Dic 22 2021
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CulturaLiteratura

16 escritoras argentinas responden una misma pregunta

Diecis茅is escritoras argentinas responden una misma pregunta en este compilado organizado por Rolando Revagliatti: 鈥溌縏endr谩s por all铆 alguna situaci贸n irrisoria de la que hayas sido m谩s o menos protagonista y que nos quieras contar?鈥

1: PAULINA JUSZKO:聽

La noche que mi perra me ech贸 de casa: Volv铆a yo de un 谩gape pasadas las dos de la ma帽ana. El taxi me dej贸, cansada y so帽olienta, en mi domicilio suburbano. Abr铆 el port贸n sin inconveniente, pero cuando quise hacerlo con la puerta de la casa, por m谩s que manipul茅 la llave, fue imposible. La llave giraba normalmente 隆pero la puerta no se abr铆a! Resisti贸 a mis empujones y a mis puteadas. 驴Qu茅 hacer鈥? Mis vecinos transitaban su segundo sue帽o a juzgar por las luces apagadas. 驴A qui茅n recurrir a semejantes horas鈥?

Me acord茅 entonces de Germ谩n, aprendiz de b煤ho, que sol铆a pasar la noche componiendo y haciendo m煤sica. Y que viv铆a a tres cuadras de mi casa. Hacia all铆 me dirig铆; por suerte las calles de Villa Elisa son un desierto pasada la medianoche. Despu茅s de mucho tocar la campana-llamador logr茅 que saliera un Germ谩n alarmado de verme e imaginando qui茅n sabe qu茅 desgracias. La idea era que me acompa帽ara y tratara de abrir mi puerta usando la fuerza bruta.

Sin embargo, pese a su buena voluntad, pese a los esfuerzos que hizo con el hombro (empujones) y las piernas (patadas), la puerta segu铆a cerrada: visage de bois.

  • -Es evidente que est谩 corrido el pestillo de seguridad del lado de adentro 鈥 dijo Germ谩n.
  • – 驴C贸mo es posible 鈥 dije yo 鈥 si no hay nadie en la casa? 驴O habr谩 entrado alguien que tiene llave?

Por las dudas insistimos con el timbre. Ladr贸 la perra, pero nada m谩s. 隆Eureka! Entonces, por fin, entend铆 lo que hab铆a pasado: tocaron el timbre, la Bub煤 se desesper贸 por salir, se par贸 en dos patas y con las delanteras ara帽aba la puerta a la altura del pestillo, fue as铆 que sin querer lo corri贸.

Germ谩n me disuadi贸 de llamar a un cerrajero, me propuso que durmiera en su casa el resto de la noche y decidiera qu茅 hacer a la ma帽ana siguiente, con la cabeza fresca. Lo conversamos con Cecilia 鈥 la mujer de Germ谩n 鈥 e hicimos un plan de acci贸n: mis vecinos ten铆an a un alba帽il trabajando en una construcci贸n lindera con mi jard铆n trasero; le pedir铆a a ese hombre que subiera al techo de mi galp贸n para bajar luego al jard铆n, entrar arrastr谩ndose por la puerta-ventana del dormitorio (que yo siempre dejaba algo levantada por si la Bub煤 necesitaba salir) y descorriese el pestillo.

Y as铆 fue c贸mo 鈥 gracias a la buena onda de ese alba帽il providencial 鈥 pude reintegrarme a mis penates. 隆Qu茅 aventura! 驴Y la perra鈥? Ni el menor sentimiento de culpa, la mequetrefa. -Mover铆as de contento tu rabo si lo tuvieras, 驴eh, crapulona? 鈥 la apostrof茅 retorci茅ndole suavemente una oreja.

2: HAID脡 DAIBAN:

Poemas de la Argentina Haid茅 Daiban, escritora de tangos y poeta. |Hace ya unos cuantos a帽os, tres parejas amigas, acordamos viajar juntas desde Buenos Aires hacia Marruecos. La idea siguiente, fue no desaprovechar la cercan铆a de Espa帽a,聽cruzar hacia alg煤n lugar pintoresco del sur y as铆 elegimos Torremolinos.

Despu茅s del primer recorrido por Marruecos pintoresco y misterioso, pasamos con el transbordador a Espa帽a y avistamos el Pe帽贸n de Gibraltar. Y ya en Torremolinos nos presentamos en el hotel bajo una buena lluvia europea. Como era media noche, no hab铆a cocina abierta y nuestro apetito se tornaba feroz, nos recomendaron un bar cercano, frente a una hermosa placita de barrio. El due帽o del bar, simp谩tico y hablador, estaba acompa帽ando a dos parroquianos bebedores, y ya achispados, apoyados en la barra.

Unas campanas de vidrio cubr铆an variados platos聽que, nos asegur贸, eran caseros. 鈥溌ntren, hombre, mi se帽ora cocin贸 para ustedes!鈥 Dispuso tres mesas y comenz贸 por traer aceitunas, creo que de La Rioja, grandes y carnosas.

鈥淪on buenas鈥, opin贸 y sin m谩s meti贸 la mano, comi贸 una o dos, como para darnos coraje y nos sonre铆mos por el atrevimiento. Luego trajo el vino y se sirvi贸 una copa, 鈥渆s bueno, beban鈥. Mientras calentaba los pedidos de arroz, garbanzos y carnes,聽nos relat贸 lo que le sucedi贸 esa semana, la visita a casa de su madre, mujer mayor y valiente, dijo, por haberse subido a una silla que coloc贸 sobre una mesa, desde donde se puso a pintar聽el techo de su sala. 鈥溌adre!鈥, le dijo, 鈥渜u茅 haces, te matar谩s鈥, y en ese momento sali贸 disparado a traer un plato. Cuando mi marido le reclam贸 su comida, 茅l le contest贸, 鈥測a vendr谩, cuando el aparato haga 隆piiiiii! se lo traigo鈥. El aparato era聽el microondas. Efectivamente hizo 隆piiiiii! Y comimos casi por turnos.

Fuera la lluvia era torrencial, el due帽o dijo que apagar铆a el televisor para que no molestara en la conversaci贸n y tom贸 su 鈥渃ontrol remoto鈥, seg煤n 茅l lo denomin贸, y que era, en realidad,聽un palo de escoba. Apret贸 desde abajo y apag贸 la tele colgante. Ese chiste, l贸gicamente, caus贸 risa.

Los hombres de la barra discutieron un poco y el mayor hizo adem谩n de irse, resbal贸 sobre un cart贸n empapado de la entrada, cay贸 dram谩ticamente de espaldas y uno de nuestros amigos, m茅dico, lo vio p谩lido y r铆gido y pens贸 en una urgencia. Llame a la ambulancia鈥,聽pidi贸 al due帽o;聽茅ste sali贸 a la puerta y comenz贸 a gritar 鈥溌mbulancia, ambulancia!鈥.

M谩s de las doce de la noche, sin peatones, lejos del puesto de ambulancias, nos caus贸 pavor y gracia, no iba a llegar la ambulancia. Y en ese momento el accidentado reaccion贸 y le dijo a su compa帽ero: 鈥淐re铆as tu que me hab铆a ido鈥, y movi贸 el brazo hacia arriba, 鈥渘o, me aguantar谩s un poco m谩s todav铆a鈥.

Aplaudimos, contentos, y el hombre se acerc贸 a la mesa y en agradecimiento por nuestra intervenci贸n, recit贸 un poema de Antonio Machado (lo anunci贸 como si el t铆tulo fuese 鈥楨l abogao鈥). Debo decir que nos conmovi贸, el tema y su voz. A continuaci贸n, se puso a cantar un tango completo, nos miramos, nadie recordaba toda la letra.

Nuestro amigo m茅dico cobro br铆os y recogi贸 pedidos del postre, abri贸 por su cuenta la heladerita聽y comenz贸 a hacer volar los helados sobre cada uno de nosotros, los ataj谩bamos en el aire y entre risas pagamos la cena con show, la que result贸 de lo m谩s barata.

Camino al hotel nuestra algarab铆a despertaba a los dormidos torremolinenses. Pese al paso del tiempo, no olvidamos al recitador y mucho menos al risue帽o due帽o del bar.

3: IRMA VEROL脥N:

Oto帽o de 1992.Yo聽hab铆a vuelto de la India聽donde estuve tres meses y viv铆 experiencias asombrosas, materializaciones, conexiones sincr贸nicas, sanaciones,聽testimonios orales de聽inusitadas experiencias m铆sticas de personas de todo el mundo, digamos que tra铆a una cabeza sintonizada con otra realidad. Apenas arrib茅 a Buenos Aires me encontr茅 con el libro publicado para preadolescentes que escrib铆聽en coautor铆a con Olga Monkman.聽La editorial me envi贸 de inmediato a efectuar la difusi贸n a Bah铆a Blanca. En aquel momento se viajaba a la India pasando por Europa, de modo que se tardaban tres d铆as entre los empalmes de vuelos聽y las esperas en聽los aeropuertos. Apenas logr茅 dormir de a ratos. Esto sumado a los cambios horarios, a la atenci贸n excesiva que hay que tener en aeropuertos hind煤es donde a veces ni siquiera se habla en ingl茅s sino en dialectos locales, lo que sum贸 m谩s cansancio a mi cansancio.Irma Verol铆n | Juegos Apasionados

Debo reconocer que desde que sal铆 del ashram en el sur de la India viv铆a en un estado de aturdimiento. En la editorial me dieron dinero y pasajes.聽Camin茅 unas cuadras por una avenida聽y una supuesta familia en un coche me habl贸 desde el otro lado de la ventanilla. Me dijeron que iban a hacerme acrecentar mi dinero. Como yo ven铆a de un espacio m谩gico, sin tener demasiada conciencia,聽le segu铆 el di谩logo.聽De pronto todo se oscurece o se emblanquece, no recuerdo bien, entre el di谩logo y lo que ocurri贸 despu茅s no tengo registros. Solo s茅 que me qued茅 en mitad de la calle gritando: 鈥溌e robaron!鈥.

Por el impacto me qued茅 sentada en el cord贸n de la vereda,聽y me dediqu茅 a llorar a mares. Adolfo, mi amigo, me dijo que yo era la 煤nica persona que les pon铆a su plata en la mano a los ladrones y despu茅s hablaba de聽fen贸menos m谩gicos. Le铆 algo sobre robos ps铆quicos, pero la verdad, no s茅 muy bien qu茅 pas贸. Resultado: repuse el dinero y聽part铆 hacia Bah铆a Blanca. Al atardecer tuve que realizar los talleres. Eran en total ciento cincuenta maestras y directoras de escuela. As铆 es que se dividieron en dos grupos y聽los talleres a coordinar fueron dos el mismo d铆a, uno despu茅s del otro. Me colocaron detr谩s de un escritorio, con los codos apoyados me puse a hablar.聽Entonces me encuentro con la cabeza hundida entre mis brazos, alguien me toca el hombro, me dice: 鈥溌縀st谩 usted bien?鈥.聽Por lo visto en mitad de mi charla me qued茅 completamente dormida, parece que los docentes permanecieron en suspenso, esperando, luego creyeron que me hab铆a desmayado o algo peor a煤n. La segunda parte la hice de pie para no sucumbir al sue帽o, producto del jet lag de mi reciente viaje.

El libro se vendi贸 bien, orient茅 a los docentes a utilizarlo como taller de producci贸n literaria. Unos meses despu茅s, en la esquina donde me robaron el dinero, encontr茅 el monto exacto que me hab铆an robado tirado en la vereda. Juro que fue la misma cantidad y en la misma esquina: evidentemente la magia continu贸. Y contin煤a hasta hoy.

4: PAULA WINKLER:聽

Soy do帽a despiste.De joven era m谩s torpe y obstinada a煤n. Uno de mis primeros casos importantes como abogada versaba sobre patentes y marcas. Como me daba verg眉enza preguntarle a alg煤n colega mayor la direcci贸n de la Oficina nacional para averiguar un par de cosas 鈥 el google no exist铆a entonces 鈥, me hice la canchera y le dije a una de las empleadas de la recepci贸n de la Consultora donde trabajaba que Reportajesme anotara ad贸nde ir en un papel pues estaba apurada鈥 Fui: se trataba de otra Consultora, conocid铆sima.聽 Cuando me di cuenta del papel贸n (al bajar del ascensor 鈥渕e hab铆a mandado鈥 sola), hui despavorida inventando no s茅 qu茅 tontera. No me paralic茅 (por obstinada), entr茅 en un bar cercano, ped铆 una gu铆a telef贸nica y finalmente encontr茅 la Oficina de Patentes y Marcas. Como una de las recepcionistas me hab铆a reconocido de la Facultad, la an茅cdota circul贸 durante largo rato鈥 Menos mal que gan茅 el caso.

Otra: Estamos mi familia, una amiga y yo en la Parada 16 de Punta del Este. Tomando el sol, no me digan el porqu茅, me parece reconocer a un conocido actor franc茅s. Le digo a mi esposo 鈥渁ll谩 voy, le pido un aut贸grafo鈥 (no hab铆a celulares entonces) y entablo, ante el asombro de 茅l y la perplejidad de mi amiga, una improvisada conversaci贸n en franc茅s, fascinada por el casual encuentro. Lo felicito por su actuaci贸n con Romy Schneider. Pero 茅l me contesta (en franc茅s): 鈥淏uenos d铆as, Paula, soy fulano, cursamos juntos Sucesiones y Procesal II, 驴no te acordabas de m铆?鈥. Etc茅tera y risas.

Y otra: Camino con mi yerno (siendo m谩s mayorcita), temerosa de perderme en un copioso bosque sueco a la vera del mar. Hablamos (en ingl茅s), y yo empujo el cochecito de mi nieto concentr谩ndome en la playa cercana a Stora Essingen y en un embarcadero que podr铆a funcionar como punto de referencia… Mi nieto canta feliz, yo hablo y hablo. Y de pronto, mi yerno me sugiere que vuelva al ingl茅s ante mi largo soliloquio en castellano (idioma que 茅l no comprende), incluso reclam谩ndole yo aceleradas respuestas鈥

 

5: GRACIELA PEROSIO:

Suena el tel茅fono y atiendo. Una voz estricta pregunta si soy la coordinadora del taller de escritura. Cuando afirmo, me pregunta c贸mo hace para enviarme los textos que necesita arreglar.

鈥擭o, se帽or, no trabajo de esa manera. No hago correcci贸n de textos. Se sorprende, hace una alusi贸n a que si es un taller鈥. Pens贸 鈥揳lgo as铆 me dijo- que era parecido a llevar a un auto al chapista.

鈥擲ucede, me dice, que tengo ganado muchos premios. El 煤ltimo, del Rotary Club de Rosario. Pero siempre me dan el segundo o el tercero. Quiero ganar el primero y si usted鈥

鈥擲i yo le arreglo el escrito el premio me lo gano yo, no usted. Se trata de aprender.

No de muy buena gana terminamos arreglando una entrevista. El hombre de unos 60 a帽os, cuenta una situaci贸n sentimental desgraciada. Un largo noviazgo interrumpido por la muerte de la mujer. Y este duelo aparece reiteradamente en su escritura. En fin, por dem谩s delicado. Al conversar acerca del trabajo sobre lo escrito encuentro poca lectura de escritores conocidos. M谩s bien, es una persona que asiste a grupos que se organizan como pe帽as, con mucho apoyo social y afectivo, pero donde casi no se hace cr铆tica ni frecuentan las literaturas de diferentes or铆genes. En cambio, se leen mucho entre los asistentes para acompa帽arse, objetivo nada desde帽able en esta sociedad tan cruda y violenta.

Pero, para mayor complicaci贸n, Anselmo, que as铆 se llama el aspirante a poeta, se obliga a escribir sonetos. 鈥淵 no me salen ni contando las s铆labas, no son todos de 11 驴ve?鈥

鈥擡s que el contar las s铆labas es una ayuda posterior, primero hay que tener esa m煤sica adentro. Tal vez el soneto no sea lo suyo.

鈥斅h, no!, no me diga eso. No sirvo para renunciar.

鈥擫e propongo, entonces, dos o tres clases, en las que solo va a venir a escuchar, sin escribir nada ni comentar nada.

Como se est谩n imaginando, hice una selecci贸n de sonetos notables desde Garcilaso hasta aqu铆. Pasaron dos semanas con sus correspondientes clases y lleg贸 la tercera. Llama a la puerta. Abro y lo veo venir con un rostro furioso y una valija enorme, con forma de cofre y bastante pesada.

Pasa y me pide permiso para apoyar el mamotreto sobre la mesa. 鈥淓sto es para usted.鈥 Dice, enojad铆simo. Aqu铆 le traigo todas estas estafas que me han hecho. 隆Pum!, 隆bom!, 隆plaf! – suena el metal sobre la mesa y caen, entre cintas y diplomas, las medallas, estatuillas, placas y dem谩s.

鈥擸a me di cuenta de que mis versos no merecen nada de esto. No hace falta que usted me siga leyendo. Simplemente, me estafaron y fui muy cr茅dulo.

鈥擭o, eso usted no lo puede saber. Si茅ntese, por favor. Mire, en este tipo de concurso se trata de incentivar el entusiasmo de los participantes y generalmente el jurado no tiene permitido declarar el premio desierto. De modo que, es posible, que lo que usted present贸 fuese mejor a lo que presentaron otros. El tema es con qu茅 otras escrituras nos seguimos comparando despu茅s. Si nos comparamos con Borges y s铆, todos quedamos lejos鈥 Ni uno ni otro extremo, es lo que le recomiendo para empezar a transitar la escritura y ver si realmente lo entusiasma hacer el trabajo necesario para mejorarla.

鈥擫o voy a pensar. Por ahora, no estoy listo para contestarle. Pero le agradezco que me haya permitido darme cuenta de la verdad.

Nunca volv铆 a saber de 茅l. Pero qued茅 tranquila de que, finalmente se fue en paz y sin que le haya faltado el respeto a la historia de su p茅rdida que a煤n lloraba, que fue, creo, lo que m谩s me preocup贸 desde el principio. 隆Quer铆a honrarla con el Primer Premio!, era evidente.

6: IN脡S LEGARRETA:

Presentaci贸n de un nuevo libro de In茅s Legarreta - La Razon de ChivilcoyCreo que esta an茅cdota califica. En 1997 hab铆a salido publicado mi libro de cuentos 鈥淪u segundo deseo鈥 y, entre otras, hab铆a tenido una rese帽a muy elogiosa en la revista 鈥淓l Planeta Urbano鈥. No hac铆a mucho que 鈥淓l Planeta Urbano鈥 se hab铆a incorporado al mundo editorial, pero desde el primer n煤mero estuvo claro hacia d贸nde apuntaba la revista: riesgo, enfoques poco convencionales en los art铆culos y entrevistas, notas firmadas por escritores o artistas reconocidos; modernidad en el dise帽o y un gran despliegue fotogr谩fico y publicitario que se manifestaba claramente desde las tapas, todas con 鈥渃elebrities鈥 en composiciones irreverentes.

De manera que cuando me llamaron de la redacci贸n para una entrevista de trabajo me sent铆 halagada y, a la vez, un poco inquieta. 驴Qu茅 me propondr铆an? Viaj茅 desde Chivilcoy a Buenos Aires y fui a la casa editorial que estaba en el barrio de Belgrano; all铆 me recibieron Elsa Drucaroff (hac铆a las notas sobre libros), Sergio Varela (era editor de secciones) y alguien m谩s, pero no recuerdo qui茅n; saludos, presentaciones (no nos conoc铆amos personalmente hasta ese momento) y despu茅s de una charla informal de situaci贸n, Sergio Varela me dice m谩s o menos esto: 鈥淏ueno, In茅s, como nos interesa tu escritura te quer铆amos invitar a que colaborases con algunas notas y art铆culos seg煤n se vaya dando; nos gusta proponer cosas diferentes y por eso pensamos en vos para una nota sobre el Golem鈥. Dijo 鈥淕olem鈥 y me mir贸 con cara divertida y expectante.

鈥淎h, El Golem鈥, y de inmediato empec茅 a buscar desde d贸nde abordar el tema: Borges, sin duda, el poema de Borges y el acervo de la cultura jud铆a, el significado de esa creaci贸n. Supongo que lo fui diciendo en voz alta porque me interrumpieron, 鈥淓steeee鈥 no, escuchaste mal, no Golem sino Golden, el Golden de la calle Esmeralda鈥. Silencio. Yo: 鈥溌縔 qu茅 es el Golden de la calle Esmeralda?鈥 鈥淯n boliche con strippers masculinos, 煤nico y exclusivo para mujeres鈥. Ahhhhhh. Carcajadas. Yo no ten铆a ni idea de su existencia. 鈥溌縏e anim谩s?鈥 鈥淥bvio鈥, respond铆. Pactamos condiciones y fui con dos amigas; nos divertimos mucho y la nota sali贸 redonda. (鈥淕olden boys鈥, en el n煤mero de abril de 1998 de 鈥淓l Planeta Urbano鈥.)

7: SUSANA CELLA: LA CAINA: Susana Cella -Para in煤tilmente fingir

Es una an茅cdota triste, y digo triste por la miseria acad茅mica que hemos tenido que padecer. A ra铆z de un concurso para cubrir un cargo de profesor/a titular, una de las jurados fue atacada en las redes. Me dijo esta colega: 鈥淢e han puesto el mote de Jelinek鈥. Yo, en mi supina ignorancia de lo que circula, le dije a esta querida amiga: 鈥淏ueno, al menos te han comparado con un Premio Nobel鈥. En mi mente estaba el nombre de Elfriede Jelinek, la escritora y militante austr铆aca que gan贸 esa distinci贸n en 2004. Mi amiga me contrast贸 con la realidad de los eunucos que la insultaban. 鈥淣o鈥, me dijo auscultando mi ignorancia. 鈥淢e comparan con Olga Karina Jelinek鈥, y ah铆 supe de la miseria del ataque. La emparejaban a una vedette que se expon铆a en 鈥淏ailando por un sue帽o鈥 y cosas as铆. Me qued贸 el amargo recuerdo de haber le铆do una novela de Elfriede y de saber que portaba el mismo apellido la tal modelo.

 

8: ADRIANA MAGGIO:

Estaba cursando el Profesorado de Castellano y Literatura en el 鈥淛oaqu铆n V. Gonz谩lez鈥. Tendr铆a alrededor de 19 t铆midos e hipersensibles a帽os. El Profesorado estaba en Av. de Mayo y San Jos茅, en un edificio viejo, que ahora es hotel. Las escaleras eran de m谩rmol y estaban gastaditas por los muchos a帽os. Yo iba bajando la escalera, con mi pollera ajustada, a la rodilla, y mis tacos altos finiiiitos. En sentido contrario, vi que ven铆an subiendo dos j贸venes muchachos cuya aparici贸n me puso seriamente nerviosa. Mis delgados tacos resbalaron en el escal贸n, y ca铆 de cola con las piernas abiertas y uno de los j贸venes entre ellas: la falda se subi贸 hasta la entrepierna, y quedaron al aire mis muslos decorados con el inefable portaligas que se usaba en ese tiempo, para sujetar las medias de nylon. S茅 que el joven me ayud贸 a levantarme, pero c贸mo sal铆 de all铆 y cu谩ndo volv铆 a poner los pies sobre la tierra, sigue siendo un misterio. El enorme moret贸n que se aloj贸 en mis nalgas tard贸 en desaparecer mucho m谩s tiempo que mi verg眉enza.

9: MARTA BRAIER:

Al promediar la d茅cada del 70, en ocasi贸n del cincuentenario del fallecimiento de Ricardo G眉iraldes, el director del Suplemento Cultural del diario Clar铆n de esa 茅poca, Fernando Alonso, me encomend贸 una llamada telef贸nica a Borges, para que nuestro venerado escritor homenajeara con alguna an茅cdota o recuerdo al autor de 鈥淒on Segundo Sombra鈥. Yo trabajaba en rese帽as literarias para el Suplemento y acept茅 con entusiasmo el encargo honor铆fico.

Deb铆a llamar a Borges a las 17.00 horas en punto a su casa y llevar al d铆a siguiente una breve nota.聽 El caso es que yo, con el n煤mero de tel茅fono que me hab铆an dado anotado en un papelito, entr茅 a una cabina telef贸nica del Sanatorio Otamendi, en la calle Azcu茅naga, justo a la vuelta del edificio donde yo viv铆a, por la calle Paraguay. No ten铆a tel茅fono de l铆nea (y no era f谩cil conseguirlo).

Cuando el ama de llaves que me atendi贸 me pas贸 con Borges, atin茅 a escribir como pude su relato, conmocionada por esa voz pausada y 煤nica, apoyando el cuaderno en la pared vidriada de la cabina, mientras una larga fila de personas ansiosas se alineaba aguardando su turno para el uso del tel茅fono.

Presa de un nerviosismo in crescendo, y viendo con preocupaci贸n que la fila crec铆a, agradec铆 t铆midamente a Borges su colaboraci贸n, cort茅 y me refugi茅 eludiendo las miradas en la capillita del Sanatorio. All铆 permanec铆 un largo rato en busca de amparo. Era mucho para una jovencita tucumana reci茅n llegada a Buenos Aires recibida de Profesora en Letras. 驴Qui茅n me iba a creer?

Cuando llev茅 la an茅cdota al diario, escrita con fidelidad absoluta a las palabras del c茅lebre autor de 鈥淓l Aleph鈥, me enter茅 de que Borges ya la hab铆a contado varias veces y que se hab铆a publicado. En realidad, lo que destacaba, con 茅nfasis, era que G眉iraldes se hab铆a olvidado una noche la guitarra en su casa.

Yo tard茅 en recibir el tel茅fono de l铆nea y no he olvidado esa voz ni ese momento. Bien vale rubricar este recuerdo con versos borgianos: 鈥淨u茅 importa el tiempo sucesivo si en 茅l hubo una plenitud, un 茅xtasis, una tarde鈥.

驴Existir谩 a煤n esa cabina?

10: BEATRIZ ARIAS:

Cuando mi hijo mayor, Esteban, se salv贸 de hacer el servicio militar en 1991, resolvimos festejarlo. Nadie de la familia lo hab铆a hecho por uno u otro motivo.

Fuimos al supermercado con Daniel, mi esposo, y compramos bebidas y comidas varias para empezar con una picada y seguir con dulces y sidra bien fr铆a para el brindis.

Cuando llegamos a la caja para pagar, entra un se帽or de mediana estatura, pelo corto canoso, con pantal贸n y campera jean que se acerc贸 al due帽o (el gallego) desde atr谩s y le apunt贸 con una pistola en las costillas. Todos se quedaron mudos y quietos a la orden del desconocido. Menos yo.

Segu铆 charlando con Daniel como si nada ocurriera y coment茅 por qu茅 no nos cobraba el cajero y nos 铆bamos. En ese momento los clientes estaban depositando la plata sobre el mostrador, igual que Daniel. Yo le pregunt茅 por qu茅 lo hac铆an y me contest贸: 鈥淓s un asalto鈥.

Entonces me di cuenta, me paralic茅 y empec茅 a temblar. Lentamente fuimos hacia el fondo del supermercado hasta que el ladr贸n se fue. Recogimos los comestibles y volvimos a casa.

Al otro d铆a, volvimos a comprar al s煤per y el due帽o nos cobr贸 todo lo que llevamos. El festejo lo pagamos dos veces.

11: SUSANA SZWARC:Susana Szwarc y la belleza de la s铆ntesis | El Diario de Carlos Paz

Con los t铆tulos de los libros me pasaron ciertas situaciones irrisorias. Por ejemplo, llev茅 a fotocopiar cuando a煤n no estaba impreso, poemas de聽鈥淓l ojo de Cel谩n鈥. Y quien fotocopiaba me pregunt贸聽si todo el libro que estaba escribiendo transcurr铆a en Ceil谩n, si hab铆a estado all铆. No quise incomodar y dije que s铆, que estuve all铆. No pude evitarlo y agregu茅 que es un lugar al que voy muy seguido.

 

12: ZULEMA DE ARTOLA:

Cuento el rid铆culo m谩s reciente. Me dispon铆a a enviarle un mensaje por wasap al nuevo administrador (al que s贸lo conozco por su fotograf铆a all铆) del edificio en el que vivo. Algo toqu茅 inadvertidamente y en lugar del mensaje le lleg贸 un sticker: corazones, florcitas, zapatos de mujer, etc.

Claro est谩, luego le envi茅 otro mensaje, reconociendo mi error (hasta ahora, no recib铆 respuesta).

 

13: LAURA SZWARC:

Me han sucedido situaciones irrisorias con el heter贸nimo An Lu con el que firmo mi poes铆a.
Por ejemplo, me hablan de An Lu y hasta relatos disparatados sobre ella, desconociendo que se trata de la misma Laura Szwarc. Pero, 驴acaso somos cada vez los mismos?聽 Aqu铆 vemos una vez m谩s c贸mo la identidad se mueve.

 

 

14: ANA GUILLOT:

La que me viene a la memoria tiene que ver con mi primer libro. Ya recibida en la carrera de Letras, ya profesora secundaria y universitaria, me propongo abrir un taller literario. Al poco tiempo veo un anuncio de la querida Gloria Pampillo ofreciendo un taller de verano para aprender a coordinar. Y hacia all谩 fui. La primera sorpresa fue que muy seria nos dijo: 鈥 Nadie puede coordinar un taller de escritura si no escribe tambi茅n-. Y ah铆 nos tuvo: todo el verano escribiendo diferentes consignas y, por lo tanto, aprendiendo la t茅cnica. Tambi茅n lecturas, etc. Fue una gran experiencia, pero yo no hab铆a ido para escribir. Siento que la carrera inhibe. Es algo as铆 como: 驴qu茅 puedo llegar a escribir yo despu茅s de haber le铆do a semejantes maestros?


Sin embargo, escrib铆. Y ella comenz贸 a entusiasmarme. Y tuve mi primer libro. Entonces me pas贸 el n煤mero de tel茅fono del inefable editor Jos茅 Luis Mangieri. Ni mail, menos mensajes de texto, menos WhatsApp. Nada exist铆a: tel茅fono. Hace muchos a帽os de esto.
Cita con Mangieri, cafecito, charla, entrega del manuscrito. -Te llamo en unos d铆as- dice. -Dale- respondo muerta de nervios. Y as铆 segu铆鈥 por m谩s de un mes (mucho m谩s). Claro, debe ser un desastre; claro, 驴c贸mo le iba a gustar mi poes铆a?; claro, qu茅 papel贸n.
Un d铆a junto coraje y lo llamo: -Nena, menos mal que llam谩s. Voy a publicarte. Pero otra vez dejame, aunque sea un dato. No pusiste ni tel茅fono ni direcci贸n ni nada鈥 En fin: auto-boicot鈥 o las hermanastras de Cenicienta (que, obviamente viven tambi茅n en mi interior) confabul谩ndose en mi contra. As铆 naci贸 鈥淐urva de mujer鈥 y ac谩 estamos.

15: 脕NGELA GENTILE:

Pregunt谩s si podr铆a contar alguna situaci贸n irrisoria y pensando en alguien de la literatura, me surgi贸 lo que聽me pas贸 con Umberto Eco.

Viaj茅 desde la ciudad de La Plata a Buenos Aires, enviada por el Instituto de Cultura It谩lica, cuya vicedirectora en aquel momento era Hayd茅e Bencini, directora del programa 鈥淐aff茅 Ristretto鈥, que se emit铆a por Radio Universidad y de la Revista 鈥淒all麓Italia 2000鈥. Fui con dos grabadores. Logr茅 llegar a Eco (detr谩s del escenario del teatro) y justo empezaba la conferencia, as铆 que permanec铆 en silencio absoluto hasta que finaliz贸 y le pude formular algunas preguntas. Todos quer铆an hablar con 茅l, por supuesto. Pero me hab铆a olvidado de activar el grabador,聽donde deb铆a registrar su saludo para radio Universidad de La Plata.

Entonces lo segu铆 llamando: -Maestro, maestro, mi scusa! Se da vuelta聽y me dice: -Un麓altra volta Lei! -se r铆e y me invita con un gesto a acercarme. Le expliqu茅 que me hab铆a olvidado de pedirle el saludo para la radio y lo realiza muy bien predispuesto. Luego me autograf铆a 鈥淥pera aperta鈥, me escribe su direcci贸n postal (porque le hab铆a comentado sobre una adaptaci贸n que hab铆a efectuado sobre 鈥淟e lenti di fra Guglielmo鈥 para usarlo en mis clases) y me dice: –Mi scriva! voglio leggerlo! Y un 21 de enero me envi贸 una carta con la respuesta.

16: NORMA ETCHEVERRY:

En un n煤mero del a帽o 2010, de 鈥淔acundo鈥, aqu茅lla buena revista dirigida por escritores de Rosario, sali贸 un dossier titulado 鈥淟a Plata de los poetas鈥. No ten铆a que ver con el dinero, claro, sino con los poetas de nuestra ciudad capital, La Plata. El dossier inclu铆a sendas entrevistas a N茅stor Mux, a C茅sar Cantoni, y a Gustavo Caso Rosendi, y se plasm贸 en casa de 茅ste 煤ltimo a instancias de Sebasti谩n Riestra. Recuerdo que esa noche fui invitada pero no pude ir, y ellos, generosos, me incluyeron a su manera: en un apartado titulado 鈥淟a hermandad de la uva鈥 se mencionaba que algunos poetas platenses se juntaban para compartir libros, lecturas, y tambi茅n botellas de vino tinto. Y en esas l铆neas dejaban sentado que la tertulia no era exclusivamente masculina, sino que sol铆a acompa帽arlos la que suscribe.

Recuerdo que me agrad贸 esa forma tan particular de tenerme en cuenta, casi de igual a igual si lo med铆a con la vara de g茅nero, aunque consciente de que el m茅rito me acercaba peligrosamente al borde de una condici贸n et铆lica no tan feliz, pero exquisitamente valorada si tenemos en cuenta aqu茅l dicho que le adjudican a Horacio: 鈥淣o sobrevivir谩n los versos escritos por bebedores de agua鈥. A煤n guardaba en mi memoria otra an茅cdota que tambi茅n tiene su origen en el vino, pero ocurrida muchos a帽os antes. En aqu茅lla ocasi贸n fue N茅stor Mux quien me hab铆a invitado a casa de Jos茅 Mar铆a Pallaoro, a quien yo no conoc铆a, 鈥渁 comer unas empanadas y hablar de poes铆a鈥 -me dijo-, por lo cual, me pareci贸 atinado llegar con un presente y qu茅 mejor que una botella de vino. Confieso que entonces no sab铆a de vinos y compr茅 de pasada una marca que me averg眉enza nombrar.

Cuando entr茅 a la casa lo primero que vi fue una bodeguita preciosa con un mont贸n de botellas de buen nombre, empezando por el modesto y noble L贸pez, que suele revocar m谩s de una cuenta. Luego, me pregunt茅 qu茅 pensar铆a el due帽o de casa de m铆, y s贸lo hab铆a dos opciones: o yo no sab铆a nada de vinos o era muy borracha鈥 no s茅 qu茅 era mejor. Pero, habiendo pasado los a帽os y tambi茅n los r铆os de tinta y los de vino, ese gesto de los 鈥渧arones de la poes铆a鈥 en la revista 鈥淔acundo鈥 result贸 para m铆 como cancelar una deuda 铆ntima, puesto que esa amable inclusi贸n saldaba mi ignorancia y me restitu铆a la magia de que el vino es parte de la poes铆a, como ya sabr铆an los griegos y particularmente Horacio.

 

 

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