Uno
Hace un año, durante una de mis estancias en Madrid, me reuní con los productores de cine que, hace ya diez años, realizaron una serie de películas basadas en mis primeras cuatro novelas policiales. La serie, titulada Cuatro estaciones en La Habana, tuvo un éxito más que notable, con un par de premios incluidos, y fue vista del sur al norte de América por la plataforma de Netflix. Todo muy bien –aunque no tanto: como autor de las novelas originales y coguionista de la serie, no recibí un centavo por su distribución en la gran plataforma de audiovisuales.
Pero lo que importa ahora: esos productores, que hace unos ocho años andan con el propósito de realizar una segunda temporada de la serie, siempre con mis historias y personajes, no han podido montar el proyecto por falta de financiación, algo que suele ser el talón de Aquiles de la producción cinematográfica. Y sobre las perspectivas de lograr realizar esa nueva serie me dieron un argumento contundente: “El problema es que Cuba no está de moda”.
Es cierto que en la época del rodaje de la primera temporada, Cuba se había puesto de moda. Todo había comenzado a catalizarse a partir del 17 de diciembre de 2014, cuando el presidente estadounidense Barack Obama y el cubano de ese momento, el general Raúl Castro, anunciaron que sus gobiernos comenzarían a conversar para restablecer unas relaciones diplomáticas rotas más de cincuenta años atrás.
La noticia, que tuvo repercusión universal, de inmediato despertó el interés por lo que podía ocurrir en la isla comunista del Caribe bajo una relación diferente con el país con el que había sostenido una permanente confrontación que había pasado por etapas y momentos puntuales tan álgidos como la invasión de Bahía de Cochinos (1961), la Crisis de los Misiles (1962), la implantación de un embargo comercial y financiero (decretado por Eisenhower en 1960 y reforzado por Kennedy en 1962) y luego codificado e internacionalizado con la Ley Torricelli (1992) y el reclamo de los senadores Helms y Burton (1996), amén de diversos planes de la CIA, siempre con el propósito de provocar un cambio de régimen en el país vecino. Y, a lo largo de todos esos años, un sostenido cruce de ofensas de parte y parte.
Pero todo podía cambiar desde aquel 17 de diciembre (día muy señalado en el santoral cubano, festividad de San Lázaro, santo milagrero con miles de devotos en la isla) y algo cambió: en primer lugar, se modificó la habitual retórica de acusaciones y amenazas y luego, en 2015, se materializó el restablecimiento de relaciones diplomáticas.
Pero el clímax del interés por Cuba llegó en la primavera de 2016 cuando el presidente Obama visitó la isla, se realizó un multitudinario concierto de Rolling Stones en La Habana, el equipo de la serie Rápido y furioso rodó en la capital cubana y Chanel organizó un desfile de modas, mientras celebridades, que iban de Madonna y Rihanna hasta alguna de las muy mediáticas hermanas Kardashian, pasaron por un país en donde se celebraban fiestas, cenas, encuentros deportivos, académicos, religiosos y de cualquier tipo entre estadounidenses y cubanos.
Lo más importante, por supuesto, no fue que la isla se pusiera en boga mientras también pasaban centenares de periodistas para cubrir visitas y eventos, que Cuba apareciera en los medios del mundo, sino que la realidad cotidiana sintió el impacto de aquellas nuevas condiciones políticas. Fue un momento en el que la gente albergó esperanzas de cambios económicos y de mejorías en sus niveles de vida, tan deteriorados por largos años de crisis económicas iniciadas en 1990 con la implosión del régimen soviético que por tres décadas había sostenido a la isla. Sí, Cuba estaba de moda y la esperanza estaba de fiesta.
Pero al parecer el vértigo del momento puso en alerta al gobierno cubano. Por supuesto, se podían realizar cambios, pero se haría a su ritmo: “sin prisa pero sin pausa”, como fue conceptualizado. Y, en realidad, la estrategia seguida fue poner el freno a ciertos impulsos y hacer algunas modificaciones del modelo con largas pausas y si ninguna prisa, como si el país tuviera todo el tiempo del mundo. Como si los cubanos tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Dos
En enero de 2017 la edición en español de The New York Times me pidió un artículo en el que opinara sobre lo que esperaba del recién estrenado primer mandato de Donald Trump. Desde que se había concretado su triunfo electoral, Trump ya había declarado que sus relaciones con la isla serían muy distintas a las que había desarrollado su predecesor. Y sobre esas perspectivas, conté la historia de un cubano común y corriente.
Sintetizo: ese cubano tenía un auto norteamericano de los años 1950, un flamante Chevrolet, al que había decidido cortarle la cubierta y convertirlo en un descapotable para pasear turistas, especialmente esos estadounidenses pletóricos de nostalgia que, en una especie de déjà-vu, disfrutaban pasear por el Malecón de La Habana y la antes aristocrática Quinta Avenida, como sesenta años atrás habían hecho sus padres o abuelos.
La cirugía del auto costaba entonces unos tres mil dólares, pero como estaban yendo las cosas, la inversión valía la pena y pronto daría ganancias. El cubano de esa historia, mientras escuchaba las declaraciones de Trump respecto a su país, había comenzado a rogar al cielo para que el nuevo inquilino de la Casa Blanca “no le jodiera el negocio”. Y Trump se lo jodió.
Creo que si en aquel primer mandato del siempre imprevisible Donald Trump hubo una lógica política esa fue la que dedicó a desmontar las acciones y acuerdos de Barack Obama. Y en ese proceso cayó la relación abierta con Cuba. Todo volvía a ser como había sido antes del 17 de diciembre de 2014 y se presagiaba que iba a ser peor. Y fue peor.

Al final de ese primer período presidencial del republicano se acumulaban más de 240 resoluciones y medidas que afectaban a Cuba (promedió casi una por semana), entre ellas algunas tan sensibles como las relacionadas con el envío de remesas desde Estados Unidos y la visita de ciudadanos del norte a la isla. Pero la más incisiva fue colocar al país vecino en su lista de países que patrocinaban el terrorismo o no hacían lo suficiente contra él, lo cual implicaba una caterva de sanciones colaterales.
La vida en Cuba pronto sintió los primeros impactos de la hostilidad de Trump, y muchas de las relaciones culturales, académicas, deportivas se vieron resquebrajadas con rapidez. Y si las cosas ya no andaban bien bajo esas nuevas condiciones políticas generadas por Washington, la llegada de la pandemia del coronavirus, a inicios de 2020, marcó un punto de mayor inflexión. Como casi todos los países, la isla decretó un cierre de fronteras que implicaba la paralización de la industria más productiva de la nación, el turismo.
Muy pronto en el país empezamos a sentir los efectos de una caída de los niveles de vida que hasta ese momento, con altas y bajas, se habían sostenido y hasta elevado en los años del “deshielo” de Obama. Comenzaron a escasear productos (alimentos, medicamentos) y se vivió en la tensión universal desatada por el virus. Como casi todos en el mundo, aceptamos prohibiciones, regulaciones, encierros y pérdida de libertades porque nos asedió un miedo superior: el miedo a la muerte, que fue mayor que el temor a muchas renuncias de las libertades ciudadanas.
Tres
El regreso de un presidente demócrata a la Casa Blanca en 2021, aun en plena pandemia, permitió albergar algunas esperanzas de que se repararían las relaciones tan dañadas por Trump. Pero Joe Biden, tan cercano a Obama, en esencia no alteró las medidas de Trump hacia la isla. Por ejemplo, mantuvo intacta la ubicación de Cuba en la lista de países que no luchaban suficientemente contra el terrorismo o lo prohijaban. Y, por otro lado, dejó en bajo perfil las relaciones diplomáticas y consulares, muy reducidas a raíz del todavía hoy oscuro evento de unos supuestos ataques sónicos sufridos por diplomáticos estadounidenses y canadienses, que prácticamente vaciaron la representación de Washington en La Habana.

Biden, sin embargo, abrió las puertas de la emigración a los cubanos con varios programas de acogida para los naturales de la isla. Esa coyuntura propicia vino a llegar en los tiempos post-pandémicos, durante los cuales se hizo evidente otro fenómeno en Cuba: los niveles de su economía no volvieron a levantar vuelo y la crisis generada por el coronavirus se acentuó porque el modelo económico y social de la nación, sostenido por años gracias a las ayudas soviética, primero, y de la Venezuela chavista, después, empezó a mostrar toda su fragilidad e incapacidad de operar con eficiencia, tener la necesaria productividad y crear así suficientes riquezas.
Varias causas y efectos se conjugaron para que se produjera lo que los economistas han llamado una policrisis que desde hace años afecta todos los niveles de la vida cotidiana en el país.
Para la creación de ese escenario crítico es importante anotar que en lo externo tuvo un notable efecto el sostenimiento del embargo estadounidense y otras medidas restrictivas de Trump que Biden no alteró. Pero a ello se sumó que la generosa y abundante ayuda de Venezuela, principal sostén económico de la isla, comenzó a menguar, pues el país suramericano afrontaba sus propias crisis. Mientras, en lo interno, las medidas tomadas para introducir cambios en el sistema fue como poner banditas en heridas que precisaban de cirugías profundas y suturas de muchos puntos.
Así, mientras se flexibilizaba la existencia de pequeños negocios y empresas privadas (cargadas de limitaciones
legales de todo tipo) y se alentaba la inversión extranjera (con procesos de aprobación lentos y en ocasiones onerosos), siempre con pausas y sin prisa, se tomaban medidas como la unificación de las monedas en curso en el país y se provocó con ello (como lo alertaron los economistas) una superinflación que ha generado un implacable e indetenible aumento de los precios de todos los productos y una devaluación galopante del peso cubano que hoy, ahora mismo, se cotiza a más de 500 pesos por dólar en un país con salario promedio de 6 mil pesos… o sea, un cubano que labora para el Estado apenas gana 12 dólares al mes.
La situación se fue haciendo más crítica por la falta de recursos para adquirir combustibles, por la disminución de los envíos de petróleo desde Venezuela y por el estado de obsolescencia de las termoeléctricas cubanas, casi todas de tecnología soviética. Y los apagones se convirtieron en el pan de cada día en un país donde, por cierto, también escaseaba el pan.
Un resultado puntual del agotamiento ciudadano ante la situación cotidiana que se había hecho tan avasallante fueron las manifestaciones populares de protesta que se produjeron en varias ciudades del país el 11 de julio de 2021. Fue el alarido de muchos cubanos hastiados, necesitados de soluciones.
La respuesta gubernamental a tales manifestaciones fue la previsible. Ante las manifestaciones “desestabilizadoras”
el presidente Miguel Díaz-Canel apareció en la televisión nacional y dio la “orden de combate”. Y si hubo una inmediata represión policial, lo más notable del proceso fue la posterior represión judicial. Condenas de diez y más años para varios centenas de manifestantes por alteración del orden y sedición, entre otros cargos, cumplían (y cumplen) un sentido aleccionador que la gente aprendió de inmediato. Ello explica, por supuesto, que en las más difíciles condiciones de vida de estos instantes de 2026, apenas se hayan producido explosiones callejeras de descontento. Una máxima popular sinteriza la situación: “si en la calle la cosa está mala… imagínate en la cárcel”.
Cuatro
El otro resultado permanente de ese agotamiento de la ciudadanía que merece una atención diferenciada ha sido el éxodo masivo que se inició con el fin de la pandemia y que, entre 2022 y 2024, sumó la cifra de un millón 200 mil cubanos lanzados a la diáspora.
Varias fueron las rutas que siguieron esos migrantes. Un por ciento considerable se acogió a los distintos planes que estableció la administración Biden para la reunificación familiar, como los llamados programas parole, y otras alternativas migratorias. El otro gran por ciento utilizó la vía de Nicaragua (donde los cubanos podían entrar sin necesidad de visado) para de ahí emprender “la ruta de los coyotes” por Centroamérica y México y luego cruzar la frontera estadounidense y acogerse a las leyes que le permitían su ingreso al país por su condición de nacionales cubanos.
Esa ola migratoria, que no se ha detenido, hoy encuentra mayores dificultades para concretarse. Al cierre de la frontera estadounidense decretado por Trump como parte de su política antinmigrantes (que ha incluido deportaciones de cubanos ya establecidos en Estados Unidos) y la cancelación de los programas de visa parole o humanitaria y de reunificación familiar, se ha sumado el cierre del libre acceso por Nicaragua, punto desde el que partieron muchos cubanos hacia otros destinos, como Brasil o Guyana.
Súmese a todo esto la importante cifra de mis compatriotas que, al obtener la ciudadanía española por la Ley de Memoria Democrática, han salido hacia España y Europa, además de los que, por recursos como becas de estudio, por ejemplo, parten para donde sea sin intenciones de regresar. Así, la cifra de un millón 200 mil que se suele manejar tal vez haya llegado a los dos millones y más de cubanos salidos al exilio, dejando la población residente en el país en unos 9 millones -quizás menos- de habitantes.
Y por supuesto que semejante movimiento migratorio tiene sus consecuencias, y no solo inmediatas. Porque muchos de esos migrantes son jóvenes, entre ellos profesionales de diversos niveles, elementos de inteligencia y capacidad que ha perdido el país. Y anótese lo que implica de cara al futuro la salida de la isla de mujeres jóvenes en edad fértil y las consecuencias demográficas que ello supone en el porvenir de un país de población cada vez más envejecida.
Lo más dramático de todo este proceso es que esos millones de cubanos que han abandonado su patria por las dificultades del presente y la falta de confianza en el futuro, han sido solo los que han podido irse, no los que hubieran querido largarse. Se han ido los que tenían los medios y vías: pasaporte español, un familiar o amigo apoderado para obtener una visa parole estadounidense, o los diez mil dólares que podía costar el tránsito hacia la frontera sur de Estados Unidos (la gente vendía todo lo que tenía, casas incluidas, para financiar el viaje)… Una porción de los potenciales migrantes que, en realidad, podrían sumar otros millones.
Cinco
El regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025 se produjo con el hacha en la mano. Apenas unos días antes de terminar su mandato, Joe Biden había eliminado, por fin, la presencia de Cuba en la lista de países que no luchaban suficientemente contra el terrorismo.
Trump llegó y de inmediato volvió a enlistar a la isla y declaró su firme propósito de cambiar el régimen comunista del país vecino. A su lado, para conducir el proceso, ahora tenía como Secretario de Estado a Marco Rubio, hijo de migrantes cubanos llegados a Estados Unidos en la década de 1950 (antes del triunfo revolucionario de Fidel Castro) y que, aupado por el exilio de Miami, convertía el cambio de sistema en la isla en algo así como una cuestión de principios.
La llamada “política de máxima presión” sobre Cuba entró entonces en sus niveles más altos. Una medida tras otra se fueron adoptando para erosionar la economía de la isla y, por supuesto, la vida de los ciudadanos del país con la intención expresa de provocar el descontento social. Especialmente efectiva ha sido la decisión de retirar el derecho a visa electrónica para Estados Unidos a los ciudadanos europeos que visiten Cuba, lo cual ha tenido un efecto inmediato en la drástica caída del turismo, la fuente de ingreso más importante de la isla junto a la colaboración médica en el extranjero (también fuertemente combatida) y las remesas (controladas y limitadas).
Al interior de Cuba, los efectos de todos esos decretos presidenciales se han ido sintiendo paulatinamente. Mientras, el gobierno seguía tomando medidas para paliar la situación, pero sin decidirse a realizar cambios estructurales esenciales.
En la vida cotidiana de los ciudadanos las carencias y dificultades para vivir dignamente no solo se mantuvieron, sino que crecieron dolorosamente. La falta de recursos económicos del Estado implicó la imposibilidad de adquirir bienes necesarios, entre ellos alimentos y componentes para medicamentos. Fue entonces cuando las pequeñas y medianas empresas privadas asumieron la importación sobre todo de alimentos que se venden a precios de mercado: desde el pollo y a veces el pan, hasta la leche y el aceite por lo general se deben comprar en esos negocios o en los mercados estatales que venden en divisas (incluso directamente en dólares).
La situación de grandes sectores de la población ha sido estudiada por economistas cubanos que han calculado, por ejemplo, los montos del salario promedio de un trabajador vinculado al Estado en unos 6 mil pesos cuando para cubrir sus necesidades básicas una familia de cuatro personas necesitaría 24 mil como mínimo. Así, una especialista
cubana en temas de pobreza, con experiencia de trabajo en organismos internacionales, ha estimado que alrededor de un 40% de la población vive en niveles de pobreza salarial. Y un ejemplo puede tipificar esta relación: una jubilación cubana puede alcanzar unos 3 mil pesos, y en el país un paquete de treinta huevos cuesta… 3 mil pesos.
En otras ocasiones he dicho que el milagro cubano es que los cubanos viven de milagro. Pero incluso los milagros pueden tener alguna explicación: muchos coterráneos practican las más diversas estrategias de superviviencia (trabajos alternativos de custodios, profesores particulares, etc.), otros reciben salvadoras remesas del extranjero (se le dice tener FE: Familiar en el Extranjero) o emigran hacia el sector privado, donde tienen mejores salarios. Otros, sin esas posibilidades, se van sumiendo en la miseria y en un país que apenas tenía indigentes, hoy es posible ver gente pidiendo ayuda en las calles.
La precaria situación económica del país ha tenido otras muy diversas manifestaciones, pero una especialmente visible y peligrosa es la de la recolección de desechos, la basura. El Estado ha sido incapaz de garantizar esa importante actividad y las ciudades se han ido llenando de gigantescos vertederos en cada esquina, algo muy visible en La Habana. Y a menos higiene, pues más enfermedades, como ocurrió durante el verano de 2025, cuando se desató en el país una epidemia de virus estacionales (dengue, oropuche, zika, la devastadora chicunguña) que afectaron a millones de personas… y que pueden volver a presentarse en los próximos meses, pues, antes que
mejorar, el sistema de recogida de desechos ha empeorado en las últimas semanas.
Resulta importante anotar un elemento: la actual crisis económica de Cuba tiene características diferentes a la de los años de 1990, aquel llamado “período especial en tiempos de paz” que siguió a la desintegración de la protectora Unión Soviética. En aquel entonces la crisis tuvo efectos horizontales, o sea, afectó a casi toda la población que vio disminuir drásticamente sus niveles de vida. La situación actual tiene una proyección vertical: grandes masas empobrecidas y un sector de la población (dueños de negocios, algunos deportistas y artistas, gente con familiares generosos fuera del país) que, sin ser ricos, poseen recursos salvadores.
Esta diferencia crítica ya había sido alentada con ciertos recortes del sistema socialista protector, pues el gobierno consideraba que eran “gratuidades indebidas” (cierre de comedores obreros, aumento de precios de productos antes subsidiados, etc.), mientras se planificaba un recorte de plantillas laborales con exceso de personal. Fue un proceso de dilatación de un antes muy homogéneo tejido social convertido en una trama en la que se comenzó a practicar el muy poco socialista grito de “sálvese el que pueda”.
Seis
Al concretarse este año 2026 la operación militar que realizó la captura de Nicolás Maduro y su esposa y la
intervención económica estadounidense en Venezuela, fue para Cuba no solo una advertencia de lo que podía atreverse a hacer la administración estadounidense, sino también la inmediata cancelación de una relación económica, ya muy deteriorada, es cierto, pero todavía en marcha con Venezuela y que, en esencia, afectaría la llegada de combustible a la isla.
Pero dos meses después, el 28 de febrero pasado, una resolución gubernamental firmada por Trump, que declaraba a la isla del Caribe como un excepcional peligro para la seguridad de la nación norteamericana, venía acompañada con la amenaza de multar con aranceles a cualquier país que le vendiera o enviara petróleo a Cuba. Un bloqueo energético que se sumaba al viejo embargo comercial y financiero actuante e incrementado: una política de asfixia económica de un país. Y Cuba ha vuelto a aparecer en los medios de prensa del mundo, una forma dolorosa de ponerse otra vez de moda. ¿Qué va a pasar en Cuba?, es la pregunta.
El deterioro de las condiciones de vida ha sido inmediato. Sin ningún combustible importado, el país ha debido sostenerse con el crudo nacional que apenas cubre el 40% de la demanda. Y, de hecho, se ha colocado a la isla en un estado catatónico: más cortes de electricidad, problemas graves con el suministro de agua, paralización del transporte urbano y disminución de muchas actividades económicas y sociales (los cursos escolares universitarios, ciertos servicios médicos) o directamente la cancelación de otras (deportivas, culturales). Por la falta de combustible prácticamente se ha paralizado la industria turística, como ocurrió con la decisión canadiense de cancelar vuelos a la isla y, así, cortar el acceso de sus nacionales a las playas cubanas.
La política de asfixia de la vida cubana tiene un objetivo ya expresado: un cambio de régimen o sistema. A la crisis económica se le ha sumado la ya mentada pretensión de que se produzcan grandes manifestaciones sociales, un estado de caos que podría propiciar incluso “una intervención militar humanitaria” en el país. Y Trump lo ha dicho y lo ha repetido: con palabras de manual de conquistador del siglo XVI ha declarado su intención de “tomar a Cuba”, lo cual, según él “sería muy bueno o muy bonito”, porque se considera que América Latina es algo así como el patio trasero de Estados Unidos.
La gravedad de la situación ha obligado al gobierno cubano a tomar medidas extremas de austeridad y, con un poco más de prisa, aunque otra vez con pausas, dictar medidas como una mayor apertura a la inversión extranjera que, al fin, incluye a los exiliados cubanos, ahora con posibilidades de montar casi cualquier tipo de negocio, desde productivos, de servicio y de infraestructura hasta bancarios y financieros.
Al mismo tiempo, se ha emprendido una carrera para balancear el sistema energético de la isla con el acelerado montaje de parques de paneles solares, la mayoría provenientes de China, comprados o donados. La estrategia ha incluido colocar esta solución energética en centros sociales importantes, como los dedicados a la salud, la educación o la banca.
Lo que pone una interrogación en la toma de estas decisiones es por qué debieron esperar hasta que el agua llegó al cuello. Por qué, por ejemplo, mientras se seguían construyendo grandes hoteles para unos turistas que no llegaban, no se previó un escenario como el actual (la crisis venezolana ya estaba en marcha) y se comenzó un cambio de matriz energética. Por qué esperar tanto para abrir espacios al sector privado y, en especial, a posibles inversores de origen cubano.
Y ahora se habla de diálogo entre funcionarios del Departamento de Estado de Washington y representantes de La Habana. De una y otra parte, hasta ahora, ha habido discreción total sobre el contenido de esos encuentros e, incluso, sobre quiénes los concretan. Pero, de parte y parte las posiciones están claras: Trump y Rubio exigen un cambio de régimen en Cuba, quizás algo al estilo de lo ocurrido en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro; del lado cubano se sostiene que solo se puede dialogar desde el respeto a la soberanía del país para decidir sus rumbos políticos y económicos y, por supuesto, su independencia. ¿Habrá en espacio de encuentro entre esas dos posturas que parecen no negociables para cada uno de los dialogantes?
Siete
Como Cuba se ha puesto de moda con una interrogación sobre su futuro mediato, a la isla llegan periodistas de medio mundo interesados en examinar el escenario y hacer sus especulaciones. Y es que respecto al futuro de la nación están sobre la mesa todos los escenarios: desde que cambie algo para que no cambie nada (como pedía el personaje de El gatopardo) hasta, en el extremo más dramático, que se produzca algún tipo de intervención militar estadounidense, algo para nada descartable como manifestación de la proyección política declaradamente imperialista de la actual administración de ese país, tan errática e imprevisible en algunas de sus decisiones.
Lo cierto es que desde mucho antes de que las aguas tomaran este nivel de inundación, Cuba debía haber cambiado muchos elementos de su sistema social. Tal vez lo haga ahora, cuando el gobierno se ve condicionado o amenazado por fuerzas exógenas. Lo que debió ocurrir, lo que tiene que ocurrir, incluso porque existía el embargo, es que muchas cosas tienen que cambiar en Cuba porque los cubanos lo necesitamos, y no solo en el terreno de la economía, sino también de la sociedad y la política.
Cambiar para que la gente tenga posibilidades de vivir en su tierra una vida más plena y mejor, más libre, con posibilidades de recuperar esperanzas perdidas y creer que la soberanía y la independencia son valores no solo políticos o simbólicos, sino también ingredientes importantes para una existencia digna y próspera en su patria natal. Y así valdría la pena estar siempre de moda.
* Escritor, periodista y guionista cubano, conocido por sus novelas policiales del detective Mario Conde y por la novela El hombre que amaba a los perros
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