 2015 20:02

    En realidad, el autor lo que hace es tratar de genocidios menores. Los mayores genocidios de la historia fueron perpetrados por la expansión europea en América, Asía y África. Centenares de millones de seres humanos fueron exterminados o murieron a causa de la esclavitud (en las minas, plantaciones, haciendas). La mayor matanza en Kampuchea (Camboya) la provocaron los bombardeos norteamericanos entre 1970 y 1973 (medio millón de muertos aproximadamenete, según distintas fuentes). A propósito, el número de muertos debido al brutal Pol Pot son menores que las debidas a los bombardeos gringos. Cualquiera que revise las estadísticas demográficas de Camboya durante los años setenta se dará cuenta sin mayor dificultad de que las cifras de víctimas de Pol Pot han sido muy infladas, como si la realidad, según palabras de Noah Chomksky, no fuera ya de por sí sufientemente dramática. Empero, hoy en día nadie habla de los crímenes de Nixos y de Kissenger y sí, en cambio, de los de Pol Pot. ¿Por qué? ¿Los cinco o seis millones de muertos que los imperialistas dejaron en Vietnam y Laos supongo que no califican como genocidio? ¿Y los cuatro millones de congoleños muertos a causa de guerras civiles promovidas y financiadas por las potencias occidentales en años recientes, qué? Por cierto, estas muertes se suman a los 8 millones debidas a las políticas de Leopoldo II de Bélgica, un tipo cuyo nombre no nos provoca los escalofríos de Pol Pot (o de Nixon y Kissenger). Además, luego de la independencia las guerras dejaron en el Congo 1 o 2 millones de muertos adicionales. Pobre país. Otra cosa: ¿es que los nazis solo mataron a seis millones de judíos? ¿Y los gitanos, homosexuales, comunistas, socialistas, los tres millones de prisioneros soviéticos a las que nadie les presta atención? La Unión Soviética perdió 27 millones de seres humanos (supongo que deben se culpa de Stalin). Y los millones de polacos, serbios, griegos… ¿Y los millones de personas que mueren todos los años por enfermedades o causas percfectamente evitables? Vivimos en un sistema genocida y exterminador. Es algo muy evidente pero muchos parecen no darse cuenta.