Abr 4 2015
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OpiniónPolítica

Colombia: Los veinte mil

Despu√©s del proceso de paz como obra de teatro exitosa, que le ha permitido a Juan Manuel Santos mantener la sala colmada y aplazar por cinco a√Īos las reformas que Colombia necesita, va llegando la hora de las definiciones.

Santos tiene un a√Īo largo de plazo para sacar adelante su paz, antes de que el carnaval de las elecciones siguientes convierta el armisticio en el √ļltimo punto de la agenda p√ļblica.

Uno no deja de preguntarse si la guerrilla es tan importante como nos dice el establecimiento colombiano. Durante 45 a√Īos no se pudo modernizar el pa√≠s porque la guerrilla no dejaba; ahora llevamos cinco a√Īos aplazando las reformas hasta que el proceso de paz las permita. Cincuenta millones de personas seguimos dependiendo de veinte mil.

Alrededor de la mesa de negociación, Santos inventa cada día una guirnalda nueva, una comisión, un festón, una gira, un preacuerdo, para hacerle sentir a la galería que ya se oyen los claros clarines, y cada semana la guerrilla tiene que salir a decir que el acuerdo está lejos.

Entre tanto el doctor Vargas Lleras hace la √ļnica obra de gobierno visible: preparar las siguientes elecciones que garanticen la eternidad de ese grupito autista que se hace llamar la clase dirigente, mediante el sorteo dram√°tico de las casitas, que se va convirtiendo en un reality de televisi√≥n: la loter√≠a de la esperanza.

Mientras tanto √Ālvaro Uribe recorre el pa√≠s so√Īando que, con la consigna cansada de una guerra que ya nadie quiere, le ser√° posible recuperar sus laureles: la oportunidad desperdiciada que tuvo de cambiar el pa√≠s antes de que el tiempo, que es implacable, y Santos, que lo es m√°s, le cambiaran el libreto.col santos y uribe

Tanto la vieja dirigencia de la caja registradora como la nueva de la caja de pino siguen so√Īando que tienen el pa√≠s en sus manos, pero el pa√≠s ya iba fuera de madre antes de los diques de Uribe, y se sali√≥ definitivamente despu√©s de que Santos los hizo volar en pedazos, de modo que hoy no hay en Colombia un poder central sino mil poderes haciendo de las suyas por todas partes, y revistas llenas de noticias alarmantes bajo una car√°tula donde Sim√≥n Gaviria le sonr√≠e feliz al porvenir.

Ahora al Gobierno no le queda siquiera la opción de levantarse de la mesa, porque eso significaría entregarle el país en una bandeja a la venganza de Uribe, y recostar sobre el tablero el rey de la vieja dirigencia colombiana.

A Uribe le quedaba la opci√≥n de sumarse a la mesa (a la que ya est√° sentado, sin saber el men√ļ, Andr√©s Pastrana, que s√≥lo sigue las √≥rdenes de su estado de √°nimo), pero pudo m√°s la idea primitiva de que Colombia s√≥lo funciona con delaciones, lluvias de bombas y cortes marciales.

Nadie, ni siquiera Santos, sabe para qui√©n trabaja. Ahora el pa√≠s se precipita, casi sin otra opci√≥n, hacia una nueva Asamblea Nacional Constituyente, como lo exigen las Farc, que parad√≥jicamente no tienen qui√©n las elija; como lo desea Uribe, quien cree ser due√Īo de la mitad de los electores; y como no lo desea ni en sue√Īos Juan Manuel Santos, quien no ha tenido nunca mayor√≠as pero ha mostrado ser el m√°s sagaz de los jugadores, haci√©ndose elegir primero por la esperanza de guerra de la mitad del electorado y despu√©s por la esperanza de paz de la otra mitad. S√≥lo cuando se est√° en la partida final, una clase social se ve obligada a mostrar todas sus cartas.
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Esa Asamblea Constituyente es necesaria y casi parece inevitable, pero no s√≥lo para refrendar los acuerdos, como la guerrilla lo exige, sino para redise√Īar un pa√≠s que hace rato se qued√≥ sin el ejecutivo, sin el legislativo y sin el judicial.

Ahora la pregunta es si ser√° redise√Īado por Uribe, a quien s√≥lo parece importarle la agroindustria pero en sus manos, la locomotora minera que hoy es todo y ma√Īana es nada, y el poder considerado apenas como autoridad y vociferaci√≥n. O si ser√° redise√Īado por Santos con los votos sol√≠citos de la izquierda parlamentaria, atrapada en el respeto de unas instituciones que se derrumban, e incapaz, d√©cada tras d√©cada, de proponernos otro pa√≠s.

O si veremos aparecer por fin la Franja Amarilla que Colombia busca desde hace décadas (y ojalá la izquierda forme parte de ella), que sea capaz de ponerles freno al egoísmo y a la violencia de unas minorías y dejar brotar el país verdadero.

Un país para el que el territorio sea un hermoso laboratorio de la vida y no una saqueada bodega de recursos; para el que un río sagrado y lleno de vida no pueda convertirse en una sucesión de hidroeléctricas y una autopista; un país donde cada región pese y decida; donde en cada ciudadano repose la dignidad de la nación; un país con industria, con agricultura, con autonomía de sus alimentos, que tenga grandeza en su diálogo con el mundo y no esté de rodillas ante las multinacionales, que deben estar para servir y no para expoliar a la humanidad.

Ese pa√≠s que se agolpa a las puertas esperando el viento fresco de la historia; un pa√≠s que ya no se deje arrastrar por las maniobras de los peque√Īos rencores que han profanado a Colombia durante tanto tiempo.

Porque es verdad que cincuenta millones de personas seguimos dependiendo de veinte mil: pero esos veinte mil no son la guerrilla.

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