Jul 30 2012
2551 lecturas

CulturaSociedad

Iluminismo, Modernidad, Barbarie

Cada vez que se recuerda a Hegel o Marx resulta inevitable cierta nostalgia, al reconocer que ellos representan la culminación de una gran narrativa que, desde el Siglo de las Luces, mantuvo  la convicción de que la mejor forma de comprender los fenómenos humanos es históricamente, y que esa historia es la historia de la emancipación de la especie humana de las limitaciones naturales y las injusticias sociales. | NIEVES Y MIRO FUENZALIDA.*

 

No es que hayamos fracasado en la marcha hacia el progreso, sino que la historia nunca se dirigió hacia él. Es el cambio el que debe promoverse incondicionalmente y asegurar el dominio de la pluralidad, diversidad y heterogeneidad. El sufrimiento actual es solo una etapa en la línea del progreso.  

 

El fin de la historia verá el triunfo del imperio de la justicia y la armonía en donde lo que es coincidirá con lo que debe ser. El momento en que la irracionalidad se elimina y el drama del progreso humano termina. En otras palabras, la visión secular del Paraíso en la Tierra.

 

La metáfora de la luz tiene una larga historia. Ha sido usada por el modernismo para designar la luz de la razón entendida como el poder de la argumentación que todos los seres humanos pueden ejercer y que constituye la fuente del progreso y la felicidad. Fue Platón el que inicialmente  introdujo la analogía del sol y el bien en el pensamiento occidental y desde ese momento la luz adquirió la nobleza y connotación filosófica con que hoy la conocemos.

 

El destino del filósofo, decía Platón, es ascender costosamente hacia la superficie para ver la luz de la verdad y luego, como buen ciudadano, volver a la caverna de la vida diaria en donde la gente confunde las sombras por la realidad y no quieren que nadie les diga lo contrario. Al final del siglo XVIII el iluminismo filosófico proclama haber encontrado el conocimiento universal que, al hacerlo público, abre el camino al progreso, al reconocimiento mutuo, a la libertad humana y al fin de la superstición. El sueño tan largamente esperado por la especie.
El ser humano al servicio del ser humano… excepto por un pequeño detalle. Si finalmente hemos visto la luz, ¿por qué todavía somos bárbaros?

 

Si los números significan algo, lo ocurrido en el siglo pasado es improcedente… Seis millones de judíos exterminados por los nazis, 22 millones por el proceso de colectivización soviética, más el número desconocido de víctimas de la persecución religiosa, del  genocidio étnico y la disidencia política. La exterminación sistemática de armenios por los turcos, la aniquilación de la población urbana de Kampuchea en 1995, que alcanzó a dos millones de personas. La destrucción atómica de Hiroshima y Nagasaki por EEUU, que ni siquiera las razones de guerra podrían lograr explicar o justificar. La limpieza étnica de la ex República de Yugoslavia; Ruanda y la persecución, tortura y desaparición de miles de víctimas que vimos en todo su sadismo en las décadas del 70 y 80 en Sudamérica y que hoy se refinan y repiten en la guerra en contra del terrorismo.

 

La lista es larga y podríamos seguir. Pero  este recuento, por incompleto que sea, entrega una imagen de la historia muy diferente de la que el humanismo progresista, en su versión liberal o socialista, prometió en sus inicios. Estos hechos son tan grandes y horribles que los historiadores contemporáneos ya no pueden pensarlos como fracasos temporarios en la marcha hacia el progreso.

 

¿No será que Iluminismo, Modernidad y Barbarie son términos que, a pesar de ser  contradictorios entre sí, podrían pensarse mucho mejor como una unidad?
Si es así, la cuestión es ésta…  ¿cómo, lo que comúnmente pensamos como términos opuestos, podrían  encajar uno con otro?

 

El filosofo alemán Schiller, siguiendo a Rousseau y Hobbes, ya afirmaba doscientos años atrás, escandalizando a los hombres y mujeres de su época, que cultura y barbarie aparecen como una misma cosa. Según él, el ser humano puede ser visto de dos maneras: como una bestia salvaje cuando sus sentimientos dominan sus principios, o como un bárbaro, cuando sus principios destruyen sus sentimientos. Estos dos lados podemos descubrirlos no solo en la historia antigua, sino, también, en nuestro propio tiempo…

 

¿Diría Schiller, por ejemplo, que hoy la multitud representa la bestia salvaje y la élite política, o El estado, representan al bárbaro?

 

El escándalo que Schiller provocó se debió a que la cultura siempre se ha visto como una dimensión distinta y superior a la naturaleza y afirmar que son sinónimas es un sinsentido. Es este sin sentido, sin embargo, el que marca el comienzo del viraje del concepto de barbarismo, que de antónimo de cultura, pasa a ser sinónimo de cultura.
El ensamblaje de Iluminismo y Barbarismo nos presenta tres posibilidades. Iluminismo no es barbarismo. Iluminismo es igual a barbarismo. O… Iluminismo es ambos.

 

Para Marx y la mayoría de los filósofos del siglo XVIII y XIX, Iluminismo y Barbarismo eran términos antitéticos y hasta el día de hoy es la forma más común de ver al barbarismo. Su visión más pobre y tergiversada la vemos en la política exterior de EEUU.

El presidente Bush, refiriéndose al islamismo fundamentalista, retóricamente preguntaba: “¿Por qué nos odian?” Y se respondía:
“Porque ellos odian nuestra democracia y nuestros valores. Porque nosotros somos el bien; ellos son el mal”.

 

Según esta aproximación la historia es la historia del progreso humano y algunos progresan más que otros ¿No es ésta una visión ingenua de uno mismo y una visión simplista del otro? Ciertamente lo es para Adorno y Horkheimer para quienes el modernismo es barbarismo. Pero es Freud quien vio que el Iluminismo tenía que iluminarse a sí mismo, ejercer un acto de autorreflexión para llegar a reconocer que el barbarismo no es simplemente un principio externo, sino su principio antagonista interno. Iluminismo y Barbarie son los dos lados de la modernidad que, últimamente, no pueden ser separados.

 

No es que no haya  progreso, sino que el progreso va acompañado por su opuesto. Una época solo es conciente de sí misma cuando reconoce que el barbarismo es su lado obsceno, un virus listo para propagarse en cualquier instante. La tortura y el crimen que se desató en Latinoamérica en las décadas de los 70 y 80 no vinieron desde fuera. La máquina de guerra y sus torturadores eran chilenos, argentinos o brasileños. El terrorismo fundamentalista contemporáneo lo encontramos no solo fuera, sino también dentro de las metrópolis del capitalismo… en el racismo ultra derechista de las calles de Europa o en el bombardeo de Oklahoma en Estados Unidos. Es esta tensión o antagonismo interno el que en última instancia encontramos en nuestra condición humana.

 

Si la crisis de la creencia de que al final de la historia nos espera la felicidad y la racionalidad humana, entonces, la alternativa más segura que nos queda es presumir que la historia es discontinua y sin dirección. Adorno y Horkheimer, que inicialmente negaron la idea del cambio por el cambio mismo, al final renuncian a la idea de que los cambios puedan traer modificaciones sustanciales y ven el futuro marcado por la misma rutina y sufrimiento.

 

Habermas, sin embargo, no comparte esta resignación y considera el abandono de los ideales del Iluminismo injustificado y vuelve a reafirmar la posibilidad de crear una sociedad verdaderamente moderna. Sin una apropiada meta narrativa de la emancipación humana —dice— no es posible aspirar a una sociedad ideal o a un programa de acción para lograrla. Es cierto que la tensión existencial no puede ser abolida, pero puede ser canalizada en una forma mas apropiada a través de la búsqueda del consenso sin coerción, que es la condición necesaria para lograr el proyecto modernista.   

 

¿Realmente? Lyotard responde diciendo que cualquier consenso que se logre es solo un estadio de la discusión, no su fin. La afirmación de Habermas de que el consenso, libre del poder, es el  gol y fin de la historia es una meta narrativa no menos peligrosa que cualquier otra. Si la distorsión del poder es parte de todo contexto, ¿cómo podría haber un consenso puro? ¿Y cuán evidente es la presunción, natural o histórica, de que el ser humano prefiere la armonía?

 

La conciencia de la contradictoria relación entre cambio y continuidad siempre ha sido una parte integral en la comprensión del pasado, el presente y las esperanzas del futuro. El desafío del post modernismo es que niega la presencia simultánea del cambio y continuidad como parte de la vida humana. El dominio exclusivo de uno o del otro, dicen, es la condición necesaria para la comprensión de una historia post modernista.

 

El filósofo griego Heráclito, más de dos mil años  atrás, ya había afirmado el dominio exclusivo del cambio y la naturaleza ilusoria de la duración y continuidad.  En la misma forma la teoría progresista de la historia del modernismo también contiene la separación entre cambio y permanencia como dos aspectos del tiempo. Los cambios de un periodo histórico a otro tienen como último fin la edad de la razón y la felicidad en donde el cambio dará paso a la estabilidad. La continuidad prevalecerá y las transformaciones serán reducidas a pequeños ajustes.

 

La diferencia con el modernismo es que la versión post estructuralista del post modernismo separa el cambio y la estabilidad en forma radical. No es que hayamos fracasado en la marcha hacia el progreso, sino que la historia nunca se dirigió hacia él. Es el cambio el que debe promoverse incondicionalmente y asegurar el dominio de la pluralidad, diversidad y heterogeneidad.

 

Frente al reduccionismo modernista de la continuidad hoy día nos encontramos con el reduccionismo del cambio que pasa a ser la clave en la explicación de la historia. En lugar de significado y orden histórico ahora nos encontramos con un mundo fluido, sin dirección y con múltiples verdades. La esperanza de la felicidad futura de las utopías tradicionales se reemplaza por la negación ascética del fin de la historia y el compromiso diario para mantener el cambio libre de obstáculos.

 

Al comienzo del  documental mitológico 2001: una odisea espacial de Stanley Kubrick vemos  en una paradigmática escena el entrelazamiento entre civilización y barbarie… un mono ancestral aprende a usar un hueso como arma con el que obtiene poder sobre sus congéneres. Irguiéndose sobre sus piernas, lanza el hueso al aire que, rotando lentamente a través del cielo, sorpresivamente se transforma en una blanca nave espacial.

 

Todo el progreso humano concentrado en un solo corte cinematográfico. La promesa de un mundo sin límites. Solo que  no hay garantía universal. La historia que nos lleva del salvajismo a la humanidad muy bien puede ser, también, la historia que nos lleva de las catapultas a las ruinas de la bomba atómica.
——
* Escritores y docentes.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario