Existe un mito persistente sobre los efectos de la guerra en la economía. Se resume en dos frases aparentemente inocuas: «esfuerzo bélico» y «reconstrucción». Nadie lo menciona abiertamente, pero perdura como una imagen mental: fábricas trabajando a pleno rendimiento, mujeres en la cadena de montaje, la movilización total de la sociedad y nuevos avances tecnológicos . La guerra sigue siendo una tragedia, pero se cree que la economía se acelera. Y luego, en la posguerra, llegan la inversión, la infraestructura y la reconstrucción: una segunda oportunidad para empezar de nuevo.

La idea de que la guerra puede «reactivar» una economía choca con la realidad. La destrucción de infraestructuras, explica el Fondo Monetario Internacional (FMI), interrumpe las redes de transporte, energía y comunicaciones, incrementando los costos de producción . La pérdida de capital humano —debido a la mortalidad, la migración forzada y la interrupción de la educación— reduce la productividad. La inversión se desploma, el consumo se contrae, mientras que la deuda y la inflación aumentan.
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