Hace una década, el mundo adoptó los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) con una promesa ambiciosa: para 2030, en la que “nadie se quedaría atrás”. La Agenda 2030, adoptada por las Naciones Unidas en 2015, es un plan de acción global con 17 (ODS) enfocados en erradicar la pobreza, proteger el medio ambiente y asegurar la prosperidad. A pesar de ser un acuerdo no vinculante firmado por 193 estados miembros, esta iniciativa ha generado una intensa corriente de teorías de la conspiración y desinformación, a menudo impulsada por sectores de la extrema derecha y grupos negacionistas del cambio climático, antivacunas y terraplanistas en emboscada.
Pero la realidad es que a menos de cinco años de la fecha límite, los últimos datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ofrecen un panorama preocupante. En varios frentes, los avances han sido lentos, desiguales o se han estancado por completo. Pero nuevamente el relato se instala muy lejos de la razón, parece que la manifestación de la mentira negacionista refrena y modera aquellos desafíos en lugar de acelerarlos transformando realmente estos objetivos en algo grosero.
En su calidad de organismo custodio, la OIT presenta anualmente a las Naciones Unidas un informe sobre 14 indicadores de los ODS correspondientes a cinco objetivos. Muchos de ellos se enmarcan en el Objetivo 8, cuyo fin es promover un crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, la ocupación pleno y productivo y el trabajo decente para todos. En realidad, este indicador 8.8.2 de los ODS mide el cumplimiento nacional de los derechos de libertad de asociación y de negociación colectiva en una escala del 0 (cumplimiento total) al 10 (incumplimiento total). La media ponderada mundial se situó en 4,83 en 2024, lo que supone una ligera mejora con respecto al 4,88 de 2023, impulsada en gran medida por los avances registrados en un pequeño número de países con una amplia población activa, entre los que se incluyen Bangladesh, Indonesia y Filipinas. Sin embargo, el panorama de la última década es menos alentador: la media ponderada ha empeorado un 6,4% desde 2015 y, según la medida no ponderada, que refleja mejor el alcance y la gravedad de las violaciones, el deterioro alcanza el 12,9%.
Bajo la teoría del complot
Bajo este suelo fértil brotan teorías conspirativas de todo tipo que ven fundamentalmente en el multilateralismo el origen de los problemas actuales, y en este sentido la Agenda 2030 queda, en muchos casos, en el centro de esas visiones distorsionadas. Debemos recordar que tras la derrota de Jair Bolsonaro en las elecciones de Brasil, su hijo, Eduardo Bolsonaro, se transformó en el rostro del Partido Liberal. Su posición ha sido contundente declarando: “Cuanto más combatamos la Agenda 2030, mayor será nuestro éxito electoral”.
La narrativa más común sostiene que la misma es una hoja de ruta para instaurar un gobierno centralizado mundial, eliminando la soberanía de las naciones. Por ejemplo, se difunden bulos sin ningún asidero que aseguran que el plan busca destruir la estructura familiar tradicional y la identidad cultural de los países. También de paso se vincula la agenda con el Covid-19 señalado como el «corona cuento», alegando que la pandemia fue una operación psicológica para imponer medidas de control social y vacunas obligatorias.
Existen otros bulos que afirman que la ONU prohibirá la propiedad privada, el consumo de carne o limitará la libertad de movimiento de los ciudadanos a menudo malinterpretando con alevosía conceptos urbanísticos como la «ciudad de 15 minutos” , u obligará a los ciudadanos a comer insectos en lugar de carne. O simplemente feminizar a los hombres para reducir la población mundial.
Otras narrativas como la Teoría del “gran reinicio” propuesta en Davos tras la pandemia, y con la visión de “reconstruir mejor” la ONU, esta teoría se enfoca en la dimensión económica y sugiere que existe un plan orquestado por los países más poderosos para apropiarse de toda la riqueza mundial. Todas estas derivas suelen viralizarse en redes sociales como Telegram, X, TikTok y son amplificadas por campañas de desinformación conocidas como «relaciones públicas oscuras» Se trata de historias que contradicen la realidad y buscan desinformar intencionadamente sobre este hito para la cooperación internacional que, a pesar de la dificultad para abordarlo en su integridad, se trata en cierta forma de una renovación del concepto de desarrollo internacional.
Ahora bien, la mayoría de las críticas sobre el complot son teorías infundadas, no obstante, existe una dialéctica política legítima sobre la cual desarrollar la imposibilidad de alcanzar los objetivos para 2030, que consiste en la falta de cumplimiento por parte de algunos países y el papel de las grandes corporaciones y la proliferación de fondos buitre en la financiación de los ODS. Sin olvidar el espectro político imbuido por las concepciones reformistas, esta sería una discusión en serio sin falacias complotistas.
Agudización de las contradicciones
Los nuevos fenómenos y procesos que se desarrollan en las entrañas del capitalismo no han eliminado, sino por el contrario han profundizado y agudizado las formas de manifestación de las contradicciones antagónicas inherentes al sistema. Por ejemplo, en el 2025, 284 millones de trabajadores —el 7,9% de la población activa mundial— vivían en condiciones de pobreza extrema, con ingresos inferiores a 3 dólares (PPA) al día. La persistencia de la pobreza laboral pone de manifiesto que la ocupación no garantiza la seguridad económica.
Si bien es cierto que la tasa mundial ha descendido en 3,1 puntos porcentuales desde 2015, las disparidades regionales siguen siendo considerables. En el África subsahariana y los países menos adelantados (PMA), alrededor del 40% de los trabajadores siguen siendo trabajadores pobres, apenas 2 puntos porcentuales por debajo de los niveles de 2015. En los países en desarrollo sin litoral (PDSL) y Oceanía, casi una de cada tres personas empleadas vive en la pobreza extrema.
A su vez la situación de los jóvenes es especialmente grave. Los jóvenes de entre 15 y 24 años tienen más del doble de probabilidades que los adultos de ser trabajadores en situación de pobreza. En el África subsahariana, casi la mitad de los jóvenes con empleo entran en esta categoría, lo que pone de manifiesto que el acceso a la ocupación una condición necesaria, pero insuficiente, para salir de la pobreza.
Según la OIT en 2025, el 57,9% de la población activa mundial continuaba trabajando en la ocupación informal, una cifra prácticamente sin cambios respecto al 57,4% registrado en 2015. En los países menos adelantados, la informalidad se sitúa en el 88,6%, lo que supone un descenso apenas marginal con respecto al 90% de hace una década.
En el África subsahariana se sitúa en el 87,6%; en Asia Central y Asia Meridional, en el 83,9%. En realidad, la ocupación informal implica la ausencia de protección social, garantías jurídicas, bajas por enfermedad y otras de las ocupaciones habituales. La escasa variación de estas cifras a lo largo de la década pone de manifiesto el carácter estructural de la informalidad en muchos mercados laborales.
Por su parte uno de cada cinco jóvenes se encuentra en situación de inactividad y la proporción vuelve a aumentar La proporción mundial de jóvenes que no la ocupación ni la ocupación (NEET) aumentó ligeramente, pasando del 19,9% en 2024 al 20% en 2025, y se prevé que alcance el 20,2% en 2027. Esto se produce tras el mínimo reciente del 19,7% registrado en 2023, y la tendencia ahora va en la dirección equivocada. Detrás de la cifra global, 4 millones de jóvenes más se vieron abocados a la situación de «ni-ni» solo en 2025.
En Asia Occidental y el norte de África, más de uno de cada cuatro jóvenes se encuentra en situación de «ni-ni». La exclusión temprana y prolongada de la ocupación educación se asocia con efectos negativos a largo plazo en las trayectorias profesionales. A su vez las mujeres jóvenes se ven afectadas de manera desproporcionada. A nivel mundial, tienen el doble de probabilidades que los hombres jóvenes de encontrarse en situación de inactividad. En Asia Central y Meridional, esa proporción se eleva en una proporción de cuatro a uno.
Por primera vez, más de la mitad de la población mundial (el 52,4%) está cubierta por al menos una prestación de
protección social, frente al 42,8% registrado en 2015. No obstante, a pesar de este avance, 3.800 millones de personas siguen sin ningún tipo de protección. La cobertura varía considerablemente según el nivel de ingresos. Los países de ingresos altos se acercan a la cobertura universal, con un 85,9%, mientras que los países de ingresos medios-altos se sitúan en el 71,2%. Los países de ingresos bajos, sin embargo, solo alcanzan el 9,7%, una cifra que apenas ha variado desde 2015, y los países de ingresos medios-bajos cubren al 32,4% de su población.
Las diferencias son marcadas en determinados grupos. Solo el 28,2% de los niños de todo el mundo recibe prestaciones familiares o por hijos. Apenas el 16,7% de las personas desempleadas recibe la desocupación. La cobertura efectiva de las mujeres es inferior a la de los hombres (50,1% frente a 54,6%). Los países de bajos ingresos destinan solo el 2,0% del PIB a la protección social, frente al 24,9% de los países de altos ingresos.
Entonces de qué hablamos “complot o capitalismo” o es una simple excusa de las manifestaciones de la contradicción —entre otras— de los Bolsonaro, Milei o Trump principales líderes anti-agenda 2030; pero autores inescrupulosos de estas prácticas neoliberales que arruinan sus poblaciones aquellos que orientan a garantizar el origen y fuente de toda la riqueza dentro de las empresas transnacionales.
Es decir: que el dueño de la megaempresa se apropie de parte de la riqueza producida por sus respectivos trabajadores y siga haciendo lo mismo año tras año. Mientras tanto la agenda tan denostada por las fábulas fascistas y el capitalismo seguirá vinculada al simple pretexto anticientífico de los “moralistas” o complotistas de turno, payasos de circunstancias funcionales al sistema, antes con una cruz hoy con el bulo.
Como dice Marx en El Capital: “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”. Se necesita un programa que tenga como objetivo destruir el capitalismo desde sus cimientos. Si no, estaremos luchando contra el viento.
* Periodista uruguayo residente en Ginebra, exmiembro de la Asociación de Corresponsales de Prensa de Naciones Unidas (ACANU) en Ginebra. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)
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